ISSN 2603-6096




De la Fuente Salido, Guadalupe, «La rebelión de los Cipayos (1857-1858)», Guerra Colonial, (2017), nº1, pp.47-70





La rebelión de los Cipayos (1857–1858). Ejemplo de un conflicto colonial

(The rebellion of the Sepoys (1857-1858). Example of a colonial conflict)

Guadalupe de la Fuente Salido

Universidad Iberoamericana


Recibido: 04/11/2017; Aceptado: 12/12/2017;



Resumen:

La rebelión de los cipayos marca un hito en los levantamientos de la India británica, si bien tiene relación causal con otros, es innegable su importancia por sí misma. Sus causas fueron variadas, entre ellas la pauperización de la población campesina y artesana, la limitación de ciertos sectores para participar en su propio gobierno y, por supuesto, el descontento de los cipayos ante las políticas de la Compañía Británica de las Indias Orientales.

A pesar de que no tuvo objetivos unificados en términos generales, los diversos grupos de la sociedad india coincidían en la expulsión de los británicos de su territorio.


Palabras clave:

Cipayos, Compañía, Gran Bretaña, Bengala, India


Abstract:

The rebellion of the sepoys marks a milestone in the uprisings of British India, although it has causal relationship with others, its importance by itself is undeniable. Its causes were varied, among them the pauperization of the peasant and artisan population, the limitation of certain sectors to participate in their own government and, of course, the dissatisfaction of the sepoys with the policies of the British East India Company.

Although it had no unified goals in general terms, the various groups of Indian society agreed on the expulsion of the British from their territory.

Keywords:

Sepoys, Company, Great Britain, Bengal, India


Introducción

En el contexto de las guerras coloniales, un lugar importante lo tiene la rebelión de los cipayos en la India llevada a cabo entre 1857 y 1858. Si bien el nombre hace alusión a los indios reclutados en los ejércitos de la Compañía Británica de las Indias Orientales, no es posible reducirla a un «simple motín de soldados». Pues muchas fueron las causas de descontento que devinieron en el levantamiento. Tales como el empobrecimiento de los campesinos al perder sus tierras debido a las políticas de la Compañía, la miseria de artesanos que tuvieron que abandonar sus talleres ante la competencia textil inglesa, los sectores aristocráticos que vieron limitado el acceso a su propio gobierno y, por supuesto, los agravios de que fueron objeto los soldados de los ejércitos de Bengala, Madrás y Bombay encargados de la defensa de los territorios e intereses de la Compañía.

Sin embargo, a pesar de que existían razones de más –a ojos de los propios indios- para sublevarse, el conflicto no alcanzó una escala global; amplias zonas del subcontinente permanecieron en paz, toda vez que los ejércitos de Madrás y Bombay se mantuvieron leales a la Compañía Británica de las Indias Orientales.

La importancia de la rebelión de los cipayos radica entonces, no sólo en el hecho mismo del levantamiento, sino en las fuertes implicaciones que tuvo para la compleja sociedad india y por los objetivos de la misma que, aunque no fueron unificados, en términos generales pretendían la expulsión de los británicos.

En este sentido, es necesario hacer hincapié en que la expulsión no implicaba la marcha atrás en algunas de las reformas y mejoras que los británicos habían puesto en práctica, caso el de los ferrocarriles, canales de riego o introducción de los barcos de vapor fluviales, entre otras.

Con el levantamiento, no sólo los soldados y pobladores británicos de las zonas involucradas se vieron afectados, también la Gran Bretaña como un todo se vio fuertemente implicada y, para no perder a la India como parte de su imperio, se vio impelida a tomar decisiones políticas, militares y sociales que, de no haberse dado la rebelión, difícilmente hubiera puesto en práctica.

Las consecuencias para la Compañía Británica de las Indias Orientales fueron por demás catastróficas. El levantamiento en sí mismo y el riesgo en que se estuvo de perder la colonia llevaron a la Corona británica a quitarle el gobierno –y a disolverla años más tarde- y nombrar a la reina Victoria como Emperatriz de la India en un afán por establecer un lazo de unión directo entre la Corona y sus súbditos.

Tomando en consideración estos factores, el presente trabajo hará alusión a la Gran Bretaña y su expansión colonial en el subcontinente como parte fundamental para la comprensión del levantamiento y se pondrá especial atención al papel que la Compañía Británica de las Indias Orientales jugó en la conquista y expansión de sus dominios.

Por otro lado, es indispensable explicar, aunque de manera sucinta, la situación de la India británica, las medidas y reformas llevadas a cabo por los gobernadores generales –de la Compañía- con el objetivo de mejorar sus condiciones de beneficio. A la vez, se tratará lo relacionado con el sistema de castas y la concepción británica de la casta en sí, como elemento para homologar la heterogeneidad cultural y religiosa, como una manera de «occidentalizar» a la India.

El último capítulo se dedicará específicamente a la rebelión de los cipayos y la participación de otros sectores de la población, con el objeto de patentizar que no fue solamente un motín de soldados inconformes, sino la expresión de descontento de una sociedad con respecto a su situación colonial y sus implicaciones.


Gran Bretaña y la expansión colonial de la India

Al referirse a la rebelión de los cipayos es indispensable hacer alusión a la Compañía Británica de las Indias Orientales, institución fundamental para la comprensión del fenómeno. Evidentemente no fue la única compañía que se fundó en Europa con fines comerciales en ultramar, pero sí una de las más relevantes y estrechamente relacionada con la sublevación de 1857–1858. Y no está de más exponer de manera breve algunos antecedentes de la conformación de estas empresas en la India.

A lo largo del siglo XVI, varias fueron las expediciones que se promovieron con la finalidad de comerciar, conseguir mercados y mano de obra; en este sentido, Portugal, España, Holanda e Inglaterra desplegaron sus flotas con distintos destinos. A fines de siglo, un inglés de apellido Fitch fue enviado a la India para hacer un reconocimiento terrestre; a su regreso a Inglaterra informó respecto a la mala organización portuguesa en la zona y sobre las riquezas del comercio con el lugar.

Por otro lado, Jan Huyghen van Linschoten, holandés de nacimiento y quien vivió en Goa entre 1583 y 1589, publicó ya en Holanda un Itinerario en el que hizo una descripción geográfica del mundo, incluyendo sus propias observaciones sobre el Oriente; además incluyó una serie de instrucciones náuticas para llegar a América y a la India. La obra se tradujo a varios idiomas y sirvió de base para la creación de compañías holandesas e inglesas en las Indias Orientales (Parry, 1998:146).

En este sentido, a fines del año 1600, la reina Isabel I de Inglaterra otorgó a la Compañía Británica de las Indias Orientales una «carta real» mediante la cual le garantizaba los privilegios del comercio en la India, con ello, la Compañía obtenía el monopolio artificial de todo el comercio en las Indias Orientales durante quince años; sin embargo, la política de los primeros Estuardo no garantizaba que la concesión pudiera ser rescindida o dañada por cesiones antagónicas (Parry, 1998:149).

Ésta era mucho más moderna que la holandesa, ya que su capital suscrito era «más pequeño y meramente temporal pues el grupo de comerciantes que organizaron el negocio se proponía emprender un solo viaje cada tres años cerrando sus cuentas y repartiendo el capital y las ganancias después de cada viaje» (Parry, 1998:149).

Poco a poco los ingleses se asentaron en territorio indio, de tal manera que en agosto de 1639 Francis Day, uno de los oficiales de la Compañía, obtuvo de Damarla Venkatadri Nayaka, Nayaka de Wandiwash, la concesión de una angosta franja de territorio, además de una villa pesquera llamada Madraspatnam y fue hasta febrero del siguiente año cuando el mismo Day, Cogan –jefe de la factoría de Masulipatam-, una guarnición aproximadamente de veinticinco soldados europeos, algunos otros artífices europeos y el fabricante indio de pólvora llamado Naga Battan se establecieron en la villa, lo que marca el primer asentamiento de los ingleses en ese sitio.

En realidad, Bengala era una magnífica zona comercial desde tiempo atrás; pues tanto armenios como chinos, árabes y, por supuesto, europeos buscaban los textiles bengalíes (Embree & Wilhelm, 1980:290).

En Londres, los ejecutivos de la Compañía ya se habían percatado de sus potencialidades comerciales y, apoyada ésta por la carta concedida por Oliverio Cromwell en 1657, hizo de Madrás su cuartel general para todos los asuntos relacionados con la India Oriental (Parry, 1998:249).

De sobra está decir que la situación de la Compañía Británica de las Indias Orientales estuvo fuertemente influenciada por los vaivenes del entorno político de la India, de tal manera que, para la década de 1680, la política de «comercio desarmado» había llegado a su fin; se requería ahora «una base defendible» y, de ser posible, fuera de la jurisdicción imperial.

Las condiciones para ello estaban prácticamente dadas: el rey Carlos II había adquirido Bombay como parte de la dote de Catalina de Braganza.

Pronto el puerto se amplió, se fortificó, se le dotó de artillería y de una buena flota de guerra; además, la Compañía impelía a sus empleados a «establecer una política de poderío civil y militar y a crear y afianzar una gran renta que pudiera ser la base de un dilatado, firme y seguro imperio inglés en la India para el futuro» (Parry, 1998:251).

En Inglaterra el escenario también era cambiante; los reyes Carlos II y Jacobo II –Estuardo- habían sido accionistas y defensores de la Compañía, empero con el rey Guillermo III –de la dinastía holandesa de Orange – Nassau y yerno de Jacobo II- se complicaron las cosas, pues el hecho de que la Compañía tuviera una carta real y no parlamentaria se tomó como base para que los comerciantes irregulares llevaran a cabo un ataque jurídico1 que derivó en la fusión de una nueva empresa con la antigua Compañía Británica de las Indias Orientales, que conservaría la soberanía territorial de la India y mantendría su posesión hasta que la corona asumió el control en 1858 (Parry, 1998:254).

El siglo XVIII fue testigo de importantes cambios, tanto en la situación interna de la India, como en el contexto estratégico británico. Pues, si bien en la centuria anterior se habían obtenido ganancias, todavía el comercio era de escasa relevancia, tanto para la India como para Europa en general, salvo para dos grupos importantes. Por un lado, para los siete mil europeos dedicados al comercio en el subcontinente y para un grupo –menor todavía- que en Londres se ocupaba de las finanzas, el comercio y la política (Embree & Wilhelm, 1980:283). Los intereses, especialmente de los que vivían en Bengala, provocaron que, a mediados del siglo XVIII, el poder político pasara de manos de los nawab a las de la Compañía Británica de las Indias Orientales, cuestión que evidentemente provocó fricciones. En 1756, debido a la creciente autonomía de la Compañía otorgada por el emperador mogol años antes, el nuevo nawab, Siraj-Ud-Daulah, ocupó las factorías de la Compañía, incluida Calcuta (Embree & Wilhelm, 1980:286).

Lo que siguió marcó un hito en la presencia británica en la India: la batalla de Plassey, librada el 23 de junio de 1757 entre las fuerzas del general Robert Clive –al mando del ejército de la Compañía Británica de las Indias Orientales- y el ejército del nawab de Bengala Siraj-Ud-Daulah, apoyado por unas cuantas decenas de franceses. Si bien la batalla se inscribió dentro de los conflictos internos de la India, es indispensable tomarla también como parte de la Guerra de los Siete Años (1756 – 1763).

Éste puede ser considerado como un conflicto a escala verdaderamente mundial, tanto por el número de entidades implicadas, como por –y es lo que más interesa en este trabajo- los teatros de operaciones en los que se dejó sentir. Las alianzas se organizaron de la siguiente manera: por una parte Gran Bretaña, Hannover, Prusia y Portugal y, por otro, Francia, Austria, Rusia, Suecia, Sajonia y España (Cepeda Gómez, 2015:16). El siglo XVIII europeo se caracterizó, entre otros factores, por la búsqueda de mercados, mano de obra y materias primas, lo que obligó a varias potencias a llevar a cabo expediciones de conquista o simplemente al establecimiento de enclaves comerciales sin incidir directamente en los asuntos internos de las localidades.

En este sentido, la Guerra de los Siete Años tiene dos vertientes principales, por un lado el enfrentamiento entre Prusia y Austria por territorios como la Silesia y, por otro, los conflictos de carácter comercial dirimidos principalmente entre Francia y la Gran Bretaña. En el caso de la primera, los teatros de operaciones se limitaron prácticamente a territorio europeo; sin embargo, en cuanto a Francia y Gran Bretaña, dado que lo que estaba en juego era su capacidad para retener y/u obtener territorios allende las fronteras, los teatros de operaciones se extendieron a varios continentes, como América –en donde Francia perdió prácticamente el Canadá- y, en relación con el tema en cuestión- Asia, específicamente la India.

De cualquier manera, a partir de la batalla de Plassey, varios aspectos cambiaron en la India y, por supuesto, para la Compañía. En 1765, a cambio del pago de una cantidad fija a Delhi –capital del imperio mogol- Robert Clive obtuvo el diwani, concesión que le permitiría a la Compañía Británica de las Indias Orientales la recaudación y retención de los ingresos de Bengala (Townson, 2004:275), cuestión fundamental para la consolidación de los británicos en el subcontinente, al mismo tiempo que le otorgaba un papel económico sin precedente. Poco a poco la Compañía se fue haciendo de más territorio producto, en muchas ocasiones, de la firma de tratados con diversos gobernantes de la zona; estos contaban con la protección del ejército de la Compañía cuyas tropas estaban en sus dominios y cuya paga corría a cargo de los gobiernos locales; en caso de que no pudieran hacerlo, se obligaban a ceder grandes extensiones de territorio (Townson, 2004:275).

Para el último cuarto del siglo XVIII, la Gran Bretaña se había convertido en una gran potencia territorial y bajo su control se encontraban alrededor de veinte millones de habitantes; evidentemente hay que señalar que la metrópoli contaba con fuertes enemigos, como Tipu, sultán del poderoso Estado indostánico de Mysore, quien murió en la batalla de Seringapatan en 1799 y cuyo territorio acabó siendo anexionado a las posesiones británicas (Townson, 2004:275).

En cuanto a la centuria decimonónica, ésta fue testigo también de un crecimiento exponencial de los territorios bajo el control de la Compañía Británica de las Indias Orientales en Asia. En la primera década del siglo, Arthur Wellesley -futuro duque de Wellington- «amplió el poder británico más allá de Delhi y venció a los marathas» (Townson, 2004:275-276). Además, durante las guerras napoleónicas, las fuerzas armadas de la Compañía tomaron Ceilán y Malaca; más tarde se asentaron en Singapur y años después se enfrentaron a Birmania en una guerra que duró dos años, de 1824 a 1826, costosísima en efectivos militares. Igualmente combatieron en Egipto (1801), Afganistán (1836, 1842), Malaya y China en las décadas de 1840 y 1850 (Townson, 2004:276)2.

Hacia la segunda década del período, el ejército de la Compañía Británica de las Indias Orientales estaba compuesto por trescientos mil hombres, cifra difícilmente alcanzable por otras fuerzas armadas asiáticas, y sus funciones consistían en mantener la seguridad interna de sus territorios, amén de trasladarse a otros horizontes para llevar a cabo conquistas como las antes señaladas.

En la primera mitad del siglo XIX, todos los oficiales eran europeos y se encargaban, a su vez, de la artillería. Se calcula que, hasta antes del inicio de la rebelión de 1857, no había más de cuarenta mil efectivos europeos en la India, por lo que el grueso del ejército se formaba por los cipayos indios y musulmanes3 (Townson, 2004:276). No obstante, es importante es señalar que la Compañía de las Indias Orientales no mantuvo su poder únicamente a través de sus fuerzas armadas, sino que también creó un aparato burocrático que le ayudó a conformar todo un engranaje gubernamental. Éste, cuyo propósito original era la obtención de dividendos a través del comercio, requería «mucho más que una estructura burocrática y una administración mucho más elaborada de la que necesitaba cualquier otra compañía británica» (Misra, 1960:79).

En definitiva, la batalla de Plassey y sus consecuencias territoriales tuvieron como resultado que la Compañía –hasta ese momento con objetivos estrictamente comerciales- enfrentara retos en la esfera gubernamental:


«la tarea que surgía era más que un mero asunto de expansión cuantitativa de técnicas comerciales. Se requería un cambio cualitativo […]. Entre 1773 y 1834, se eliminaron los últimos vestigios de interés comercial y la Compañía Británica de las Indias Orientales continuó, una vez más, con una única tarea, pero ahora completamente diferente, el gobierno de la India»4 (Misra, 1960:79).


La India británica

La situación de la India británica es fundamental para comprender de manera integral la materia en cuestión. Tanto la estructura social, estrechamente relacionada con la religión y el sistema de castas, como la organización política, junto con la influencia que ejerció la Gran Bretaña en todos los ámbitos de la vida de la India, son asuntos de gran trascendencia que incidieron en la rebelión de los cipayos a mediados del siglo XIX.

Es innegable la complejidad que, por sí misma, representa la historia de la India, región en la que han confluido múltiples culturas, sistemas políticos diversos, religiones distintas, entre otros factores; por tales razones se tratarán únicamente los aspectos indispensables para la comprensión del tema a tratar. La conquista inglesa «fue la última y más completa de una serie de empresas coloniales sobre el sub-continente índico» (Coggiola, 2004:7).

Desde su llegada y establecimiento en la India, a principios del siglo XVII, los británicos habían intentado ampliar sus asientos comerciales, sin embargo, el emperador Aurangzeb –considerado como el último de los grandes mogoles- se había encargado de impedirlo. No obstante, cien años más tarde, la Compañía Británica de las Indias Orientales había establecido sus bases en Madrás, Calcuta y Bombay, transformándose en una empresa comercial multinacional de gran éxito (Gallud Jardiel, 2005:134). Durante la segunda mitad del siglo XVIII, los británicos obtuvieron mayores privilegios y prebendas, lo que generó un empobrecimiento de la población del lugar, viéndose especialmente afectada la manufactura textil que exportaba lienzos de excelente calidad y, por lo mismo, entorpecía la industria inglesa del ramo. Su decadencia devino en una pauperización de la población campesina, «quienes además se vieron seriamente perjudicados por la reorganización de la agricultura, que fue orientada hacia cultivos de exportación»; de este modo, la población vio reducidos sus ingresos y comenzó a sufrir las consecuencias de la desocupación (Gallud Jardiel, 2005:140).

Al mismo tiempo, establecieron un tipo de administración denominado «gobierno dual», instituido por Lord Robert Clive y que consistía en que:


«los británicos controlaban la política exterior de la zona, el ejército y el tesoro y, en teoría, el Nabab controlaba los impuestos y los cuerpos de seguridad. En la práctica eran los ingleses quienes nombraban a los oficiales, teniendo así el poder sin la responsabilidad» (Gallud Jardiel, 2005:136-137)5.


En 1773, el Parlamento emitió una Ley Regulatoria por medio de la cual se pretendían resolver algunos de los problemas que el gobierno dual había generado; por ejemplo, el hecho de que, para ese momento, la Compañía no tuviera aún práctica gubernamental. Por otro lado, se pretendía atacar la gran hambruna que había azotado Bengala desde 1770 y también atender la carencia de una correcta administración judicial (History and General Studies, 2015a). Once años más tarde, en 1784, se dio a conocer una ley del Parlamento de la Gran Bretaña, conocida como Pitt’s India Act–por William Pitt «el Joven», primer ministro de Inglaterra desde 1783-, por medio de la cual se pretendía subsanar las deficiencias de la Ley Regulatoria de 1773. A través de ella se reorganizaron las autoridades británicas en la India, es decir, los gobiernos de Bombay y Calcuta se someterían al gobernador general; también se redujo a tres el número de miembros del Consejo del gobernador general, con lo que éste obtendría la mayoría en cualquier decisión y, en su defecto, tendría la última palabra (History and General Studies, 2015b).

Se diferenciaron así las funciones gubernativas de la Compañía de sus actividades comerciales; en este sentido, se creó una Junta de Control como representante de los intereses de la Corona, con atribuciones tanto en el gobierno civil, el militar y en la cuestión hacendaria; se le daba acceso a todos los registros de la Compañía y podía nombrar a los gobernadores de la India y también removerlos de su puesto, ésta, por su parte, estaría representada por una Corte de Directores (History and General Studies, 2015b)6. De este modo, el poder efectivo residiría en tres instancias, a saber: el gobernador general, la Corte de Directores o Junta Directiva de la Compañía y la Junta de Control (Gallud Jardiel, 2005:140).

Varios fueron los gobernadores generales de la India desde 1773, año de creación del cargo, hasta el término de la rebelión de los cipayos en 1858, cuando las condiciones de la Compañía cambiaron en relación con el poder adquirido por la Corona británica. Algunos de ellos se aplicaron concienzudamente a expandir el territorio bajo el control de la Compañía, para lo que pusieron en práctica el sistema de la alianza subsidiaria. Y,


«según este modelo, el regente de un Estado indio permitía la presencia de tropas británicas y pagaba un subsidio para su mantenimiento. Un representante inglés, con un cargo denominado resident, se aseguraba de que el gobernante local siguiera las políticas que le interesaban a la Compañía Británica de las Indias Orientales. Aunque en teoría las tropas debían servir para proteger al gobernante, en realidad éste perdía toda su independencia» (Gallud Jardiel, 2005:138).


Tanto los marathas como otros Estados del Punjab opusieron resistencia, pero a final de cuentas fueron sometidos en la Primera Guerra Anglo-Maratha (1775-1782). A la par de esta política de sumisión, se introdujeron importantes cambios tecnológicos que dieron paso a la conformación de la India moderna; sin embargo, investigaciones recientes coinciden en señalar que el rígido sistema impuesto por el régimen colonial fue «decisivo para determinar e incluso distorsionar la modernidad de la India». Es decir, se ha llevado a cabo una nueva lectura sobre las llamadas «bendiciones del gobierno británico», como «la pacificación y unificación del país, codificación legal, uso de la lengua inglesa, obras públicas y una serie de reformas sociales». Salió entonces a la luz la otra cara de la moneda, o sea, el militarismo, el racismo y la explotación económica, «esas “bendiciones” estaban sobre todo impregnadas de una mentalidad que no tenía en cuenta la capacidad de los indios para el autogobierno y sus aspiraciones» (Metcalf & Metcalf, 2014:110).

Los gobernadores generales introdujeron diversas modificaciones en la organización de la India. Por ejemplo, en 1786 Charles Cornwallis organizó la administración mediante un estricto sistema de elección de funcionarios, reorganizó al ejército –con lo que los indios no podrían ascender a mandos superiores-, mientras que en el cuerpo policial, deberían sujetarse a jefes ingleses (Gallud Jardiel, 2005:140). Sin embargo, fue James Ramsay, marqués de Dalhousie (1848-1856) quien se destacó por los cambios introducidos. Por un lado, llegó a la India con la idea de llevar a cabo modificaciones en el ámbito de la soberanía británica, tanto en el aspecto legal como en el territorial y, por otro, ampliar las redes de comunicaciones y transportes. Promovió la unificación reduciendo la autonomía de los diversos principados, puesto que «el Estado moderno no podría tolerar, desde el punto de vista de Dalhousie, las soberanías establecidas ni las fronteras fluidas características de los antiguos regímenes» (Metcalf & Metcalf, 2014:113).

En cuanto a las nuevas tecnologías, fue partidario del establecimiento del ferrocarril, del telégrafo, de servicios postales y barcos de vapor, con lo que Gran Bretaña tendría importantes ventajas como, por ejemplo: una mejor comunicación hacia el interior de la India y entre ésta y la metrópoli, además de un evidente mayor control sobre su colonia. También se vería beneficiado el comercio, en cuanto a que tendría un mejor acceso a mano de obra barata y a materias primas, razón por la cual los tendidos de vías férreas se hicieron hacia los puertos y principales puntos de exportación.

Este sistema de explotación de recursos tuvo consecuencias devastadoras para la población. Esto es porque se exportaba a Gran Bretaña algodón crudo y se llevaba a la India el producto elaborado, con el consecuente agravamiento de la balanza de precios; la artesanía decayó y los hombres con oficio tuvieron que dedicarse a la agricultura, pero la posesión de la tierra se entregó a terratenientes, quienes pagarían altos impuestos, con lo que la pobreza se agudizó (Gallud Jardiel, 2005:136).

Indiscutible fue la utilidad de los ferrocarriles en el ámbito militar, ya fuera para el traslado expedito de tropas y víveres, como para la concentración de las mismas en caso de necesidad. Es importante mencionar que la rebelión de los cipayos estimuló la ampliación de las líneas telegráficas que posibilitaron la comunicación de órdenes y transacciones comerciales, entre otras. A la vez, Dalhousie siguió una política de expansión mediante la cual se anexó la provincia de Punjab tras la Segunda Guerra Sikh (1848-1849), región rica en recursos y estratégicamente ubicada, y en 1852 inició una campaña militar en Birmania por razones comerciales (Metcalf & Metcalf, 2014:112).

El marqués no solamente emprendió campañas militares como medio para agenciarse más territorio, también puso en práctica una política mediante la cual, aquellos gobernantes que al morir no tuvieran un descendiente directo –entiéndase hijo carnal, ya que se prohibieron las adopciones para este fin- deberían heredar su reino a la Compañía. Evidentemente, esto generó mucho descontento y se considera, junto con causas de otra índole, como generadora de la rebelión de los cipayos y de la consecuente participación de otros sectores de la población.

A pesar de todo, los logros del marqués de Dalhousie sentaron:


«las bases legales de un Estado unificado, con fronteras definidas y súbditos individuales sobre los que el Estado ejercería influencia. Además, había hecho avanzar de manera sustancial la infraestructura tecnológica que transformaría la experiencia cotidiana del Estado y sus súbditos en infinidad de maneras» (Metcalf & Metcalf, 2014:117


A pesar de todo, los logros del marqués de Dalhousie sentaron:


«las bases legales de un Estado unificado, con fronteras definidas y súbditos individuales sobre los que el Estado ejercería influencia. Además, había hecho avanzar de manera sustancial la infraestructura tecnológica que transformaría la experiencia cotidiana del Estado y sus súbditos en infinidad de maneras». (Metcalf & Metcalf, 2014:117).


Para entender a carta cabal las causas y consecuencias de la rebelión de los cipayos no solamente es indispensable hacer referencia –como ya se ha hecho- a las transformaciones políticas y económicas llevadas a cabo por la Compañía Británica de las Indias Orientales y, de manera indirecta, por la Corona británica, sino que también es preciso tratar sobre la sociedad de castas y su importancia en el motín. A este fin, primero se hará hincapié en algunos aspectos teóricos con el objetivo de comprender la manera en que los británicos y su noción del mundo indio incidieron en la configuración del sistema de castas durante el período colonial y, en seguida, se comentarán algunos de los procesos que se desarrollaron en este sentido a lo largo del siglo XIX.

La casta en la India de hoy es el resultado del


«encuentro entre la sociedad india y el aparato colonial, es decir, las condiciones y los intereses coloniales transformaron una sociedad multifacética en un sistema social esencialmente religioso. Se desecharon los aspectos económicos y políticos de la casta y ésta fue confinada a la esfera de la religión» (Pániker, 2014:465).


Indudablemente, el gobierno británico no creó el sistema de castas jerárquico, pero sí lo dotó de «una centralidad e inflexibilidad que antes no tenía». Esto no quiere decir que se le reste «capacidad de decisión propia y acción» –lo que Pániker denomina agencia- a la población india, más bien entraña la interacción tanto de los colonizadores como de los colonizados, en donde estos van mucho más allá de una actitud pasiva.

La concepción de la India como una sociedad predominantemente india, en la que la casta ocupaba una posición primordial, se debió en gran medida a:

«los orientalistas, misioneros y funcionarios europeos, lo mismo que de los letrados, reformadores y políticos indios. En otras palabras, el reconocimiento del peso de las condiciones coloniales que actuaron en la construcción de la idea de “casta" no elimina la agencia a los surasiáticos en la dinámica y transformación de su propia sociedad» (Pániker, 2014:466-467).


Este concepto de casta permitió a los británicos homogeneizar la gran diversidad política, social, religiosa y cultural de la India y entenderla estrechamente ligada a brahamanismo; al mismo tiempo, era indispensable un conocimiento de su realidad y sus costumbres y, según Nicholas Dirks, «hacia 1858 existía consenso en cuanto a que la casta era el hecho fundacional de la sociedad india» (Pániker, 2014:472).

El sacerdote católico francés Jean-Antoine Dubois prestó gran ayuda para la comprensión de su entorno. Habiéndose ordenado en 1792, salió rumbo a la India en donde permaneció treinta y dos años. Si bien su labor primordial tuvo por objeto la evangelización, también prestó sus servicios «etnológicos» a las autoridades británicas y a la Compañía Británica de las Indias Orientales. Su estancia en el subcontinente le permitió escribir una obra titulada Description of the Character, Manners and Customs of the People of India, publicada en 1817 (Encyclopedia Britannica, 2017) y que fue utilizada como manual por los oficiales de la Compañía. Al mismo tiempo, a la información aportada por Dubois, se sumó la de otros clérigos evangelistas quienes, en aras de la conversión, consideraron que «el sistema de castas, las leyes y las formas de gobierno nativas eran obra del despótico lobby de los brahmanes», por lo que consideraron indispensable la erradicación total del hinduismo, «un estupendo sistema del error» (Pániker, 2014).

Evidentemente, esta «negación» de la sociedad de castas tuvo sus repercusiones; la rebelión de los cipayos estuvo fuertemente influenciada por razones de carácter religioso, tanto del hinduismo como del islam.


La rebelión de los cipayos: causas y efectos

Es importante señalar que a lo largo del siglo XIX tuvieron lugar varios motines de cipayos en la India que, si bien dispusieron de algunos elementos propelentes comunes, no pueden considerarse como antecedentes de la gran rebelión de 1857 a 1858, pues cada uno de ellos adquiere relevancia por sí mismo.

Aunque en los apartados anteriores se ha explicado qué es un cipayo, no está de más señalarlo de nuevo: es un recluta indio del ejército británico (Dasgupta, 2015:78) y, en el caso en cuestión, del que la Compañía Británica de las Indias Orientales tenía organizado para la defensa y expansión de sus intereses y territorios. La conquista de la India fue un proceso largo y costoso, tanto en vidas humanas como en recursos. A este respecto pueden señalarse dos principales causas, por un lado, la inmensidad del territorio y, por otro, las relaciones de poder entre los Estadios indios y la Gran Bretaña que, como se ha señalado, fueron inestables (Headrick, 1989:81).

A pesar de todo, poco a poco se amplío la presencia británica en el lugar a través de campañas de conquista, con el consecuente descontento de los gobernantes de las localidades y, por supuesto, de los indios reclutados por la Compañía. Ésta actuaba directamente a lo largo y ancho de Bombay, Madrás y Bengala, siendo esta última zona la de mayor importancia, tanto en el ámbito político como en el comercial. Por estas razones, la necesidad de ejércitos que defendieran y/o apoyaran sus intereses se hacía más evidente. Dado que las fuerzas armadas británicas no daban abasto para cubrir las vacantes que se requerían para resguardar los territorios, fue ineludible llevar a cabo el reclutamiento con la población del lugar; de esta manera, se incorporaron al ejército indios de diversas regiones, culturas y religiones, tales como sikhs, musulmanes, budistas.

Empero, en el ejército de cada una de las presidencias en las que operaba la Compañía la composición fue distinta, por lo que la reacción ante la rebelión también lo fue.

En la de Bengala, el monopolio de la casta se consideró como una de sus más importantes debilidades, ya que condujo a la organización de grupos de casta y credo que, más tarde adquirirían un poder real en los regimientos, factor digno de tomarse en cuenta en varios ámbitos de la administración militar, ya que se volvieron grupos de gran presión dentro de las unidades, especialmente cuando se reclutaba a un cipayo de casta inferior. Así, por ejemplo, si se incorporaba a un alto puesto un soldado de casta inferior, «invariablemente estaría bajo la influencia espiritual de los brahmanes y siempre mostraría una gran reverencia, incluso ante el más burdo recluta de la clase sacerdotal» (Malik, 2009:20). Las graves consecuencias de esto en cuanto a la relajación de la disciplina eran obvias, cualquier noticia que tuviera de una posible sublevación la guardaría en el más absoluto secreto, confesarlo implicaba la excomunión, castigo más temido que la muerte.

Los cipayos de Bengala, además, perteneciendo a la casta alta, estaban orgullosos de sí mismos y de sus cualidades militares, a diferencia de los de Madrás y Bombay, quienes veían en los europeos modelos a imitar y su orgullo estaba basado «en ser soldados». Por lo mismo, los británicos podrían ejercer en ellos una fuerte influencia y, en cierto sentido, amoldarlos a sus propias necesidades. Malik (2009:20-21) ofrece algunos ejemplos por demás interesantes respecto a la actitud y disposición de los cipayos bengalíes. Mientras que los de Madrás y Bombay estaban siempre dispuestos a cumplir con los trabajos menos honorables, los centinelas de Bengala ni siquiera tocaban el gong en sus propios cuarteles, pues para eso se le pagaba especialmente al «gunta-panday»; en realidad, las labores estaban estrictamente jerarquizadas y requerían de una persona de casta distinta para ejecutarlas. Por lo tanto, al sistema de castas se le consideró como la causa de funestas costumbres en los regimientos bengalíes7 (Malik, 2009:21) y es probable que ésta haya sido una de las razones por las cuales los ejércitos de Madrás y Bombay no se amotinaron junto con el de Bengala.

Factor importante a considerar como parte del comportamiento de los cipayos es el relativo a las nociones de honor y justicia, especialmente en las unidades de Bengala y Madrás. Estrechamente relacionadas con la manera en que se habían organizado los ejércitos, los oficiales británicos debían respetarlas y procurarlas, dado que de no hacerlo los cipayos no tendrían la obligación de mostrarles lealtad (Dasgupta, 2015:79).

De los tres ejércitos, el de Bengala era el de mayor importancia y el que contaba con mayor número de efectivos, «era formalmente el ejército del Gobernador General de la presidencia de Bengala que se extendía por todo el norte de la India, excepto el Sind […], aunque su reclutamiento se llevó a cabo dentro de los límites del actual Uttar Pradesh, menos los distritos himalayos, junto con Haryana y el Bihar occidental» (Habib, 1998:7).

Los mandos militares fomentaron el reclutamiento de unidades de composición variada para desalentar la empatía entre los cipayos. En este sentido, en la infantería, que comprendía el grueso de sus efectivos con alrededor de 112.000 hombres, los brahmanes representaban el grupo más numeroso, seguido de los Rajput y otros indios y musulmanes. En cuanto a la caballería, compuesta por 19.000 efectivos, los musulmanes parecían predominar, mientras que la artillería, con menos de cinco mil hombres, tenía una composición mixta (Habib, 1998:7). Sin embargo, el resultado obtenido fue muy distinto al esperado: al estar indios y musulmanes en las mismas unidades, desarrollaron entre ellos fuertes lazos de hermandad.

La procedencia geográfica de los cipayos es importante en cuanto coincide con el área en que la rebelión de 1857 se dio con más virulencia; proviniendo un gran número de los revoltosos de Oudh –actualmente las divisiones de Lucknow y Faizabad (Habib, 1998:7). Así, pese al hecho de que las causas de la rebelión fueron de índole variada, uno de los factores a tomar en cuenta es el relativo a la zona de reclutamiento del ejército de Bengala que, dejando a un lado el Oudh, se encontraba bajo el «sistema Mahalwari», que implicaba un aumento constante de la demanda de ingresos.

Después de 1833, las tierras mafi, de las que los brahmanes y los musulmanes de alto rango habían sido beneficiarios, se habían reducido en gran medida. El sistema presionaba fuertemente a los propietarios de tierras de las familias de las que procedían los cipayos. Solamente en el Oudh las cosas habían sido diferentes: antes de la anexión de 1856, el cipayo como propietario de tierras había estado protegido por el Residente Británico cuando se quejaba del gobierno del nawab y sus oficiales. Pero, después de la anexión, la posición preferente del cipayo desapareció. De hecho, el sistema Mahalwari se extendió al Oudh y pronto los privaría de sus antiguos ingresos, así como de sus tierras (Habib, 1998:7).

Sayyid Ahmad Khan8, de acuerdo con lo que señalan Barbara y Daniel Metcalf (2014:118), escribió acerca de sus orígenes mostrando que fue consecuencia de una serie de factores que devinieron en el levantamiento. Entre ellos destacan la política cultural impuesta por los británicos, basada en el fomento de una rápida tendencia hacia britanización y modernización, la severidad en la valoración de la renta –ya se ha comentado el sistema Mahalwari-, la «degradación» de la elite principesca y terrateniente y esencialmente, según señalaba Sayyid Ahmad, «la insolencia de los británicos y su desprecio hacia los indios, e insistió en la importancia de un proceso consultivo que los incluyera» (Metcalf & Metcalf, 2014:118).

Los oficiales británicos del ejército indio tenían conciencia de clase, eran extraordinariamente conservadores y, además, estaban mal entrenados para cualquier otra cosa que no fueran escaramuzas de frontera. Además, eran tremendamente racistas y consideraban que se encontraban al mando de unidades de nativos porque eran racialmente privilegiados, pues «un oficial británico podía amar, incluso admirar, a sus hombres, pero nunca olvidaba, o no se le permitía hacerlo […], que era superior a ellos de manera innata» (Greenhut, 1984:15).

En cualquier caso, la rebelión tuvo su comienzo con un motín militar debido al descontento reinante en el ejército de Bengala: se habían elevado múltiples quejas de cipayos por haber sido destinados en Birmania y en Afganistán, aunque la Ley de Alistamiento en los Servicios Generales de 1856 los obligaba a prestar servicio en cualquier destino; existiendo también gran insatisfacción con los salarios, las pocas oportunidades de promoción, y la llegada de cipayos de casta superior tras la anexión del Oudh, pues su conquista supuso tal cantidad de traslados que los naturales de esa provincia llegaron a constituir la «tercera parte del ejército bengalí» (Metcalf & Metcalf, 2014:118).

Empero, la causa inmediata del motín fue la dotación del fusil Pattern Enfield 1853 como arma de cargo en el ejército en sustitución del vetusto mosquete Land Pattern, más conocido como Brown Bess. Los Enfield:


«tenían un alcance oficial de 1,100 metros y uno efectivo de 450, seis veces mayor que el de su predecesor. Utilizaba también cartuchos de papel que contenían la bala y la cantidad justa de pólvora; para proteger el cartucho de la humedad se utilizaba sebo» (Headrick, 1989:80).


Pero, para su municionamiento, los soldados debían desprender con los dientes el extremo del cartucho de papel, acción que significaba que sus bocas entrasen en contacto con la grasa empleada para impermeabilizarlo y proteger el propelente de la humedad, además de ayudar a reducir la fricción de la bala deslizándose por el ánima del cañón. Acción que no debería haber tenido mayor trascendencia de no ser porque se corrió el rumor de que la grasa empleada era de origen animal, concretamente de cerdo y vaca, animales tabúes para indios y musulmanes. Y cuando los cipayos se negaron a utilizarlos, fueron humillados públicamente y expulsados del servicio, por lo que la noche del 10 de mayo de 1857, las tropas nativas de Meerut mataron a los residentes británicos del poblado y marcharon hacia Delhi, antigua capital mogola, donde se hicieron fuertes y nombraron a Bahadur Shah Zafar como emperador. Aunque los británicos lograron retomar la ciudad, otros contingentes cipayos se habían unido al levantamiento, por lo que perdieron el control de buena parte del norte de la India, que no lograron hacer suyo hasta un año más tarde (Metcalf & Metcalf, 2014:119).

Pocas semanas después del comienzo de los motines, no sólo los cipayos habían tomado las armas, sino que también se habían sublevado otros sectores de la población, como los campesinos empobrecidos por la pérdida de sus tierras, los artesanos arruinados por la competencia textil inglesa, las familias presionadas por el sistema Mahalwari y las depauperadas masas urbanas del país, «entre las que se reclutaban los cipayos del ejército bengalí y del contingente Gwalior» (Alam Khan, 1998:57).

El levantamiento tomó un cariz violento cuando los rebeldes asesinaron a oficiales y civiles británicos, incluidas mujeres y niños. Las masacres de Kanpur de junio y julio de 1857 son el hecho más conocido de la rebelión y el más representativo de la crudeza del comportamiento nativo durante la sublevación. El 27 junio, los cipayos de Nana Sahib9 sitiaron a la mal equipada guarnición de Kanpur, compuesta apenas por un millar de personas y de las que aproximadamente la mitad eran mujeres y niños. A pesar de la rendición del contingente, tras la promesa por parte de los sitiadores de que podrían trasladarse a salvo hasta Allahabad, fueron emboscados una vez en los botes que los llevarían a través del Ganges. Murieron alrededor de cuatrocientos cincuenta hombres, mujeres y niños, de los cuales más o menos la mitad fueron asesinados dentro y cerca de las embarcaciones, algunas de las cuales fueron incendiadas (English, 1994:169). Muchos de los sobrevivientes que alcanzaron la orilla fueron muertos a tiros allí mismo, aunque otros -alrededor de doscientos hombres, mujeres y niños- fueron regresados al poblado y encerrados en el edificio llamado Bibghur. El 15 de julio, cuando se acercaba una columna británica para socorrer Kanpur, aquellos que habían sobrevivido fueron cortados en pedazos -ya estuvieran vivos o muertos- y arrojados sus restos a un pozo (English, 1994:169)10.

Los británicos tomaron cartas en el asunto ante la rebelión en las tres principales ciudades del norte –Delhi, Kanpur y Lucknow- y la de la India central, iniciada por los Maratha.

La primera se recuperó en septiembre. En Lucknow, el comisario -sir Henry Lawrence- congregó a británicos e indios en la residencia bien fortificada hasta que se rindió en julio, aunque la guarnición no se liberó hasta noviembre y la provincia no se recuperó hasta 1858 (Metcalf & Metcalf, 2014:121).

Tanto los soldados como algunos civiles británicos sembraron a su paso el terror en la población local, robando y asesinando sin distinción, por lo que el gobernador general, Lord Canning, lanzó la Proclamación de Clemencia en julio de 1857. Los rebeldes fueron finalmente derrotados en junio de 1858 cuando los británicos recuperaron el control de la fortaleza de Gwalior defendida por la raní de Jahnsi, Lakshmibai (Alam Khan, 1998:71).

Si bien la rebelión cundió por gran parte de la India, es importante señalar que cada región tuvo una reacción distinta, debida principalmente al tipo relación establecida con la Compañía Británica de las Indias Orientales. En la provincia de Oudh, que se había anexado en 1856, la insurrección tomó un cariz de movimiento popular, en donde todos los grupos sociales se levantaron a favor de sus familiares cipayos. Los terratenientes, que habían sufrido graves pérdidas por la colonización de 1856, se vieron fuertemente involucrados, de la misma manera que los campesinos que, aun habiendo recuperado sus títulos de propiedad, se reunieron con sus antiguos arrendadores y «juntos marcharon hacia Lucknow para unirse al asedio de la pequeña guarnición británica allí instalada». En cambio, en las provincias del noroeste que habían estado sometidas a los británicos de la Compañía, «la rebelión […] se puede describir como una rebelión de pospacificación, en la cual estallaron quejas enconadas de antiguo, pero difusas» (Metcalf & Metcalf, 2014:120).

Sin embargo, hubo quienes permanecieron leales, como los soldados sikhs del Punjab, recientemente derrotados por los cipayos bengalíes; pero también los ejércitos de Madrás y Bombay siguieron siendo leales a la Compañía Británica de las Indias Orientales, con lo que permaneció en paz la región sur del subcontinente11 (Metcalf & Metcalf, 2014:121). Barbara English (1994:174) señala que los británicos pudieron conservar la India debido a la gran cantidad de cipayos que pelearon a su lado. Además, la ausencia de un liderazgo que unificara el movimiento, sumado a la falta de planeación para derrotar y sacar a los británicos de la India, junto con la escasez de fondos fueron factores que contribuyeron al fracaso de la sublevación que, para fines de 1858, estaba totalmente sofocada (Townson, 2004:347).

De cualquier manera, las consecuencias no se hicieron esperar y sus efectos fueron de gran alcance en la historia de la India. Amén de la dureza con que se sofocó la rebelión12, se despertaron fuertes sentimientos de racismo y miedo entre la población británica residente. A nivel político, la Compañía Británica de las Indias Orientales perdió el gobierno de la India tras la insurrección –y pocos años después fue disuelta-, pasando éste a ser ejercido directamente por la Corona británica. De hecho, años más tarde, la reina Victoria fue coronada como emperatriz de la India, con el objetivo de «crear un nuevo vínculo entre Gran Bretaña y su principal posesión imperial» (Metcalf & Metcalf, 2014:133).

También se fomentó el tendido de vías férreas que, si bien lord Dalhousie ya se había encargado de desarrollar, ahora tendrían un sentido fundamentalmente militar; es decir, el ferrocarril coadyuvaría en el rápido desplazamiento de las unidades encargadas de mantener la paz.

Fundamental fue la supresión de la disposición mediante la cual los territorios cuyos gobernantes carecieran de un heredero –no adoptado- pasarían a manos de la Corona -doctrina de la caducidad. Hubo un reordenamiento urbano en el sentido de crear zonas exclusivas para los británicos, separadas del resto de la población. Las ciudades tendrían espacio para población civil y, a la vez, para un acantonamiento. Se apoyó la creación de bases de montaña, refugios de verano que permitían a la población británica aislarse de la putrefacción e insalubridad de las antiguas ciudades indias; necesariamente esto estuvo ligado a las medidas de higiene tomadas a raíz de la rebelión, especialmente en las unidades militares, en las que los soldados británicos morían más por enfermedad que por combate (Metcalf & Metcalf, 2014:127).

Al mismo tiempo, se crearon instituciones cuyo objetivo era el control y la sistematización de la vida india, como el Departamento de Agrimensura y Topografía de la India (1878), el primer Censo de la India, «compilado en 1872 y llevado a cabo por todo el Estado sobre una base decenal a partir de 1881» (Metcalf & Metcalf, 2014:130).

Se estableció que las publicaciones periódicas y las revistas tuvieran un registro y los códigos civiles indio y musulmán se elevaron a rango de ley en la década de 1860. También se creó el concepto de «tribus delincuentes», dentro del cual se ubicó a aquellos grupos humanos trashumantes que generaban tanta desconfianza en los británicos; junto con esto, se clasificaron las «razas femeninas» –como los bengalíes- y las «marciales» dentro de las que se encontraban los sikhs, por ejemplo. La casta, «la identidad más importante para los antropólogos victorianos» […] se entendió como «una cosa concreta y mensurable que se podía encajar en una jerarquía susceptible de ser establecida y cuantificada en informes y estudios» (Metcalf & Metcalf, 2014:131).

Por otro lado, se incluyó a los indios en los gobiernos locales pero de una manera limitada con la finalidad de permitirles participar en su administración pero dejando claramente establecido que era la Gran Bretaña quien tendría la última palabra.

Esencial para la comprensión de las consecuencias de la rebelión fue la creación de tres universidades en los dominios británicos más antiguos –Madrás, Bombay y Calcuta. De acuerdo con Coggiola (2004:8) el objetivo que se perseguía era «formar una clase alta moderna capaz de colaborar en la administración colonial, y dispuesta a hacerlo».

Las medidas tomadas en el ámbito militar se encaminaron a la constitución de cuerpos más leales a la Gran Bretaña; entre ellas destacan la división del ejército en varias unidades para que, en caso de rebelión, el número de efectivos fuera sumamente pequeño y fácil de controlar; los altos mandos se inclinaron por eliminar del ejército reformado a la mayoría de los bengalíes y aumentar en gran proporción el número de efectivos de las llamadas razas y castas marciales (Pániker, 2014:480).


Conclusiones

A lo largo del trabajo se ha hecho hincapié en la importancia que revistió la Compañía Británica de las Indias Orientales en la historia de la India y cómo su influencia fue decisiva, política, cultural, social y militarmente hablando, en relación con las causas de la rebelión de los cipayos.

Las modificaciones que se llevaron a cabo transformaron –en algunos casos, de manera profunda- las costumbres del subcontinente y dieron lugar a concepciones nuevas.

Claramente se puede observar un intento por objetivar la heterogeneidad social y cultural de la India, lo que desembocó en el levantamiento de 1857.

Si bien para fines de 1858 estaba bajo control, no es menos cierto que las consecuencias se extendieron más allá de la geografía de la zona en conflicto y, también, mucho más allá en el ámbito temporal, prácticamente hasta el fin del dominio británico. Las medidas tomadas no solamente atendieron la urgencia de evitar a toda costa la repetición de evento tan cruento y violento, sino establecer un lazo mucho más estrecho entre la colonia y su metrópoli. Ante la posibilidad de que la Gran Bretaña –a través primero de la Compañía y, posteriormente, de la Corona y el Parlamento- perdiera a su colonia más preciada, las medidas para centralizar el gobierno tuvieron prioridad.

Se permitió a los indios participar en la política nacional, para lo que se instituyó el servicio de carrera; sin embargo, los requisitos a cubrir fueron tan escrupulosos, que pocos de ellos pudieron satisfacerlos.

Las mejoras en cuanto al tendido de vías férreas, canales de riego, el establecimiento de corridas de barcos de vapor a lo largo de los principales ríos significaron un mayor control de la población y el territorio y, a su vez, lograron la modernización de la India, aunque sería interesante analizar si verdaderamente fue esa la intención.

De acuerdo con algunos autores, la rebelión fue un parteaguas en la historia moderna del subcontinente y «la primera guerra de independencia»; empero, otros insisten en señalar que, dado que no fue un movimiento generalizado, no puede dársele esa categoría.

En realidad, además de ser un motín de soldados descontentos, también significó la elevación de un clamor por mejorar y/o modificar las condiciones de trato que les propinaban los británicos.

La sublevación también fue para Gran Bretaña, la oportunidad para hacer sentir su fuerza y el peso de su autoridad sobre la más preciada de sus joyas coloniales.


Bibliografía


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1 Importante recordar que el siglo XVII fue muy problemático para Inglaterra, ya que en la década de 1640 se presentó la revolución (que enfrentó al rey y al Parlamento) y más tarde, en 1688 –con Guillermo III al mando- se generó la conocida «Revolución Gloriosa». Evidentemente el escenario incidió fuertemente en la situación de la Compañía.

2 Para información detallada respecto a la expansión de la Compañía hacia estos sitios, consultar la misma obra de Townson.

3 De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, cipayo proviene del portugués sipay y ésta a su vez del persa sepahi que quiere decir «soldado». El Diccionario Enciclopédico de la Guerra señala que era el nombre que recibían las tropas indias que estaban al servicio de Inglaterra durante su dominación en la península del Indostán.

4 La traducción es personal.

5 Para más información respecto al gobierno dual o sistema dual consultar: https://selfstudyhistory.com/2015/01/31/the-early-administrative-structure-from-diarchy-to-direct-control/

6 Para mayor información respecto a la Pitt’s India Act consultar: https://selfstudyhistory.com/2015/01/31/the-pitts-india-act-1784/

7 Saurav Kumar Rai, en la reseña que hace de la obra de Sabyasachi Dasgupta señala que, tanto el ejército de Bengala como el de Madrás, tenían características similares en cuanto a composición y comportamiento.

8 Funcionario indio al servicio de la Compañía Británica de las Indias Orientales durante veinte años (1837-1857).

9 Importante dirigente en el motín que, aunque no planeó su inicio, asumió el liderazgo de los cipayos. Hijo adoptivo de Baji Rao –último peshwa o gobernante Maratha- fue educado como noble indio. Aunque Baji Rao había solicitado que su pensión de 80 mil libras anuales se le diera a Nana Sahib, el gobernador general de la India, Lord Dalhousie, se negó. Sahib entonces envió a un emisario a Londres para tratar el asunto pero no obtuvo resultados. Así, al iniciarse la rebelión se unió a los cipayos de Kanpur en junio de 1857. Dado que carecía de conocimientos militares, no pudo comandar a los cipayos. Después de la captura de Gwalior en julio de 1858, el dirigente rebelde Tantia Tope y sus seguidores lo nombraron peshwa (Encyclopedia Britannica, 2017).

10 Barbara English lleva a cabo un interesante análisis de las matanzas en términos sociológicos.

11 Muy interesante el análisis que hace Iqtidar Alam Khan sobre la actitud del «contingente Gwalior» frente a la rebelión: alianzas, dirigentes, intereses, etc.

12 Por ejemplo, el general Neill ordenó a sus tropas que atacaran Cawnpore -Kanpur- y que a los amotinados capturados se les atara a las bocas de los cañones para luego dispararlos (Townson, 2004:347). Delhi fue saqueada, «con el proceso por traición y el exilio del emperador -Bahadur Shah-, el régimen anterior y sus gobernantes fueron “desacralizados”» (Metcalf & Metcalf, 2014:124).