ISSN 2603-6096


Madueño Álvarez, Miguel, «Aproximación al Concepto y tipologías de la guerra colonial», Guerra Colonial, (2017), nº1, pp.7-26






Aproximación al concepto y tipologías de la guerra colonial

(Approach to the concept and typologies of colonial war)


Miguel Madueño Álvarez

Universidad Rey Juan Carlos


Recibido: 09/09/2017; Aceptado: 03/11/2017




Resumen

La definición de guerra colonial no resulta una tarea sencilla y suele dar lugar a diferentes interpretaciones que se confunden con la mera existencia de colonias ya en época romana y cartaginesa

En este artículo, se pretende dar sentido al significado estricto de colonialismo y en consecuencia de la definición de guerra colonial, así como a establecer una aproximación a las tipologías o clases de conflictos coloniales que han tenido lugar atendiendo a las diferentes circunstancias y localizaciones geográficas. En definitiva, una aproximación que trata de acotar los márgenes conceptuales de la guerra colonial.


Palabras clave

Guerra, colonial, colonialismo, colonia, conflicto.


Abstract

Trying to establish a clear definition for colonial warfare is not an easy task due to the deeply rooted misunderstandings in the general public by the existence of colonies since ancient times, going back in Roman and Carthaginian times. According to that, this article aims to set up the concept of colonialism and, consequently, clarify a definition for colonial warfare, as well as the different typologies of colonial armed conflicts, based on their different circumstances and geographical locations.

Keywords

War, colonial, colonialism, colony, conflict.


Guerra colonial: Conceptualización

La definición dada por la Real Academia de la Lengua sobre el colonialismo es: «tendencia a establecer y mantener colonias»1, una definición que daría para abrir un largo debate y conllevaría a definir a las guerras coloniales como aquellas ocurridas como consecuencia del establecimiento y mantenimiento de colonias a lo largo de la historia, es decir, que se podrían incluir en estos límites el establecimiento de colonias y factorías a lo largo del Mediterráneo y la costa de África por romanos y cartagineses e incluso las incursiones vikingas en la costa inglesa, así como la expansión de los reinos de Castilla y Portugal a lo largo de la geografía americana.

La definición, sin embargo, de colonialismo, es más compleja y obedece a un sistema por el cuál una potencia, con un nivel de desarrollo ostensiblemente superior somete a un territorio menos desarrollado por medios militares, para establecer en él un sistema de explotación de sus recursos naturales y de anulación de todas sus características propias: sociales, políticas, económicas y culturales.

La potencia en cuestión, denominada metrópoli, exporta su funcionamiento y organización estatal en todos los niveles al nuevo territorio denominado colonia y goza de una legitimidad impuesta por el contexto internacional y en base a que el resto de potencias también reclaman esa legitimidad en sus respectivas colonias, estableciéndose un equilibrio de fuerzas que se puso sobre el papel en la Conferencia de Berlín (1884-1885) sin la presencia, opinión y juicio de ninguno de los países que serían objeto de la colonización (Moreno, 1996: 61-66).

Las poblaciones de las colonias dejaban por tanto de tener control sobre sus propios recursos, y no sólo sobre su economía sino sobre aspectos sociales, políticos y culturales que condujeron incluso a una desigualdad en materia de derechos que agravó a la ciudadanía autóctona en pos de los ciudadanos metropolitanos.

A partir del siglo XIX, esta tendencia cambió de forma general debido al incremento económico de las naciones, especialmente europeas o de su ámbito, y de otros aspectos como el aumento demográfico, que abrieron la puerta al expansionismo a costa de territorios con un nivel de desarrollo inferior y que no podían hacer frente a su superioridad militar.

Por ello, el colonialismo tuvo un mayor desarrollo a lo largo del siglo XIX y finalizó en los grandes procesos de independencia que ocurrieron durante el siglo XX conocidos como «de descolonización». Por tanto este es el panorama cronológico en el que se debe enmarcar a las guerras coloniales, siendo el resto como consecuencia del establecimiento de colonias, otro tipo de conflictos con sendas definiciones.

El expansionismo ocurrió en tres fases: una primera correspondiente al dominio y conquista de España y Portugal con motivo de los cambios llegados a Europa tras la abolición del feudalismo; una segunda correspondiente a la colonización de Asia por parte de la Compañía Británica de las Indias Orientales y otros países como Francia y Holanda que tuvo como base la expansión del mercantilismo; y por último la llevada a cabo en África como consecuencia de la Conferencia de Berlín, en la que se daba salida a las apetencias del capitalismo industrial, esto es la búsqueda de mercados de manufacturas y materias primas, precisamente el ligado al colonialismo (Gilmartin, 2009: 115-123).

Con todo ello, se pueden establecer las características principales que definen la guerra colonial como tal: Primero, tiene lugar la disputa de un territorio por la obtención de sus recursos naturales, normalmente por una potencia interesada en un territorio menos desarrollado y por medio de la acción militar.

En segundo lugar, la diferencia tecnológica entre ambos contendientes suele ser bastante acusada, siendo muy superior la del Estado en cuestión y con graves dificultades para el territorio a colonizar. Seguidamente, el objetivo de la potencia es la explotación económica del territorio y la exportación de sus aspectos políticos, sociales y culturales con el fin de anular cualquier identificación nacional e imponer la suya.

Por último, a partir del siglo XIX este tipo de guerras está enmarcado en la generalización de estas prácticas, debido al crecimiento económico y demográfico de las diferentes potencias europeas y que fue conocido como colonialismo, es decir, dentro de un sistema político y económico que se mantuvo en vigor entre el siglo XIX y los procesos de descolonización del siglo XX.




Análisis de la guerra colonial y su problemática: Imperialismo, neocolonialismo y eurocentrismo

El marco cronológico superior puede confundirse con otros conceptos como son el imperialismo y el neocolonialismo, siendo el primero un proceso parejo y en muchos aspectos similar al colonialismo y el segundo, no una causa sino una consecuencia de los procesos colonialistas. El imperialismo también se desarrolla como parte de un plan de sometimiento, sin embargo, su carácter ideológico es más pronunciado y no se produce de una manera tan directa sobre el propio territorio. No implica necesariamente la explotación de sus recursos y el sometimiento de sus condiciones político-sociales, sino el control del territorio para cumplir sus objetivos estratégicos, expansionistas, etc.

El neocolonialismo en cambio, siendo una consecuencia directa del colonialismo, se da cuándo la potencia no ejerce un poder directo por medio de la fuerza militar en el territorio sino una acción indirecta basada normalmente en el control económico, lo que convierte al territorio o país en cuestión en un satélite.

Ajeno a la confusión del término colonialismo y constituyendo un grave problema para el estudio en particular de las guerras coloniales aparece el eurocentrismo. La imagen característica que el público en general y el europeo medio en especial tienen sobre la guerra colonial suele estar representada por el enfrentamiento de blancos europeos contra diversas poblaciones indígenas en África, Asia o América. Esa visión hace difícil entender que otros Estados y potencias no europeos llevaron a cabo políticas y economías propias del colonialismo. Tal es el caso del imperio japonés, que expandió sus dominios por el Pacífico y explotó territorios como Manchuria o Corea.

El imperio otomano es un ejemplo aislado ya que llevó a cabo conquistas en la costa norte de África, Oriente Próximo y (quizá el componente más característico de los turcos) sobre territorios y Estados europeos, lo que conduce a preguntarse en qué modo se desarrolló el choque de un mundo superior contra otra inferior (Dusell, 1995: 49)2. Estas conquistas comenzaron en su fundación en 1299 y el tratamiento que se dio a los territorios conquistados fue el de provincias en lugar de colonias, sin embargo, su relación con el colonialismo del siglo XIX vino dada porque sus territorios entraron en confrontación con las apetencias expansionistas de otros Estados europeos que rivalizaron con su imperio cuando estaba en decadencia.

Otro caso peculiar es el de los Estados Unidos de América, que pese a llevar a cabo políticas imperialistas y no colonialistas, se vieron envueltos en procesos coloniales como el enfrentamiento de competencia contra España por la posesión de Cuba, a la que sustituyó después en el papel de administrador del territorio, o en la «pacificación» de su propio territorio, frente a las resistencias de los indios nativos.

En este sentido, conviene abrir el espectro del colonialismo a las fronteras europeas y considerar a otras potencias situadas en otras geografías como protagonistas también de este fenómeno.


Tipologías de guerra colonial

Las particularidades propias de cada territorio colonizado así como las diferentes formas de colonización que llevaron a cabo las metrópolis a lo largo de casi cien años, provocaron que se dibujara un amplio mosaico el que la guerra colonial adquiere diversas definiciones, todas ellas reuniendo las características principales antes mencionadas, pero revistiendo un halo de originalidad propio y dando lugar a varios tipos de guerra colonial, que se ha optado por describir de la siguiente manera.


Conflicto colonial de conquista

Fue el procedimiento de colonización más común. Ocurrió cuando una potencia conquistaba mediante la fuerza militar un territorio con un nivel de desarrollo inferior con el objetivo de llevar a cabo la explotación de sus recursos y la creación de un Estado reflejo de la Metrópoli, con condiciones similares en todos los niveles: económico, social, político y cultural.

El punto de partida de las diferentes expansiones coloniales fueron los asentamientos que a partir del siglo XVI comenzaron a construirse en las costas africanas por las distintas naciones europeas, especialmente por los portugueses. La forma en la que las potencias llevaron a cabo la conquista del territorio no precisó necesariamente de un conflicto y en algunos casos la penetración no supuso ninguna dificultad, ya que el simple hecho de llevarse a cabo por los diferentes ejércitos coloniales no invitaba a la población indígena a ofrecer resistencia. Un ejemplo de este tipo de expansionismo pasó en territorios como la actual Mauritania en el que el inicio de la expansión fue en 1902 y la formación de la colonia se consolidó a partir de 1920 después de atravesar una serie de estatus intermedios. A este se pueden añadir otros ejemplos como Senegal, Níger, Guinea, Djibouti y la actual República Centroafricana a manos francesas, mientras que los británicos se adentraban sin apenas encontrar obstáculos en Gambia, Sierra Leona, Ghana y Nyasalandia. El mismo procedimiento siguió Portugal en su conquista de Guinea Bissau, Angola y Mozambique, así como Alemania en el acceso al territorio de Camerún, Togo y Ruanda, Italia en Somalia y España en Guinea.

En otras ocasiones se produjo como consecuencia de una petición de ayuda por parte de un dirigente autóctono que necesitaba la intervención de la potencia en cuestión, frente a una amenaza, lo que no es óbice para declarar el estado de predisposición de las potencias a mostrar esa «ayuda» con el objetivo de introducirse en los intereses de la región a colonizar. Este tipo de invitaciones dieron lugar a sistemas coloniales más relajados conocidos como «protectorados», en el que la soberanía era compartida y en el que la incorporación a la metrópoli no era plena. Ejemplos de este tipo pasan por la India británica, Bechuanalandia (actual Bostwana), Egipto, Somalilandia, los protectorados franceses de Marruecos y Túnez, el protectorado alemán de Togo o el Marruecos español.

Por último, en otros casos se dieron verdaderos conflictos cuando la potencia trataba de conquistar el territorio por la resistencia de la población indígena organizada, que normalmente terminaba de forma dramática para los colonizados y podía dar lugar a represalias o sistemas coloniales muy severos. Este tipo de resistencias sobrevinieron en el Marruecos español contra las cabilas rifeñas en la guerra de Margallo (1893-1894), en la guerra de Melilla (1909) y en la posterior guerra del Rif (1911-1927) en la que tuvieron lugar episodios de máxima intensidad como la derrota española en Annual (1921) y el desembarco conjunto con Francia en Alhucemas (1925), no pacificándose la zona hasta dos años después (Morales, 2016).

Junto a Francia, el gobierno español de Isabel II se lanzó a un expedición de castigo en la Cochinchina (1858-1862) (Alejandre, 2006) cuando fueron asesinados varios misioneros cristianos, ocupando Saigón, lugar desde el que posteriormente Francia comenzaría su expansión por el territorio creando la Unión Indochina a partir de 1887.

Por su parte, Francia encontró cierta oposición en Túnez, a pesar de que su entrada en el territorio fue como consecuencia de una comisión financiera junto a Italia y Reino Unido, invitado por el Bey Muhammad III, que estaba siendo acosado por la grave crisis que afectaba a la región. Esta circunstancia favorable no impidió sin embargo, que tuvieran lugar ciertas revueltas en las ciudades de Sfax y Kairouan (1881) ante la ocupación francesa. En África también hubo de hacer frente a la oposición de los reinos Mossi (1894) en su expansión por Burkina Faso, tres reinos que habían sobrevivido a las incursiones musulmanas mandingas y que tenían una estructura política militarizada. En Benín, al establecer el protectorado sobre la ciudad de Porto Novo y conquistar la ciudad de Cotonú, el reino de Dahomey reclamó su posesión y contando con un ejército profesional, tomó la iniciativa atacando a las guarniciones francesas y llevando a cabo una política de quema de los cultivos. Pese a los intentos de paz, el rey Behanzin modernizó a su ejército con la compra de armamento y prosiguió la lucha pero los franceses, muy superiores, terminaron por conquistar la zona en 1894 (Alpern, 2011). En Chad, Francia hubo de enfrentarse a la rebelión de Rabin-Az-Zubayr, aplastada en la batalla de Kousseri en 1900.

Los intereses de París también se centraron en América, llevando a cabo dos intervenciones armadas en México. La primera (1838-1839), llevó a los franceses a intentar conseguir beneficios comerciales en la zona, a pesar de que México ya era un país independiente. La segunda intervención (1862-1867) dio respuesta a la negativa de Benito Juárez de pagar la deuda externa, lo que provocó que junto a Reino Unido y España, Francia centrara sus intereses en México por segunda vez, alimentada al tiempo por las apetencias expansionistas de Napoleón III (Tarrago y Gómez, 1963).

A partir de 1884, Alemania ocupó la actual Namibia como consecuencia de lo acordado en la Conferencia de Berlín y en ese mismo año se produjo la Rebelión hotentote de la tribu Nama, lo que abrió la veda para las continuas revueltas que culminaron con la de la tribu herero (1904), reducida en la batalla de Waterberg por el general Von Trotha. A partir de entonces y hasta 1907 tuvo lugar una de las represiones más brutales de la época colonial (Casper y Olusoga, 2011).

Alemania hubo de enfrentarse a otros dos pueblos en su camino hacia la conquista de sus territorios en Tanganica. Primero se encontró con la oposición de los Hehe (1891-1898) y más tarde con la rebelión Mají Mají (1905-1907) provocada por la política colonial severa llevada a cabo en el África Oriental Alemana.

Tampoco Italia, en su expansión por África tuvo el camino libre. Si bien en el protectorado de Somalia y en su entrada en Eritrea no encontró demasiados problemas, no ocurrió lo mismo en su intento de dominio sobre Etiopía dando lugar a dos guerras. La primera guerra ítalo-etíope (1895-1896) se saldó con un grave desastre militar para Italia en la batalla de Adowa (Berkeley, 2012 y McLachlan, 2011) y dio al traste con los planes italianos de controlar el cuerno de África. Entre 1935 y 1936 la Italia fascista de Mussolini se tomó la revancha, sometiendo al país gobernado por Haile Sealisse en apenas unos meses (Del Boca, 1969).

También en Libia, lo que comenzó como un conflicto contra el Imperio otomano, los italianos encontraron la resistencia de los sanusitas liderados por Sidi Idris entre 1911 y 1917 y en la segunda guerra Sanusí (1923-1930) por Omar Al Mukhtar, con graves pérdidas demográficas para el pueblo libio (Santarelli, 1986).

El imperio británico en su expansionismo colonial por Asia encontró la oposición de los birmanos en tres conflictos. El primero (1824-1826), dio el control al Reino Unido del noreste de la India con las victorias de Rangún y Danubyu. La segunda guerra (1852-1853) consolidó el poder británico en el delta y propició un cambio en la corona a favor de Mindon Min. La tercera guerra anglo-birmana tuvo lugar en 1885 y dio paso a la anexión de Birmania como provincia de la india británica y su pérdida total de independencia. También en la India hizo frente a la rebelión de los cipayos (1857) así como combatir al Imperio Maratha y al Reino de Mysore encadenando una serie de guerras entre los siglos XVIII y XIX.

En Australia, las fuerzas británicas derrotaron a los aborígenes en la Tierra de Van Diemen en lo que fue conocido como Guerra Negra (1828-1832). Sin embargo, fue en África dónde los británicos dirigieron sus campañas más difíciles o al menos, las más famosas de la historiografía de la guerra colonial como la guerra Zulú (1879), que enfrentó a las tropas británicas contra el pueblo Zulú, fuertemente militarizado. En ella sufrieron una primera derrota en Isandlwana (1879) y el heroico enfrentamiento de Rorke´s Drift, tomándose la revancha unos meses después en Ulundi (Knight y Castle, 1994; Mcbride, 2013). También en Sudáfrica los británicos tuvieron que enfrentarse con los colonos de origen neerlandés que se habían establecido allí desde el siglo XVII en dos ocasiones: la primera guerra Boer (1880-1881) significó una derrota de los británicos y el reconocimiento de la autonomía del territorio de Transvaal; en la segunda (1899-1902), pese a la iniciativa y primeros éxitos de los Boers, el tratado Vereeniging sometía los territorios de Transvaal y Orange a la corona británica (Knight, 2001).

Gran Bretaña encontró una fuerte oposición también en su conquista de Sudán en lo que se conoció como guerras Mahdistas (1881-1899). Tras el levantamiento del líder religioso Muhammad Ahmad derrotaban al ejército anglo-egipcio en el asedio de Jartum (1885) imponiendo un periodo de dominio mahdista. Sin embargo, los británicos regresaron con más fuerza y con un equipo más moderno, llevando a cabo una campaña liderada por Kitchener que finalizaba en 1898 en la célebre batalla de Ondurman (Abushouk, 2016)

Las guerras Matabeles son otro gran ejemplo de este tipo de conflictos coloniales de conquista. La primera (1893-1894), ocurrida en el actual Zimbabue contra la etnia Ndebele, significó su sometimiento absoluto a los intereses del Imperio británico con episodios tan memorables como el enfrentamiento de Shangani en el que una treintena de británicos se enfrentaron a unos tres mil guerreros matabeles. Famosa además por el uso por primera vez de la ametralladora Maxim. Sin embargo, no pasaron apenas dos años antes de que los matabeles pusieran en marcha la primera «Chimurenga» o segunda guerra Matabele (1896-1897) contra el poderío británico y que irremediablemente, fue aplastada.

Una de los grandes conflictos coloniales conocido como la Guerra de los Cien Años Africana, fueron las guerras emprendidas en la frontera de Sudáfrica entre el Imperio británico y las tribus xhosa entre 1779 y 1879 y que correspondió al periodo de expansión de los ingleses por el territorio. Y también participaron en la guerra colonial más corta de la historia en suelo africano, librada entre el imperio británico y el sultanato de Zanzíbar (1896). Tras un golpe de estado y la subida al poder de Khalid ibn Barghash, dispuesto a terminar con la colaboración de Zanzíbar con los británicos, estos exigieron que abdicara y fijaron un ultimátum que finalizó a las nueve de la mañana del 27 de agosto. Los cuarenta y cinco minutos restantes que duró el conflicto correspondieron al bombardeo del palacio que llevaron a cabo las cañoneras británicas y al posterior asalto y control de la ciudad.

El imperio ruso, en base a su expansionismo por Asia central, se lanzó a la conquista del Cáucaso (1817-1864), una zona dominada por kanatos musulmanes que ya habían rechazado su dominio en el siglo XVIII y que finalmente fue conquistada. Otro ejemplo de esta misma línea lo constituyó también las guerras ruso-persas (1826-1828). Por su parte, el imperio japonés, llevó a cabo una expansión (1868-1947) que tuvo una relación directa con el colonialismo y que vio su fin tras el desenlace de la Segunda Guerra Mundial. «Los tentáculos del monstruo japonés» se extendieron a Papúa-Nueva Guinea, Borneo, Filipinas, Malasia, la península de Indochina, la Polinesia especialmente a partir de su participación en la Segunda Guerra Mundial y otras zonas como Manchuria (1931-1932), Formosa y Corea (1910), llevando a cabo una política cuestionable desde el punto de vista colonialista y mostrándose más cercana al imperialismo. El imperio otomano, por el contrario, se había extendido a partir de 1299 y vio reducido su territorio a medida que las potencias europeas fueron formando sus imperios coloniales hasta su desaparición en 1922, siendo su relación con el colonialismo de tipo competencial.


Conflicto colonial de competencia

Se produjo allí donde dos potencias se enfrentaban por los intereses o recursos naturales de un territorio ajeno en una guerra convencional y la población indígena del territorio se vio involucrada de una manera directa o indirecta. Pueden diferenciarse varios tipos de conflictos que tienen la competencia entre potencias como denominador común y que se produjeron básicamente en dos fases. La primera obedecería a los procesos de conquista de los territorios, cuando los intereses de dos potencias chocaban y se producía el enfrentamiento directo en territorios dominados por imperios como el otomano o el español, en retroceso, o en el caso de potencias ajenas a la Conferencia de Berlín.

En este caso, los Estados Unidos, de un carácter imperialista, se vio mezclado en conflictos coloniales con España en Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas (1898) por un motivo claramente competencial. Desde Washington habían apoyado las insurrecciones independentistas en dichos territorios y aprovechando la superioridad norteamericana y el momento de debilidad que atravesaba España, esta perdía los últimos territorios en ultramar (Núñez, 1997).

La guerra de África (1859-1860) enfrentó los intereses de España con el sultanato de Marruecos. Su origen estuvo en los continuos ataques de los rifeños sobre Ceuta y Melilla, hecho que fue denunciado por el gobierno español solicitando de Marruecos que pusiera fin a esos actos rebeldes. Ante la negativa alauita, España se lanzó a la conquista del territorio. Casi un siglo después tuvo lugar la guerra de Ifni (1957-1958) contra los rebeldes, con el apoyo de Francia a los intereses españoles cuando Marruecos reclamaba sus derechos sobre el territorio de Ifni o Sáhara Español (Manrique y Molina, 2008).

Años después, en 1975, Marruecos se lanzaba al Sáhara Occidental controlado por España en la denominada Marcha Verde, provocando la salida de España de la zona y dejando al pueblo saharaui sometido al poder del reino alauita, suponiendo la pérdida del último territorio colonial en África (Hernández, 2001).

Los conflictos de competencia también ocurrieron por el control de los recursos de ciertos territorios que aún sin ser colonias y estando controlados por Estados fuertes, sufrieron la interacción europea, tales como China en sus dos guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860). El interés británico en el contrabando del opio desde sus colonias en la India y la respuesta China de no tolerar esas conductas e intentar su legalización, dieron como resultado un primer enfrentamiento entre China y el imperio británico, y un segundo al que se unieron los intereses de Francia. El desenlace fue la derrota de China, la apertura de puertos al comercio exterior y la cesión de Hong Kong al Reino Unido, lo que aprovechó Portugal para consolidar su presencia en Macao. También entre 1851 y 1864, los intereses franceses y británicos se vieron mezclados en la guerra Taiping (1851-1864) de carácter civil. Años más tarde al levantamiento de los Boxers (1899-1901), una protesta china contra el dominio y presencia del comercio de los estados europeos en sus territorios, provocó la intervención de nueve potencias, siete de ellas europeas, más Japón y Estados Unidos.

El imperio otomano hizo frente a los griegos en la denominada guerra greco-turca (1897) por el control de Creta en las batallas de Farsalia y Domokos, con la expulsión de los turcos en la isla y el control de Creta por parte de una fuerza internacional. Y también se midió con los italianos (1911-1912) con la victoria de estos y la anexión de Tripolitana y Cirenaica, actual Libia, cuando el imperio otomano estaba ya en franco declive. Sin embargo, el conflicto más importante librado por los otomanos en competencia con otro estado lo libró con Rusia en las guerras ruso-turcas (1877-1878), cuando los intereses de ambos coincidieron en el Cáucaso y los Balcanes. Rusia, interesada en un acceso al Mediterráneo y el control de los Balcanes se lanzó a la ofensiva, siendo sólo frenada por la presión británica, recelosa de un claro triunfo ruso en la zona. El tratado de San Stefano (1878) dio lugar a la independencia de varios estados como Montenegro, Serbia, Bulgaria y Rumania, y a la administración de Bosnia bajo el imperio Austro-húngaro.

Estos enfrentamientos habían tenido ya sus antecedentes en la guerra de Crimea (1853-1856) en la que se midieron los rusos frente a los otomanos, británicos y franceses por el control del territorio y para frenar el desmesurado poderío de Moscú; y en las guerras ruso-circasianas (1763-1864) que durante casi un siglo enfrentaron a ambas potencias por el control de Circasia; sin olvidar la guerra armenio-azerí (1918-1920) en la que se ponía de manifiesto la inestabilidad del Cáucaso con la intervención de Gran Bretaña y el Imperio otomano cuando Armenia y Azerbaiyán declararon su independencia a consecuencia de la Revolución Rusa.

El Reino Unido protagonizó algunos de estos conflictos como las guerras anglo-persas (1856-1857) por la disputa de la ciudad de Herat, que los persas habían intentado tomar en 1838 y 1852 sin éxito. Esto formaba parte del «Gran Juego», o el equilibrio por el control de Asia Central que llevó a los británicos a la primera guerra anglo-afgana (1839-1842) para limitar que Rusia llegara a controlar su zona fronteriza con la India. En esta ocasión, los ingleses fueron derrotados por Akbar Kan, teniendo por fin que abandonar el territorio. Durante la segunda guerra anglo-afgana (1878-1880), los británicos, enviando una fuerza anglo-india mayor, consiguieron vencer a los afganos y en 1881 se retiraban de la zona en virtud del tratado de Gandamak que dejaba las relaciones internacionales afganas en manos británicas y de ese modo aseguraba cierto control en perjuicio del poder ruso. En la tercera guerra anglo-afgana (1919), culminaba la presencia británica en la zona y eliminaba cualquier duda sobre la línea Durand, a pesar de que los afganos conseguían la autonomía para llevar a cabo su propia política exterior (Siegel, 2014).

Más moderna resultaba la guerra del Suez (1956), que enfrentaba al Reino Unido, Francia e Israel contra Egipto por los intereses comerciales y de paso debido a los efectos que provocó la nacionalización del Canal de Suez por parte de El Cairo (Madridejos, 1982).

Salvo excepciones, la Conferencia de Berlín contribuyó a dejar sobre el papel el reparto de África y minimizó la competencia de los Estados europeos en el continente africano, sin embargo, si hay un conflicto que resuma de una manera más nítida la competencia entre las naciones fue el incidente de Fachoda (1898). En este caso, los intereses de Francia y Reino Unido chocaron cuando se encontraron en el Valle del Nilo, intentando establecer sus líneas de comunicaciones, los primeros de oeste a este y los segundos de norte a sur y que se resolvió renegociando el equilibrio de fuerzas en otros territorios, como Egipto y Marruecos. Más polémica sin embargo resulta la guerra de las Malvinas (1982) en la que el ejército argentino ocupaba las islas y era desalojado dos meses más tarde por el ejército británico, siendo en la actualidad un territorio en disputa bajo el control del Reino Unido (Marcelo, 2015).

Un hecho aislado se produjo tras la Primera Guerra Mundial y por tanto dentro de su contexto, cuando las potencias trasladaron el conflicto a las colonias y aprovecharon la situación para obtener beneficios territoriales (Rodrigo, 2015). Esto ocurrió fundamentalmente en las colonias alemanas. En Namibia, la Unión Sudafricana comenzó sus hostilidades contra las autoridades coloniales del África del Sudoeste Alemana, que resistieron hasta mediados de 1915. Una vez finalizada la guerra en Europa, se creó un mandato de las Naciones Unidas haciéndose Sudáfrica cargo de la administración. En el África Oriental, el general Von Lettow-Vorbeck llevó a cabo una resistencia contra un ejército británico bastante superior, venciendo incluso en la batalla de Tanga (1914), resistiendo durante toda la guerra y rindiéndose semanas después de concluida esta, desapareciendo como colonia alemana y pasando a dividirse entre una pequeña franja en el sur que pasó a Mozambique y el resto, que pasó a conocerse como Tanganica, bajo control británico.

Camerún y Togo también sufrieron la división territorial bajo un mandato de Naciones Unidas administrado por Francia y el Reino Unido dando lugar a una nueva ocupación de facto colonial, por estas dos potencias.

Algo parecido le ocurrió al imperio colonial italiano, finalizada la Segunda Guerra Mundial. Tras la enérgica y relativamente rápida conquista de Abisinia, los italianos establecieron la colonia hasta que en 1941 las tropas del Mussolini fueron vencidas por los británicos. Eritrea, tras ser liberada también por los británicos en el mismo año, pasó a ser una provincia de Etiopía y Somalia, en cambio, tras invadir en 1940 la parte británica y perderla de nuevo en 1941, fue convertida en una administración fiduciaria bajo mando italiano hasta su final en 1960. En cuanto a Libia, una vez perdida la guerra, fue devuelta a la administración colonial italiana hasta su independencia en 1951. Otros territorios considerados colonias italianas y que perdieron esa condición al término de la guerra fueron Montenegro, el Dodecaneso, Albania y sus concesiones en Taijin.

Por último, otro conflicto de competencia fue la Rebelión Árabe (1916-1918) en la que los árabes creían contar con el apoyo de Francia y Reino Unido para deshacerse de la presión otomana mientras que la realidad fue que el conflicto se proyectó como una estrategia para un nuevo reparto colonial.


Conflicto colonial de liberación

Este tipo de conflictos, ocurridos mayoritariamente en el siglo XX, tuvieron lugar cuando la población indígena se rebeló con la intención de liberarse del yugo colonialista ejercido desde la metrópoli y normalmente dio lugar a la creación de nuevos estados, siendo alimentadas por sentimientos nacionalistas e ideológicos, provenientes en su mayor medida de las tensiones provocadas por el enfrentamiento de bloques o Guerra Fría.

En la mayoría de los casos, los procesos se llevaron a cabo de manera pacífica con motivo de una transición del poder colonial a otro local, y fueron impulsados por la Organización de Naciones Unidas, pero en otros casos se dieron conflictos como consecuencia de esos cambios, bien por su brusquedad o porque las potencias coloniales se dilataron en los mismos.

Caben mencionar como parte de este conglomerado de conflictos, las guerras libradas en Cuba, contra el imperio colonial español que comenzaron ya en la guerra de los Diez Años (1868-1878), sofocada por el ejército español de forma momentánea, aunque no fue mitigado el espíritu de independencia que tenían los nativos cubanos, estallando la guerra Chiquita (1879-1880) y años más tarde el conflicto que daría lugar a la independencia de Cuba entre 1895 y 1898, en cuyo caso los cubanos tuvieron el apoyo de los Estados Unidos de América, en la línea de lo que anteriormente se ha denominado «conflicto de competencia» (Cervera, 2016). También como consecuencia de la debilidad del Imperio otomano, se produjeron las guerras de los Balcanes (1912-1913), preludio de la Primera Guerra Mundial y muy ligadas a las tensiones que inundaban Europa.

Por su parte, Francia sufrió graves conflictos coloniales de liberación como la guerra de Indochina (1946-1954), promocionada por el independentismo del Viet Mihn liderado por Ho Chi Mihn, cuyas reclamaciones abarcaban a toda la península de Indochina perteneciente al imperio colonial francés. En este contexto, tomo cierto protagonismo lo que empezaría a conocerse como Guerra Fría, con el posicionamiento de Estados Unidos del lado de Francia y con un Viet Mihn apoyado por China y la Unión Soviética. En la célebre batalla de Dien Bien Phu (1954) se llegaba al final de la ocupación francesa del territorio pero la paz no prosiguió demasiado tiempo y años después comenzaba la guerra civil y la posterior guerra del Vietnam (Rodrigo, 2015; Windrow, 1999).3

Sin embargo, dónde las potencias europeas encontraron mayores problemas a la hora de los procesos de descolonización fue en el continente africano, quizá porque la Conferencia de Berlín había provocado una ocupación artificial de los territorios y no una escalada natural regida por relaciones de siglos como había ocurrido en la India británica. Los franceses llevaron a cabo una descolonización masiva de sus territorios en torno a 1960 motivada por las iniciativas políticas de las poblaciones nativas, que resultó ser más o menos pacífica aunque encontró ciertas dificultades, especialmente en Argelia, precisamente porque los franceses no veían este territorio como una colonia sino como una provincia. La guerra de la Independencia de Argelia (1954-1962) enfrentó al Frente Nacional de Liberación o FNL contra una metrópoli obstinada en defender la provincia y un Charles de Gaulle necesitado de mantenerla para sus propios intereses políticos. Especialmente cruenta resultó la combinación del FNL de una estrategia de guerra de guerrillas con el terrorismo y los métodos represivos del ejército francés, unidos a las duras operaciones contrainsurgencia. Finalmente, en 1962 Francia otorgaba la independencia terminando así su aventura colonial en Argelia (Windrow, 2000).

París también hubo de hacer frente a la rebelión Malgache (1947-1948) en Madagascar promovida por los nacionalistas, fuertemente sofocada mediante una dura represión que costó la vida a miles de personas. Posteriormente en el año 1958 Madagascar obtenía su independencia. En Camerún, entre las diferentes ideas políticas independentistas surgió la Union des populations du Cameroun de carácter socialista y desde su ilegalización en 1955 hasta la independencia del Camerún francés en 1960 llevaron a cabo una guerra de guerrillas basada en las reivindicaciones nacionalistas.

En el Congo Belga, a partir de 1950 se comenzó a desarrollar la asociación cultural, luego partido político «Asociación de los Bakongo» (ABAKO), luchando por la proclamación de independencia que finalmente ocurrió en 1960, pero la inestabilidad y el hecho de que parte de la oficialidad del ejército fuera aún blanca, provocó una revuelta en Leopoldville y el regreso de las fuerzas armadas belgas a un Estado independiente y libre.

Otro conflicto colonial derivado de la política italiana y de las resoluciones internacionales fue la guerra de independencia de Eritrea (1961-1991) enfrentando a rebeldes eritreos nacionalistas con Etiopía. Eritrea había quedado ligada a Etiopía como provincia después de la Segunda Guerra Mundial y desde 1961 reclamaron su independencia, consiguiéndola en 1993.

Reino Unido también tuvo sus dificultades durante los procesos de descolonización encontrando problemas en la denominada Emergencia Malaya (1948-1960). En Palestina (O´Ballance, 1959), la ONU dividía el territorio en dos partes mientras que las autoridades coloniales británicas seguían sobre el terreno. En vísperas de la retirada de los británicos, Israel se proclamaba como Estado soberano y al día siguiente era invadido por una fuerza árabe compuesta por Egipto, Siria, Líbano, Irak y Transjordania dando lugar a la guerra árabe-israelí (1948).

En 1955, el gobierno británico decidió mantener sus posiciones en Chipre con la instalación allí de su base de operaciones en el Mediterráneo, con la consiguiente protesta de la EOKA, organización grecochipriota que luchaba por la independencia de la metrópoli y la eonosis o unión con Grecia, reclamada en anteriores ocasiones. Se iniciaba así una guerra de guerrillas del ejército británico contra un millar de guerrilleros que concluía en 1959 con los acuerdos para alcanzar la independencia.

Pero una de las guerras más destacadas de liberación contra el colonialismo del Reino Unido fue la rebelión Mau-Mau (1952-1960) en la que los guerrilleros kenianos mantuvieron una lucha contra el gobierno colonial fracasando militarmente pero sirviendo para abrir las puertas hacia la concienciación del resto de sus compatriotas de la necesidad de independencia. Finalmente la consiguieron en 1963.

Sudáfrica llevó a cabo su propia guerra de tipo colonial de liberación, considerada así porque tuvo como resultado la independencia de Namibia, primero colonia alemana y después provincia sudafricana. La guerra de la Frontera o Guerra del Arbusto (1966-1988) tuvo lugar entre el gobierno sudafricano y un conglomerado de fuerzas independentistas ligadas al comunismo: El gobierno de Angola, la Organización del Pueblo de África del Sudoeste (SWAPO) y el Congreso Nacional Africano, que en el contexto de la Guerra Fría vio unirse a otros actores como Cuba y la Unión Soviética, frente a Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Alemania e Israel apoyando al gobierno del Apartheid, a lo que se unía la importante participación de miles de mercenarios europeos en distintas fases de la guerra.

Pero si hubo un país que encontró una beligerancia casi total en sus colonias debido a su obstinación en abandonarlas pese a las peticiones reiteradas de la ONU, fue Portugal. El país luso hubo de combatir en tres escenarios: Angola (1961-1974) frente al Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y la Unión Nacional para la Liberación Total de Angola (UNITA) con asesores cubanos; Mozambique (1964-1974) contra al Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO) y el apoyo de la Unión Soviética, Cuba y la RDA; y Guinea Bissau y Cabo Verde (1963-1974) frente al Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cavo Verde (PAIGC), de tendencias comunistas (Abbott, 1988). También se resistieron a perder sus enclaves en la India: Goa, Damán y Diu (1961).


Otros tipos de conflictos coloniales

No obstante, existieron conflictos coloniales de difícil clasificación que no pueden enmarcarse en los anteriormente descritos, como cuando se producía una guerra civil entre la población de la colonia, ya fuera metropolitana o indígena, y en la que tenía lugar la intervención militar extranjera. En este caso, el ejemplo más paradigmático fue la guerra de Rhodesia (1964-1979), en la que las guerrillas zimbabuenses del Ejército Africano para la Liberación Nacional de Zimbabue (ZANLA) y el Ejército Popular Revolucionario de Zimbabue (ZIPRA) se enfrentaron con el gobierno no reconocido internacionalmente de Adam Smith, mientras el Reino Unido se mantenía al margen y participaban otros Estados (Abbott y Bothman, 1986).

Otro tipo de guerra colonial se originó cuando los procesos de colonización se produjeron de la manera habitual pero la explotación del territorio no fue llevada a cabo por otro Estado sino por una entidad privada, como en el caso del Congo, administrado personalmente por el Rey Leopoldo II de Bélgica entre 1885 y 1908, dándose conflictos como las guerras árabes del Congo (1892-1894) entre las fuerzas del Rey y comerciantes del sultanato de Zanzíbar que competían por los mismos recursos.

Existe una tipología que tampoco se puede encuadrar en ninguna de las anteriores y es la de los conflictos coloniales de «pacificación» llevados a cabo por los Estados ya formados contra los elementos nativos que aún quedan en su territorio y que ofrecen algún tipo de resistencia. En este caso cabe mencionar a los Estados Unidos de América, que pese a no presentar demasiado interés en extender un imperio colonial, también protagonizaron episodios de guerra colonial, dentro de la tipología de guerras de competencia, es decir, cuando sus intereses se encontraron con los de otra potencia o Estado colonialista. Es cierto, no obstante, que dentro de sus fronteras llevó a cabo una «pacificación» para terminar con la resistencia de las tribus nativas que se prolongó hasta 1890 con importantes episodios como la guerra Black Hawk (1832), las guerras Navajo (1849-1866), la guerra de Black Hills (1876-1877) y las guerras apaches (1861-1880) (Watt, 2014). Este tipo de campañas contra las poblaciones nativas también tuvieron lugar en otros países americanos, como México, Chile o Argentina, dónde sus respectivos gobiernos impulsaron la total eliminación de las poblaciones indias.


Conclusión: el estudio de las guerras coloniales en la actualidad

De este modo, queda definida la guerra colonial como el conflicto dado cuando una potencia desarrollada toma por medios militares el control de un territorio habitado por pueblos con un nivel de desarrollo inferior para implantar un sistema económico y político de explotación de los recursos, o cuando el conflicto es derivado de esa acción ya sea por competencia de otro Estado o de liberación iniciada en respuesta a esa invasión.

El marco cronológico en el que se encuadran las guerras coloniales que surgen durante el periodo en el que se practica el colonialismo de una manera generalizada es desde el siglo XIX hasta los procesos de descolonización del siglo XX, pudiendo existir tres tipos de conflictos coloniales: de conquista, de competencia y de liberación, así como otros que no pertenecen a estas denominaciones pero que reúnen similares características.

El estudio de las guerras coloniales en la actualidad no debe reducirse al simple hecho de su descripción, sino a una profundización en sus causas y consecuencias que haga posible comprender los conflictos actuales que tienen lugar en diferentes geografías. Debido a la intervención europea durante siglos, al paternalismo y al levantamiento y ruptura de fronteras naturales que han provocado una mezcla étnica o su separación de manera brusca y fuera de toda naturaleza, han provocado que tras la descolonización e incluso en la actualidad, se originen y desarrollen conflictos íntimamente ligados a esas guerras coloniales que terminaron por medio de un acuerdo sin mitigar los problemas que las ocasionaron.

El estudio de las guerras coloniales debe ocupar un lugar de cabecera para aquellos historiadores e investigadores que se enfrentan con la tarea de analizar los conflictos actuales desde un punto de vista bélico, pero también por aquellos que quieran descubrir los entresijos de la política mundial actual: la geopolítica.


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www.guerracolonial.es

1 Consultado en www.Rae.es, el 11 de julio de 2017.

2 Dusell expone una relación directa entre el eurocentrismo y la modernidad, y sobre el autoconvencimiento de la sociedad moderna, en este caso la europea, de llevar a cabo una modernización o desarrollo de los pueblos primitivos para incorporarlos al mundo moderno. Esto puede conseguirse de manera pacífica o ejerciendo el uso de la violencia, que en todo caso está justificado por la praxis modernista en lo que se denomina «justa guerra colonial».

3 Este conflicto ya no puede considerarse un conflicto colonial pues Vietnam del Norte era un Estado legítimo y las intenciones de los Estados Unidos obedecían más a una política imperialista que hiciera frente al poderío de la Unión Soviética en el contexto de la Guerra Fría.