ISSN 2603-6096



Panera Martínez, Pedro, «Endavant, Catalans: Voluntarios de Cataluña para la guerra de África (1859-1860)», Guerra Colonial, (2017), nº1, pp.89-107






«Endavant, catalans!»: Voluntarios de Cataluña para la guerra de África (1859-1860)

(«Endavant, catalans!»: Volunteers from Catalonia for the war in Africa (1859-1860))


Pedro Panera Martínez

Instituto Universitario Gutiérrez Mellado


Recibido: 20/10/2017; Aceptado: 06/11/2017


Resumen

Tras una serie de continuados choques fronterizos entre las cabilas rifeñas y la guarnición española de Ceuta y un infructuoso y no muy esforzado intento de reconducir diplomáticamente la situación, el Gobierno de España declaró la guerra al Sultán de Marruecos el 22 de octubre de 1859. Inmediatamente, el Ejército español envió al norte de África una expedición compuesta por más de 40 mil hombres, a los que se sumaron rápidamente 466 voluntarios civiles llegados de Cataluña. Por supuesto, estos cuatro centenares y medio de hombres no fueron los únicos catalanes que participaron en la contienda, pues muchos otros componían el grueso del ejército expedicionario, pero sí los únicos que lo hicieron portando en su cabeza la tradicional barretina; pues fueron uniformados «a la provinciana» por la Diputación de Barcelona y enviados a auxiliar al Ejército, ante el clamor y exaltación patriótica del pueblo de Cataluña, en un intento de la sociedad liberal de aquella región para congraciarse con el Gobierno de Madrid al definirse a un tiempo como catalanes y patriotas españoles.


Palabras clave

Expedición, España, Marruecos, Milicia, Voluntarios, Cataluña




Abstract

After continuous border clashes between the Riffian tribes from the outskirts of the Spanish city of Ceuta and its garrison and an unsuccessful diplomatic attempt to redirect the situation, the Government of Spain declared war to Morocco on October 22nd, 1859. Immediately, the Spanish Army sent an expedition of more than 40,000 men to North Africa, being 466 of them civilian volunteers from Catalonia. Of course, these four hundred-odd men were not the only Catalans who participated in the war, as many others integrated the expeditionary force, but they certainly were the only ones who fought wearing the traditional barretina, as they were folklorically uniformed by the Diputación de Barcelona. In any case, this force was organized and sent to Africa, with the approval of an enthusiastic and exalted people of Catalonia, in an attempt of the Catalan liberal society to ingratiate themselves with the Madrilian Government, defining themselves at one time as Catalans and Spanish patriots.


Keywords

Military Expedition, Spain, Morocco, Militia, Volunteers, Catalonia


Introducción

La guerra de África (1859-1860) fue uno de los conflictos armados más relevantes de la segunda mitad del siglo XIX español, pues se trató de la primera intervención colonial de España en el norte de Marruecos. Esta campaña sentó el precedente más inmediato para las futuras reclamaciones coloniales españolas, al tratar de adquirir por las armas plenos derechos sobre una región de la que, sin embargo, Madrid sólo tomó el control seis décadas más tarde gracias al aval británico. En cualquier caso, la expedición fue una empresa bastante modesta si se compara con las llevadas a cabo por las principales potencias europeas en aquel momento, tanto en lo referente a sus objetivos militares como en cuanto al tamaño del ejército desplegado o las poco fructuosas ventajas conseguidas tras la paz. Su mayor notabilidad provino de la importancia que el conflicto con el sultanato alauita tuvo internamente para España, al desviar la atención mediática de los muchos y graves problemas políticos y unir en el esfuerzo bélico a toda una nación que, desde el comienzo del reinado de Isabel II, se había fragmentado terriblemente con el estallido de la Primera Guerra Carlista (1833-1840) y en la que los Gobiernos eran alzados y depuestos a través de sucesivos conatos revolucionarios y pronunciamientos militares.

Por su parte, para analizar la relación de Cataluña con esta campaña, primero ha de aludirse a la compleja situación política de aquella parte del país durante la década de los años cuarenta del siglo XIX. La insurrección liberal barcelonesa de finales de 1842 contra la regencia del general Baldomero Espartero, que terminó con el bombardeo de la Ciudad Condal desde el Castillo del Montjuic, y el estallido de la Segunda Guerra Carlista o Guerra de los Matiners (1846-1849), principalmente desarrollada en Cataluña, empujaron a la conciencia política nacional a caer en una cierta catalanofobia, al confundirse el excarcelado sentimiento provincialista del pueblo de aquella región con la más abierta deslealtad e insumisión respecto al Estado. En este estado de las cosas, el estallido de la guerra de África supuso el escenario perfecto para que la sociedad catalana liberal tratase de congraciarse con el Gobierno de Madrid, pretendiendo definirse al mismo tiempo como catalanes y españoles, impulsando para ello la creación del Batallón de Voluntarios Catalanes.

En este artículo se tratará de explicar brevemente la génesis de dicho Cuerpo y su actuación en combate, pero teniendo muy claro siempre que éstos voluntarios no fueron los únicos catalanes que participaron de la expedición, argumento excesivamente esgrimido por ciertas posturas políticas desde hace algún tiempo1.


España y su proyección sobre Marruecos a mediados del siglo XIX

A diferencia de otros Estados europeos, en la España decimonónica no puede decirse que la política exterior desempeñase un papel relevante, mucho menos en cuanto se refiere a la creación de un fuerte sentimiento nacional o a la generación de una opinión pública fervientemente patriótica. Tras la derrota napoleónica en la Guerra del Francés (1808-1814), los graves problemas políticos internos del país y la independencia de la mayor parte sus territorios de Ultramar acabaron por apagar la soflama de la nación en armas, o mejor dicho los rescoldos, que el ejército francés en retirada había ido dejando sobre el país.

Así, la acción exterior de España, que apenas se conformaba con el mantenimiento de sus posesiones en las Antillas, Filipinas y Oceanía, se descolgaba de una Europa que se expandía por medio mundo y se mostró estrictamente neutral en casi la totalidad de las cuestiones europeas, teniendo como máximo exponente la declinación de Madrid de participar en la guerra de Crimea (1853-1856) pese a la petición conjunta de París y Londres. Sólo se revertió fugazmente esta tendencia aislacionista durante el «Gobierno Largo» de la Unión Liberal (1858-1863), en el que el presidente del Consejo de Ministros, el general Leopoldo O’Donnell, puso en marcha las «campañas de prestigio», destinadas tanto a distraer a la opinión pública como a devolver cierta reputación internacional al país a través de una política exterior muy agresiva. España se embarcó en las expediciones a la Conchinchina (1857-1863) y Méjico (1861-1862), combatió en las guerras de África (1859-1860) y el Pacífico (1863-1866) y recuperó brevemente la soberanía de Santo Domingo (1861-1865); todas estas acciones, que pobremente sirvieron para logar un efímero despunte de la reputación del país y no consiguieron aumentar apenas el territorio colonial ni producir pingües beneficios, únicamente sirvieron para engullir grandes cantidades de recursos políticos, humanos y económicos. Casi exclusivamente la campaña africana de 1859, la única que proporcionó a Madrid el control efectivo y estable de algunos territorios, logró concitar un gran apoyo popular y estimular el entusiasmo patriótico y nacionalista, al apelar tanto al honor español como a la ética evangelizadora y a la recuperación del Imperio. Pues esa guerra, «lucha de la cruz contra la medialuna» según los titulares de la época, había servido para que Europa rectificase el juicio sobre España y para que el honor nacional quedase a salvo (Martín y Pérez, 2010:282).

La proximidad geográfica entre la Península Ibérica y el noroeste de África ha suscitado desde hace siglos el interés español de proyectar su influencia en la zona, en la intención de proteger tanto los enclaves de Ceuta y Melilla como garantizar el comercio marítimo y la navegación en el entorno del Estrecho de Gibraltar. Así, tras la unificación del Sultanato alauita, Madrid impulsó la firma de los tratados de paz, amistad y comercio de 1767 y 1782, confirmados y ampliados de nuevo en 1799, con propósito de dar comienzo a la normalización de las relaciones entre España y su vecino Marruecos. País que, pese a lograr preservar su independencia territorial frente a las potencias europeas hasta muy tardíamente, nunca logró imponer un efectivo y total control de su territorio y su población, dada la incapacidad de su deficiente burocracia para someter a la voluntad del Sultán a la suma de las cabilas del Rif. Algunas de las cuales no cesaron de sus actividades piráticas, en ocasiones incluso favorecidas mal disimuladamente por el rey moro Muley Abd el Ramán; teniendo lugar periódicos ataques a faluchos comerciales y secuestros de sus ocupantes, incluso en las propias inmediaciones de la ciudad de Melilla, destacándose por sus implicaciones internacionales las agresiones de 1854 y 1856 a sendas embarcaciones prusianas2.

Ante la inestabilidad de la orilla sur del Estrecho de Gibraltar, que no presentaba las mejores garantías para la libre navegación, Europa se mostraba cada vez más inquieta y Gran Bretaña y Francia, con grandes intereses en la zona pero embarcadas por aquel entonces en la campaña de Crimea (1853-1856), resultaban cada vez más proclives a una pequeña intervención hispana que apaciguase la región a la vez que no alterase el delicado statu quo del Estrecho. En este sentido, Londres se mostró contrario a una expansión territorial hispana a costa de Marruecos e, incluso, a que las posteriores operaciones militares se dirigieran contra la estratégica Tánger. En cualquier caso, la España presidida por O’Donnell se entregó rápidamente a esta causa y, tan tempranamente como a finales de 1854, una comisión de jefes y oficiales del Ejército y la Armada reconocieron los aproximadamente 250 km de costa entre el Peñón de Vélez de la Gomera y la desembocadura del río Muluya, con el objetivo de localizar los mejores puntos para realizar un desembarco de tropas (Rey, 2001:26). Era evidente que se preveía ya próxima una campaña militar contra los rifeños, más contundente que un mero ataque de castigo como el llevado a cabo a finales de 1855 contra los marroquines asentados en las inmediaciones de Melilla y comandado por el general Juan Prim y Prats, acción que le valió su ascenso a teniente general (Diego, 2003:177).

De igual modo, se procedió a reforzar el Campo de Ceuta con la construcción de varios fortines que protegieran la plaza, provocando una serie de desencuentros con el Sultanato, no tanto inducidas por las pasivas autoridades moras como por las belicosas tribus locales a las que apenas podían controlar y que no aceptaban la resolución de los acuerdos entre España y Marruecos alcanzados en 1782, 1799 y 1844. En ellos se reconocía que la ciudad de Ceuta debía disponer de suficientes terrenos para la provisión de una cierta seguridad a la localidad, «pudiendo poner en sus límites las guardias que quieran» (Acta de ejecución y cumplimiento del convenio del 25 de agosto de 1844, ápud Rey, 2001:269) para aplacar a los «inquietos y molestos moros fronterizos»; contra quienes ya se había autorizado en el pasado el uso de fuego de cañón y mortero desde las plazas españolas en caso de que fuesen ofendidas, «pues la experiencia ha demostrado que no basta el fuego de fusil para escarmentar a dicha clase de gente» (Tratado de paz, amistad, navegación, comercio y pesca del 10 de marzo de 1799, ápud Rey, 2001:225-264),

Los incidentes más graves comenzaron en agosto de 1859, tras el inicio de la construcción de la primera de las guardias españolas en los parajes disputados del Campo ceutí, considerados por las cabilas locales como su territorio. En la noche de San Lorenzo se reunió una banda de rifeños y, dando pleno sentido a la expresión «como moros sin señor», arrasó las obras del fuerte de Santa Clara, derribando y escarneciendo el escudo de armas de España, que señalaba el comienzo del territorio de Ceuta; hecho que fue considerado como un ultraje y una afrenta imperdonable al honor de la Nación española. En las fechas siguientes, siempre amparados en la oscuridad, los marroquines repitieron sus ataques a las garitas hispanas, desarrollándose violentos tiroteos entre las tropas españolas y las cabilas. Mientras, la tensión crecía exponencialmente y, tras un tibio intento marroquí por evitar las hostilidades sin comprometerse con los rifeños, el Gobierno de España reforzó los destacamentos norteafricanos y comenzó a reunir con celeridad tropas en el sur peninsular. Se creaba así el primero de septiembre el Ejército de Observación de las Costas Africanas, compuesto por más de once mil hombres bajo el mando del general Rafael Echagüe y concentrados en las cercanías de la bahía de Algeciras, y se establecía una División de Reserva, comandada por el mariscal de campo José Orozco y localizada también en Cádiz (Rey, 2001: 75-76), en previsión de contar con una fuerza expedicionaria suficiente para proteger los enclaves hispanos si sobrevenía el conflicto armado antes de haber finalizado ulteriores preparativos.

En este contexto, el Servicio Exterior español envió el día 10 de septiembre un ultimátum al Sultán, exigiendo una inmediata satisfacción por la que serían repuestas y respetadas las armas españolas, ejecutados los causantes del daño y reconocidos los derechos hispanos para levantar todas aquellas fortificaciones que considerase necesarias en el Campo de Ceuta. Pero la muerte del Emperador marroquí y la consecuente sucesión de su hijo Mohamed IV no hicieron sino complicar la delicada situación, que encalló en un continuo cruce de comunicaciones diplomáticas entre españoles y marroquines, éstos últimos poco interesados en alcanzar acuerdo alguno que les pudiera comprometer a responder enérgicamente contra las cabilas rifeñas, que seguían hostigando las posiciones españolas, cada vez con más virulencia. En este contexto, España comenzó a justificar ante las potencias europeas la posibilidad de ir a la guerra contra Marruecos, alegando que «las operaciones militares si comenzasen, tendrán por único objeto el castigo de la agresión» y no «al impulso de un deseo preexistente de engrandecimiento territorial» (Circular dirigida a las embajadas españolas en las Cortes de Europa el 24 de septiembre de 1856, ápud Rey, 2001:225-264) y el día 16 de octubre de 1859 tuvo lugar el envío del ultimátum definitivo al Sultán. Ocho días después, tras verse éste nuevamente desatendido, el presidente del Gobierno, Leopoldo O’Donnell, realizaba en nombre de la Reina la declaración de guerra al Imperio marroquí «para defender la dignidad española y los intereses de la Nación»


Voluntarios de Cataluña para la campaña africana

Pocos hechos tienen un potencial tan grande para fomentar el patriotismo de masas que un conflicto con un enemigo exterior. De esta forma, con la guerra contra Marruecos también estalló el ánimo de los españoles, entusiasmados por una «guerra al infiel» que devolvería la «visita que a nuestra patria habían hecho las bandas de Tarik» más de once siglos antes (Landa, 2008:25). Así, confluían en la exaltación de la campaña tanto el ánimo de los conservadores, al tratarse de una ofensiva contra el moro, como el de los liberales-progresistas, al ser ésta una misión civilizadora de los clanes bárbaros del Rif (García, 2002:15-16) y contra el autoritario Sultán de Marruecos (García, 2002:54); convirtiéndose la expedición a Marruecos en «la mayor floración de retórica patriótica entre 1814 a 1898» (Álvarez Junco, 1997:47). Si por toda España la exaltación del patriotismo probélico fue la norma, en Cataluña y, más concretamente, en Barcelona ésta alcanzó unas proporciones difícilmente igualadas en otras regiones de la Península, pues fue apoyada con singular ímpetu tanto por la clase acomodada como por la obrera. Los testimonios en este sentido son muchos y esclarecedores: la Universidad de Barcelona ofreció un estandarte para el primer batallón de paisanos que partiese a la guerra (Redo, 2010:23), oferta con la que quiso rivalizar el Colegio de Farmacéuticos de Barcelona al obsequiarles con un magnífico botiquín en una rica arca de caoba (Redo, 2010:81). Los casinos y sociedades organizaron y promovieron festejos y movilizaciones, los patrones y los obreros cerraron fábricas y talleres para, junto a los estudiantes que abandonaban sus clases, despedir entre vítores y banderas a los soldados que marchaban al frente o celebrar las victoriosas noticias que llegaban del continente africano. Y, aunque las referencias a estos homenajes puedan ser tomadas en ocasiones por parciales e interesadas, en el fondo no puede discutirse la genuina y sincera existencia de esta exaltación patriótica (García, 2002:19-22), rápidamente aprovechada por el Gobierno español para formar un cuerpo de civiles catalanes que apoyase al ejército expedicionario que se abría camino hacia Tetuán.

A principios de noviembre, el presidente del Gobierno en persona desembarcó a la cabeza del Ejército de Operaciones, compuesto por 163 jefes, 1.599 oficiales, 33.328 soldados, 2.947 equinos y 74 cañones. Este contingente se dividía en un Primer Cuerpo3, mandado por el Mariscal de campo Rafael Echagüe, un Segundo Cuerpo4, bajo las órdenes del general Juan Zabala, un Tercer Cuerpo5, comandado por el general Antonio Ros de Olano, una División de Reserva6 bajo mando del general Juan Prim y Prats7 y una División de Caballería8 mandada por el general Félix Alcalá-Galiano (Rey, 2001:80-88).

Los primeros combates se trabaron los días 22 y 24, siendo los del 25 especialmente duros pues, reforzados con unos cuatro mil hombres, los marroquines atacaron a los Batallones de Cazadores de Madrid y Barcelona, que protegían posiciones avanzadas en la periferia de Ceuta y debieron batirse con gran intensidad para repeler el asalto (Rey, 2001:120). Ante la violencia de estos ataques, en los que perdieron la vida unos 80 españoles y se contaron más de 400 heridos9, O’Donnell ordenó que cruzasen de inmediato el Estrecho el Segundo Cuerpo de Zabala y la División de Reserva de Prim, temiendo que la situación pudiera complicarse en caso de un gran ataque marroquí sobre la plaza de Ceuta. Las escaramuzas y los combates continuaron, destacándose principalmente los enfrentamientos de Sierra Bullones el 30 de diciembre, que se saldaron con nueve muertos y 30 heridos de la tropa española y más de trescientas bajas por parte mora, y Los Castillejos el 1 de enero 1860. En esta batalla, el «hijo de la guerra, aquel fiero catalán», como alguno se refirió románticamente al propio general Prim, se destacó grandemente al tomar la iniciativa con su División de Reserva, dos escuadrones de los Húsares de la Princesa y algunas piezas de artillería y coronar las alturas que dominaban el valle de Los Castillejos, desalojando tras unos duros combates a los rifeños que desde allí hostigaban el avance español. Esta victoria y los intercambios de disparos a larga distancia que la sucedieron, empujaron al día siguiente a las tropas enemigas a una retirada general hacia Tetuán. Las no poco numerosas bajas en combate que el ejército expedicionario español había sufrido en pocas semanas, la proliferación del cólera, el desabastecimiento de algunas unidades y la dispersión de las tropas sobre el territorio enemigo previnieron al Estado Mayor hispano de perseguir al ejército moro en desbandada, haciendo mucho más recomendable el detenerse, reorganizarse y esperar refuerzos para reemprender la marcha hacia Tetuán con total seguridad de éxito.

Días antes, hacia mediados de diciembre, el Ministerio del Ejército había cursado una orden a la Capitanía General de Cataluña para la formación de cuatro compañías de paisanos que, bajo el nombre de «Voluntarios de Cataluña», irían destinadas a apoyar al Ejército de África. El origen del capricho del levantamiento de una tropa de voluntarios civiles exclusivamente catalana no está del todo claro y tradicionalmente se ha apelado a la voluntad de la Diputación provincial de Barcelona, el corazón de la clase política catalana, de manifestar su patriotismo y congraciarse así con Madrid ante el «incipiente “provincialismo” que se incubaba en el Principado» (González, 2005:133). Aunque las primeras referencias que se tienen sobre la gestación del contingente son unos telegramas en los que Vicente Martí y Torres, guerrillero catalán conocido con el pseudónimo de Noy de las Barraquetas, propuso la creación de «una partida de 400 hombres para hacer la guerra en África» (Redo, 2010:69).

Sea como fuere, el principal impulsor de la creación del Cuerpo fue Domingo Dulce, capitán general de Cataluña por aquellas fechas, quien contó con el entregado apoyo de la Diputación de Barcelona10 para la realización de gran parte de las gestiones para el levantamiento de la unidad y, presumiblemente, estuvo coordinado con el general Prim, ambos con intención de obtener cierta influencia sobre la menestralía progresista y el incipiente radicalismo obrero catalán. Esta última idea se sostiene casi por sí misma con la sola elección como jefe del contingente a Victoriano Sugrañés y Hernández, comandante licenciado del ejército en 1844 que se había destacado por su actuación revolucionaria en 1854 y por su colaboración con el liberalismo radical interclasista en años posteriores (García, 2002:30-31; González, 2005:133). Pero parece confirmarse si se tienen en cuenta tanto las continuas rogativas de Prim para participar en la expedición como su extremada agresividad al mando de la División de Reserva, que le valió como recompensa el mando del Segundo Cuerpo de Zabala tras caer este enfermo de cólera, coincidiendo providencialmente con la formación de unas compañías de Voluntarios que le darían al Conde de Reus un gran renombre entre la burguesía liberal catalana (García, 2002:38).

En cualquier caso, el capitán general de Cataluña cursó una recomendación el día 18 de diciembre para reclutar y armar unos «Cuerpos Francos» destinados a la campaña de África, que estarían compuestos por aquellos paisanos que deseen participar voluntariamente en la guerra de África, «por más que este espíritu provincial se oponga al interés nacional» (Redo, 2010:69). La creación de dicho cuerpo fue aprobada por la Reina el día 24 de diciembre, anunciándose seguidamente las bases para su formación por las diputaciones de las cuatro provincias catalanas. En ellas, se indicaba que el contingente, un batallón, llevaría el nombre de «1º de Voluntarios de Cataluña» y estaría formado por cuatro «compañías compuestas cada una por un capitán, dos tenientes, un subteniente, un sargento primero, tres segundos, diez cabos, dos cornetas y cien voluntarios», pudiendo ser reclutados «los naturales del principado […] (que) reúnan la estatura que se re requiere para el ejército y tengan de 20 a 35 años de edad» (BOPT núm. 160, viernes 30/12/1859, p. 2, ápud Redo, 2010:215-217). Además, también se indicaban otras consideraciones de diversa índole, como por ejemplo: los salarios de la tropa, las gratificaciones y recompensas tras la campaña, la posibilidad de armar un segundo batallón, el uniforme que habrían de vestir, el armamento con el que serían dotados, las divisas particularizadas que ostentarían o la necesidad de seleccionar a los oficiales y suboficiales de entre aquellos voluntarios que hubiesen sido licenciados del ejército o dispusieran de estudios superiores.

Rápidamente fueron seleccionados y uniformados 466 hombres, la mayoría de la provincia de Barcelona, embarcando el navío San Francisco de Borja al mediodía del 26 de enero de 1860, tras asistir muchos de ellos la noche antes a una función teatral en su honor, titulada ¡Al Africa minyons!11, y después de ser despidos por la jubilosa población de la Ciudad Condal. El 3 de febrero, ya en Algeciras, fueron armados y pasados para África en el vapor Piles, causando gran expectación y exaltación en el campamento del ejército español, pues cuando «saltaron a tierra los Voluntarios Catalanes su robusto aspecto, su enérgica actitud y su pintoresco traje llamaban la atención de todos» (Landa, 2008:120). No era para menos pues su atuendo, más parecido a un traje regional que a un uniforme militar, era muy poco parejo al del resto de la fuerza. Y aunque ello le ganó algunas críticas iniciales a los Voluntarios, al pretextar algunos que esa vestimenta tan exageradamente diferenciada podría «engendrar rivalidades peligrosas», lo cierto era que otros ejércitos occidentales recurrían a uniformes folclóricos en algunas de sus unidades con gran éxito para la moral de la tropa, como «en Rusia, los cosacos; en Austria, los tiradores tiroleses y los húsares húngaros; en Inglaterra, los escoceses; y en Francia, los turcos», en palabras del propio Domingo Dulce (Redo, 2010:74). Sea como fuese, «aquellos gorros frigios […] unidos a los roses» simbolizaron para algunos «la hermosa fusión de opiniones que esta guerra había proporcionado al país» y muchos se regocijaron de «ver reunidas para la gloria de España aquellas fuerzas» (Landa, 2008:120). Supuso así el salto a la playa de aquellos catalanes un verdadero refuerzo para el espíritu de todo el contingente hispano, pues el descenso de los voluntarios se convirtió casi en un paseo triunfal por adelantado, acompañado como lo estuvo de comparsas militares y grandilocuentes consignas a viva voz, que profetizaban las próximas victorias.

Para mayor solemnidad, los Voluntarios fueron recibidos por el propio presidente del Gobierno y General en Jefe del ejército en campaña, quien sabiamente les encomendó su caudillaje a Prim, al mando ya del Segundo Cuerpo. El Conde de Reus mandó formar inmediatamente a sus paisanos para, desde su caballo, arengarlos «en su enérgica lengua», exaltando «sus ánimos con el recuero de lo que hicieron los almogávares en Oriente» (Landa, 2008:120). El discurso, quizás la alocución más conocida de la campaña, le sirvió al general catalán para que alguno llegase a decir que, aun habiendo oído muchos oradores, en ninguno había visto reunidos «tanto vigor, tanta pasión, facilidad tan grande ni frases tan sentidas» (Diego, 2003:199). Tras la arenga, los Voluntarios desfilaron por el campamento español con poca precisión y peor harmonía, demostrando el nulo adestramiento recibido y la exigua marcialidad de la que disponía todo el batallón. Ante este hecho, O’Donnell, probablemente convencido de que los que veía marchar ante él era antes una patulea de paisanos que una milicia, insinuó a Prim la falta de instrucción de la que disponían, a lo que el de Reus contestó magnánimamente: «mi general, mañana la completaran en el combate» (Redo, 2010:87). Finalmente, terminados los recibimientos, Prim mandó que sus paisanos acampasen en las cercanías de su propia carpa y, ante la escasez de toldos para alojarlos, les ordenó descansar al raso, invitándoles a capturar las tiendas del campamento enemigo al día siguiente si deseaban continuar la campaña durmiendo cómodamente a cubierto.

Los Voluntarios Catalanes en combate

Antes de asaltar Tetuán el ejército español debió de encargarse de desbaratar las fuerzas moras que la protegían la plaza, fortificadas en las alturas de los alrededores. Así, al mediodía del 4 de enero, las unidades de infantería hispana fueron lanzadas contra el campamento marroquí tras un intenso fuego de preparación de la artillería, que causó graves daños a las defensas enemigas. Los Voluntarios, que ocupaban la vanguardia del Segundo Cuerpo a petición propia y marchaban a la derecha de batallón de Cazadores de Alba de Tormes, cubriendo el flanco de toda la formación, quedaron bloqueados por una acequia pantanosa disimulada por la vegetación, justo cuando se encontraban a la distancia exacta para lanzarse a la carrera contra las trincheras enemigas sin llegar exhaustos al combate. En aquella comprometida situación recibieron impávidos nutridas descargas de fuego enemigo, pese a las muchas bajas que sufrían (Redo, 2010:89), hasta que el mismo Prim avanzó con su caballo junto a ellos, los reorganizó y, al grito de «endavant, catalans, los arrojó a una carga a la bayoneta contra la trinchera enemiga, sin descargar antes un sólo tiro de fusil. Esta arriesgada y bizarra maniobra, que fue glorificada por toda la prensa española, le cobró un elevado precio a la tropa catalana, que debió asumir más de una decena de muertos12 y casi ochenta heridos de diversa consideración. Pero les valió a los Voluntarios para alcanzar las posiciones marroquinas junto a los batallones de Saboya y León, arrollando a cuanto se les oponía con un desprecio tal por el fuego enemigo que a algunos testigos les pareció más un simulacro que un combate real. Tras esta acción, el frente enemigo quedó desestabilizado, facilitando un avance tan rápido del resto del ejército español que los marroquíes no tuvieron tiempo para alzar sus tiendas o clavar sus cañones en su retirada, dejando expedito el camino a Tetuán.

A la mañana siguiente, un notable tetuaní se dirigió al campamento español para establecer las condiciones de rendición de la ciudad, que debía declararse abierta y ser desalojada por la tropa que la guarnecía en menos de 24 horas si quería evitar ser bombardeada «hasta las cenizas» por el tren de artillería español (Anónimo, 1860:323). La mañana del día 6, después de que las tropas marroquíes abandonasen la plaza de madrugada13, el general O’Donnell dio orden de ocupar la ciudad, siendo el regimiento de Zaragoza el primero en forzar sus puertas y acceder a ella; mientras que la tarea de tomar posesión de la Alcazaba fue encomendada a las tropas del general Prim, a cuya vanguardia avanzaban de nuevo los Voluntarios Catalanes. Sólo tres días después de desembarcar y dos de su bautismo de sangre, un voluntario de este cuerpo escaló a lo alto de la fortaleza para enarbolar en su alto la bandera española, no sin riesgo para su persona, pues el teniente que lo seguía cayó de la escala y se hirió gravemente. La jornada terminó tras un pobre y repentino intento de recuperar la Alcazaba por los moros, que fueron dispersados por algunos disparos con los cañones capturados en la fortaleza, quedando en disposición española centenares de tiendas de campaña, numerosísimas piezas de artillería14, gran cantidad de proyectiles de todo calibre, mucha pólvora de diversa calidad y demás pertrechos de guerra de todas las clases (Anónimo, 1860:325-333).

Al contar con la base de Tetuán, el ejército español podía esperar, reorganizarse y emprender más adelante un ataque contra otras posiciones estratégicas (Anónimo, 1860:328). Y así permaneció, acantonado en la ciudad y sus alrededores, a la espera de si se decidía la firma de un tratado de paz o se continuaban las hostilidades. Durante ese tiempo, no obstante, se desarrollaron algunas escaramuzas, como la ocurrida el 26 de febrero, en la que durante una patrulla de reconocimiento los voluntarios avistaron un grupo considerable de moros, contra los que tiraron y a los que causaron dos muertos, haciendo huir al resto (Redo, 2010:100). En el mes de marzo, dado que las conversaciones de paz no estaban fructificando, O’Donnell mandó a sus tropas entablar combate con las tropas enemigas, encontrando el día 11 un núcleo de resistencia en las inmediaciones de Tetuán, concretamente en la pequeña población de Samsa. Durante este encuentro, las tropas enemigas lograron envolver varios batallones españoles hasta que el regimiento de Cazadores de Albuera cargó contra el enemigo, obligándole a retirarse tras causar a la tropa española seis muertos y 140 heridos. El resultado del choque supuso una nueva derrota para el Sultán, quien no obstante continuó negándose a aceptar la entrega de Tetuán a España, ni tan siquiera como aval del pago de las correspondientes indemnizaciones de guerra; quizás a la espera de una posible intervención de Inglaterra, que viendo amenazados sus intereses en la costa norteafricana del Estrecho dio orden a su escuadra en Lisboa para dirigirse hacia Tánger «como para hallarse dispuesto a intervenir […] contra España si esta persistiese en querer aprovecharse de las consecuencias naturales de la expedición» (Anónimo, 1859:409).

Ante este panorama, el ejército español, fuerte en 20 mil hombres, entre los que se incluían los recién llegados Tercios Vascongados15, abatió sus tiendas a primera hora del día 23 de marzo e inició la marcha hacia Tánger. Ese mismo día, hacia las ocho de la mañana, la vanguardia española contactó con las fuerzas moras en las escarpadas alturas del valle de Wad-Ras. La escaramuza que iniciada entre la avanzadilla hispana y el enemigo fue derivando a unos duros enfrentamientos que se alargaron hasta las ocho de la noche y en los cuales los marroquines llegaron a disponer de no menos de 50 mil hombres. En esta batalla, una de las más duras de toda la campaña, los cerca de 250 Voluntarios que quedaban en condiciones de combatir lucharon de forma encomiable bajo las órdenes del coronel Francisco de Fort, pues tuvieron que reforzar el ala izquierda de la formación española en el momento en que fue atacada por una gran cantidad de enemigos.

Ante la ferocidad de la acometida de los marroquíes, el general O’Donnell solicitó la intervención de las tropas del Segundo Cuerpo de Prim; no obstante, éste sólo pudo enviar a sus dos centenares y medio de catalanes, única unidad que estaba suficientemente cerca como para acudir a defender aquel flanco. Según la tradición épica que envuelve la batalla, este hecho le valió al Conde de Reus el descontento de su superior, que le recriminó el envío de tan pocos efectivos. El general reusense contestó grandilocuentemente a O’Donnell que sus catalanes harían lo que pudieran, pues les exigió que se «hieran matar hasta el último» y los mandó al combate a bayoneta calada, marchando con resolución hacia un combate numéricamente muy desigual. Según la narración del propio Prim, tras vadear el río y ganar altura, los catalanes comenzaron a foguearse con los moros hasta que un escuadrón de caballería aliada debió replegarse sobre las líneas de los catalanes para no resultar inútilmente diezmado. Quedaron así los Voluntarios en abierto y con la formación completamente desbaratada y rota para combatir cuerpo a cuerpo contra la celebérrima caballería negra marroquí, a la que resistieron protegidos tras un parapeto hasta el regreso de la caballería hispana (Redo, 2010:101-102). Del total de las bajas españolas, que superó el millar, los Voluntarios debieron de lamentar 16 muertos y 100 heridos.


El fin de la guerra y la vuelta a casa de los Voluntarios

Derrotado nuevamente en Wad-Ras, el Sultán Mohammed IV no tuvo otra opción que aceptar la paz y plegarse a las condiciones de Madrid, firmando un armisticio el mismo día 25 de marzo. Con ello se garantizaba para España no sólo el territorio en disputa en torno a la ciudad de Ceuta, sino también el de Melilla, al tiempo que se ratificaba la cesión de los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas, se permitía el establecimiento de una factoría pesquera española en Santa Cruz de Mar Pequeña y Marruecos se comprometía al pago de una reparación de guerra de cuatrocientos millones de reales, quedando Tetuán en principio ocupada por un contingente español hasta que se hiciese efectivo el pago (Diego, 2003:201). No obstante, el elevado número de bajas totales, calculado entre siete y catorce mil, y el coste de la campaña, estimado en 327 millones de reales, hicieron que muchos se cuestionaran realmente lo logrado con la expedición; y hasta tal punto fueron decepcionantes las condiciones de la paz que el mismo general Ros de Olano llegó a declarar algo parecido a que España, pese haber ganado todas las batallas, había perdido la guerra (Diego, 2003:201).

Inmediatamente tras la firma del armisticio, los Voluntarios marcharon con el Segundo Cuerpo de Prim hacia Ceuta, recibiendo órdenes de regresar inmediatamente a la Península el día 28 de marzo. Evidentemente, no todos los expedicionarios retornaron a España, pues habían caído en África, tras un escaso mes y medio de campaña, un total de 41 voluntarios, a los que habría que sumarse 170 heridos de diversa consideración (García, 2002:28). En cualquier caso, el recibimiento que se les hizo, al igual que al resto de unidades del ejército expedicionario allá donde desembarcaban, fue apoteósico. La primera parada que realizaron en su camino a Barcelona fue en Alicante, el primero de mayo, lugar en el que Prim debió de separarse de sus catalanes para dirigirse con rapidez hacia la Capital, pero no sin antes recrearse el afectuoso recibimiento de la población y despedirse emotivamente de sus paisanos16, que también fueron espléndidamente acogidos por los alicantinos, que les brindaron multitud de fiestas y agasajos. La siguiente ciudad visitada fue Valencia, donde también fueron recibidos como héroes, con gentes de toda condición acompañándolos en su entrada y obsequiándoles con dulces, puros, vinos, etc., (Redo, 2010:106). Aunque espléndidas, todas estas muestras de cariño no fueron más que un pequeño adelanto, apenas un bocado, de la verdadera entrada triunfal que tendría lugar en la Ciudad Condal. Allí, los preparativos habían comenzado a organizarse con varios días de antelación, tanto por la Diputación como por el Ayuntamiento y los distintos barrios de la urbe, en un ambiente en el que todo hacía presagiar que «las demostraciones espontáneas que se hagan a las fuerzas expedicionarias de África excederán en mucho a las preparadas en virtud de acuerdo o disposición oficial» (Gaceta de Madrid, nº121, del 30/04/1860, ápud Redo, 2010:107).

El día 3 de mayo los buques de transporte llegaron al puerto barcelonés, desembarcando a los Voluntarios y al batallón de Cazadores Arapiles nº11, con asiento en Vic y participante en los mismos términos «de la brillante acogida que nuestra entusiasta población va a hacer a las fuerzas del Ejército» (Diario de Reus, nº267, del 03/05/1860, ápud Redo, 2010:108). Los festejos duraron días y contaron con discursos, izados de banderas, fuegos de artificio, banquetes, misas, conciertos, obras de teatro, donativos de dineros, etc. Sin embargo, además de en Barcelona, los Voluntarios fueron recibidos con gran exaltación también por toda Cataluña, allá donde pasaban de camino a sus lugares de origen. Y con gran idéntico entusiasmo, aunque menos fastuoso, fueron recibidas las unidades que, acantonadas en Cataluña, marcharon a la guerra y regresaron victoriosas a sus cuarteles de origen, como los batallones de Cazadores Cataluña nº1, Barcelona nº3, Figueras nº8, Alba de Tormes nº10 o el regimiento de Caballería Ligera de Cazadores de Albuera nº18.


Conclusiones

El 22 de octubre de 1859 estalló la guerra entre España y Marruecos. Aquella primera intervención colonial de España en el norte de África tuvo una gran relevancia externa e interna para Madrid, pues sirvió para lograr un breve despunte del prestigio internacional y sostener posteriores reclamaciones coloniales, al tiempo que distrajo a la opinión pública de los problemas intestinos del país. La contienda sirvió para inflamar el espíritu patriótico de toda la nación y especialmente llamativo fue el caso de Cataluña, donde la campaña fue inmediatamente comprendida por la sociedad liberal como la oportunidad para tratar de definir los términos de su catalanidad y españolidad y congraciarse con el resto de sus compatriotas, que veían con recelo el cada vez mayor sentimiento regionalista catalán.

Para ello, se impulsó la creación del Batallón de Voluntarios Catalanes, compuesto por 466 hombres y que pasó para África para apoyar el avance del ejército expedicionario español. Es importante señalar que, contrariamente a las muchas veces imperantes tesis de la actual ideología nacionalista, los Voluntarios no fueron los únicos catalanes que combatieron con el Ejército español en aquella lid, pues muchos debieron formar parte de la oficialidad y la tropa de las fuerzas hispanas; además, tampoco fue única unidad «catalana» presente en el conflicto, pues algunas de los regimientos y batallones del ejército tenían su origen o estaban acantonados en aquella región. No obstante, sí podemos concluir que fue la única unidad estrictamente formada por voluntarios civiles naturales de Cataluña, dada la gran intencionalidad política que tuvo, sobre todo en cuanto a la dialéctica exaltación de la patria «chica» y la patria «grande». En este sentido, la creación del Batallón fue impulsada por el capitán general de Cataluña, Domingo Dulce, posiblemente en coordinación con el general Juan Prim, en la intención de ganar ambos peso político en la sociedad liberal catalana. Rápidamente se involucró en el proyecto la Diputación de Barcelona, que apoyó decisivamente y con gran entusiasmo la creación del cuerpo, uniformándolo a «la catalana» y agasajando profusamente a sus componentes antes de su partida para África.

Respecto al comportamiento en combate de los Voluntarios, pese a la épica que los envuelve y a haber tomado parte de algunos de los episodios más relevantes de la campaña, hay que tener en cuenta que entre las principales acciones de las que fueron protagonistas únicamente se cuentan algunas cargas a la bayoneta, maniobra fundamental de la táctica militar de la época pero que evidencia una falta absoluta de este cuerpo para llevar a cabo descargas de fusilería más o menos organizadas. El hecho de que trabasen combate con el enemigo siempre tras una carga, seguramente muy abierta, sin siquiera disparar antes, pone de manifiesto sus enormes carencias en cuanto a formación militar básica, lo que les impedía foguearse en la distancia de forma efectiva contra el enemigo. Ello es especialmente llamativo si tenemos en cuenta que se trató de una unidad a la cazadora, es decir de infantería ligera, lo que parece abundar en la importancia política del cuerpo y no tanto en la castrense. Sospecha ésta que se confirma al analizar el magnífico recibimiento que se dio al regreso a España de los Voluntarios, orquestado por la administración, pero al que de ningún modo se le puede negar la espontaneidad y sinceridad de la población catalana en general y barcelonesa en particular, que quiso definirse en aquella guerra africana como «la cabeza de España».


Bibliografía

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1 Es interesante señalar que el empeño en afirmar que el ejército español del siglo XIX se encontraba prácticamente vacío de catalanes (García, 2002:42) acostumbra a sostenerse únicamente sobre una supuesta vinculación cultural de Cataluña con el pacifismo y la pluralidad de su sociedad civil, en franca oposición al belicismo militarista castellano (González, 2005:119-120). Y no suelen aportarse muchas más pruebas para demostrarlo que el bajo porcentaje de reemplazos procedentes de esta región en los cupos anuales del servicio militar en aquella época, obligatoria en Cataluña sólo desde 1845, sin tener en cuenta otros aspectos que podrían ser determinantes en un profundo análisis de este tema. Tales como que la redención en metálico fuese mucho más elevada allí que en el resto del país, al tratarse de un territorio en crecimiento económico, o a un más que factible alto índice de auto-reclutamiento, debido tanto al efecto llamada provocado por el elevado número de tropas acantonadas en aquella zona como al mayor índice de población urbana, cuyos excedentes demográficos han sido tradicionalmente más proclives a ingresar en la milicia.

2 A principios del verano de 1856, el príncipe Adalberto de Prusia, Gran Almirante de la Marina de su país, embarcado en la corveta a vapor Dantzing para realizar un crucero por el Mediterráneo, quiso inspeccionar la costa cercana al lugar de había sido atacado en 1854 el bricbarca Flora. Cuando los botes de la corveta se acercaron a la playa recibieron algunos disparos por parte de un grupo de rifeños allí concentrado, desencadenándose posteriormente una enérgica refriega entre la tripulación prusiana que desembarcó para castigar a los tiradores y unos violentos marroquíes cada vez más numerosos. Este intenso tiroteo, conocido pretenciosamente por la historiografía germana como batalla de Tres Forcas, le costó una decena de muertos y más de veinte heridos a la Preussische Marine, entre los que se contó el propio Adalberto al recibir un balazo en el muslo.

3 Formado por: los regimientos de Infantería de Línea Rey nº1, Borbón nº7 y Granada nº38; los batallones de Cazadores Cataluña nº1, Madrid nº2, Barbastro nº4, Talavera nº5, Simancas nº13, Las Navas nº14, Mérida nº19 y Alcántara nº20; dos escuadrones de Caballería Ligera, el uno el escuadrón suelto de Mallorca 1º de Cazadores y el otro procedente del regimiento de Cazadores de Albuera nº18; y de Artillería tres compañías del regimiento de Montaña y otra del 5º regimiento a Pie.

4 Compuesto por: los regimientos completos de Infantería de Línea Princesa nº4, Córdoba nº10, Castilla nº16, Toledo nº35 y un batallón de los regimientos Saboya nº6, Navarra nº25 y León nº38; los batallones de Cazadores de Chiclana nº7, Figueras nº8, Alba de Tormes nºn10 y Arapiles nº11; un escuadrón de Caballería del regimiento de Húsares de la Princesa nº19; tres compañías del 2º regimiento de Artillería Montada; una compañía de Ingenieros del 2º batallón; y 30 guardias civiles, de caballería e infantería.

5 Integrado por: los regimientos completos de Infantería de Línea Zamora nº8 y Albuera nº26 y un batallón de los regimientos Reina nº2, Infante nº5, San Fernando nº11, África nº17, Almansa nº18, Asturias nº31; los batallones de Cazadores Barcelona nº3, Ciudad Rodrigo nº9, Baza nº12, Llerena nº17, Segorbe nº18; un escuadrón de Caballería Ligera del regimiento de Cazadores Albuera nº18; dos compañías del 1er regimiento de Artillería Montada y una del regimiento de Artillería de Montaña; una compañía de Ingenieros del 1er batallón; y 30 guardias civiles, de caballería e infantería.

6 Dispuesta por: tres batallones de Infantería de Línea, procedentes de los regimientos Príncipe nº3, Cuenca nº27 y Luchana nº28; el batallón de Cazadores de Vergara nº15; dos batallones de Artillería, del 3er y el 5º regimientos a Pie; y dos batallones de ingenieros .

7 Inicialmente, Prim había sido dejado al margen de los preparativos de la campaña, pero empeñado en tomar parte en las hostilidades solicitó personalmente a O’Donnell que le permitiese participar en la contienda, concediéndosele el mando el mando de la División de Reserva, que en principio iba a serle entregada al general José Orozco.

8 Constituida por: un escuadrón de los regimientos de Coraceros del Rey nº1, Reina nº2, Príncipe nº3 y Borbón nº4; cuatro más de Lanceros, dos de Farnesio nº5, uno de Villaviciosa nº8 y otro de Santiago nº12; un procedente del regimiento de Húsares de la Princesa nº19; y algunos escuadrones de los regimientos Artillería a Caballo y Montada.

9 Entre ellos el propio general Echagüe, que fue herido en una mano.

10 Que se encargó de conmemorar la marcha y regreso de voluntarios y financiar indemnizaciones y recompensas, además de proveer al batallón de su uniformidad a la catalana, compuesta por «un gorro del país, tres camisas de algodón, dos pares de calzoncillos, dos camisetas de algodón, una túnica y pantalón de pana, un par de botines de cuero, un par de alpargatas, un morral, una manta y una bolsa de aseo» (Redo, 2010:73).


11 Que en catalán significa: ¡Al África, muchachos!

12 Entre los que se encontró su propio comandante, Victoriano Sugrañés, además de un teniente y un sargento. El resto de fallecidos fueron de la tropa, incluidos dos cabos.

13 No sin antes cometer toda clase de abusos contra la población y sus propiedades.

14 Con el bronce de estos cañones se fundieron los leones, bautizados como Daoiz y Velarde, que protegen hasta hoy la entrada del Congreso de los Diputados.

15 La División de Voluntarios Vascos o Tercios Vascongados de África, compuesto por tres mil hombres y mandada por el general Carlos María Latorre, fue una unidad reclutada por las Diputaciones de las provincias vascas para, de idéntica forma que el Batallón de Voluntarios Catalanes, apoyar al ejército español en la campaña africana.

16 El general decidió inscribir a su hijo de apenas dos años, como hecho simbólico, en las filas de los Voluntarios, quienes inmediatamente, también como una muestra de cariño figurada, le propusieron inmediatamente para el ascenso a cabo segundo del pequeño Vizconde del Bruch (Diego, 2003:2002; Redo, 2010:104).