La frontera chilena y la participación de los indígenas realistas en las guerras civiles de la Independencia hispanoamericana[1]

(The chilean borderland and the participation of indigenous monarchists in the civil wars of Hispanic American Independence)

 

Jorge Chauca García

Universidad de Málaga, Andalucía, España

 

Recibido: 09/11/2021; Aceptado: 6/12/2021

 

 

 

 

 

 

 

Resumen

El propósito de este artículo es recuperar la mirada de los indígenas fronterizos que participaron en las guerras civiles de la Independencia chilena bajo las banderas del rey. Los meridionales araucanos combatieron con valor junto al Real Ejército frente a los independentistas del norte durante años en diversos escenarios. Hicieron del sur un teatro de operaciones fiel al monarca, foco de resistencia y ofensiva de la causa del rey en la lejana frontera chilena. Protagonistas olvidados de la América española necesarios para comprender y reinterpretar un proceso de tanta trascendencia hispánica pasada y presente con ocasión de los Bicentenarios.   

 

Palabras Clave

Chile, Frontera, Realistas, Indígenas, Independencia.  

 

Abstract

The purpose of this article is to recover the gaze of the frontier natives who participated in the civil wars of Chilean Independence under the flags of the king. The southern Araucanians fought with courage together with the Royal Army against the independentists from the north for years in various scenarios. They made the south a theater of operations faithful to the monarch, a focus of resistance and offensive for the king's cause on the distant Chilean border. Forgotten protagonists of Spanish America necessary to understand and reinterpret a process of such past and present Hispanic transcendence on the occasion of the Bicentennials.

 

Keywords

Chile, Borderland, Monarchists, Indigenous, Independence.

 

Introducción

            El heterogéneo mundo indígena de la América española era parte sustancial del imperio y como súbditos del rey participaron en las dilatadas guerras civiles de la Independencia en el primer cuarto del siglo XIX. El conflicto no les fue ajeno, al contrario, muchos de ellos tomaron parte activa en su desarrollo a favor de la causa del rey como lo habían hecho en la conquista múltiples etnias a lo largo de todo el continente. Un proceso básicamente criollo en su origen devino en una conflagración que implicó, en mayor o menor medida, a todos los vasallos del monarca hispano en aquel hemisferio. Las actitudes de los españoles americanos y peninsulares no fueron de bloque como tampoco monolíticos los comportamientos, los trasvases y cambios accidentales en una sociedad tan compleja dotaron de gran dinamismo a un enfrentamiento fratricida que es necesario analizar desde múltiples miradas. Las relecturas de un episodio disgregador de tanta trascendencia y relacionado con nuestro presente son imperiosas y deben ser cruzadas (Pérez Vejo, 2010).

Uno de los testimonios marginados por la historiografía ha sido la implicación de los indígenas, agente histórico de una extraordinaria diversidad, durante aquellos cruentos años de lucha. No fue homogénea su respuesta como no lo era su composición, tampoco puede mantenerse su idealización por parte de varios artífices de la Independencia con la intención de atraerlos a su bando o buscar legitimidad. La Historia es mucho más compleja y fueron muchos y en diversos escenarios los que combatieron la secesión bajo las banderas del rey, incluso más allá de la derrota definitiva en la pampa de Ayacucho a finales de 1824 o las capitulaciones de Rodil en El Callao o Quintanilla en Chiloé en 1826. Sobre ellos versa el siguiente artículo. Son los vencidos y es su visión con ocasión de los Bicentenarios. Otra América fue posible, pero la ucronía está reñida con Clío, no así la reconstrucción, comprensión y reinterpretación de nuestro pasado común sin olvidar a ninguno de sus actores: ¡Ay de los vencidos!

 

Bicentenarios hispanoamericanos: un giro historiográfico necesario

Se hace necesario un preámbulo sobre categorías conceptuales. Los bandos en guerra se han simplificado bajo la denominación, no ingenua, de patriotas contra realistas o fidelistas. Y algo se ha mejorado en las últimas investigaciones, pues antaño eran españoles versus americanos, afirmación que suponía un severo error como advertimos más arriba. Comprendemos el relato de grandes historiadores decimonónicos, próximos a los acontecimientos analizados, pues además de la cercanía emocional operaba el peso fundacional de una nacionalidad. Pero comprender no significa compartir, y menos en Historia. La simplificación de los procesos por medio del uso del lenguaje no es nueva, como tampoco su abuso político.

El patriotismo admite diversos enfoques, quiero decir que ambos contendientes lucharon por lo que entendían la mejor solución para su patria –fuera regional o imperial–, siendo esta cualidad cívica compartida y no de parte. Ambos se sentían patriotas, pero los vencidos han pasado al olvido culpable, maldito, en acertadas palabras de Julio Albi (1990: 15).

De ahí que la historiografía califique a un hecho de armas como el Desastre de Rancagua, esto es, toma partido por la visión de un bando, el derrotado en este caso, mientras que sin duda para el contrario fue la victoria de Rancagua. Ejemplos similares están en el tuétano de la Historia como disciplina, para el mismo escenario las acciones de Cancha Rayada. Juliano el Apóstata o Constantino el Grande no dejan lugar a dudas, ambos apodos evidencian quién fue su autor. La complejidad acompaña a la Historia, la simplicidad la aparte de su objeto de análisis. 

En el altiplano andino los iquichanos de Huanta acaudillados por el indígena realista Antonio Huachaca más allá de la batalla de Ayacucho, los indios flecheros de Boves en los Llanos venezolanos, las tierras pastusas de Agustín Agualongo y su heroica muerte o los guajiros de Costa Firme fieles al monarca hasta la extenuación. En esta ocasión vamos a centrarnos en los mapuche-araucanos y los pehuenches de la frontera chilena y su lucha por la causa del rey, en leal cumplimiento de los pactos y alianzas suscritos de viejo. Se rescatan así unos actores relegados de aquel proceso, y se hace dos centurias después (Gorigoitía Abbott, 2016: 187). Si los realistas fueron los olvidados, los indígenas realistas quedaron más postergados todavía por parte de los historiadores. Si bien hubo y hay casos meritorios, trabajan desde la mirada de los vencedores y cuando intentan un acercamiento empático, no dejan de incurrir en la asignación conceptual maniquea y partidista anteriormente denunciada.

No comprender la mayoritaria fidelidad indígena al rey es no saber interpretar la larga duración en un espacio conflictivo y singularizado. Desde Santiago de Chile no se entendió, más allá de la retórica inicial, lo que significaba y se fue remodelando a remolque de los acontecimientos y necesidades la actitud ante un indígena que sorpresivamente se aliaba con los realistas en tenaza desde la frontera en anuencia con los esfuerzos de Lima. Desde Madrid se enviaron tan solo tres batallones peninsulares (Albi de la Cuesta: 2009: 182), es decir, el apoyo fue popular al sur y los guerrilleros, al contrario que en otras latitudes, lucharon por el rey junto a los araucanos y la inestimable ayuda del bastión realista peruano. No hubo un Morillo como en la Reconquista española septentrional (Heredia, 1974), pues de los efectivos militares con destino a América, el Perú apenas recibió el 14% del total y tuvo que hacer frente a los movimientos revolucionarios en Quito, Chile y el Alto Perú (Guerrero Lira, 2002: 36). Solo así se puede valorar la prolongación de la guerra y la conformación de las tropas realistas (Luqui-Lagleyze, 1995 y 2000).

Los líderes independentistas han sido reconocidos en ambas orillas del mundo atlántico, los realistas ocultados. Los primeros enseñorean plazas y calles, los segundos están ausentes y cuando lo están son derribadas sus pocas estatuas existentes. Pero los indios del rey no pueden ni ser objetivo del furor, pues no existen. Aquellos que vadearon los ríos que descendían de la gran cordillera en defensa de la causa del rey no son visibilizados ni para el elogio ni para la crítica, a veces destructiva. ¿Acaso hay un peor castigo por parte de la Historia que la ignorancia? Creemos que no y con este avance de investigación buscamos hacer justicia y escribir el pasado en todas sus voces. Valga añadir que los indígenas no se sentían vinculados a la patria criolla en formación y sí a la figura del rey, a quien juraban lealtad como conclusión de todos los parlamentos. No cabe en el cumplimiento de la palabra dada la acusación de traición, más bien al contrario. En muchos estudios referentes al periodo «se emplean formas de expresión convenientes por su comodidad, pero inexactas» (Martínez Peláez, 1998: 516).      

Sobre estos cimientos se construyeron las nacientes repúblicas hispanoamericanas en sus mitos fundacionales y sobre la basa del culto laico a Bolívar, Sucre, San Martín u O´Higgins (Malamud, 2020). Bolívar utilizó el imaginario colectivo del araucano resistente frente al español, alejado de su compleja realidad y asido a la simplicidad con fines políticos. En su primera Carta de Jamaica, fechada en Kingston el 6 de septiembre de 1815, escribía: «El reino de Chile […] está lidiando contra sus enemigos que pretenden dominarlo; pero en vano, porque los que antes pusieron un término a sus conquistas, los indómitos y libres araucanos, son sus vecinos y compatriotas» (2007: 6). Quizás exprese más un deseo que un hecho, pues cierto es que los indígenas fronterizos eran aliados de los realistas, colaboración que se fortalecería en la siguiente etapa de la guerra. De justicia es su recuperación de entre los desterrados y su aparición en la escena historiográfica por sí mismos. Fue un tiempo recio, sin duda.

 

La frontera meridional de Chile: campo de batalla y escenario de negociación política

La prensa republicana de la Patria Vieja intentó explotar el mito del indómito araucano (Chauca García, 2018a), pero sirvió más acaso para el propio coraje que para despertar simpatías en los pechos araucanos. Su misma cabecera les delataba. Un par de tempranos ejemplos de sus ardorosos y poéticos encabezamientos basten: «Descendencia de Arauco glorioso / despertad el heredado ardor, / Que os esperan laureles triunfales / Y alto nombre en los campos del honor» (El Monitor Araucano, n.º 1, t. 1, Santiago de Chile 6 de abril de 1813, 1). El segundo: «La causa justa y noble / Da ardimiento y confianza; / Y aviva la esperanza / La fuerza superior. / Donde son insultados / Nuestros caros derechos / Los Araucanos pechos / Harán sentir su ardor» (El Monitor Araucano, n.º 4, t. 1, Santiago de Chile 12 de abril de 1813, 13).

  En 1814 concluyó la denominada Patria Vieja en Chile, la victoria realista en la batalla de Rancagua los primeros días de octubre supuso que se abría una nueva etapa en el proceso iniciado un cuatrienio atrás. Desde ese momento asistimos al periodo conocido como la Reconquista española. Había sido clave el desplazamiento del centro de gravedad del conflicto del valle central a la frontera y los nuevos agentes involucrados directamente: los araucano-mapuche. Lima soportó la reacción independentista y envió refuerzos a la meridional Concepción, desde esta estratégica base de operaciones pudo controlar la situación del reino de Chile gracias a la distancia y fidelidad de sus moradores, en especial los franciscanos y los indígenas fronterizos fieles al rey.

 

Mapa de la Araucanía (1820)

Diagrama

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Fuente: Guevara, 1910: s/p.

El 12 de octubre desde la Quinta de Sánchez, en un Santiago recuperado para la causa real, el jefe de la fuerza expedicionaria Mariano Osorio se dirigía a los realistas vencedores en Rancagua. Tras cuatro años de tiranía y de colapso económico, la nueva situación favorecida por el ejército pacificador permitía que los «brazos encadenados» volvieran a recoger frutos y gracias al Tribunal del Consulado de Lima la actividad comercial bullía de nuevo. El agradecimiento era para el virrey del Perú José Fernando de Abascal y el desprecio para «la gavilla insurgente atrincherada en Rancagua» (Aravena, Ibáñez y Orellana, 2017: 83). Similar terminología operaba en ambos contendientes, unos hablaban de cuatro años tiranizados y otros de trescientos de servidumbre, pero compartían la imagen de la cadena o esclavitud a manos del contrario.

En aquel teatro sureño de operaciones el papel jugado por los leales indígenas tuvo un peso considerable en el triunfo, en tan delicada coyuntura fueron fieles a la palabra dada en los sucesivos parlamentos fronterizos que les habían asegurado autonomía de hecho y fluidos intercambios comerciales en ferias, amén de reconocimiento con diversos elementos simbólicos de no poca relevancia. La extrañeza de los independentistas criollos nos lleva a considerar lo ajenos que eran al mundo de la frontera y su dinámica interna frente a la distante capital Santiago.

Al principio recurrieron a la imagen del bravo guerrero araucano sometido, según los clásicos parámetros negrolegendarios, para fundamentar su alianza y que su propia actitud rebelde quedara legitimada en una suerte artificial de concatenidades históricas. Así se contiene en la proclama de la Junta Representativa del Reino a los habitantes de Concepción en el lejano Arauco: «ya solo resuena en todos los ángulos de Chile el dulce eco de la unión: los manes del sabio Colocolo, del intrépido Caupolicán, del imperturbable Rencií reviven el germen precioso, que no pudieron extinguir tres siglos de devastación y tiranía» (Aurora de Chile, n.º 28, t. 1, Santiago de Chile 20 de agosto de 1812, 119). Pero tardaron en comprender el verdadero alcanza de lo que la frontera significaba (León, 2011b y Enríquez, 2011), mientras que los realistas contaban con hombres hechos sobre el terreno y de múltiples conexiones en aquel territorio tan singular. En este sentido, refiere el general Miller un episodio ilustrativo cuando Lord Cochrane prometió duplicar la cuota que recibían varios caciques de Osorno –refundación del capitán general Ambrosio O´Higgins a finales del siglo XVIII (Chauca García, 2019b: 200-214)– del gobernador español (2009: 101).

Pasados los años de guerra meridional, su posicionamiento inicial se preguntaba qué había pasado para no contar con su apoyo, al contrario, lejos de haber sido sus aliados lo fueron de los realistas: «Las valientes tribus de Arauco, y demás indígenas de la parte meridional, prodigaron su sangre por más de tres centurias defendiendo su libertad contra el mismo enemigo que hoy es nuestro», y sin embargo retrasaron sus objetivos derramando mucha y generosa sangre el servicio del rey, pues «combatieron encarnecidamente contra nuestras armas, unidos al Ejército Real […] los descendientes de Caupolicán, Tucapel, Colocolo, Galvarino, Lautaro y demás héroes, que con proezas brillantes inmortalizaron su fama» (Gazeta Ministerial de Chile, n.º 83, t. 1, Santiago de Chile 13 de marzo de 1819, 111).   

Incluso cuando recibieron su apoyo antes de Rancagua en un encuentro en Concepción en 1811, aquella palabra era más conformista y accidental que sincera, lo cual provocaba un justificado recelo (Valenzuela Márquez, 2009: 78). No resulta de extrañar, pues la ceremonia estaba desprovista de muchos de los rituales que acompañaban a aquellos pactos desde mediados del siglo XVII. Los agasajos al uso no eran suficientes, recordemos que se había creado un ramo de los mismos en la otrora capitanía general chilena, tan solo aseguraban la partida de vuelta y una palabra que en este caso no se mantuvo y siempre generaba una incertidumbre superior a la confianza en las promesas.

Vicente Benavides, militar criollo que acaudilló a los últimos resistentes realistas antes de su fracasada huida al Perú, escribía al virrey de Lima Joaquín de la Pezuela acerca del trato a los prisioneros por ambos bandos en contienda. Los fusilamientos sumarios eran triste nota compartida. Él mismo tuvo que ceder ante las presiones de «los fieles naturales que llevaba en mi compañía [quienes] pedían fuertemente la cabeza de aquellos obstinados insurgentes, que les habían inferido tantos perjuicios, para escarmientos de las reducciones que los seguían». Se trataba de dos antiguos capitanes del rey pasados al bando enemigo, los coroneles Andrés Alcázar y Gaspar Ruiz, principales cabecillas de la revuelta en la provincia de Valdivia, donde como hombres de frontera poseían influjo y conexiones de provecho para la insurgencia, esto es, los catalogados de traidores representaban un peligro y foco de posible sublevación.

Además de las demandas de los halcones nativos, el oficial realista recordaba que la guerra sin cuartel declarada había desembocado en que oficiales y soldados del rey prisioneros eran fusilados en el momento «cuando no los matan a sable». En consecuencia, esperaba la aprobación virreinal a su proceder en la ejecución durante los tristes y crueles tiempos de la Guerra a Muerte (Vicuña MacKenna, 1972: 803-804). Benavides sería apresado y ahorcado en Santiago tras recibir numerosas vejaciones, incluso su cuerpo fue descuartizado y sus miembros y cabeza enviados al sur (Campos Harriet, 1958: 126).

Merecen una atención historiográfica rigurosa los criollos realistas en este escenario, al igual que en otros del continente (Corsi Otalora, 1994 y Núñez del Arco, 2016). Tras la muerte del coronel Benavides, las guerrillas realistas al mando de Pico y Senosiaín continuaron la resistencia contando con el apoyo crucial de los araucanos, que podían poner en campaña hasta a varios miles de combatientes llegado el caso (Semprún Bullón, 1999: 222). Como era costumbre, siempre podían retirarse a sus tierras (Gay, 1856b: 424).

La presencia de los indígenas aliados fue junto a cuantitativa, también cualitativa y con poder de presión sobre las decisiones. Pero volvamos a sus acciones. La columna expedicionaria por las tierras de Arauco comandada por el coronel Prieto tuvo que hacer frente a un importante contingente de indios y montoneros populares, quienes junto a monarquistas y los mismos araucanos se opusieron a la república (León Solís, 2011a: 483). Los hermanos Pincheira, Pablo y José Antonio, han pasado a la leyenda de los aguerridos montoneros realistas (Petit, 1939). Su trayectoria como guerrilleros se mezcla con sus incursiones por el espacio fronterizo y cordillerano. Llegaron a derrotar a un escuadrón al mando de Manuel Jordán en la hacienda Longaví, lo que les hizo más osados (Campos Harriet, 1958: 127).

En aquella guerra de guerrillas y por el hostil campo de la frontera, el francés Jorge Beauchef –aventurero que había sido hecho prisionero en 1808 en España y logró huir al Nuevo Mundo– prosiguió la incursión temerariamente, «pues quien vuelve la espalda al indio perece sin remedio», y nos da muestras de lo encarnizado del combate y de las tácticas autóctonas por aquella boscosa región (Vicuña MacKenna, 1972: 609-611).

El galo nos ha dejado múltiples testimonios de la fiereza de los indígenas realistas. Sobre su modo de atacar dice: «Estos salvajes son tan duros para morir que es necesario que las balas les rompan la cabeza para derribarlos del caballo y a menudo se mantienen aún» (Beauchef, 2005: 184). En otra ocasión, por ejemplo, narra un episodio entre republicanos e indígenas, fruto del cual dos hombres de los primeros cayeron prisioneros y fueron degollados y mutilados. Uno de ellos era un mestizo y el otro el subteniente Saavedra, que había servido a las órdenes de Benavides (Beauchef, 2005: 179-180). No había perdón posible ante la ferocidad fidelista y la crueldad compartida de aquella guerra desarrollada en una remota e inhóspita frontera del imperio español: Aut Caesar aut nihil. En la batalla, los fieles indígenas enfurecidos atacaban tras ser rechazados escuadrones de Dragones, decidiendo el signo del combate (Torrente, 1900: 167). 

Cuando los realistas comandados por el coronel Juan Francisco Sánchez, conocido como el Gallego Sánchez, evacuaron la ciudad de Los Ángeles, las monjas trinitarias de la Concepción les acompañaron temerosas por las represalias. Al igual que los franciscanos de Chillán, se había significado por la causa del rey. Los seráficos lo hicieron con rotundidad y gran eficacia. En los combates del 29 de enero de 1819, según recoge el Diario de Campaña de las operaciones al sur del Bío-Bío del veterano napoleónico Federico de Brandsen, las tropas de Sánchez les atacaron sin descanso «por una nube de indios» (Cartes Montory y Puigmal, 2008: 135). Frente a la plaza de Concepción desplegaron los araucanos sus jinetes «que comenzaron a correr y gritar por el frente enemigo, blandiendo sus lanzas, especie de reconocimiento y provocación» (Guevara, 1910: 248). Estrategia habitual que además de atemorizar en contexto bélico era costumbre festiva en los parlamentos o encuentros transfronterizos de negociación.

Pero Sánchez, además de reclamar el cumplimiento del juramento de lealtad al rey prestado en sucesivos parlamentos interétnicos, debía satisfacer a los mapuche-araucanos. El jefe realista había llegado a Valdivia con novecientos hombres entre grandes dificultades para contentar a los naturales, relata su enemigo el general Miller, «pues los caciques del territorio por donde transitaban le exigían regalos y le costó mucho poder conservar la buena armonía […] iban dando los soldados cuantas cosillas  tenían de metal, y llegaron a Valparaíso sin un botón en las casacas» (1910: 198-199).

Pero esta actitud indígena no estaba reñida con su lealtad. Así se venía manifestando por centurias en un trato paulatinamente amistoso dentro del conflicto. El 24 de octubre de 1811, como vimos, se celebró un parlamento en Concepción cuya finalidad era atraer a los indígenas a la causa republicana. Servidos de todos los agasajos, discursos y costumbres al caso, prometieron su adhesión. La promesa era ilusoria, pues seguían «adheridos por la tradición a los intereses y propósitos de la monarquía» (Guevara, 1910: 238-239). Dejaban los independentistas a sus espaldas un frente realista sostenido por unos indígenas gratificados por el erario público desde antaño y adictos al rey distante.

 

Real Ejército, franciscanos e indígenas fronterizos unidos por la causa del rey

Motivos políticos, económicos y simbólicos asociaban a los indios con su rey, un caso complejo para aquellos que no reconocían cabeza política de continuo. Entre los pilares de aquella edificación estaba el clero regular y secular radicado en la región y en contacto directo con los nativos. En especial los franciscanos recoletos de San Ildefonso de Chillán, quienes recorrían las reducciones próximas a las plazas militares de frontera estimulando la fidelidad a la causa realista. Igualmente, fueron muchos los curas implicados en la red fidelista contrainsurgente: Ángel Gatica (Chillán); Luis José Brañas (Yumbel); Juan Antonio Ferrebú (Rere), quien «cambió en lo recio de la lucha la sotana por el uniforme de guerrillero»; Juan de Dios Bulnes (Arauco), activo agente realista como cadena de transmisión de las órdenes del virrey peruano. Refiere el brigadier Antonio de Quintanilla, en sus apuntes sobre la guerra de Chile, que Bulnes recorría Arauco remitido por el virrey «con el fin de saber si existía el Ejército Real» (Medina, 1965: 264).

Incluso el prelado penquista Diego Antonio Navarro Martín de Villodres recorría la frontera haciendo proselitismo entre los indígenas a favor del monarca bajo el pretexto de visita pastoral. Toda la frontera en sus distritos o butalmapus «vino a quedar de este modo a disposición de los realistas» (Guevara, 1910: 242-243). Una encendida carta pastoral del obispo de Concepción Villodres es más que elocuente al respecto. La invocación a los indígenas admite ser dividida en dos argumentos: «invictos araucanos, amados hijos nuestros, vosotros os habéis reído más de una vez de estos insensatos afectadores de la sencillez de vuestras costumbres, y en la realidad deseosos de mancharos con su rebelión, sus vicios, sus maldades y sus desórdenes». En esta primera parte manifiesta el conocimiento y reconocimiento de los realistas de la frontera opuesto a la actitud de los independentistas.

Para en el segundo, como consecuencia, exhortarlos a tomar las armas conjuntamente con los leales de la provincia por el rey: «les daréis ejemplos de virtud, y unido vuestro valor y vuestras armas al valor y las armas de los soldados de vuestro adorado rey Fernando, les haréis, mal que les pese, volver al cumplimiento de las obligaciones que deben a su legítimo monarca». El mensaje es tan inequívoco como perspicaz, y exitoso. Añade un epílogo que asocia a los deberes políticos como súbditos del monarca un guiño a su idiosincrasia, pues los revolucionarios también eran culpables de faltar el respeto a sus ancestros por su ruptura de la fidelidad debida, «al honor ultrajado de sus propios padres y abuelos» (1910: 270).

Los franciscanos ejercieron notable influencia en la frontera. Fray Melchor Martínez no dejaba dudas al respecto: «Esta nación que por muchos motivos ha sido tan opuesta a los españoles desde el descubrimiento de América hasta lo presente, comprendió desde luego el errado sistema de la revolución y defendió la causa justa del Rey». La alteración del equilibrio no les beneficiaba. Además de convencidos en la ventaja de la continuidad política, estaban persuadidos por los misioneros de quienes tenían trato y «tanta experiencia, les procuran siempre su propio bien y los apartan de todo mal, con tan buen éxito, que si los indios se decidieran por el partido insurgente, fuera irremediable la pérdida total de Chile» (1964: 113).

La posición del araucano fue clave en el proceso, y no solo meridional sino en la suma de la guerra separatista del reino. Frailes o militares así lo reconocieron, baste recordar sobre las campañas del Perú el extracto de sus Diarios para el año 1816. Allí se admitía que los araucanos del sur de la provincia de Concepción eran hombres extraordinarios nada exagerados en su valentía por Ercilla, quienes a pesar de su vida independiente habían conservado «con tanta fidelidad la alianza con los españoles durante la guerra de la revolución, que se puede decir que ellos solos la han sostenido, desde el Maule hasta los desiertos de las antiguas ciudades de la Imperial y Villa-Rica, por espacio de doce años» (Valdés: 1895: 166).  

Esta potente fuerza monárquica se manifestó cuando los realistas de Lima intentaron desde el escenario meridional un asalto al reino chileno en manos secesionistas. El virrey Abascal era consciente de la importancia para la reconquista de mantener la tradicional alianza hispano-araucana, para ello se formalizó un nuevo parlamento presidido por el allí enviado general realista Gabino Gaínza a principios de 1814. Perpetuación de promesas, festejos anexos y agasajos a los caciques. Se les entregaron medallas de oro y plata con el busto de Fernando VII como símbolo de lealtad y bastones de mando (Guevara, 1910: 251-252). Todo según una práctica secular que fue determinante en su atracción y una hábil estrategia que los realistas heredaron de siglos en la capitanía general de Chile.

El testimonio glosado del encuentro merece la pena en un mayor análisis. Desembarcado Gaínza en Arauco, por estar Concepción de nuevo ocupada por los independentistas, los indígenas dieron muestras de vasallaje y entusiasmo. Celebraban a su estilo la llegada de aquella tropa y tras conocer por los intérpretes las intenciones del rey y su virrey peruano, juraron con júbilo no ceder a las pretensiones de los emisarios contrarios. Para la defensa del Real Ejército, si fuera necesario formarían «una espesa muralla de guerreros, en cuyos fuertes pechos se embotarían las armas de los revolucionarios, y aun quisieron partir muchos en el momento a Chillán para mezclar su noble sangre con la de los soldados del suspirado Fernando». La determinación era rotunda a favor del rey. El contraste no podía ser mayor para el defensor de la gestión del virrey Abascal, al norte un pueblo que se preciaba de ilustrado se manifestaba enfurecido y sangriento, mientras al sur un pueblo nacido en la gentilidad hablaba de la verdad desde el sentimiento más profundo. Todos quedaron satisfechos de aquella asamblea (Unanue, 1900: 101-102). Los realistas fortalecidos en el proyecto y los indígenas recibieron «con entusiasmo varios regalos […] y habían jurado favorecer su empresa» (Rodríguez Ballesteros, 1901: 150).

Cabe recordar que las instrucciones de 31 de diciembre de 1813, dadas en Lima por el virrey marqués de la Concordia a Gaínza, para el ejército de la Concepción de Chile contemplaban dos ideas que vemos oportuno remarcar. El artículo 2º le instaba a arengar a la guarnición y vecindario sobre la fidelidad al rey y a la patria, concepto no privativo como dijimos, aunque el mismo Quintanilla sí dividiera el campo de batalla entre realistas y patriotas (Medina, 1965: 257). El artículo 4º decía que en el tránsito de Arauco a Chillán si había peligro se protegiesen con dos cañones de campaña en sus desplazamientos e indios auxiliares: «tomará el número de araucanos que le faciliten los caciques para su mayor seguridad y la de los efectos que conduce» (Abascal, 1909: 280-282).  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cacique araucano realista (1812)

Un dibujo de una persona

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Fuente: Luque-Lagleyze y Manzano Lahoz, 98: 237.

La guerra viva en el sur hasta 1828 puso sobre la mesa una evidencia: los independentistas tuvieron un apoyo indígena no comparable con el que recibieron los realistas (Cavieres, 2009: 77). Y no se trata de una alianza curiosa, sino fácil de observar si se echa mano del pasado inmediato, pues al menos desde finales del siglo XVIII este entendimiento se venía fraguando poderosamente gracias a la habilidad de capitanes general como Ambrosio O´Higgins y había dado sus frutos en un statu quo beneficioso para ambos. Tras Rancagua, se acrecentó el ascendiente realista sobre los araucanos, con la mencionada inestimable ayuda de misioneros y curas, quienes junto a soldados fronterizos, indios araucanos y pehuenches –de larga tradición como aliados–, huasos rurales –igualmente reconocidos y respetados de antaño por su valía (Chauca García, 2016: 176)–, montoneros y vecinos armados conformaban un heterogéneo ejército al servicio del rey en aquellas australes latitudes. Podríamos establecer cierto paralelismo con su antípoda geográfica en el ejército multiétnico del malagueño Bernardo de Gálvez en la campaña de Pensacola de 1781.

 

Guerrillero chileno en la batalla de Rancagua (1814)

Una caricatura de un caballo

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Fuente: Luque-Lagleyze y Manzano Lahoz, 98: 229.

 

Las fuerzas araucanas mantuvieron un teatro de operaciones en disputa con acciones defensivas y ofensivas. Forzaron retiradas, asaltaron enclaves vitales y desplegaron sus lanzas como narra el afamado caudillo criollo José Miguel Carrera en su Diario con fecha 13 de septiembre de 1813 en San Pedro, cuando «a nuestra vista, se llevaron gran rato en formación y revolviendo los caballos, como para burlarnos» (1900: 170-178).

 Los republicanos habían experimentado con la pérdida de la plaza de Arauco en 1813 el peligro que corría la frontera, mientras que los realistas cobraron nuevos ánimos. Aquella acción fue obra mayoritaria de una partida indígena del norte del río Lebu, el botín obtenido también les estimuló de cara al futuro (Guevara, 1910: 247-248). En consecuencia, se emprendió una campaña al mando del español Ildefonso Elorreaga y de segundo el capitán Antonio Quintanilla, uno futuro caído en Chacabuco –destacado monarquista alavés en Chile (Ruggieri Lusso, 2019: 294)–, y el otro ulterior tenaz defensor de Chiloé. La Araucanía quedó sometida a las armas del rey y envalentonados se dirigieron a Concepción. El éxito encuentra su explicación por «ganarse a firme a los araucanos» (Guevara, 1910: 247-249). 

Cuando el escenario bélico se trasladó al sur, los araucanos participaron más activamente: «Llegó la guerra del rey / con los chilenos. / Mangin se puso del lado del rey. / Tenía amistad con los lenguaraces, / los comisarios y los padres. Todos les decían: El rey es mejor; / tiene muchas tierras. / Los chilenos son pobres; / te robarán las tuyas» (Bengoa, 2000: 145). Este explícito testimonio oral indígena no deja lugar a  dudas, los agentes de intermediación cultural como los intérpretes o lenguas, comisarios de naciones, capitanes de amigos y los franciscanos ejercieron su decisiva influencia por la causa del rey. Además, la previsión no era favorable para los advenedizos y sí para los defensores de los inmensos dominios del monarca en ambos mundos.

En 1814 salió de Lima el brigadier Mariano Osorio en una expedición planificada por el virrey Abascal. Según dejó por escrito Bernardo de la Torre y Rojas, desembarcó en Talcahuano y juntó las partidas de hombres de Valdivia y Chiloé que allí estaban pasó el Maule hacia el norte en julio «sostenido por los araucanos, que guardaban sus flancos de retaguardia» (1910: 285). Básico apoyo logístico y auxiliar. Desde los incas hasta el siglo XVIII, la penetración había sido en sentido contrario desde el Maule primero y el meridional Bío-Bío después. Por primera vez el avance era de sur a norte, lo cual evidencia un cambio destacado fruto del entendimiento previo entre los araucanos y las autoridades españolas radicadas en el territorio, así como el posicionamiento de la región. Osorio concluyó su campaña relámpago en meses con una solemne y aclamada entrada en Santiago gracias a unos realistas enardecidos y unos independentistas que se mostraron colaboradores. La victoria fue festejada con entusiasmo al sur y júbilo en Lima (Barros Arana, 1855: 514-517).

A principios de 1817 San Martín cruzó los Andes, obtuvo la victoria en Chacabuco y ocupó Santiago y su puerto de Valparaíso en el valle central. Los realistas, que se habían hecho fuertes en el sur en torno a Talcahuano al mando del brigadier Ordóñez, habían defendido «bizarramente este puerto y plaza contra el sitio y asalto de los enemigos» (García Camba, 1824: 2). Ordóñez, de dilatada carrera al servicio del rey en diversos teatros de operaciones, será fusilado vilmente en la Punta de San Luis tras participar en muchas acciones de la guerra chilena sin abatimiento alguno y caer prisionero en Maipú. Su viuda solicitó pensión para ella y dos hijos huérfanos por los méritos contraídos desde Ceuta con trece años hasta su muerte veintiséis años más tarde atesorando una brillante carrera militar contra ingleses, franceses e independentistas. Asesinado «atrozmente […] después de haber hecho cuantos sacrificios están al alcance de un hombre, de un fiel vasallo y de un valiente militar» (Puyol: 1904: 186-192).

Ordóñez supo mantener la amistad con los indígenas, es el arquetipo de hombre sagaz de frontera en el trato con los mapuche. La defensa conjunta de Talcahuano la valió el ascenso de coronel a brigadier y no cesaba en levantar la provincia fronteriza de Concepción contra el enemigo norteño y transandino, al tiempo que espoleaba la formación de montoneras realistas con armas, municiones y soldados. Incluso envió socorros vía marítima a los caudillos araucanos de las cercanías del río Lebu empeñados en la recuperación de la plaza de  Arauco y de la tradicional frontera del Bío-Bío. Por todos los medios, como aseguraba por oficio al virrey de Lima de 25 de agosto de 1817, trató de sostener la comunicación con los indígenas «para fomentar entre ellos el amor y el entusiasmo a favor de la causa justa». Su proceder, tan digno de encomio por su tenacidad, fue dado a la luz pública como ejemplo y estímulo (Gaceta de Lima, 25 de octubre de 1817). Cinco días antes había dado cuenta de las operaciones de Díaz con los indígenas en los siguientes términos:

 

«Es recomendable a todo el mundo tan brillante acción, no por la calidad de ella y de sus resultados, sino por las personas que la han ejecutado. Indios infieles, araucanos valientes son los que en esta época han recobrado los tercios que el destructor insurgente había violentamente arrancado del poder del rey, bajo el inicuo pretexto de recobrar derechos que la monarquía usurpó con la conquista de los naturales de América, y estos mismos verdaderos y legítimos originarios de América son los que castigan a los deshacedores de soñados agravios. Estos servicios merecen una recompensa de aquella clase que aprecian estos naturales, tales como bastones, medallas de oro o plata grabadas con el busto del rey y algún signo alegórico del gran servicio y ejemplo de fidelidad que han dado aun a los mismos insurgentes, lo que les servirá de estímulo a empeñar más y más en la lucha grande que han principiado» (Barros Arana, 1890: 260-261). 

  

Elocuente texto que evidencia no solo el reconocimiento a la labor de los indios en la defensa del rey, sino un discurso político clarividente, el uso y abuso por parte de los criollos de un relato falaz en su origen. Esta idea compartida por muchos realistas cobra fuerza en la frontera o en Lima, los independentistas luchaban bajo el amparo de unos derechos oriundos, pero curiosamente sus mismos depositarios lo hacían en su contra  a favor de la protectora Corona, con la cual se sentían vinculados frente a los independentistas septentrionales, descendientes de conquistadores y encomenderos.  

Una vez más los soldados del rey recibieron refuerzos de Lima que se unieron a las milicias y araucanos resistentes (Valdés, 1895: 104), así pudo Osorio derrotar en Cancha Rayada a los independentistas, para luego ser vencido en Maipú. Regresó al Perú, pero dejó fuerzas para resistir en el extremo sur gracias al apoyo araucano. Permaneció al mando de Concepción el brigadier Francisco Sánchez, aunque la situación era grave y contaba apenas «con alguna tropa del país […] gozaba de ventajoso concepto entre nuestro aliados los araucanos, a cuyo territorio le había de ser preciso acogerse» como refugio ante el avance independentista, según relata el general García Camba (1916: 370). Cuando con posterioridad la situación empeoró, y a pesar de recibir refuerzos, tras el abandono de Talcahuano tuvo que replegarse progresivamente en dirección sur a pesar de los deseos del virrey Pezuela. Ni contando con los auxilios araucanos pudo mantener la deteriorada situación, «porque cuando lo prestaban era casi siempre bajo condiciones violentas» (García Camba, 1916: 393).

Resignado testimonio compartido por el envidioso enemigo, es necesario matizarlo en orden a contar o no con su ayuda en cada coyuntura bélica. Cuando en el fuerte de San Pedro, a orillas del Bío-Bío y frente a Concepción, se presentaron los realistas y muchos araucanos auxiliares, se hizo «imprudentemente por no decir otra cosa, porque el auxilio que prestan los bárbaros es siempre funesto a los mismos que lo han solicitado» (Benavente, 1856: 94).       

No obstante, esta alianza permitía albergar esperanzas de una nueva reconquista y, cuando menos, facilitaba una retaguardia en la que era factible poner sobre las armas a los araucanos para la continuación de la guerra de guerrillas a la altura de 1818 (Barros Arana, 1892: 89). La campaña regular había concluido, siendo sustituida por un conglomerado irregular de tropas contrainsurgentes que contaban entre sus leales y persistentes filas «con los indios araucanos, firmes partidarios de la causa realista» (Semprún Bullón y Bullón de Mendoza, 1992: 153). 

 

Los últimos de Chile y su frontera

Tras la batalla de Maipú en 1818, los fidelistas hicieron suyo el escenario de Arauco con una guerra de guerrillas en alianza con los naturales. Tanto el general realista Mariano Osorio como luego Benavides contaron con su inestimable y mayoritaria ayuda contra los republicanos durante la Guerra a Muerte. Los frailes del Colegio de Propaganda Fide de Chillán educaban a hijos de caciques (Chauca García, 2018b), por ejemplo los de Francisco Mariluán por entonces, o en la Santa Bárbara precordillerana desarrollaban igual proceder en tierra pehuenche. Vínculo que ofreció resultados políticos en el servicio a Fernando VII. Entre la extensa nómina de sus remotos aliados figuran Mangin y Mariluán, Huenchuquir, Lincopi, Cheuquemilla, y los pehuenches Martín Toriano y Chuica, los de Truf-Truf y Maquehua, Calvuqueo y Curiqueo, Juan Neculmán y los boroanos (Bengoa, 2000: 148).

Los araucanos del butalmapu de la costa eran de los más fieles realistas. El cacique gobernador Millacura encabezaba a Lincopichun, Antiman, Nagolpar o Nahuelpan (tigre león). El cacique Guanquelonco (cabeza de avestruz) de las orillas del río Renaico, paraje de indígenas feroces o Callelevi (pato ligero), ambos de los llanos. Por su parte, los pehuenches cordilleranos eran liderados por Caullanti (sol escondido), indio bravo que era recompensado en su padre con una pensión de nueve duros mensuales. Por último, entre las indiadas de la jurisdicción de Valdivia destacaba el cacique Chaconahuel. Su mujer, doña Isabel –de posible ascendencia española– «se distinguía particularmente por su afecto al partido del rey». Al igual que el cacique Canihuala, por la comarca del río Donguil, entre otros fieles realistas (Guevara, 1910: 250-251).       

Domingo González, padre guardián desde 1811, tuvo que hacer frente a la coyuntura bélica y lo hizo con maestría dadas las penosas circunstancias (Valenzuela Márquez, 2005: 113-158). Fue un decidido realista, consejero del general Pareja, presto a socorrer a Sánchez y baluarte de la defensa de Chillán en el sitio de 1813. Demostró también arrojo cuando increpó a Gaínza por la firma del tratado Lircay, y gracias a él no se evacuó cobardemente el territorio. Proveyó el Colegio como cuartel general realista y también de víveres y capellán a sus tropas (Lagos, 1908: 485). Personajes como él ayudan a comprender mucho la resistencia del sur y la colaboración de los belicosos indígenas de frontera. Cuando llegó el tiempo de las derrotas realistas, los seráficos abandonaron Chillán rumbo a Talcahuano –no sin enorme pena en algunos casos– buscando la protección del realista Ordóñez tras Chacabuco. Su destino finalmente fue Lima y otros tuvieron que huir a Chiloé, donde resistía Quintanilla (Lagos, 1908: 505-506). La nómina de los emigrados de 1817, aparte de a los dominios realistas, contemplaba Santiago, Concepción, Valdivia y a los dispersos. Se quejaban, en un postrero gesto de firmeza y fidelidad, de la entrega más que pérdida de Valdivia (González, 1997: 8).

La comunidad del Colegio de Propagande Fide de San Ildefonso de Chillán fue premiada por el rey en atención al respaldo de su justa causa y al auxilio espiritual y temporal al Real Ejército que la sostenía. Ellos expresaban su agradecimiento: «los individuos de este Apostólico, sobre la lealtad que todo vasallo debe al soberano, añaden un particular amor a que los llama con fuerza el reconocimiento para la gratitud». Habían llegado a su destino a cuenta de la Real Hacienda, el rey los protegía y mantenía para el desarrollo de su penoso ministerio de evangelización en la frontera y procuraba todo auxilio posible en su desempeño. En consecuencia, «no se habían de dar por satisfechos con cualquiera sacrificio […] así lo hicieron, duplicando los esfuerzos a medida de la necesidad» (Ramón, 1997: 8-9). De la fidelidad a Fernando VII, certificada en Relación de 1816 por el guardián fray Juan Ramón durante la restauración monárquica, dejan testimonio las palabras de estos «héroes en virtud y lealtad. No es hipérbole, sino justicia debida a su mérito realzado, como lo manifiesta la conducta que observaron desde la ausencia de nuestro amado Fernando hasta su restablecimiento al trono, con el exterminio de los insurgentes». Además de agradecidos, operaba la obligación como súbditos en defensa de «los sagrados derecho del Estado, del Rey y de la Religión, que vulneraban los insurgentes con la mayor enormidad y desacato» (1997: 50-51).

Muchos ejemplos podrían citarse de la fronteriza alianza entre trono y altar. El capellán fray Antonio Banciella proporcionaba estratégicos conocimientos sobre el terreno y acerca de los partidarios y contrarios. Enfermeros, víveres, pertrechos y toda clase de servicios y suministros. Incluso llegaron a fabricar cartuchos con libros y manuscritos, fortificaron el convento y demolieron una casa que podía ser refugio de los independentistas. Cuando se perdió Talcahuano y las comunicaciones con el Perú se interrumpieron, el padre provincial mandó a fray Gregorio Eguiluz que pasase a Valdivia por tierras araucanas exhortando enérgicamente a las tropas en la constancia y participando información de utilidad (Gay, 1856a: 366-367).     

Personajes que explican la tozuda resistencia del sur a la república chilena junto a la población de ambas bandas del Bío-Bío. La Corona no gestionaba territorios, gestionaba pueblos (Chauca García, 2019a: 46). La defensa del territorio contaba con la alianza de sus moradores y así fue desde la misma conquista –frente a mexicas e incas– hasta la independencia. Los indígenas fronterizos meridionales son una buena prueba de ello por los pactos acordados. Si bien sus nombres no figuran junto a Gaínza, Osorio o Pareja, tuvieron mucho que decir en los movimientos del Real Ejército y los milicianos (Díaz Venteo, 1948: 369-404). Sin los araucanos, los sureños realistas no hubieran podido resistir y avanzar incluso hacia el norte gracias a sus lanzas y conocimiento del terreno (Guíñez Jarpa, 2020: 98).

El singular escenario mapuche, así lo fue siempre, tuvo su propia evolución, si bien compartió características con otros contextos. Su fragmentación impidió una actuación conjunta, pero no compacta bajo el liderazgo de caciques o loncos. Su peso en el combate del mediodía fue considerable, máxime si tenemos en cuenta aquella guerra irregular por lo general, aparte de las tres expediciones militares  limeñas y las sonoras y decisivas batallas (Peralta Ruiz, 2020: 94-102). De la frontera de Concepción a Valdivia y la austral Chiloé, el conflicto se mantuvo durante años gracias a la «extraordinaria vitalidad de estos grupos de indígenas que […] se enfrentaron a las tropas republicanas poniéndolas en jaque casi siempre» (Marchena Fernández, 2017: 50-51). Igualmente básica –y gravosa (Hamnett, 78: 122-149)– fue la participación de Lima con sucesivos refuerzos que contribuyeron a prolongar activa y viva la guerra, contando siempre con el concurso del país para su sostenimiento, que incluso pudo prolongar con posterioridad.

El virrey Abascal reconocía el esfuerzo desplegado en valor, intrepidez, pericia y rapidez por el multiforme ejército leal (1944: 187). El veterano regimiento local de Dragones de la Frontera, los escuadrones de Carabineros de Abascal y Húsares de la Concordia o el regimiento Talavera no hubieran podido actuar de la misma manera sin el preciso conocimiento del terreno (Luque-Lagleyze, 2006: 159-161). Directamente o como un segundo frente en aquella guerra, los araucanos fueron relevantes en sus acciones. Al igual que la demostrada y universalmente reconocida lealtad del batallón chilote de Castro (Valdés, 1896: 149). Curtidos soldados, rudo clero, frailes misioneros, lenguaraces y caciques acostumbrados a un estado secular y a un rey de derecho divino, demostraron heroísmo atados a unas «lanzas fronterizas, la Península entre nosotros era el Sur» (Vicuña MacKenna, 1972: XLIIII).

Sus testimonios son clave para la reconstrucción de una dolorosa etapa de guerras civiles hispanoamericanas que afectó a los españoles de ambos hemisferios. Un proceso que requiere a todos sus protagonistas frente a un culpable abandono, «hasta ahora cubierto desde la perspectiva de quienes fueron sus contrarios» (Heredia, 1997: 8). Como muy acertadamente denuncia Palma González, la historiografía chilena «ha logrado silenciar para las décadas de 1810-1830 el grito de ¡Viva el Rey!: Los partidarios de Fernando VII no figuran en la lista de los actores políticos del período y suelen estar en la nómina de los delincuentes». En definitiva, ostracismo cuando no manipulación, concluye: «No existe un intento de comprender su posición» (2014: 145-146). Para el caso colombiano, como para la mayoría y sirva de ejemplo, el panorama era bipolar y simplista: con la patria o contra ella (Martínez Garnica y Gutiérrez Ardila, 2010: 7). Quedaban al margen los movimientos de resistencia, los fidelistas y la contrarrevolución. Proceso militar y político la Independencia que no puede marginar la faceta personal de lucha interna entre la secular fidelidad y la nueva adhesión (De la Puente Candamo, 1970: 114).  

Muchos de sus protagonistas permanecen sin nombre, grupos enteros por su no adhesión a la causa secesionista triunfante, los africanos por ejemplo (Corsi Otálora, 2006). Y los indígenas que, por todo el continente, aceptaron y defendieron el discurso realista (Sevilla Naranjo, 2016: 115). Otro Bicentenario, alejado de la conmemoración política y mecido por la Historia, nos debe devolver el realismo popular silenciado, entre otras recuperaciones y reinterpretaciones (Ayuso, 2008). Hay  que desmitificar a los vencedores y recuperar a los vencidos, estudiar sus trayectorias en cotejo es un buen inicio (Najarro. 2021). Incluirlos a todos en la Historia, entendida como verdad y concordia perdida hace doscientos años. A la realidad pertenece la perspectiva, y al punto de vista se debe llegar «por los pasos contados de la historia» (Marías, 1947: 141). Como oportunamente recuerda el historiador Peralta Ruiz, «La independencia de Hispanoamérica ha sido una coyuntura propicia para la formulación de diversas teorías y múltiples interpretaciones» (2002: 15). No desaprovechemos la oportunidad.                      

   

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[1] El presente artículo forma parte de la Cátedra Iberoamericana de Excelencia URJC Santander Presdeia: «Presencia española en América y desarrollo socioeconómico» (Catedrático Director José Manuel Azcona Pastor). Proyecto de investigación F49-HC/Cat-Ib-2020-2022: Los indios del rey. Los nativos americanos y la monarquía universal española (1492-1898).