El explorador Manuel de Iradier y la conquista del Muni

(The explorer Manuel de Iradier and the conquest of the Muni)

 

Carlos Quijano Junquera

Universidad Rey Juan Carlos, Madrid, España

 

Recibido: 02/05/2021; Aceptado: 06/06/2021;

 

 

 

 

 

 

Resumen

En la segunda mitad del siglo XIX la exploración de la desconocida África negra estaba en todo su auge. En la zona del golfo de Guinea, las principales potencias europeas competían por hacerse con los mejores territorios. La convulsionada España del momento estaba ausente de esa carrera, manteniendo una mínima presencia naval en sus territorios de dicho golfo y sin haber ocupado la parte continental recibida de Portugal en 1778. Sin embargo, gracias al sobresaliente esfuerzo del explorador Manuel Iradier, España consiguió salvar lo que luego sería Río Muni, la parte continental de la Guinea española.

 

Palabras clave

Siglo XIX, exploradores, Iradier, Guinea española, río Muni

 

Abstract

In the second half of the 19th century the exploration of the unknown black Africa was at its peak. In the area of the Gulf of Guinea, the main European powers competed for the best territories. The convulsed Spain of the moment was absent from that race, maintaining a minimal naval presence in its territories of the Gulf of Guinea and without having occupied the continental part received from Portugal in 1778. However, thanks to the outstanding effort of the explorer Manuel Iradier, Spain managed to save what would later become Muni, the continental part of Spanish Guinea.

 

Keywords

19th century, explorers, Iradier, Spanish Guinea, Muni river

 

Introducción

El vitoriano Manuel Iradier y Bulfi (1854 -1911) fue un explorador español que resultó fundamental para defender los intereses de España en el África ecuatorial en el último cuarto del siglo XIX y comienzos del siguiente. Era una época en la que existía una pléyade de aventureros famosos cuyas exploraciones encontraban un eco enorme en la prensa y la literatura de la época. Ello hacía que los escasos sitios donde se leía la prensa, que solía coincidir con los casinos y ateneos, se convirtieran en lugares de intensas tertulias donde se comentaban las hazañas de aquellos. Un adolescente Iradier era uno de los interesados en leer todo lo que se escribiese al respecto no solo en la prensa sino en los libros donde aquellos relataban sus viajes de exploración. Pronto cumpliría su sueño dorado de convertirse en uno de ellos.

¿Por qué resultó fundamental el trabajo de exploración de Iradier? Porque gracias a su iniciativa individual, su minuciosa preparación en una organización juvenil, que él mismo fundó, y el impulso que los resultados de su primer viaje supuso para una incipiente Sociedad Geográfica de Madrid, una España convulsionada por conflictos internos y que todavía luchaba por mantener los últimos vestigios de su otrora vasto imperio colonial[1] logró, gracias a su segundo viaje, el reconocimiento internacional de lo que luego se llamaría Rio Muni, la parte continental de los Territorios Españoles del Golfo de Guinea. Y esto sucedía en medio de una carrera contrarreloj por la conquista de territorios africanos en dicha zona, en la que competían las principales potencias europeas: Inglaterra, Alemania y Francia; y en la que la decadente España del momento, con derechos territoriales en la zona, estaba casi absolutamente ausente, limitándose a tener una mínima presencia naval en la misma. No podemos dejar de mencionar que en esa aventura para defender los intereses de España Manuel Iradier no estuvo solo, le acompañaron el doctor Amado Ossorio (1851-1917) y el gobernador José Montes de Oca (1844-1915), quienes jugaron un papel fundamental continuando su segundo viaje de exploración, una vez que Iradier acabó postrado por las enfermedades.

Fuente (Sequera, 2006: 88)Diagrama, Mapa

Descripción generada automáticamente¿Cuáles eran los territorios que España tenía en el África ecuatorial en el momento en que Iradier partió hacia Guinea?  Aquellos que había recibido de Portugal en virtud del Tratado del Pardo de 1778 firmado entre Su Majestad Fidelísima la reina Isabel de Portugal y Su Majestad Católica el rey Carlos III de España. Comprendía las isla de Annobon y Fernando Poo y en la parte continental el arco comprendido entre la desembocadura del rio Níger, en la actual Nigeria, hasta la desembocadura del río Ogoué[2], en el actual Gabón, con una extensión aproximada de 300.000 km2. Sin embargo, España solo era capaz de ejercer una soberanía efectiva sobre las dos islas anteriores y las tres islas que se encuentran en la desembocadura del río Muni: Corisco, Elobey Grande y Elobey Chico. En cuanto a la inmensa zona continental, España solo había conseguido el reconocimiento de nuestra soberanía por las tribus de la zona del cabo San Juan, con lo cual dejaba el resto del territorio continental bajo las apetencias no disimuladas entonces de las tres potencias competidoras en la zona.

¿Por qué España no había ocupado ese territorio continental? Por su convulsa situación en la segunda mitad del siglo XIX[3] y por un factor muy importante: todos los principales países con intereses en África tenían una sociedad geográfica que financiaba las expediciones, compañías comerciales dispuestas a arriesgarse abriendo factorías en los nuevos territorios e importantes medios militares para proteger su soberanía sobre ellos. España tuvo su sociedad geográfica con unos cincuenta años de retraso con respecto a sus competidores en la zona del golfo de Guinea (Inglaterra, Alemania y Francia). En cuanto a medios militares se limitaba a mantener una goleta y respecto a las compañías comerciales españolas con presencia en la zona, la carencia era manifiesta[4]. Así tenemos que cuando Iradier realiza sus dos primeros viajes las factorías en Fernando Poo, ambos Elobeyes, Corisco y el estuario del Muni están en manos extranjeras (alemanas e inglesas). La misma situación se encontraría Ossorio cuando terminaba su recorrido por la costa continental (factorías alemanas y francesas) entre el río Campo y el río Muni. Es decir, la soberanía era española pero la explotación del comercio era extranjera.

¿Cómo eran las tribus que los expedicionarios se iban a encontrar en los territorios del continente que iban a explorar? Había una gran variedad de ellas que pertenecían al grupo que se conocía como «playeras»[5], las cuales estaban acostumbradas a tratar con el hombre blanco de una manera pacífica. La única excepción era el caso de los pámues o fang, tribus mucho más numerosas y guerreras, que venían avanzando desde el interior de África hacia la costa en su objetivo de alcanzar el mar, en este caso el océano Atlántico[6], y en ese trayecto empujaban o absorbían[7] a las demás tribus.  En dos ocasiones, Iradier es advertido por tribus playeras de no continuar hacia el peligroso territorio pámue, pero el vitoriano no se arredró.

 

 

 

Las sociedades geográficas

No se pueden entender las conquistas realizadas en África en el siglo XIX sin contar con la existencia de las sociedades geográficas como fuentes de financiación de las exploraciones. La primera que aparece es la Sociedad Geográfica de París en 1821, seguido de la de Berlín en 1828 y la de Londres en 1830. Los primeros socios de estas agrupaciones eran viajeros y exploradores, cartógrafos, militares, periodistas, historiadores, profesores, etc. En una segunda fase, se fueron incorporando industriales, comerciantes y editores, muy interesados estos en publicar las historias de las exploraciones (Pedraz, 2000: 66).

El empuje de Gran Bretaña, con posesiones en Sudáfrica y la India, era abrumador. No solo contaba con numerosos exploradores dispuestos a arriesgar sus vidas en un continente donde la propia salud corría un riesgo enorme, sino además, porque tenía establecidos un amplio despliegue de consulados por el mundo conocido y líneas regulares de vapores para favorecer el comercio, del que carecían el resto de las potencias, siendo estos utilizados por exploradores europeos de otras nacionalidades para desplazamientos a sus puntos de partida y regreso. Así nos encontramos, a Iradier y Ossorio realizando sus desplazamientos en vapores ingleses donde a veces coincidían con viajeros franceses que iban a Gabón. En cuanto al despliegue de consulados, tenemos el ejemplo del que tenían en Santa Isabel donde dos importantes personajes desempeñaron el puesto de cónsul de Su Majestad Británica: John Beecroft, que además fue gobernador español de Fernando Poo[8], y Richard Burton, legendario explorador conocido como «El diablo Burton».

Sobre el empuje de los ingleses da cuenta el teniente de navío Joaquín Navarro, que acompañaba al capitán de navío Carlos Chacón en su viaje de 1858 a nuestra Guinea:

«Todo absolutamente es contrario al europeo que sucumbe generalmente a la fatiga, a la fiebre, a la disentería o a las contrariedades, que tienen que sufrir de parte de sus habitantes. Pero la constancia, de que están dotados los hijos de Albión, todo lo vence, y el resultado es, que desde cabo Verde al cabo de Buena Esperanza, ejerce hoy la Inglaterra un protectorado indirecto sobre todas las tribus, que pueblan la costa; protectorado, que los buques de vapor, que continuamente están en movimiento en estas aguas, coadyuvan á sostener; y nada es más natural que esas mismas tribus no tengan otra simpatía que por Inglaterra, pues su bandera es la que casi únicamente ven, con ellos exclusivamente hacen sus transacciones, y en sus necesidades están siempre seguros de encontrar un buque de guerra ó de comercio en sus bahías, dispuestos á darles ayuda» (Navarro, 1859: 30).

En España habrá que esperar al último cuarto del siglo XIX, una vez restaurada la monarquía en la figura del rey Alfonso XII y con Cánovas del Castillo como presidente del gobierno, para que aparezca la Sociedad Geográfica de Madrid en 1876 a iniciativa de Francisco Coello, coronel de Ingenieros, secundado por Eduardo Saavedra, ingeniero de Caminos y arquitecto, y Joaquín Maldonado, director general de Instrucción Pública (Pedraz, 2000: 66). Sin embargo, el profesor Rodríguez Esteban, en su libro titulado La Sociedad Geográfica de Madrid (1876-1936), considera que la primera sociedad geográfica de España fue La Exploradora, fundada por un adolescente Iradier y otros compañeros en 1868 en Vitoria (Rodriguez Esteban, 1996).

 

El mundo de los exploradores

Aunque hay antecedentes de exploradores en el siglo XVIII, es en el siglo XIX cuando se lanzan de forma masiva al interior de África la cual permanecía desconocida e ignorada. En un principio, el objetivo de las expediciones fue la exploración de los dos grandes ríos: El Níger (conocido entonces como el «Nilo de los negros») y el Nilo. En el primer caso, el objetivo era llegar a la mítica Tombuctú, ciudad santa islámica y punto principal de partida de las caravanas que comerciaban con el norte de África cruzando el desierto del Sáhara. 

Tras varios intentos infructuosos de exploradores británicos, fue el francés René Caillié quien consiguió penetrar en la mítica ciudad el 20 de abril de 1828. Caillié escribió un libro detallando su aventura titulado Voyage à Tombouctou (Iradier, 2000). Según la Enciclopedia británica, Caillié se había preparado muy bien estudiando la lengua árabe y la religión islámica, y lo hizo disfrazado de árabe.[9]  Siguiendo en el Golfo de Guinea, en la zona asignada a España por el Tratado del Pardo de 1778, aparece un gran explorador alemán, el doctor Gustav Nachtigal[10] quien conquistaría Camarones (el actual Camerún) para Alemania entre 1884 y 1885. Otros exploradores famosos en la zona del actual Gabón fueron el alemán-austriaco Oskar Lenz, el americano Paul Du Chaillu y el francés Emile Gentil. (Gutiérrez Garitano, 2011).

El relato más famoso sobre los exploradores fue la localización del famoso y desaparecido explorador británico David Livingstone por el reportero norteamericano Henry M. Stanley en la remota aldea de Ujiji (en la actual Tanzania) en 1870. La expedición de Stanley fue financiada por su jefe, el editor del New York Herald, quien pensó en explotar la fama y el misterio que rodeaban al explorador británico; como así hizo después, pues durante un año estuvo explotando como noticia el relato de esa expedición (Dugard, 2003).

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f3/Rencontre_de_Livingstone_-_How_I_found_Livingstone_%28fr%29.png 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


llustration for french edition : Comment j'ai retrouvé Livingstone. Paris : Hachette, 1876.

 

 Stanley realizó dos viajes más por África. En el segundo clarificó que la fuente del Nilo era el Lago Victoria, como sostenía su descubridor el británico John H. Speke, y en contra de lo que decía su colega Richard F. Burton[11], nombrado antes, quien sostenía que era el Lago Tanganica. En el tercer viaje, Stanley conquistó el Congo para el rey de Bélgica Leopoldo II.

 

El líder de La Exploradora se reúne con Stanley

De la mano de Gutiérrez Garitano nos introducimos en la difícil infancia y en la prometedora adolescencia de Manuel Iradier. Nace en Vitoria en una familia de seis hermanos de los cuales tres mueren en la infancia. Con cuatro años pierde a su madre que fallece de pulmonía. Poco tiempo después, su padre Pedro Iradier, incapaz de criar a sus hijos se marcha a Burgos, muriendo poco después. Se hacen cargo de los hermanos sus acaudalados tíos Eusebio Iradier Arce y Vicenta Medrano, los cuales pretendían que Manuel fuera cura (Gutiérrez Garitano, 2011), y como indica Jiménez Fraile en el prólogo de África: «…pero al igual que Caillié, se le metió en la cabeza de tanto leer libros la idea de ser explorador» (Iradier, 2000: 13). «Iradier admiraba a exploradores como los Baker, Burton, Speke, Livingstone y Cameron. Había leído sus libros y compartía con ellos el sueño de localizar un lago, determinar el sentido de un curso de agua o cartografiar una cordillera importante». (Gutiérrez Garitano, 2011: 12). Con quince años expone un ambicioso plan de exploración que superaba con mucho las expediciones conocidas hasta el momento. Se trataba de cruzar África de norte a sur: «En 1870 se estudió un itinerario que comenzaba en el Cabo de Buena Esperanza y terminaba en Trípoli, teniendo 6.800 millas (12.593 kilómetros) de desarrollo; fue presentado por D. Manuel Iradier en Junta general del 24 de Abril de 1870» (Iradier, 1887: I)

En 1868 Manuel Iradier, junto con veintitrés jóvenes entusiastas de Vitoria, crea La Sociedad viajera; se trataba de una agrupación de jóvenes naturalistas y montañeros que más tarde desembocó en una auténtica sociedad geográfica. Los lemas de esta agrupación eran: «Conocer lo desconocido» y «El porvenir de España está en África y la gloria de Euskaria es que sus hijos la exploren» (Gutiérrez Garitano, 2011: 60). En 1870 la agrupación se inscribe como institución oficial tras aprobar los estatutos de esta y pronto cambia su nombre por el de La Exploradora (Iradier, 1887: 12).

En cuanto a lo que hacían en La Exploradora, lo narra el propio Iradier:

«Es imposible concebir sociedades de un carácter tan militante y ejecutivo como el de las que existían en Vitoria en aquella época. Se fijaban en La Joven Exploradora jornadas de 50 kilómetros a través de montañas, desfiladeros, ríos y precipicios y los 50 kilómetros eran recorridos, examinando con un interés admirable, el terreno, las rocas, las aguas, cogiendo insectos, sacando dibujos; y todo esto sufriendo el calor, el frío y la lluvia y llevando cada individuo sobre los hombros las provisiones de boca, los instrumentos y el agua. Y así pasó un año y otro y otro hasta la época de la guerra» (Iradier, 1887: 392).

Durante la Tercera guerra carlista (1872-1876), la ciudad de Vitoria no fue ocupada pero siempre estuvo amenazada. Era una isla en un mar carlista: «En Álava el conflicto se dejó sentir desde 1870, cuando a la implantación del liberalismo radical de la revolución de 1868, se opuso otro movimiento encuadrado en las filas del viejo y socorrido carlismo, nutrido en esta ocasión por integristas religiosos que veían en los progresistas una encarnación de Satán» (Gutiérrez Garitano, 2011: 67). El joven Iradier no tomó parte por el bando carlista, sino por el liberal. Los miembros de la Exploradora se alistaron como voluntarios, haciéndolo Iradier en el Batallón de Voluntarios de la Libertad en abril de 1872. Dos años antes se había matriculado en la carrera de Filosofía y Letras, que al interrumpirse a finales de 1873 tuvo que terminarla examinándose en Valladolid (Gutiérrez Garitano, 2011: 69)

A principios de junio de 1873, nadie podía imaginarse que el explorador más famoso del momento se encontraría en Vitoria en plena Tercera guerra carlista para cubrir como corresponsal esa faceta de la actualidad española. «Stanley era corresponsal en España del periódico New Yok Herald, función que había empezado a ejercer en 1868, nada más producirse el derrocamiento de Isabel II» (Gutiérrez Garitano, 2011: 71). A pesar de que Manuel no deja de ser un joven provinciano de 19 años, el famoso explorador de 32 años le recibe. El encuentro es breve. Iradier le comenta el proyecto que presentó en el Círculo Vitoriano cuando tenía catorce años de atravesar el continente africano de sur a norte, desde Ciudad del Cabo hasta Trípoli. Stanley calificó el proyecto como «grandioso y realizable» pero para ello se necesitaban dos cosas: «dinero y dinero». Al no disponer el vitoriano de recursos y de apoyos suficientes, le aconsejó que empezara por las posesiones españolas del golfo de Guinea: «Si aprecia usted el consejo de un viajero africano realice primero este proyecto, que después yo le garantizo que encontrará los recursos para realizar su gran obra de exploración» (Iradier, 1887: 14-15).

Foto en blanco y negro de un hombre con sombrero

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Manuel Iradier y Bulfi

 

Primer viaje de Iradier a Guinea

Según el relato del viaje que realiza el propio explorador Manuel Iradier (Iradier, 1887), al año siguiente, el joven vitoriano salía de su ciudad natal con destino al golfo de Guinea acompañado de su joven esposa Isabel de Urquiola y la hermana de ésta Manuela; tenía veintiún años y él mismo se iba a costear el viaje de su peculio. En el viaje en tren para llegar a Cádiz, un pasajero bien arreglado con el que compartía compartimento le preguntó a donde se dirigía, y al ser contestado por Iradier, dijo: «¡¡A Fernando Poo!! ... ¿Y usted se atreve a ir a Fernando Poo, donde se muere todo el mundo en medio de aquellas nieblas pestilentes y una atmósfera malsana?» (1887: 24).

     El día 8 de enero de 1875, nuestros tres jóvenes parten de Cádiz en el vapor África.  Tras más de tres meses de entrenamiento y aclimatación en Gran Canaria el 25 de abril de 1875 parten hacia su destino en el vapor británico Loanda. El vitoriano nos hace una detallada descripción del viaje y de sus paradas en ruta, en las cuales el puente del barco se convertía en un mercado de intercambio entre marineros y negros tras verse rodeado por docenas de canoas llenas de animales y vituallas.  En su relato nos cuenta que en una de las paradas los indígenas que aparecieron eran krumanes, muy apreciados como braceros en Fernando Poo.

Diagrama, Mapa

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Fuente: (Iradier, 1887). BNE.

 

La situación de la colonia antes de la llegada de Iradier era desesperada, hasta el punto de que el anterior gobernador García de Tudela, buen conocedor de aquella colonia[12], en un informe al gobierno de España en 1873, hacía la siguiente pregunta: «¿Por qué no abandonamos estas posesiones?» [13]. La razón de esa pesadumbre es que Tudela argumentaba que la presencia de España en aquellas latitudes solo servía para favorecer al comercio inglés, cuya presencia en la colonia por medio de sus factores y de sus vapores mercantes era abrumadora y, además, los intentos de colonización realizados por España habían fracasado. Esa presencia abrumadora inglesa es confirmada por Dolores García Cantús en su tesis doctoral[14] sobre Guinea donde, utilizando los registros depositados en el Archivo General de la Administración, hace un estudio de los buques que entraron en el puerto de Santa Isabel en el año 1865 del que se puede extraer: «Del total de los ciento treinta y un barcos que entraron en el puerto de Santa Isabel, noventa y seis fueron mercantes. De ellos ochenta y dos fueron ingleses mientras que españoles solo siete».

 El 16 de mayo de 1875 llegaron a Fernando Poo donde el Loanda hacía una escala de dos horas que Iradier aprovechó para entrevistarse con el gobernador Diego Santisteban y Chamorro y su secretario Anselmo Gazulla.  Este último pasó a relatarle el estado lamentable de Fernando Poo:

 «Esta isla riquísima se halla en la actualidad en el mismo estado que cuando la descubrieron. Aquí se produce el cacao, el café, el algodón, la canela, la caña de azúcar; hay bosques enteros de caobos, tekas y de otros árboles cuyas maderas son preciosas, pero este cúmulo de riquezas no lo aprovecha la metrópoli. No tenemos recursos ni para pagar a los trabajadores de color; a los empleados y marinos se les da un socorro; el hospital está en ruinas, y hay que hacer grandes gastos y España nos tiene olvidados». (1887: 115).

El único socorro que el explorador obtuvo del gobernador fue una carta para Combenyamango, rey de Corisco, para que le facilitase la casa del gobierno en la isla de Elobey Chico, que había sido antiguo alojamiento del destacamento militar que hubo antes y ahora era la residencia del destinatario de la carta. Tras partir de Fernando Poo, el buque Loanda se dirigió hacia la desembocadura del río Camarones y una vez llegado envió un bote a tierra. Iradier solicitó al capitán poder acompañar a los del bote, pero el capitán se negó invocando la seguridad del vitoriano. Más tarde hizo escala en su embocadura donde el vitoriano identifica factorías extranjeras: «A las ocho nos detuvimos enfrente de las factorías europeas del rio sobre las que ondeaban los pabellones de Francia y Alemania» (1887: 124).

            Siguiendo con el relato del explorador vasco, la primera noche en Elobey Chico, la del 19 de mayo de 1875, la pasaron en la casa de un comerciante alemán llamado Khonigsdorhfer. Al día siguiente se dirigieron al pabellón aéreo, sobre pilares de madera, que era la casa del gobierno donde se alojarían, compartiéndola con el rey Combenyamango.  Se dedicó a explorar la isla. Lo primero que le llama la atención es que las factorías son todas extranjeras: «En ella están los depósitos de mercancías de las casas Warman de Hamburgo, Zanzen y ThormahIen, Godelt… ». Por otra parte, encuentra que la situación de isla enfrente de la desembocadura del río Muni la constituye en un lugar estratégico para el comercio y la defensa de la entrada del río (Iradier, 1887: 169-170). El explorador fija su base en Elobey Chico donde dejaría a su mujer y su cuñada, que se encargarían del registro diario de los datos meteorológicos, mientras él se iba de expedición.

 

Primera expedición al continente

     El explorador vasco nos relata su primera expedición (Iradier, 1887): En Elobey Chico no consiguió contratar porteadores, por lo que se desplazó a Corisco donde contrata al que sería su fiel criado Elombuangani, quien se convertiría a partir de entonces en la sombra y guardián de Iradier en sus expediciones. En Elobey Grande compra una embarcación hecha de un solo tronco de árbol, la cual fue arreglada, pintada, compuesta en sus velas y bautizada con el nombre de La Esperanza.

     Al amanecer del día 23 de junio de 1875, parten hacia la zona continental de enfrente, de Cabo San Juan, y durante la travesía se encuentran con un fuerte oleaje que no les hizo naufragar de milagro. Llegan al pueblo de Inguina que se encuentra en la cima de un escarpado sobre la playa. Allí contratan un guía con el que parten en dirección hacia el río Ñañe en línea recta, pero la selva se iba haciendo más impenetrable, hasta que Iradier desiste y decide regresar a Inguina. Al día siguiente, lo intentan por la costa donde van alternando zonas selváticas, senderos inundados de matorrales con playas de arena fina donde se hunden los pies. Tras doblar los cabos San Juan, Ibondibondi, Belongo, Ebino y Bepocolo llegaron a Satomé, la capital benga de la zona de Cabo San Juan. En Satomé residía el rey Boncoro III, al servicio de España y con un sueldo de quince pesetas mensuales. Allí les recibe inicialmente Manuel Boncoro, hermano del rey, «un joven educado por los jesuitas españoles, que ha servido en nuestra marina y ha visitado Europa y América», toda una excepción con respecto al resto de su pueblo. El día 28 salen de Satomé para hacer el camino de vuelta, otra vez por la playa, volviendo a Elobey Chico.

El día 30 vuelven a Satomé, pero esta vez navegando hasta allí en La Esperanza, la barca de siete metros de eslora. Tras pasar la noche y saludar a Boncoro III, siguen navegando para alcanzar el río Aye. Una mar enfurecida les sorprende por el camino, acabando todos los expedicionarios en el agua, y la barca arrastrada a la playa. Se salvan y consiguen rescatar todos los enseres que llevaban. Llegan a la aldea de Aye, de la tribu de los bapukus donde encuentran una factoría inglesa. La comida nativa que llevaban y el agua obtenida de los ríos y pantanos que encontraban pronto le cobraron un precio; aparte de sus «pies hinchados y ulcerados», pronto fue atacado de «violentos dolores de vientre acompañados de náuseas y de sudores fríos». Al sexto ataque cayó sin sentido. Lo llevaron inconsciente de vuelta y una vez en una choza de Aye casi se muere. Fue entonces cuando Boncoro y Elombuangani le hicieron tragar un purgante vegetal y a continuación le hicieron vomitar introduciéndole una hoja de plátano en la garganta y expulsó «un gusano largo como de un palmo, pero que no era una lombriz».

Tras unos días se encuentra totalmente restablecido y inicia la exploración del río Aye. En una salida muy de madrugada salen de caza, y el infortunio es que ve una masa negra moviéndose y pensando que era un búfalo disparó; resultó ser una mujer, aunque gracias a Dios con una herida limpia en el bíceps. El alavés la cura y la colma de regalos. Los hombres de Aye se reúnen en una «palabra»[15] para decidir qué hacer: determinan descuartizar a Iradier. Gracias a que dos de sus ayudantes entraron en la reunión y los disuadieron por la amenaza de represalias por parte de los españoles se salvó. Se fueron de vuelta a Elobey, enfermando Manuel en el camino y con tan mala fortuna que pisó un hormiguero. Elombuangani lo desnudó rápidamente con su cuchillo y lo frotó con una mosquitera. De pronto una columna serpenteante de hormigas africanas les invadió el campamento entrando en su choza, la cual fue rodeada por los nativos con una línea de fuego. Hacerles romper la formación mediante patadas o arrojando tizones podía tener consecuencias catastróficas. Hubo que esperar días a que se retiraran.

Cuando llegaron a Satomé, volvieron los dolores de vientre. Se tomó un vomitivo del país que le empeoró sumiéndole en fiebre. Cuando despertó habían pasado tres meses y era un cadáver de lo delgado que se quedó. Sus porteadores le habían abandonado llevándose las cosas; solo Elombuangani se quedó con él cuidándole y guardando sus últimas pertenencias. Tomando quinina y purgantes se fue recuperando en Elobey Chico.

El 30 de octubre enfilan el río Muni en barca subiendo a continuación por el curso del río Utongo hasta llegar a la aldea de Combo donde son amistosamente recibidos y pasan la noche bajo una lluvia torrencial. Desde allí se desplazan andando a la aldea de Elombo para saludar al rey vico de esa zona, que se llamaba Gaandu. Este trata de convencerle de que no siga hacia la peligrosa tierra de los pámues, pero nuestro explorador persiste. Tras aprovisionarse de yuca y plátanos, parten de vuelta a Combo, donde al llegar le aparece un fuerte cuadro febril.

Tras recuperarse decide continuar el viaje. Va identificando islas, montañas y ríos mientras van surcando por el río Utongo; abandonan las tierras de los vicos y se introducen en la tierra de los itemus llegando al poblado de Bocambañe. El 20 de noviembre, continúa con los seis nativos que le acompañan. Cambian de la barca a dos canoas y se internan en el río Bañe con rumbo Este. El calor se hace insoportable y deciden ir por la selva, que no es espesa en esta área, hasta alcanzar la última aldea itemu: Bulabañe. Un anciano le invita a desistir ante el peligro de los pámues: «No tienen fusiles pero sí tienen flechas que matan antes que las balas.  Son valientes y se precian de ello». Al día siguiente parten a pié por el único sendero que hay, atraviesan la cordillera Paluviole y vivaquean bajo una lluvia intensa.

El día 23 de noviembre continúan por una llanura inclinada cubierta de agua, aprovechan los senderos abiertos por elefantes y jabalíes. A las dos de la tarde se encuentran con el río Utamboni. Se sube a la divisoria de la cuenca que encierra el nacimiento de este río cuya altitud la calcula en 1040 m. El día 27 se encuentran a un grupo de seis pámues armados de azagayas, los temibles pámues. Les saluda y le invita a media botella de caña; ellos le invitan a visitar su aldea. Es una aldea grande, de unas cien chozas rodeada de una empalizada, pues están en guerra con los pámues de Amulón. Pronto empezaron a sentirse incómodos, como sitiados, veían señales poco amistosas; y por otra parte, no convenía quedarse en medio de una guerra de pámues sin tomar partido; decidieron volver. El día 9 de enero de 1876, emprende otro viaje esta vez haciendo un medio arco por el sur, siguiendo en gran parte el río Utamboni, hasta que el día 12 encontró el camino ya conocido de Bulabañe a Ba, momento en que regresaron por donde habían venido.

 

 

 

 

 

 

 

 


Primer viaje de Iradier.

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: España. Ministerio de Defensa. Centro Geográfico del Ejército. (http:www.portalcultura.mde.es/cultural/archivos/)

 

Tras pagar a sus criados y dejar la barca a Elombuangani, los tres jóvenes vitorianos parten el 24 de enero de 1876 hacia Santa Isabel en un vapor inglés. En Santa Isabel experimentan un cambio tremendo, aparentemente para bien: «Estaba en una población civilizada donde vivía entre españoles, dormía en buena cama, bebía vino, en una palabra salía de la región del salvajismo y entraba en la civilización» (Iradier, 1887: 343). Desde febrero de 1876 a abril de 1877 se dedicó a realizar excursiones a lo largo y ancho de la isla de Fernando Poo, incluyendo sus picos y costas.

Sin embargo, el infortunio apareció donde menos se esperaba. Las fiebres de Fernando Poo los invadieron a todos de manera que: «Sesenta y seis ataques de fiebre sufrí en Santa Isabel, treinta y siete mi esposa, diez y seis mi cuñada y quince mi hija nacida en Elobey. Mi casa fue un hospital, y muchas veces nos encontramos todos postrados en cama en un mismo día». Aún le esperaba el mayor sufrimiento posible, su adorada hija Isabela, de quince meses, murió el 28 de noviembre de 1876 en una de las fiebres que padeció: «Todo fue inútil, se declaró el acceso pernicioso; aquellos hermosos ojos se cerraron para no abrirse más. […] La muerte se cernió en el seno de la familia y al objeto de evitar más desgracias mandé a los seres queridos que con tanta abnegación me habían acompañado a aquellos climas, a reponer su quebrantada salud en las hermosas playas canarias. […] No quedé sólo. El recuerdo de mi hija me perseguía por todas partes» (Iradier, 1887: 344-345).

 

La Sociedad de Africanistas y Colonistas

Mientras tanto en España la inquietud africana empezaba a tomar forma: La Sociedad Geográfica de Madrid fue fundada el 27 de marzo de 1876 para fomentar el estudio de la geografía y favorecer la expansión colonial. Su primer presidente fue el ingeniero y cartógrafo Francisco Coello quien, conocedor de la existencia de notas publicadas por el explorador vasco sobre su primer viaje, le solicita los resultados científicos obtenidos en el mismo para su publicación en el Boletín de la sociedad, a lo que el vitoriano accedió. A continuación le dio la oportunidad a Iradier de presentar ante la Sociedad su plan de viaje para la siguiente expedición a la Guinea española el cual fue aprobado, pero… quedando a la espera de tener recursos para financiarlo.

El impulso al proyecto vino de la mano de un político aragonés llamado Joaquín Costa, mediante su obra El comercio español y la cuestión de África. Estamos bajo el reinado de Alfonso XII y es presidente del gobierno Cánovas del Castillo. Al año siguiente, Costa organiza el Congreso Español de Geografía Colonial y Mercantil, que trajo como consecuencia la creación de la Sociedad de Africanistas y Colonistas bajo cuya divisa se iba a patrocinar la segunda expedición de Iradier. (Gutiérrez Garitano, 2011). Hay que tener en cuenta que las preferencias de la Sociedad estaban primero en Marruecos y en establecerse en la Santa Cruz de la Mar Pequeña, segundo en lo luego sería el Sáhara español y por último se contemplaba a Guinea (Pedraz, 2000).

     En el capítulo XLV de su libro, titulado «Contratiempos» Iradier relata cómo estando la expedición proyectada para el mes de mayo de 1884[16] sufre un importante y precioso retraso debido principalmente a la lentitud de la Sociedad Geográfica en conseguir las contribuciones económicas necesarias para cubrir la expedición. Ello permitió a otras naciones adelantarse.

Segundo viaje de exploración

Siguiendo la lectura de su libro (Iradier, 1887), nos encontramos en esta segunda campaña al explorador alavés acompañado del doctor en medicina asturiano Amado Ossorio[17]. Ambos eran delegados de la Sociedad de Africanistas y su misión salvar nuestras colonias africanas con el principal objetivo en la conquista de Camarones. Salieron de Barcelona el 25 de julio de 1884 y llegaron a Fernando Poo el 28 de septiembre donde tuvieron que sufrir una pequeña cuarentena. Durante la misma recibieron noticias de que el doctor Nachtigal había tomado posesión de la franja costera que va desde Camarones hasta Cabo San Juan entre el 14 de Julio y el 18 de agosto, conocía los planes españoles y se anticipó. A su obra contribuyeron eficazmente los factores alemanes asentados en dicha costa los cuales ya tenían redactados y firmados por los jefes indígenas los tratados de anexión. Por otra parte, los ingleses habían ocupado las costas de Calabar[18] el 14 de agosto y los franceses tenían el río Benito, una buena parte de la bahía de Corisco e intenciones de ocupar Corisco, los Elobeyes y todo el río Muni. Es decir, los tres países habían ocupado zonas en las que España tenía derechos; solo quedaba libre todavía la boca del río Muni y sus islas, pero con aviesas intenciones francesas de ocuparlas.

En Fernando Poo, la expedición fue aumentada por el gobernador con el notario de de la colonia, Don Bernabé Jiménez Blázquez, quien daría fe de los acuerdos que firmarían con las tribus, y del cabo de mar de la goleta Ligera Antonio Sanguiñedo. Los apoyos de transporte naval que podía prestar el gobernador no existían: La goleta Ligera no estaba en condiciones de navegar y no había dinero para repararla; la lancha cañonera tenía la máquina estropeada, y además no había carbón ni lubricantes para ambos barcos. Afortunadamente, atracó en la bahía de Santa Isabel el vapor inglés Quinsembo que navegaba hacia el sur y en él se desplazaron a Elobey.

Al llegar allí vieron que ondeaban el pabellón alemán en Elobey Chico y el inglés en la entrada del río Muni, en factorías de esos países, que fueron pronto sustituidos por el español al enterarse de su presencia. De Camarones llegó la noticia del lento descuartizamiento de un alemán hecho prisionero por los duallas[19] en un cruel martirio que duró seis horas; ser explorador conllevaba importantes riesgos. El 18 de octubre alquilaron una embarcación de vela a un factor inglés en cuya bodega guardaron telas, tabaco, ron, pólvora, collares y machetes, mientras que en la camareta llevaban los instrumentos, los víveres, las armas y municiones. En cuanto a tripulantes habían contratado a cuatro marineros negros y a tres intérpretes.

Suscribieron acuerdos de anexión con las tribus de la orilla derecha del Muni. Después avanzaron por el río Utamboni y el río Noya, un afluente principal del primero, cuya cuenca estaba llena de los peligrosos pámues. Hicieron un llamado enviando un bote por el río Noya y aparecieron diecisiete jefes pámues. No sin algunas dificultades, consiguieron firmar tratados de cesión de soberanía con ellos que terminó celebrándose con un baile nocturno.

Lo que ofrecía Iradier a los reyes era su nombramiento oficial como gobernador político, la asignación de un sueldo, que se le entregaba en el acto, y una entrega de regalos. Estos, que le recibían con cierta hostilidad, quedaban asombrados por el ofrecimiento y aceptaban. A continuación, la expedición siguió subiendo por el río Utamboni hasta Kororo donde ya el río no permitía la navegación del barco. Desde aquí bajaron el Utamboni y continuaron por los ríos Utongo, Bañe y Congoa firmando tratados con los jefes, algunos de los cuales ya le conocían de su anterior campaña.

Al terminar esta parte, la salud de Iradier cayó amenazada por un nuevo episodio de fiebres que le hicieron seguir el consejo de Ossorio, quien no podemos olvidar que era médico: «Parta usted para España si en algo estima su vida» (1887: 460).  El vitoriano no volvería a la Guinea, pues su cuerpo ya había sido duramente castigado en ambas campañas, quedando su salud muy debilitada para el resto de sus días. El 20 de diciembre, un Manuel Iradier enfermo llega a Tenerife: «Destrozado, enfermo, con el estómago perdido, con el hígado infartado, víctima de una fiebre cotidiana, llegué a Santa Cruz de Tenerife» (1887: 463). Desde allí emite un cable al presidente de la Sociedad de Africanistas, Francisco Coello:

 «Obtenido Sociedad catorce mil kilómetros cuadrados territorio interior frente Corisco incluso Sierra de Cristal. Pactado diez tribus. No posible más en latitud por evitar conflicto internacional y en longitud por fiebres. País gran porvenir. Ossorio queda estación con recursos» (1887: 463).

El día 30 de diciembre llega a Madrid. No encontrando en la Sociedad Geográfica de Madrid ni a su presidente, que se encontraba en Berlín en el Congreso Geográfico y Colonial, ni tampoco a su jefe de exploraciones, el explorador vitoriano se desplazó a Tardienta, en la provincia de Huesca, a abrazar a su familia, donde el Alcalde, el Cura, el Secretario y varios vecinos le obsequiaron con un banquete «testimonio de gratitud que da este rincón de Aragón al hombre que ha conquistado para España tierra de moros», según se expresó la primera autoridad del pueblo. Y fue allí donde se dio el grito de «¡Viva el Muni por España!» (1887: 464).

            Tras la partida de Iradier, el doctor Ossorio decide continuar la empresa emprendida. El gobernador, que es el capitán de navío Montes de Oca, se le une en la expedición. Inician su viaje en 1885 consiguiendo en el mismo la firma de 370 tratados con jefes de las cuencas del Muni, el Noya y el Laña, pero el marino causó baja, como relataba en su informe el doctor Ossorio:

«Montes de Oca enfermó en 1886, por lo que hube de seguir yo solo, con los porteadores y cuatro fusiles, la exploración de la parte norte de la Guinea, desde río Campo hasta doscientos kilómetros de la costa. Durante este viaje visité las tribus de los vijas, de los vicos, de los ilo hiten, de los bujebas y de los bundemus, entrevistándome con un total de noventa y cuatro jefes de tribu, y recorrí un territorio de más de trece mil kilómetros cuadrados. Gracias a ello, la soberanía de España sobre Guinea pudo sumar catorce mil kilómetros de posesión, alcanzando yo acuerdos con un total de ciento un jefes de tribus, cuatro de los cuales rechazaron la soberanía francesa para abrazar la española» (Gutiérrez Garitano, 2011: 146-147).

 

¿Éxito o fracaso de la expedición?

En el capítulo L de su libro, el explorador vitoriano expone unos contundentes argumentos contra la evaluación como terrible fracaso de los objetivos de la expedición que se hicieron por parte del presidente de la Sociedad de Africanistas y Colonistas, Joaquín Costa, y por el secretario de esta, Rafael Torres, por haberse perdido Camarones (el Camerún) ante Alemania. Ciñéndome a lo fundamental del capítulo, dada la extensión de la exposición de Iradier, destacaré lo siguiente:

Con relación a los costes, Iradier informa de lo siguiente: «El kilómetro cuadrado de territorio nos costó próximamente cincuenta céntimos de peseta. A los alemanes le costó a razón de diez pesetas, la misma unidad superficial; a los ingleses cinco pesetas; a los franceses bastante más». A la pregunta de si se podía haber hecho más el explorador la responde así: «No. porque no había más dinero» (Iradier, 1887: 474)

En cuanto a quien había realizado donaciones, el vitoriano deja en evidencia la escasez de contribuciones conseguida por la Sociedad de Africanistas: «Es bueno advertir que de las cincuenta mil pesetas, cinco mil fueron del Dr. Ossorio, quince mil del Sr. Montes de Oca, diez mil de los misioneros de Fernando Poo y mil y pico de La Exploradora. Esto sin contar con lo mucho que contribuyeron al resultado los miles de pesetas que gasté en el país en 1875» (1887: 475), dejando claro que la primera expedición la pagó de su peculio.

Iradier finalmente considera inmensamente más valiosa la cuenca del Muni que el territorio de Camarones:

 

¿Qué es el Muni? Un valle de 28.000 kilómetros cuadrados regado por ríos caudalosos, alguno de los cuales llega a tener cinco kilómetros de anchura, que forman unidos una red de navegación de más de mil kilómetros. Este valle está circundado por sierras elevadas cuyas cumbres alcanzan más de mil metros de altitud. Un suelo fértil, fertilísimo; una mina de hierro inmensa; selvas vírgenes pobladas de elefantes que vagan entre los pueblos ocupados por la raza pámue, inteligente, trabajadora, valiente y provocativa pero dócil cuando se la sabe manejar… (1887: 480).

 

Ese argumento era respaldado por Henry Stanley: «España posee la parte más sana y más fértil del Golfo de Guinea […]  Las riquezas naturales que, encierran las colonias españolas de África las hacen una de las más valiosas posesiones del mundo entero». (Iradier, 1887: 481).

Un segundo éxito de las dos expediciones de Iradier fue la dimensión científica, que desplegó en todo momento dejando unos apuntes valiosísimos sobre nuestra Guinea, registrados en el Volumen II de su obra África que abarca las siguientes materias: Descripción geográfica, meteorología, producciones, agricultura-comercio, alimentación, canciones-música, idioma, industria, usos-costumbres, trajes-peinados, enfermedades, población-historia, documentos[20], rozamientos, nuestros derechos. Este segundo volumen permitiría a cualquier ciudadano y a cualquier empresa que pensara en establecerse en nuestra Guinea tener una idea perfectamente clara de lo que se va a encontrar allí en todos los aspectos y representa una muestra de la enorme preparación científica que tenía el explorador alavés.

Sin embargo, el doctor Ossorio apenas escribió, dejando « unas breves líneas escritas de forma caótica y leídas por el viajero asturiano en el Ateneo de Madrid el 20 de mayo de 1.886« (Gutiérrez Garitano, 2011: 147). Es aquí donde radica la diferencia entre Ossorio e Iradier, pues mientras ambos recibieron el reconocimiento de la sociedad española, el segundo pasó a gozar de una fama inmortal gracias a la publicación de los dos volúmenes de su libro, mientras que el primero ha sido prácticamente olvidado habiendo sido un protagonista esencial en completar  esta gran hazaña de obtener la Guinea continental para España. Al final ambos exploradores entraron en una guerra de declaraciones en la prensa sobre los méritos de cada uno, pasando de ser grandes amigos durante la exploración a enemigos irreconciliables (Martínez Salazar, 1993).

Al final de su volumen I, deja nuestro explorador una importante reflexión:

 

Un entusiasta saludo á mis valientes compañeros Ossorio y Montes de Oca y recordarles con orgullo y satisfacción que mientras Alemania, Francia ó Inglaterra han teñido de sangre las aguas del Camarones, las del Ogoué y las del Níger dejando en ellas algunas vidas preciosas, á cambio de las ocupaciones territoriales que han hecho, nosotros podemos presentar la bandera de la patria que tremolé durante tres años en los países africanos, que la hemos izado después en las cumbres de elevadas sierras que se alzan en la frontera de las regiones desconocidas del interior, rota y destrozada por las inclemencias del cielo, sí, pero sin que sobre ella, se vea el nombre de una víctima, ni una sola mancha de sangre humana. Que mientras ha habido viajeros — como dijo con entusiasmo el Sr. D. Eduardo Saavedra — que para llegar desde la cabeza á la boca de un gran rio, han tenido que reñir treinta y dos sangrientas batallas, los españoles han tenido la gloria de que se reconozca en centenares de leguas cuadradas la soberanía de España, sin haber derramado una sola gota de sangre. Grande y magnífico triunfo de la civilización española; pero que no se ha conseguido sin duros sacrificios. (Iradier, 1887:501)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mapa

Descripción generada automáticamente
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Mapa del viaje de exploración de Iradier, Ossorio y Montes de Oca. (Iradier, 1887). BNE

 

 

Epílogo

Iradier no puedo terminar la empresa de conquista por haber llevado su salud al límite, siendo ésta continuada por sus compañeros Ossorio y Montes de Oca. Tras finalizar su aventura, de vuelta en España se encontró arruinado y debió desempeñar diversos oficios: En 1888 fue designado jefe de tracción y movimiento de la Compañía Anglo-vasco-Navarro de Ferrocarril. Compaginaba su trabajo con la invención de nuevos dispositivos: una caja tipográfica, un modelo de contador automático de agua, y un accesorio para la fotografía, de los que apenas consiguió beneficio económico. Su vida laboral le llevó a diversos empleos relacionados con la minería, la industria maderera y otras. Su salud ya estaba muy quebrantada desde después de su primer viaje a Guinea. Su matrimonio también se deterioró. Trabajando con la madera conoció la localidad de Valsaín en Segovia llena de pinares, bosques y aire puro a la que se trasladó para recuperarse. En ella fallecería el 19 de agosto de 1911. (Martínez Salazar, 1993)

En cuanto al doctor Amado Ossorio, demostró un vigor, una energía y una determinación increíbles, que en Guinea solo fueron el primer paso de una historia de valor y ciencia. Sirvió como médico en las guerras de Marruecos y Cuba, participó en La Comisión de Límites de nuestra Guinea frente a Francia, que en 1901 establecería el contorno definitivo y oficial de nuestra Guinea continental y, por último, fue uno de los fundadores de la clínica Ruber (Gutiérrez Garitano, 2011).

Es de justicia reconocer el mérito del capitán de navío y gobernador a la vez, José Montes de Oca, quien suplió con su persona, con su esfuerzo y con su apoyo financiero el poco apoyo que aquellos  exploradores recibían de España, como bien demostró Iradier cuando la expedición fue tachada de fracaso, uniéndose a la expedición hasta que tuvo que abandonarla por enfermedad.

Conclusiones

Una España inmersa en diversas guerras (Cuba, carlista, Marruecos) y convulsiones internas mantenía una colonia en África en la segunda mitad del siglo XIX con una representación institucional mínima; en este caso, una goleta de la Armada con su dotación, una lancha y escasos recursos para funcionar. Sin embargo, una vez más en nuestra historia, la osadía y el valor individual de un puñado de españoles, entre los que destacaría Manuel Iradier, escribirían un capítulo que no por ser desconocido deja de tener un mérito histórico indiscutible.

 Así tenemos que la determinación, la preparación y la audacia de un joven Manuel Iradier en realizar un primer viaje de exploración con veintiún años a Guinea dieron el impulso necesario para que la España agotada del momento se removiese y pusiera sus ojos en aquellos lejanos e insalubres territorios del África ecuatorial  por medio de la Sociedad Geográfica de Madrid. El otro gran impulso lo recibió la empresa del político aragonés Joaquin Costa con la creación de la Sociedad de Africanistas y Colonistas, que fue la que finalmente encargó la empresa de conquista al alavés, la cual se desarrolló en su segundo viaje a la Guinea española.

La importancia del trabajo de estos tres españoles radicó en que fueron esos tratados firmados con las diferentes tribus los que permitieron defender los intereses de España en la Conferencia de Berlín de 1884-85 y que se basaba en el principio «uti possidieti iure» o principio de ocupación efectiva del territorio. Cuando ya Inglaterra había ocupado Biafra, Alemania había ocupado Camarones y Francia parte de Gabón y con intenciones de ocupar las islas del estuario del Muni, aparecieron nuestros esforzados exploradores que mediante los acuerdos de cesión de soberanía de numerosas tribus, incluidas pámues, lograron los documentos legales para que España pudiera defender sus derechos.

No obstante, Francia no renunció a apoderarse del Muni. Lo logró parcialmente cuando una España sin pulso, tras las guerras de Cuba y Filipinas contra los Estados Unidos en 1898, tuvo que firmar el Tratado de Paris de 1900 por el que Francia tomaba derechos sobre las cuencas de la parte sur del Muni y se marcaban con líneas rectas las fronteras definitivas de nuestra Guinea continental.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

¾  Cervera Pery, José, La Marina Española en Guinea Ecuatorial. Madrid, Imprenta del Ministerio de Marina, 1968.

¾  Dugard, Martin. (2003). "Stanley meets Livingstone". Smithsonian Magazine (https://www.smithsonianmag.com/history/stanley-meets-livingstone-91118102/).

¾  Gutiérrez Garitano, Miguel, Apuntes de la Guinea. Vida, obra y memoria de Manuel Iradier y Bulfi. Vitoria, Ikusager Ediciones S.A, 2011.

¾  Iradier y Bulfi, Manuel, África: Viajes y trabajos de la asociacion euskara La Exploradora. (La Exploradora, Ed.), Vitoria, Imprenta de la viuda e hijos de Iturde, 1887.

¾  Iradier y Bulfi, Manuel, África: un español en el golfo de Guinea. (R. Jiménez Fraile, Ed.). Barcelona, Mondadori, 2000.

¾  Martínez Salazar, Ángel, Manuel Iradier. Las azarosas empresas de un explorador de quimeras. Barcelona, Ediciones del Serbal, 1993.

¾  Miranda Diaz, Mario, España en el continente africano. Madrid, C.S.I.C., 1963.

¾  Mondragón Moreno, Alía. (2015). "La construcción de un héroe victoriano. Henry Morton Stanley en sus dos primeros viajes de exploración". Historia 2.0: Conocimiento Histórico en Clave Digital , nº 10, 78-94.

¾  Navarro, Joaquín J.,  Apuntes sobre el estado de la costa occidental de África y principalmente de las posesiones españolas en el Golfo de Guinea. Madrid, Imprenta Nacional, 1859.

¾  Pedraz Marcos, Azucena, Quimeras de África, La Sociedad Española de Africanistas y Colonistas, El colonialismo español de fines del siglo XIX. Madrid, Ediciones Polifemo, 2000.

¾  Rodriguez Esteban, Jose Antonio. La Sociedad Geográfica de Madrid (1876-1936). Cantoblanco (Madrid), Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 1996.

¾  Sequera Martínez, Luis de. Poto poto. Las tropas de guarnición en los Territorios españoles de Guinea. Madrid, Ministerio de Defensa, 2006.

 

 

 

 

 

 

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[1] En la década de 1880-1890, España todavía mantenía las colonias de Cuba, Puerto Rico, Filipinas, los archipiélagos de las Carolinas, las Palaos, las Marianas y la isla de Guam.

[2] Hoy es el río Ogooué y su cuenca recoge prácticamente todo el territorio de Gabón

[3] Los principales acontecimientos en España en el tercer cuarto del siglo XIX fueron: Ley de desamortización eclesiástica y civil (1855), Guerra en Marruecos (1856-1861), Exilio de la reina Isabel II (1868), guerra en Cuba (1868-1878), nueva Constitución española (1869), Amadeo de Saboya rey de España (1870), asesinato de Prim (1870), Tercera guerra carlista (1872-1876), promulgación de la Primera República (1873), insurrecciones cantonales (1873), golpe de estado del general Pavía (1874), restauración de Alfonso XII (1875), fin de la Tercera guerra carlista (1876) y abolición del sistema foral vasco (1876).

[4] Probablemente las compañías comerciales españolas posibles candidatas preferían dedicar sus principales recursos al comercio consolidado con las colonias remanentes de Cuba, Puerto Rico y Filipinas antes que hacer una apuesta arriesgada en una zona donde la presencia institucional española era muy débil.

[5] Según la denominación de Iradier estas tribus eran: vengas, dibues, bapukus, bujebas, itemus, valengues, vicos, bijas, bundemus y kumbes.

[6] El propio Iradier lo comprueba entre las dos expediciones que hizo:” En diez años ó sea desde 1875 al 1884 ha avanzado el pueblo pámue en dirección al mar 50 kilómetros” (Iradier,1887:425).

[7] Así lo describe Iradier:” … sin molestarlos, sin castigarlos, han ido absorbiendo poblaciones por medio del vigor y fecundidad de su raza, se han llevado por delante pueblos estériles y debilitados y que se diezman y desaparecen, y han conseguido encontrar la orilla del mar” (Iradier, 1887: 427).

[8] En ausencia de españoles, el inglés John Beecroft fue nombrado primer gobernador de Fernando Poo por el Comisario Regio, el capitán de fragata Juan José Lerena, en 1843. Moriría en 1854 en una misión exploratoria del río Níger actuando a favor de Inglaterra (Navarro, 1859).

[9]  https://www.britannica.com//biography/Rene-Auguste-Caillie (Última consulta 8-4-2021)

[10] https://www.britannica.com/biography/Gustav-Nachtigal (Última consulta 8-4-2021)

[11] Burton es considerado el más grande explorador victoriano, no solo por sus hazañas en África sino también por las que realizó en Asia. Junto con Stanley fueron los exploradores más famosos.

[12] El capitán de navío Ignacio García Tudela gobernó la colonia desde diciembre de 1872 hasta septiembre de 1874. Era un veterano en aquella Guinea donde había realizado dos campañas con anterioridad: la primera en el año 1859 como comandante de la goleta Santa Teresa y la segunda en 1861 al mando del vapor León (Cervera Pery, 1968) .

[13] A.G.A., África-Guinea, Caja 670. Informe del Gobernador de Fernando Poo, D. Ignacio García Tudela, 14 de Diciembre de 1873.

[14] Dolores García Cantús, 2004. Tesis doctoral: Fernando Poo: una aventura colonial española en el África Occidental (1778-1900). Universitat de Valencia. Servei de Publicacions.

[15] Las «palabras» eran las reuniones donde los nativos arreglaban sus pleitos e impartían justicia.

[16] «La Sociedad Española de Africanistas había proyectado su expedición al África ecuatorial para el mes de mayo, y así lo anunció en diversas ocasiones al público (v. g. Imparcial, de Madrid, 2 Febrero 1884, etc.); y a este efecto, principió los preparativos ya en el mes de Febrero y abrió la suscripción en marzo». (Iradier, 1887: 418-419)

[17] Había donado 5.000 pesetas de una herencia a la expedición con la condición de participar en ella.

[18] actual Biafra, en Nigeria

[19] Fangs del Camerún

[20] Conjunto de los contratos de cesión de soberanía firmados con jefes de tribus y certificados por el notario de Fernando Poo y sus dependencias D. Bernabé Giménez Blazquez.