Las batallas lacustres durante el proceso de conquista de Tenochtitlan: miradas desde la historia y la arqueología del paisaje

(Lake battles during the conquest of Tenochtitlan: views from the history and archeology of the landscape)

 

Mariana Favila Vázquez

Investigadora independiente, México DF, México

 

Recibido: 02/09/2020; Aceptado: 14/11/2020;

 

 

 

Resumen

Este artículo presenta un análisis de las batallas lacustres que tuvieron lugar en el Lago de México entre el ejército español y de los indígenas aliados en contra del ejército mexica en 1521. Desde el enfoque de la historia naval y la arqueología del paisaje se plantea que las estrategias usadas por el ejército mexica pueden explicarse a partir del concepto de guerra anfibia y que es posible identificar campos de batalla lacustres mediante el análisis geográfico de las fuentes documentales.

 

Palabras clave

 

Mesoamérica, Conquista, Mexica, Guerra anfibia, Canoa.

Abstract

This paper presents an analysis of the lacustrine battles that took place on the Lake of Mexico between the Spanish army and the indigenous allies against the Mexica army in 1521. From the perspective of naval history and landscape archaeology, I propose that the strategies used by the Mexica army can be explained from the concept of amphibious warfare and that it is possible to identify lake battlefields through the geographic analysis of documentary sources.

Keywords

Mesoamerica, Conquest, Mexica, Amphibious warfare, Dugout canoe.

 

Introducción

La celebración de los 500 años de la llegada de Hernán Cortés y sus soldados a las costas de lo que hoy es México nos brinda la oportunidad de reflexionar y realizar nuevas lecturas sobre algunos acontecimientos registrados en las crónicas históricas. En este artículo se desarrolla el tema de las batallas lacustres con las cuales Cortés logró derrotar al ejército mexica en 1521. Para esto, parto de considerar que las formas de apropiación e interacción entre comunidades y paisajes circundantes en Mesoamérica no sólo se llevaron a cabo en tierra firme, sino también a través de diferentes ambientes acuáticos, como el océano y los sistemas de agua interiores, tales como lagos y ríos. Una de las maneras en que se dieron estas relaciones fue a través de la tecnología náutica desarrollada por el hombre prehispánico, es decir, con la práctica de la navegación (Biar 2012; 2017; 2018; Favila 2016; 2020). Esta fue una actividad que comprendió la apropiación del medio acuático, con lo cual se aprovechaban y ocupaban entornos con gran biodiversidad. Implicó el desarrollo de un conjunto de conocimientos técnicos que se manifiestan en la existencia de diversos tipos de embarcaciones, y tuvo un papel determinante en la configuración del territorio mexica al ser uno de los mecanismos con los cuales los habitantes de Tenochtitlán y Tlatelolco conquistaron y defendieron el espacio en el que se asentaron desde el siglo XIV.

Primero especificaré cuáles son los conceptos que me permiten enmarcar las batallas lacustres desde la historia naval y la arqueología, particularmente en su corriente enfocada en el estudio de los paisajes, lo cual me lleva a comentar algunas interpretaciones y estudios previos realizados sobre el tema. En un siguiente apartado describiré las características generales de las batallas lacustres, enfocándome en la tecnología náutica indígena utilizada en ellas, así como en las estrategias anfibias del ejército mexica antes y durante la toma de Tenochtitlán por los españoles. En la cuarta sección del artículo presentaré algunos resultados del mapeo de los campos de batalla lacustres durante el sitio de Tenochtitlán por Hernán Cortés mediante la información geográfica de las fuentes. En la sección final comentaré algunas reflexiones generales sobre las líneas de investigación que pueden trabajarse en el futuro alrededor de este tema.

Marco conceptual desde la historia naval y la arqueología del paisaje

En los últimos años ha habido un resurgimiento del giro espacial en las humanidades que busca resaltar el papel de la construcción social del espacio. En este contexto, un concepto en particular ha cobrado gran fuerza e interés en los estudios históricos y arqueológicos: el de paisaje. A raíz de una larga tradición teórico-metodológica asociada al acercamiento de las disciplinas sociales a las ciencias naturales, el entorno donde se llevan a cabo los hechos o procesos sociales tendía a verse como un escenario estático que servía como telón de fondo de las dinámicas humanas. Sin embargo, este enfoque dicotómico, donde la naturaleza está tajantemente separada de lo cultural, ha sido superado, de tal forma que los enfoques holísticos recientes apuestan a entender el papel de los paisajes en el devenir histórico de la humanidad (Urquijo y Barrera, 2009; Urquijo et al., 2017). A este enfoque paisajístico podríamos añadir una crítica a la dicotomía geográfica que entiende los espacios terrestres y acuáticos como opuestos, en lugar de complementarios, de tal forma que resulta necesario estudiar el papel de los cuerpos de agua en los procesos de despliegue del poder de una sociedad sobre su entorno.

            Para estudiar la unidad de espacios acuáticos y terrestres se han propuesto conceptos como el de paisaje cultural marítimo (Westerdahl, 1992); paisaje cultural fluvial (Thiebaut, 2013); y el que aquí resulta más útil, el de paisaje cultural lacustre, que se define como:

 

[…] el uso humano de un espacio lacustre delimitado por barcos, obras hidráulicas (diques, calzadas, puertas), instalaciones (puertos, embarcaderos, muelles, canales, puentes, aduanas), rutas lacustres (antiguas y nuevas) y actividades (económicas, políticas, religiosas y militares) en relación con su aprovechamiento tanto material como inmaterial, terrestre y subacuático (Biar, 2018: 50) [1].

 

A este enfoque paisajístico integro algunos conceptos derivados de los estudios sobre la guerra y la historia naval. En este sentido, uno de los mecanismos para integrar nuevos territorios bajo el control de una unidad política es, por supuesto, la guerra, la cual se define como «la aplicación de la violencia de un grupo colectivo contra otro, a menudo [como] un medio para promover el interés individual y colectivo, generalmente a expensas del grupo atacado» (Scherer y Verano, 2014: 2-3). Hay que añadir que una confrontación bélica implica la aplicación de tecnología especializada y logística precisa, así como ciertas tácticas de batalla. Cada batalla es un evento de combate entre grupos enemigos que tiene una duración que puede variar de horas a días, mientras que cuando se dan batallas durante un periodo de tiempo mayor se habla de un «estado de guerra» en el que lugares distintos funcionan como campos de batalla (Gutiérrez, 2014: 145). Gutiérrez define estos últimos como los paisajes donde se realizan los combates mediante un conjunto de movimientos ejecutados casi de manera teatral que incluyen «avances, retrocesos, escaramuzas, enfrentamientos completos, contramovimientos, ataques sorpresa, retiradas falsas y contraataques con el objetivo final de superar al adversario» (Gutiérrez, 2014: 144-145).

            Me interesa en particular discutir la posibilidad de hablar de campos de batalla lacustres como espacios que pertenecen a un paisaje lacustre y que presentan rasgos y factores que incidieron en las estrategias asociadas a la práctica de lo que se ha definido como guerra anfibia. Este tipo de enfrentamiento, desde la Historia Naval, se entiende como el conjunto de operaciones tácticas que tienen lugar en las costas o en los cuerpos de agua navegables interiores y básicamente implica que las fuerzas terrestres y acuáticas participen en la guerra de manera cooperativa (Trimy Fissel, 2006: 1).Esta modalidad de ataque militar se ha estudiado en las sociedades antiguas del Viejo Mundo (Trim y Fissel, 2006), así como en los procesos históricos de la época contemporánea, particularmente relacionados con la I y II Guerra Mundial (Barlett, 1993; Black, 2017;Seligmann, 2020). Para las sociedades prehispánicas este concepto realmente no se ha utilizado para definir las operaciones mexicas y por lo tanto no se ha profundizado el análisis desde este marco conceptual para establecer la importancia del estudio del aspecto náutico militar y su papel en la creación y el mantenimiento del control mexica sobre los cuerpos de agua.

Los estudios sobre la guerra entre los mexicas son abundantes y han permitido entender cómo esta práctica se vincula con la expansión de la unidad política de la Triple Alianza, el tipo de armamento utilizado, las tácticas utilizadas, así como su dimensión ritual, entre otros aspectos (Brown y Travis, 2003; Cervera, 2007; Hassig, 1988; 1992; Lameiras, 1985, 1994; Scherer y Verano, 2014). Sobre el aspecto lacustre, se ha planteado que los mexicas habrían sido quienes introdujeron la práctica de la guerra naval en la zona de los lagos en el periodo Posclásico tardío (1200-1521 d.C.) y que el uso táctico de las embarcaciones habría solucionado los problemas logísticos, al minimizar los costos de transporte y tiempo tanto entre los asentamientos a orillas del lago como hacia las islas que podían ser un objetivo rápidamente alcanzable (Hassig, 1988: 133).Sin embargo, este argumento podría ser revisado a la luz de las evidencias sobre algunas confrontaciones navales que tuvieron lugar mucho antes de que la Triple Alianza se formara (Bravo, 2005; Favila, 2014). Por otro lado, un estudio fundamental sobre el tema es el de Harvey Gardiner (1956) en el cual se desglosan los acontecimientos de la toma de Tenochtitlán prestando particular atención sobre el papel de la guerra naval y la importancia de los bergantines para el triunfo de los españoles. Es importante recalcar que el autor refiere una y otra vez a las operaciones llevadas a cabo por los españoles como anfibias, pero poco se discute sobre que esta práctica también haya sido llevada a cabo por los indígenas y la relevancia de este hecho en el triunfo de los españoles. En una publicación más reciente Rodríguez González (2014) también califica como operaciones anfibias a las estrategias utilizadas por los españoles que se dan en el lago y las calzadas de Tenochtitlán, haciendo una relatoría detallada de los sucesos y decisiones que Cortés tomó y que acertadamente le llevaron al triunfo sobre los mexicas.

Otro análisis profundo de las guerras lacustres a partir del estudio de las referencias documentales del siglo XVI es el de Isabel Bueno (2005), quien describe las estrategias y técnicas navales en el lago utilizadas tanto por los mexicas como por los españoles durante las batallas que darían la victoria a estos últimos. La autora identifica las embarcaciones indígenas utilizadas durante las confrontaciones y señala que son de dos tipos, según el tamaño, y que además tendrían un parapeto de madera que funcionaría como protección para los tripulantes (Bueno, 2005: 201). Bravo es quien más se ha acercado al enfoque del concepto de la guerra anfibia practicada por los indígenas al explicar que las estrategias de ataque utilizadas por los mexicas en el agua eran una versión semejante de las que se utilizaban en tierra firme.

Como se puede ver, en general se ha asumido que quienes practicaron este tipo de estrategias fueron sólo los españoles, cuando en realidad el hecho de que fueran los indígenas quienes practicaban la guerra anfibia es lo que obliga a Cortés a cambiar de táctica. Como veremos, aunque es evidente que Cortés se da cuenta de la necesidad de combatir por agua a los mexicas, su triunfo en gran medida se explica a partir de la participación de los guerreros indígenas aliados, particularmente de aquellos que le ofrecieron sus canoas y a los hombres que peleaban desde ellas, una vez que la derrota de los mexicas se hacía cada día más evidente. En la siguiente sección mencionaré algunos de los ejemplos que permiten identificar que los indígenas en efecto practicaban la guerra anfibia y profundizaremos en este aspecto y su papel en el triunfo de Cortés sobre Tenochtitlán.

 

Las guerras anfibias en el Lago de México

Uno de los últimos grupos en asentarse en la Cuenca de México fue el de los mexicas. Su presencia incomodó a los pueblos ya establecidos en el valle y tras algunos conflictos a causa de su necesidad de hacerse de un territorio propio, los mexicas se establecieron a principios del siglo XIV en un islote del Lago de México. Este era un lugar pobre en recursos agrícolas, pero un punto donde compartían límites Azcapotzalco, Texcoco y Culhuacán. Considerando la localización de la zona donde estos se asentaron, los recursos disponibles del sitio no ofrecían demasiadas ventajas, pero varias razones parecen haber influido en la decisión del grupo de quedarse en el islote: el lugar no parecía un terreno codiciado por otras comunidades y tenía amplias posibilidades de defensa, por lo que cualquier ataque contra la población dentro del lago probablemente exigía un esfuerzo militar considerable, material de guerra y recursos especializados tanto por ellos como por parte de sus enemigos (Goñi, 2008).

           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 1. Detalle del Códice Azcatitlán. Dibujo de Aban Flores Morán basado en facsímil.

Bueno (2005) menciona algunas referencias documentales al manejo de las canoas en combates lacustres por parte de los mexicas cuando aún eran tributarios de Azcapotzalco y de los tepanecas, así como cuando la Triple Alianza ya ha sido creada y los gobernantes Itzcoatl y Axayácatl despliegan campañas militares para tomar pueblos ribereños haciendo uso de las canoas. Ejemplo de esto es la confrontación previa a la fundación de Tenochtitlán, cuando los mexicas son atacados por los culhuacanos pues Achitómetl reconoce a su hija desollada durante un ritual organizado por los primeros y éstos se ven obligados a huir navegando sobre sus escudos, como lo ilustra el Códice Azcatitlán (figura 1) (Fávila, 2014).

Otro ejemplo se dio durante el reinado de Axayácatl en Tenochtitlán cuando hubo una cruenta batalla entre tenochcas y tlatelolcas, ya que estos últimos encontraron una de las acequias que habían construido para el tránsito de sus canoas completamente deshecha. El rey Moquihuixtli de Tlatelolco intentó convencer a los huejotzingas y tlaxcaltecas de que en conjunto arremetieran contra los tenochcas, y aunque los primeros se negaron a participar en tal ardid, el gobernante decidió continuar con la afrenta. Antes de llevarse a cabo los enfrentamientos, el rey Moquihuixtli convocó a más de mil jóvenes tlatelolcas para conformar un ejército efectivo en contra de los tenochca. Previo a la batalla, el gobernante los sometió a una prueba, lo cual sorprendentemente pareciera revelar un tipo de adiestramiento en el manejo de las canoas y la práctica del ataque desde éstas:

 

Viendo el rey la buena maña que aquellos mancebos se daban y el deseo que mostraban de ganar honra, ordenó, o por mejor decir, fingió quería hacer una casa de aves marinas, y mandó aderezar muchas canoas y que todos aquellos mancebos […] que quería ver en las aves que vuelan cómo lo hacían […].

Y entrando en la laguna toda aquella multitud de gente, a los cuales mandó el rey que ninguno tirase a pato ni garza que estuviese posada en tierra, ni en el agua, sino solamente a las que fueran volando porque en aquello quería ver su gentileza. Luego, puestos todos a punto, con sus fisgas en las manos, levantaron mucha cantidad de caza que estaba asentada en el agua, y tirándole al vuelo con mucha destreza y galanía, dice la historia que mataron gran multitud de patos y ánsares, garzas y de todo género de caza marina. Las cuales (aves) pasadas por las fisgas y flechas, venían cayendo por el aire de lo alto. En el cual ejercicio ocuparon todo aquel día. Y mandándolos juntar el rey les hizo esta plática: Tlatelulcas: mucho me he holgado de ver la destreza de buenas personas. Bien entenderéis que esto que se ha hecho no es a caso, sino muy de propósito, porque quiero que entendáis que, si alguna vez os véredes con vuestros enemigos, que sepáis […] que no son pájaros que vuelan, para que se os puedan ir de las manos, pues en este día pocos se os han ido de los pájaros que vuelan. Por tanto, esforzaos que presto habréis menester las manos y veréis engrandecida vuestra parcialidad mexicana del Tlatelulco, y que todas las naciones estén sujetas a él y goce de lo que ha gozado la parcialidad de Tenochtitlán (Durán, 1967: 224-225).

En el relato del fraile dominico, fray Diego Durán, podríamos vislumbrar la posibilidad de que, en efecto, los jóvenes pescadores fueran entrenados para el manejo de sus armas y canoas aprovechando su habilidad en la caza de aves. ¿Acaso este relato hace alusión a la eterna condición de cazadores y pescadores lacustres del pueblo mexica que aún separados en tlatelolcas y tenochcas mantienen este tipo de actividades como fundamentales al grado de servirles para su entrenamiento y adiestramiento militar? No nos aventuramos a afirmarlo, sino a sugerirlo; recordemos que la relación del hombre con el medio acuático lacustre ya había sido ampliamente desarrollada antes de la llegada de los mexicas a la región de los lagos en la Cuenca de México. Una evidencia más temprana y que requiere de un estudio pormenorizado desde este enfoque es el Códice Xólotl. Este documento presenta una parte de la historia de Texcoco y otros pueblos lacustres, por lo menos en un periodo entre 1068 y 1429. En su lámina 8 se observa una escena de una confrontación militar en el lago que sin duda podría considerarse un antecedente de este tipo de combates (Figura 2.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Figura 2. Detalle de la lámina 8 del códice Xolotl donde se observa en la esquina inferior derecha una confrontación en agua. Dibujo de Aban Flores Morán basado en facsímil (1996).

 

En general, las canoas monóxilas parecen haber funcionado como el medio especializado dentro de este contexto, si pensamos en las enormes ventajas que proporcionaban a sus usuarios para la defensa y la ofensiva durante un combate. Al respecto, las fuentes escritas por los soldados que fueron testigos de las sangrientas batallas, o bien, de algunos cronistas, como es el caso de Fray Diego Durán o Fray Bernardino de Sahagún, proporcionan una enorme cantidad de datos respecto al funcionamiento de las estrategias anfibias. Fray Juan de Torquemada, por ejemplo, relata al respecto que:

 

[…] los mexicanos, no solo se ejercitaban en hacer barcos, para discurrir por toda la laguna, llevando muy adelante las pescas y cazas en ella con que contrataban con todas las gentes comarcanas, hinchendo de provisión su ciudad, pero también empavesaban sus barcos y canoas, ejercitándose en las cosas de la guerra, por el agua, entendiendo que adelante sería menester estar diestros y previstos en la arte militar, para el intento que tenían siempre de libertar su ciudad, por fuerza de armas (Torquemada, 1975: 151). 

 

Entre las primeras menciones que realiza Cortés respecto a las embarcaciones indígenas, tenemos aquella en la que nos hace conocedores de que se usaban para huir de la ciudad cuando los españoles apenas llegaban:

 

[…] ciertos españoles se subieron a algunas azoteas altas, de donde podían sojuzgar toda la ciudad; y vieron cómo todos los naturales de ella la desarmaran y unos, con sus haciendas, se iban a meter en la laguna con sus canoas, que ellos llaman acales y otros se subieron a las sierras (Cortés, 2007: 137).

 

De este extracto también obtenemos el dato relacionado con el nombre de las canoas, que de acuerdo con el diccionario de Molina (2008) eran llamadas acalli, que puede traducirse como ‘casa de agua’ o ‘casa sobre agua’. En esta fuente también se localizan los términos que indican al menos tres secciones de una embarcación: ācalyacatl, de la unión de la palabra acalli, canoa y yacatl, nariz, que refiere a la proa. Ācalcuexcochtli, sustantivo que resulta de la unión de acalli, canoa, y cuexcohtli, nuca, para referir a la popa o parte trasera; y ācalmāitl, que es la unión de la palabra māitl, mano, para referir a los dos lados de la canoa, sin hacer distinción entre derecha e izquierda (Figura 3).

Sobre los tipos de canoas usadas en los combates ya hemos mencionado que Bravo (2005: 200-2001) identifica dos tipos: una con proa y popa planas como se observa en la lámina 45 del Lienzo de Tlaxcala(figura 4); otras más bien blindadas, de tal forma que el fuego no les hacía daño al colocarse los soldados tras unos parapetos, como describe Bernal Díaz del Castillo:

 

[…] y puesto que los escopeteros y ballesteros tiraban a los que andaban en canoas, traíanlas tan bien armadas de talabardones de madera, e detrás de los talabardones, guardábanse bien (Díaz del Castillo, 2007: 299-300).

Imagen que contiene texto, mapa

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Figura 3. La canoa mexica (acalli) y sus secciones en náhuatl. Dibujo de Aban Flores Morán.

 

De acuerdo con lo descrito por Bernal Díaz del Castillo los arqueros se colocaban detrás de las defensas que llevaban y arrojaban lluvias de flechas desde ellas, infringiendo un gran daño al enemigo. Existían entonces dos formas de protección que usaban los guerreros: los propios escudos como se observa en la lámina del Lienzo de Tlaxcala antes referida o bien corazas de madera integradas a las canoas como se observan en las imágenes del Códice Florentino (figura 5). Vale la pena mencionar que una representación muy parecida a la del Lienzo de Tlaxcala se observa tallada en un muro de un edificio del sitio de Xochicalco, Morelos (figura 6), donde se distingue una canoa con un guerrero dentro de ella, que lleva su escudo y sus lanzas a la espalda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Figura 4. Escena de un ataque en tierra y en agua entre españoles e indígenas. Foja 45 del Lienzo de Tlaxcala. Dibujo de Aban Flores Morán adaptado del original resguardado por The Latin American Library at Tulane University.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Figura 5. Lámina del Códice Florentino que ilustra las embarcaciones de guerra mexicas.Dibujo de Aban Flores Morán basado en original. Florencia, Biblioteca Medicea Laurenziana, Ms. Med. Palat. 220, f. 461r.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Figura 6. Escena de una canoa sobre campos de cultivos con canales en un edificio de Xochicalco, Morelos. Dibujo de Aban Flores Morán adaptado del original.

 

Cervera (2007: 145) en su estudio sobre armamento en Mesoamérica describe el uso de algunas armas durante las batallas, entre ellas los escudos (chimalli) que como vemos, funcionaban para blindar las canoas. Lameiras describe también algunas de las armas utilizadas tanto en las actividades de pesca y caza en los lagos como en los combates. Una de ellas es el minacachalli, una especie de dardo con tres puntas elaboradas con espinas de pescado (Lameiras, 1985; Cervera, 2007: 29).

Por otro lado, ha habido toda una polémica derivada de la interpretación de las embarcaciones que utilizaban parapetos para cubrir a los indígenas. Éstas recibían el nombre de chimallacali, pero en su momento Ross Hassig señaló que este término hacía referencia a la armada naval. Al respecto Bueno Bravo (2005) acota que la palabra no se registra en el diccionario de Molina, a lo cual podemos agregar que de hecho aparece en el libro doce de la Historia general de las Cosas de la Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún y que en realidad refiere a las embarcaciones modificadas con los tablones para la protección de arqueros y remeros. En este sentido coincido con Bravo Bueno en que no existía una diferencia como tal entre un cuerpo militar naval y uno terrestre, sino que se trataba de los mismos guerreros que eran trasladados por hábiles remeros en el agua y que realizaban sus estrategias de combate en el contexto de lo que hemos definido como guerra anfibia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Figura 7. Foja 41 del Lienzo de Tlaxcala. En la esquina superior izquierda se observa la canoa con insignia. Dibujo de Aban Flores Morán adaptado del original resguardado por The Latin American Library at Tulane University.

 

 

Respecto a las tácticas de ataque, Bueno (2005) menciona que los mismos ardides que se desplegaban en la guerra terrestre se utilizaban en los lagos, unas veces colocando trampas dentro del agua para hundir los barcos enemigos, otras fingiendo huidas para atacar más reciamente y en otras realizando ataques nocturnos que no eran costumbre entre los indígenas y que sorprendían a los españoles (Bueno, 2005: 201-205). Existe también una descripción de una táctica donde hay un orden de ataque específico: dos parejas, un guerrero águila y uno tigre, juntos usan una barca a toda velocidad para arremeter contra el enemigo; luego lo hace la otra pareja, no sin antes haber tapado las insignias que se describen en las barcas, tal vez para pasar desapercibidos y conduciéndonos a pensar que las barcas de los guerreros tenían un distintivo fácilmente reconocible:

 

Cuando vieron los guerreros mexicanos lo que hacían y lo que tramaban, luego se pusieron a pensar que cosa tendrían que hacer. Y luego que lo pensaron, en seguida ya viene una barca; muy en reserva fueron remando y la colocaron en la orilla del camino. No se le veían insignias, sino que estaban bien tapadas. En seguida viene otra barca. También con tiento y a excusas la fueron remando. Y luego una vez más vienen dos barcas: con lo cual ya resultaron cuatro.

Entonces se pusieron en pie dos caballeros águilas y dos caballeros tigres. El primer águila era Topantemoctzin, el segundo se llamaba Tlacatzin. Y el primer tigre era Temilotzin, y el segundo el mismo Coyohuehuetzin. En el momento, se ponen en marcha un tigre y un águila. A todo remo remaban, casi volaba la barca. Se encaminaron hacia Teteuhtitlan, para cortarles el paso, para salirles al frente. Y cuando ellos se fueron, a los otros dos despachan, también un tigre y un águila: son los que van a dar contra aquellos (Sahagún, 1975: 785).

 

La única referencia que ha sido posible localizar en relación con las insignias en las canoas surge de la lámina 41 del Lienzo de Tlaxcala, donde se observa la escena de la llegada de Cortés a Texcoco (figura 7). En el sector superior izquierdo de la imagen hay una canoa con una proa tallada en forma de la cabeza de lo que podría ser un águila y que podría considerase un tipo más de embarcación de guerra.

Ahora, respecto a las batallas que se llevaron durante el asedio de la ciudad de Tenochtitlán en 1521 no haré aquí un recuento de los hechos, sino que trataré de enfocarme en algunas secciones que permiten aproximarnos a la posibilidad de identificar los escenarios lacustres donde se llevaron a cabo dichos combates. Recordemos que Cortés estaba empecinado en tomar por la fuerza la ciudad de Tenochtitlan. Después del suceso en que es expulsado de la misma y que se conoce como la Noche Triste, pasan varios meses en los que planea una estrategia que lo llevará al triunfo sobre los mexicas. En la segunda carta que envía a los reyes católicos fechada el 30 de octubre de 1520 Cortés le hace saber al rey que está haciendo 12 bergantines para entrar por la laguna, aunque dos años después mencionaría que son 13. La tercera carta fechada el 15 de mayo de 1522 relata las batallas anfibias durante la toma de Tenochtitlán y Tlatelolco: «Mi determinada voluntad era revolver sobre los de aquella gran ciudad...y que para ello comenzaba a hacer trece bergantines para por la laguna hacer con ellos todo el daño que pudiese, si los de la ciudad perseverasen en su mal propósito» (Cortés, 2007: 129).

La importancia sobre el papel de los bergantines mandados a construir por Cortés en Tlaxcala y botados al agua en Texcoco ha sido recientemente analizado por varios especialistas (Trejo y Pinzón, 2020; Cervera, 2020; Rodríguez, 2020). Todos estos autores coinciden en que la decisión de atacar a los mexicas en el lago y no sólo en tierra firme cambió el rumbo de la toma de Tenochtitlan llevando a la victoria de los españoles y sus aliados indígenas. Sin duda esto es cierto, aunque como mencionábamos al inicio de este texto, es muy probable que lo que marcó una gran diferencia y llevó a la derrota de los indígenas fue que los pueblos que habían estado atacando por agua a los españoles se volvieran sus aliados.

 

Campos de batalla lacustres: una aproximación a su mapeo

En este apartado mencionaré las secciones de las cartas de Cortés que proveen información geográfica para identificar algunas áreas que podrían definirse como campos de batallas lacustres. Mientras los bergantines se están construyendo en Tlaxcala, Cortés regresa hacia Texcoco e inicia un recorrido alrededor de los lagos sobre todo por la parte oeste con el objetivo de planear su ataque tanto por agua como por tierra (este trayecto está descrito en la Tercera Carta de Relación).  Primero pasa por la parte norte, en Xaltocan, y después se dirige hacia Tacuba (Tlacopan) pasando por Cuautitlán, Tenayuca y Azcapotzalco hasta alcanzar Tacuba.En la primera parada tiene un combate que duraría algunas horas con los indígenas de dicha localidad y que seguramente requirió de las estrategias de ataque por tierra y agua por parte de los indígenas:

 

Y llegados a una población que se dice Xaltoca, que está asentada en medio de la laguna, y alrededor de ella hallamos muchas grandes acequias llenas de agua y hacían la dicha población muy fuerte, porque los de caballo no podían entrar a ella, y los contrarios daban muchas gritas, tirándonos muchas varas y flechas; y los peones, aunque con trabajo, entráronlos dentro y echáronlos fuera, y quemaron mucha parte del pueblo (Cortés, 2007: 148).

 

Cuando llega a Tacuba, Cortés menciona que había muchas acequias de agua y que tuvo confrontaciones durante seis días con los indígenas que ahí se encontraban (Cortés, 2007: 149). Después de este tiempo Cortés dice que su objetivo de ir a Tacuba era negociar con los mexicas, pero como esto no prosperó comienza su camino de regreso a Texcoco para entonces lanzar los bergantines a la laguna. Una vez de vuelta a Texcoco, pasan algunos días y Cortés vuelve a salir de esta ciudad el 5 de abril de 1521 con dirección hacia Chalco para realizar otro recorrido antes de la batalla final:

 

[…] y otro día llegamos a Chalco a las nueve del día, que no nos detuvimos más de hablar a los señores de allí, y decirles mi intención, que era dar una vuelta en torno de las lagunas, porque creía que acabada esta jornada, que importaba mucho, hallaría hechos los trece bergantines y aparejados para los echar al agua (Cortés, 2007: 154).

 

Durante este nuevo viaje a pie y caballo se dan más confrontaciones con los indígenas y Cortés avanza por la parte sur de la cuenca, pasando por Oaxtepec, Yautepec, Jilotepec hasta alcanzar Xochimilco. En este lugar se da otra batalla donde los españoles son atacados por los mexicas desde las canoas y la tierra firme:

 

Otro día, como todos los naturales de la provincia de México y Temixtitan sabían ya que estábamos en Suchimilco, acordaron de venir con gran poder por el agua y por la tierra a cercarnos. Porque creían que no podíamos ya escapar de sus manos, y yo me subí a una torre de sus ídolos para ver cómo venía la gente y por dónde nos podían acometer, para proveer en ello lo que nos conviniese. Y ya que en todo había dado orden, llega por el agua una muy grande flota de canoas, que creo que pasaban de dos mil, y en ellas venían más de doce mil hombres de guerra, y por la tierra llegaba tanta multitud de gente, que todos los campos cubrían (Cortés, 2007: 159).

 

En este pasaje Cortés menciona además que los capitanes del ejército mexica llevaban en sus manos espadas de acero que les habían arrebatado a los españoles en otras confrontaciones. Tras el combate, mueren muchos indígenas, pero aun así los españoles sufrieron reveses hasta que finalmente abandonan la ciudad tres días después y se dirigen a Coyoacán. En este lugar se da una batalla más en la que Cortés describe las flotas enemigas de la siguiente manera:

 

Y otro día que llegué, tomé cinco de caballo y doscientos peones y fuíme hasta la laguna, que estaba muy cerca, por una calzada que entra a la ciudad de Temixtitan, y vimos tanto número de canoas por el agua, y en ellas gente de guerra que era infinito; y llegamos a una albarrada que tenían hecha en la calzada, y los peones comenzáronla a combatir; y aunque fue muy recia y hubo mucha resistencia e hirieron diez españoles, al fin se la ganaron, y mataron muchos de los enemigos, aunque los ballesterosy escopeteros quedaron sin pólvora y sin saetas (Cortés,2007: 160).

 

Después del combate en Coyoacán y un breve paso por Iztapalapa, regresa hacia Tacuba y posteriormente a Texcoco para planear el ataque con los bergantines:

 

Después de haber dado vueltas a las lagunas, en que tomamos muchos avisaos para poner el cerco a Temixtitan por la tierra y por el agua, yo estuve en Tesuico, forneciéndome lo mejor que pude de gente y de armas, y dando prisa en que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía para los llevar por ella hasta la laguna (Cortés, 2007: 163).

 

Finalmente, el 28 de abril de 1521 Cortés y sus aliados indígenas logran terminar la construcción de los bergantines, así como los preparativos para la batalla final para cercar Tenochtitlán. A partir de los recorridos alrededor del lago y los enfrentamientos previos descritos es que Cortés puede establecer su estrategia para la batalla anfibia. Organiza tres guarniciones: Pedro de Alvarado con treinta soldados a caballo, 18 ballesteros y escopeteros, 150 peones de espada y rodela, más 25 000 tlaxcaltecas que atacarían desde Tacuba. Otra guarnición era comandada por Cristóbal de Olid con 33 soldados a caballo, 18 ballesteros y escopeteros, 160 peones y más de 20 000 indígenas, quienes atacarían desde Coyoacán. Finalmente, la guarnición comandada por Gonzalo de Sandoval con 24 soldados a caballo, cuatro escopeteros y trece ballesteros, 150 peones y 30 mil indígenas de Huejotzingo, Cholula y Chalco que entrarían desde Iztapalapa. Cortés por su lado comandaría los trece bergantines con trescientos hombres de mar; en cada una de las naves iban 25 españoles, un capitán, un veedor y seis ballesteros y escopeteros.

Las batallas en Tacuba y Coyoacán comienzan, pero no en Iztapalapa, donde iniciarían unos días más tarde. Ahí, Sandoval comienza a tener dificultades y es cuandoCortés finalmente sale de Texcoco en los bergantines en dirección a su ubicación, pero antes se detiene en el peñol de Tepepolco (actual Cerro del Peñón) (Gardiner, 1956: 177). Este punto permitía ver gran parte del lago y Cortés encontró muchas personas ahí que estaban listas para atacarlos. Desembarca de los bergantines, y mientras está combatiendo a los enemigos se da cuenta que la flota mexica se dirige rápidamente a su encuentro por lo que debe reembarcarse. 

 

Como los de Iztapalapa habían hecho ahumadas desde unas torres de ídolos que estaban en un cerro muy alto junto a su ciudad, los de Temixtitan y de las otras ciudades que estaban en el agua, conocieron que yo entraba ya por la laguna con los bergantines, y de improviso juntóse tan gran flota de canoas para venirnos a acometer, y a tentar qué cosa eran los bergantines, y a lo que pudimos juzgar pasaban de quinientas canoas. Y como yo vi que traían su derrota derecha a nosotros, yo y la gente que habíamos saltado en aquel cerro grande, nos embarcamos a mucha prisa, y mandé a los capitanes de los bergantines que en ninguna manera se moviesen, porque los de las canoas se determinasen a acometernos y creyesen que nosotros, de temor, no osábamos salir a ellos; y así comenzaron con mucho ímpetu de encaminar su flota hacia nosotros. Pero a obra de dos tiros de ballesta, reparáronse y estuvieron quedos; y como yo deseaba mucho que el primer reencuentro que con ellos tuviésemos fuese de mucha victoria y se hiciese de manera que ellos cobrasen mucho temor de los bergantines, porque la llave de toda la guerra estaba en ellos, y donde ellos podían recibir más daño, y aun nosotros también, era por el agua, plugo a Nuestro señor que, estándonos mirandolos unos a los otros, vino un viento de tierra muy favorable para embestir contra ellos, y luego mandé a los capitanes que rompiesen por la flota de las canoas, y siguiesen tras ellos hasta encerrarlos en la ciudad de Temixtitan. Y como el viento era muy bueno, y quebramos infinitas canoas y matamos y ahogamos muchos de los enemigos, que era la cosa del mundo más para ver. Y en este alcance los seguimos bien tres leguas grandes, hasta encerrarlos en las casas de la ciudad; y así, plugo a Nuestro señor de darnos mayor y mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado (Cortés, 2007: 168)

 

Esta batalla en la sección sureste del Lago de México habría marcado el inicio de la guerra anfibia por parte de los españoles contra los mexicas, y de acuerdo con las distancias que indica Cortés pudo haber abarcado cerca de 10 km de distancia entre el Cerro del Peñol y Tenochtitlán, lo cual nos da una idea del área del lago en que pudo haberse desarrollado el combate. Tras la victoria Cortés se dirige hacia Coyoacán y en el camino decide desembarcar de nuevo y comienza una batalla sobre la calzada de Iztapalapa. A partir de este momento los españoles logran dominar la región suroeste del Lago de Texcoco, en gran parte gracias al apoyo de la flota naval comandada por Ixtlilxóchitl y los guerreros de Texcoco (Gardiner, 1956: 184). Más tarde, los indígenas de Iztapalapa, Huitzilopochco, Mexicaltzingo, Culhuacán, Mixquic y Cuitláhuac deciden ofrecer su fuerza naval a Cortés:

 

En todo este tiempo, los naturales de Iztapalapa, Oichilobuzco, Mexicacingo, Culuacán,Mizquique y Cuitaguaca, que, como he hecho relación, están en la laguna dulce, nunca habían querido venir de paz, ni tampoco en todo este tiempo habíamos recibido ningún daño de ellos; y como los de Calco eran muy leales vasallos de vuestra majestad y veían que nosotros teníamos bien qué hacer con los de la gran ciudad, juntáronse con otras poblaciones que están alrededor de las lagunas y hacían todo el daño que podían a aquellos del agua; y ellos, viendo cómo cada día habíamos victoria contra los de Temixtitan, y por el daño que recibían y podían recibir de nuestros amigos, acordaron venir, y llegaron a nuestro real, y rogáronme que les perdonase lo pasado, y que mandase a los de Calco y a sus vecinos que no les hiciesen más daño. Y yo les dije que me placía y que no tenía enojo de ellos, salvo de los que de la ciudad, y que para que creyesen que su amistad era verdadera, que les rogaba que, porque mi determinación era de no levantar el real hasta tomar por paz o por guerra a los de la ciudad, y ellos tenían muchas canoas para ayudarme, que hiciesen apercibir todas las que pudiesen con toda la más gente de guerra que en sus poblaciones había, para que por el agua viniesen en nuestra ayuda de ahí en adelante (Cortés, 2007: 178-179).

 

 

Una vez que los indígenas que contaban con canoas se alían a los españoles, estos deciden comenzar a atacar el islote de Tenochtitlán a través de los canales de agua que entraban en él. Más combates desde el lago y en tierra firme se llevan a cabo hasta que el 13 de agosto de 1521 la ciudad finalmente se rinde y Cuauhtémoc es apresado. Como podemos ver, la estrategia de Cortés funcionó, pero es gracias a que antes de atacar con los bergantines, durante su trayecto alrededor de los lagos, entiende cómo debe contraatacar a los indígenas desde tierra y agua y elige los puntos estratégicos en el paisaje lacustre para establecer a sus capitanes y sus ejércitos. Con la táctica bien planteada en función de la identificación de los espacios donde el combate anfibio sería potencialmente más exitoso es que puede aprovechar mejor los bergantines que ha construido. Finalmente, el momento en que los indígenas con el mayor poder naval se alían con él es cuando la confrontación comienza a tomar el rumbo en favor de los españoles, hasta que logran el triunfo. Por supuesto, a todo esto, habría que añadir las condiciones de sitio del islote, el que se haya cortado el suministro de agua potable, así como la terrible mortandad a causa de las enfermedades que traían consigo los españoles.

A partir de la información geográfica rescatada exclusivamente de las Cartas de Relación de Cortés presento en un mapa un primer acercamiento para identificar las áreas de batallas lacustres (figura 8), aunque a esto sería necesario añadir más datos contenidos en las mismas cartas de Cortés, así como en otras fuentes documentales. Por ahora, basta con mencionar que un análisis geográfico del texto permite comenzar a producir este tipo de cartografías, en consideración de que el ajuste de los polígonos de las batallas lacustres puede ser refinado en el futuro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mapa

Descripción generada automáticamente
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Figura 8. Mapa con las áreas donde se dieron los enfrentamientos tanto sobre el lago como sobre espacios anfibios de transición del agua a la tierra, en el año de 1521.

 

Comentarios finales

En este artículo he tratado de desarrollar los siguientes argumentos: la consideración del entorno lacustre y la forma en que Cortés entendió este paisaje antes de echar los bergantines al agua fue lo que le permitió idear una estrategia exitosa que implicó el despliegue de operaciones anfibias en algunas zonas de los lagos. Además, las confrontaciones que tuvo con los indígenas, quienes a su vez recurrían a la guerra anfibia, durante los recorridos de reconocimiento le permitieron igualar, y eventualmente superar al ejército mexica. Aunado a esto, la alianza con los pueblos indígenas que también practicaban la guerra anfibia le dio todavía más fuerza militar hasta lograr el triunfo sobre Tenochtitlán. El intento por mapear las áreas donde se llevaron a cabo estas batallas lacustres y anfibias permite comprender mejor los procesos de despliegue de control sobre los entornos acuáticos y terrestres. Potencialmente, si se añadiera más información contenida en otras fuentes, sería posible identificar más claramente los asentamientos lacustres, que además de los mexicas, detentaban una fuerza militar anfibia en las distintas secciones de los lagos.

            Otros temas quedan pendientes, entre ellos las canoas con insignias, así como la identificación de más estrategias que seguramente se encuentran en descripciones de batallas lacustres que se dieron antes de la llegada de los españoles. Además, como en el Códice Xolotl, hay documentos de carácter cartográfico e histórico que necesitan ser revisados desde la consideración de la importancia de la guerra anfibia para los pueblos prehispánicos.

 

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[1] La definición de Biar parte del concepto de paisaje cultural marítimo de Westerdahl (1992) y del concepto de paisaje cultura acuática de Nicolás Lira (2015) y lo adapta a los espacios lacustres. Las traducciones del idioma original al español de aquí en adelante son mías.