Y todo se perdió

(And everything was lost)

 

Isabel Bueno Bravo

Universidad de Vasovia, Varsovia, Polonia

 

Recibido: 02/09/2020; Aceptado: 14/11/2020;

 

 

 

Resumen

Muchas fueron las causas que concurrieron para llegar a este triste final, pero algunos tuvieron más incidencia que otros, la viruela, el descabezamiento de las élites locales, el descontento y la presión fiscal que los mexicas ejercieron sobre sus tributarios, junto con las luchas internas de la Triple Alianza, requirieron de un tiempo que al imperio ya no le quedaba. Presagios y realidades acabaron con el reflejo de Tenochtitlan en el lago, cuando el escudo se bajó y todo se perdió.

Palabras clave

Tenochtitlan, Tlatelolco, Cempoala, Tlaxcala, Cuauhtemoc.

Abstract

There were many causes that came together to reach this sadend, but some had more impact than others, smallpox, the be heading of local elites, discontent and the fiscal pressure that the Mexica exertedon their tributaries, along with internal struggles of the Triple Alliance, required a time that the empire no longer had left. Omens and realities ended the reflection of Tenochtitlan in the lake, when the shield was lowered and everything was lost.

Keywords

Tenochtitlan, Tlatelolco, Cempoala, Tlaxcala, Cuauhtemoc.

 

Los antecedentes

El 31 de diciembre de 1520, Hernán Cortés y sus huestes llegaron a Texcoco para establecer su campamento base, mientras que Gonzalo de Sandoval coordinaba el transporte de los bergantines. Durante la espera, Cortés decidió batallar por las orillas del lago y ver si Tenochtitlan se rendía antes de la confrontación final a sangre y hierro.

Tenochtitlan, la capital del imperio, seguía erguida a pesar de que la viruela empezaba a corroer el tonalli de sus habitantes y de las continuas deserciones. De hecho, nada más llegar a Texcoco, población que Cortés encontró deshabitada, los señores de Coatlichan, Huexotla y Atenco, que eran poblaciones acolhuas, se rindieron sin combatir, aunque los mexicas les habían ofrecido mejorar su condición, dentro de la Alianza, a cambio de su lealtad, y para demostrarle su buena fe, le entregaron unos mensajeros mexicas que tenían en su poder (Cortés, 1963: 124).

Una vez montado el campamento, Cortés salió a reconocer el área ribereña, con la intención de buscar los mejores sitios para mover con éxito los bergantines, y también con la esperanza de que dichos pueblos, que todavía apoyaban a Tenochtitlan dejaran de hacerlo. Para esta misión preparó un ejército compuesto por doscientos españoles y tres mil o cuatro mil aliados indígenas con el que circunvalar la laguna. Durante su periplo la suerte fue desigual, en Ixtlapalapan son derrotados, al combinar efectivos navales y terrestres, a pesar de que los aliados habían matado indiscriminadamente a mujeres y niños. (Cortés, 1963: 125; Díaz del Castillo, 2000: 521, 522). Incluso derrotado, Cortés recibió a los señores de Otumba y de otras cuatro parcialidades que le ofrecieron la paz sin oponer resistencia, a cambio de protegerles de la ira mexica (Cortés, 1963: 126; Díaz del Castillo 2000: 523, Vázquez de Tapia, 2002: 141)

Al mismo tiempo que el ejército de Cortés crecía, al incrementar sus fuerzas con los desertores, obtuvo un inesperado y excelente servicio de inteligencia, gracias a los renegados, que le ponen al día de los planes mexica. Este hecho le otorgó una ventaja inestimable al estar previamente informado de los movimientos enemigos, sin tener que dividir su ejército (Cortés, 1963: 129). Tampoco hay que despreciar el continuo apoyo de caballos, armas y pólvora que regularmente llegaban desde las islas, gracias a que Gonzalo de Sandoval, además de dirigir y coordinar el traslado de los bergantines, apoyaba a Chalco, era duramente castigada por los mexicas causa de su deserción. Con esta acción, Sandoval mantuvo pacificado y bajo control español el corredor que unía Texcoco con Tlaxcala y la Vera Cruz, de esta manera se mantenía la comunicación, con los españoles de la costa, y el suministro que llegaba en las naos (Cortés, 1963: 127; Díaz del Castillo, 2000: 525).

Por su parte, los mexicas, no solo lidiaban con la epidemia de viruela, que hacía estragos en el interior de la ciudad, sino que se veían obligados a dividir sus efectivos, ya de por sí mermados, en diferentes frentes: contra Cortés y los aliados indígenas, así como con los tributarios mexica que desertaban, restando operatividad a sus esfuerzos al no concentrar sus dispositivos en un solo objetivo. (Cortés, 1963: 130; Díaz del Castillo, 2000: 529).

Como hemos comentado, uno de estos frentes era la zona de Chalco. Tanto los españoles como los mexicas eran conscientes de que era un punto estratégico para mantener o interrumpir la comunicación con la costa. Si los mexicas se hacían con el control estrangulaban la efectividad de las fuerzas enemigas. Por eso, los combates entre los dos ejércitos fueron continuos y voraces sin que hubiera un claro ganador hasta que Cortés, consciente de que para él tampoco era eficiente dividir sus efectivos, creó una alianza entre Chalco Huexocingo, Cholula y Huacachula para que ellos defendieran la zona mientras que él se concentraba en su área (Cortés, 1963: 131; Díaz del Castillo, 2000: 530).

Finalmente, Gonzalo de Sandoval llegó a Texcoco con el objetivo cumplido: transportar los bergantines desde Tlaxcala, a lomos de ocho mil hombres y otros dos mil porteadores con las provisiones tan necesarias[1] (Cortés, 1963: 133). Feliz el extremeño porque sus planes se cumplían, reunió a treinta mil indígenas de apoyo para salir hacía Tenochtitlan, en un nuevo intento de minar su poder, atacando a los pueblos ribereños que todavía permanecían a su lado. Sin embargo, durante quince días encontró más resistencia de lo esperado y se reafirmó en la idea de que Tenochtitlan solo se podía ganar por el agua (Díaz del Castillo, 2000: 535).

«Y que ya veían cómo la ciudad de Temixtitan no se podía ganar sin aquellos bergantines que allí se estaban haciendo». (Cortés, 1963: 119).

 

Los bergantines

El 27 de marzo de 1521, Hernán Cortés envió a Tenochtitlan a los embajadores mexica, que tenía retenidos, para que advirtieran a Cuauhtémoc que depusiera su actitud beligerante o serían arrasados (Cortés, 1963: 138). Sin embargo, la respuesta no fue la esperada y los mexicas, en lugar de atacarle directamente, lanzaron una ofensiva terrible contra Chalco. El 5 de abril de 1521, Cortés salió al mando de un contingente formado por veinte mil hombres en dirección a Chalco, donde se le unieron otros cuarenta mil (Cortés, 1963: 139; Díaz del Castillo, 2000: 18). A pesar del enorme ejército que reunió, los mexicas obtuvieron algunas victorias (Díaz del Castillo, 2000: 20), aunque, finalmente, el resultado fue favorable al ejército hispano-indígena. Tras la victoria, regresaron a Texcoco, con no pocas fatigas. Esta vez fueron consciente de su vulnerabilidad en aquellas tierras, donde no eran capaces de encontrar agua potable sin la ayuda de los aliados que, como tantas veces, hallaron los pozos y las áreas seguras para descansar (Díaz del Castillo, 2000: 28). Pero, finalmente, el día 28 de abril de 1521, tras cincuenta días de arduos trabajos, los bergantines se echaron al agua y, a la señal de Cortés, españoles, tlaxcaltecos, huexotzingas, cholultecas, chalcas, tamanalcos y aculhuas iniciaron la marcha.

 

El asedio

El 10 de mayo de 1521, Olid y Alvarado salieron de Texcoco con la importante misión de cortar el flujo de agua potable que surtía a Tenochtitlan, donde se encontraron numerosas canoas protegiendo en objetivo. Sin embargo, a pesar de la resistencia, los mexicas no pudieron impedir el sabotaje. Sandoval bloqueó la calzada de Ixtlapalapan y Cortés encabezó el convoy de bergantines por el lago (Aguilar, 2002: 190; Díaz del Castillo, 2000: 54, López de Gómara 1987: 286).

«Y como vieron llegar la flota, comenzaron a apellidar y hacer grandes ahumadas porque todas las ciudades de las lagunas lo supiesen y estuviesen apercibidas». (Cortés, 1963: 153)

A partir de este momento los combates se sucedieron sin descanso, con abundantes pérdidas en ambos bandos. Las tácticas se improvisaban para intentar sorprenderse; los indígenas colocaban afiladas estacas en el fondo del lago, para inutilizar los bergantines y atraer a los enemigos hacia posiciones propicias para que la lluvia de flechas, desde tierra y desde las canoas fuera más efectiva (Cortés, 1963: 120, 155).

 

«Tenían en ellas hechos muchos pollos, que no los podíamos ver dentro en el agua, e unos mamparos e albarradas, así de la una parte como de la otra de aquella abertura, e tenían hechas muchas estacadas con maderos gruesos en partes que nuestros bergantines zabordasen si nos viniesen a socorrer». (Díaz del Castillo, 2000: 66).

 

Cuando la fortuna empezó a decantar la balanza claramente del lado hispano-indígenas, Cuauhtémoc recurrió a otro tipo de prácticas que pretendían debilitar el ánimo del enemigo, evitando que durmiera (Cortés, 1963: 134, 140, 172, 174; Díaz del Castillo, 2000: 54) o sacrificando a los prisioneros castellanos al atardecer, en la cima del teocalli, asegurándose que los españoles pudieran ver y oír a las víctimas, cuya silueta se recortaba a la luz de la hoguera (Díaz del Castillo, 2000: 90, 91, 113.). En un último y desesperado intento Cuauhtémoc intentó desconcertar a las fuerzas enemigas al llevar unas cabezas cortadas al real de Alvarado y al de Olid para hacerles creer que, las testas cercenadas, eran las de Cortés y Sandoval, recurriendo a la misma estratagema en los otros destacamentos, pero cambiando el nombre de los decapitados (Díaz del Castillo, 2000: 80, 81, 83).

Cortés, por su parte, para prevenir el daño que las prácticas mexicas hacían a los bergantines, también realizó cambios y repartió los bergantines entre sus capitanes, cuatro para Alvarado, seis para Olid y dos para Sandoval (Díaz del Castillo, 2000: 60). De tal forma que Tenochtitlan quedó rodeada, a pesar de que Xochimilco, Culhuacan, Ixtlapalapan, Huitzilopochco, Mexicatzinco, Cuitlahuac y Mizquic seguían defendiéndola con ahínco (Cortés, 1963: 156). Por otro lado, aunque los cañones montados en los bergantines hacían gran daño[2], el ejército mexica reparaba de noche lo que se destruía de día, ralentizando los planes del de Medellín, al mismo tiempo Ixtlilxochitl, el príncipe disidente aculhua, volvió a ser providencial, como en Otumba, al proporcionar a los españoles gran copia de guerreros y al animar a endurecer el bloqueo e incluso a la destrucción total de Tenochtitlan (Cortés, 2000: 250).

Las primeras acciones se centraron en:

 

«quemarles y derrocarles las torres de sus ídolos y sus casas, y porque lo sintiesen más este día hice poner fuego a estas casas grandes de la plaza [...] - que eran tan grandes que un príncipe con más de seiscientas personas de su casa y servicio se podía aposentar en ellas - y otras que estaban junto a ellas, que aunque algo menores eran muy más frescas y gentiles y tenía en ellas Moctezuma todos los linajes de aves que en estas partes había. Y aunque a mí me pesó mucho dello, porque a ellos les pesaba mucho más determiné de las quemar, [...] porque éstos ni otros nunca pensaron que nuestra fuerza bastara a les entrar tanto en la cibdad, y esto les puso harto desmayo» (Cortés, 2000: 250).

 

Por el uso de la artillería[3] y los destrozos que producía, una táctica desconocida para los mexicas,

 

«Este día sintieron y mostraron mucho desmayo, especialmente viendo entrar por su ciudad, quemándola y destruyéndola, y peleando con ellos, los de Texcuco y Chalco y Suchimilco y los otumíes, y nombrándose cada uno de dónde era; y por otra parte, los de Tascaltecal, que ellos y los otros les mostraban los de su ciudad hechos pedazos, diciéndoles que los habían de cenar aquella noche y almorzar otro día, como de hecho lo hacían» (Cortés, 1963: 162).

 

Además del ensañamiento de los aliados con los de la ciudad. El bloqueo de la ciudad hizo mella en la falta de suministros y de agua potable, en una población asediada también por la enfermedad, que no daba tregua y acababa con la población más rápido que las armas. Ya nada había que perder, por lo que los mexicas decidieron burlar el bloqueo y, a la desesperada, ampararse en la noche para salir con sus canoas a conseguir alimentos y agua,

 

«[...] digamos que qué aprovechaba haberles quitado el agua de Chapultepeque, ni menos aprovechaba haberles vedado que por las tres calzadas no les entrase bastimento ni agua. Ni tampoco aprovechaban nuestros bergantines estándose en nuestros reales». (Díaz del Castillo, 2000: 64).

 

En el bando de Cortés el ánimo también empezó a flaquear y algunos de sus aliados se plantearon dejar de apoyarle. Pero, en ese momento decisivo, los pueblos ribereños, que apoyaban a los mexicas, decidieron rendirse por la presión que las chalcas ejercieron contra ellos, poniendo sus efectivos a disposición de Cortés (Díaz del Castillo, 2000: 72).

 

«En todo este tiempo los naturales de Iztapalapa, y Oichilobuzco, y Mexicacingo, y Culuacán, y Mizquique, Cuitaguaca, que, como he hecho relación, están en la laguna dulce [...] acordaron de venir, y llegaron a nuestro real, y rogáronme que les perdonase lo pasado [...] Y yo les dije que me placía y que no tenía enojo de ellos, salvo de los de la ciudad; y que para que creyesen que su amistad era verdadera [...] ellos tenían muchas canoas para me ayudar, que hiciesen apercibir todas las que pudiesen con toda la más gente de guerra». (Cortés, 1963: 164)

 

La armada de canoas, más de tres mil (Cortés, 1963: 168), fue definitiva para el asalto final a la ciudad, porque le proporcionaron a Cortés una agilidad y maniobrabilidad, por los estrechos canales de Tenochtitlan, que los bergantines no tenían. De tal forma que estos podían situarse, apuntando con sus cañones, en puntos específicos del perímetro urbano y las canoas desplazarse por el interior de sus calles, dando apoyo a la infantería (Díaz del Castillo, 2000: 73).

Cada día se sucedían los combates en la ciudad, intentando hacerles una pinza por diversas entradas y por la laguna, con órdenes de hacer todo el daño que pudiesen y, así, conseguían un triunfo tras otro, que enardecía a los guerreros enemigos, acuciando a Cortés a endurecer el bloqueo y esperar a que la enfermedad acabara con los mexicas en su interior. Con esta idea reunían guerreros de Tlaxcala, de Huexotzinco y de Cholula, cuya presión obligó a los mexicas a replegarse en Tlatelolco (Díaz del Castillo, 2000: 92, 95, 96).

Por su parte, en el interior de Tenochtitlan la necesidad era tanta que, a pesar del férreo bloqueo, no dejaban de intentar, al caer la noche, pescar o recoger alguna mazorca de maíz o cualquier otro sustento. Sin embargo, estos esfuerzos en nada aprovechaban, porque Tenochtitlan hacía tiempo que era un cadáver, aunque ella aún no lo sabía.

 

El bloqueo

El hecho de que Tenochtitlan fuera una isla, que los mexicas anclaron a tierra firme con calzadas artificiales, en las que se alternaban puentes móviles, frente a los ataques enemigos. Sin embargo, la combinación de bergantines y canoas, durante tantos días de asedio, no le permitían abastecerse y la viruela, que se comía las escasas fuerzas de sus habitantes, pronto pobló la ciudad de cadáveres, antes de que las huestes de Cortés entraran de nuevo en la ciudad,

 

«[...] fue acordado por todos los tres reales que dos bergantines anduviesen de noche por la laguna a dar caza a las canoas que venían cargadas con bastimentos e agua, e todas las canoas que se le pudiesen quebrar o traer a nuestros reales, que se las tomasen». (Díaz del Castillo, 2000: 64-65)

 

La resistencia numantina de los mexicas obligó a Cortés a colocar los cañones en posición para destruir la ciudad, sobre todo los edificios altos desde donde les atacaban[4]. Como respuesta los mexicas cogieron a su dios tutelar y se replegaron en Tlatelolco, menos castigada que Tenochtitlan. Depositaron a Huitzilopochtli en el telpochcalli, en el barrio de Amáxac, y establecieron el cuartel general en Yacacolco, desde donde podían divisar las tres rutas de entrada a la ciudad (Sahagún, 2000: 1115; Thomas, 1994: 562). Para destensar la situación, Cortés mandó a Castañeda ir a Yauhtenco, donde estaban algunos señores importantes, del bando mexica, para que se rindieran sin que hubiera más destrucción. Cortés, junto a Marina, Sandoval y Alvarado, los esperan en Nonohualco, en la Casa de la Niebla, pero no se llegó a ningún acuerdo y decidieron continuar con la guerra, hasta sus últimas consecuencias (León Portilla, 2000: 175).

Dado que el asedio se prolongó más de lo esperado, Cortés decidió combatir directamente en el interior de la ciudad, con el apoyo de los aliados que no cesaban de incrementar el ejército. La propuesta de Cortés seguía siendo la misma, una y otra vez: cegar los puentes móviles, que tenían las calzadas, y no avanzar hasta haberlos asegurado bien, porque era la única manera de utilizar los caballos, tan necesarios para vencer a los mexicas en el interior de la ciudad, con el apoyo de la infantería y de los bergantines. Sabía que caballos y canoas le darían la victoria en las estrechas calles de Tlatelolco.

Una vez cegados los puentes y allanadas las calzadas había que llegar a las puertas de la ciudad y seguir con la misma estrategia. Se trataba de cegar los canales con los escombros de las casas, que destruían a cañonazos desde los bergantines, y con la implementación de otros tiros móviles[5], que avanzaban con ellos en su conquista de la ciudad.

Hernán Cortés dejó constancia de cuánto lamentaba destruir la bella isla y que lo hacía obligado por su negativa a rendirse. Las primeras acciones se centraron en «quemarles y derrocarles las torres de sus ídolos y sus casas, y porque lo sintiesen más este día hice poner fuego a estas casas grandes» (Cortés, 2000: 250). El impacto sobre la población fue enorme, por esta acción desconocida en sus formas de guerra. Por un lado, la demolición de los edificios, con los cañones y los tiros gruesos o culebrinas de mano[6] y, por otro, los tlaxcaltecas saqueaban, asesinaban y comían a sus enemigos seculares.

«Los de Tascaltecal [gritaban a los mexicas], que ellos y los otros les mostraban los de su ciudad hechos pedazos, diciéndoles que los habían de cenar aquella noche y almorzar otro día, como de hecho lo hacían» (Cortés, 2000: 251)

Cortés justificó estos casos de antropofagia, en sus cartas, en la inferioridad numérica de los españoles que, aunque se lo afeaba nada podía hacer. Porque, además, el odio ancestral de los «tlaxcaltecas y otras naciones que no estaban bien con los mexicanos, se vengaban de ellos muy cruelmente de lo pasado, y les saquearon cuanto tenían» (León Portilla, 2000: 162).

Como se desprende de los escritos que dejaron los testigos, además del propio Cortés, su objetivo principal era dejar lisas las calzadas que conducían al interior de la ciudad para permitir el paso de los caballos y facilitar la retirada lo más ordenada y segura posible, insiste una y otra vez, porque en los primeros combates, mientras ellos descansaban en el real, por la noche, los mexica colocaban piedras e impedimentos en las calzadas, para entorpecer el camino a todos los hombres de Cortés, pero especialmente a los caballos, que tanto mal les hacían. El futuro marqués del Valle sabía que estratégicamente era más lógico mover los campamentos hacia las zonas conquistadas de las calzadas. Sin embargo, no podía hacerlo hasta derrumbar las partes altas de la ciudad, para evitar que desde las azoteas los asaeteaban y tampoco podía dejar gente vigilando por la noche porque «quedaban tan cansados de pelear el día, que no se podía sufrir poner gente de guardia» (Cortés, 2000: 252).

Por lo tanto, pasara lo que pasara, el objetivo consistía en allanar las calzadas hasta coincidir los tres batallones en el centro ceremonial, donde terminaban las mismas. Esta importante labor la harían los aliados, protegidos por los bergantines. Cortés volvió a dividir a sus capitanes por cada una de las calzadas, con gran copia de aliados que también recibían el auxilio de los bergantines y de los miles de canoas aliadas. La armada formada por los bergantines y las canoas cumplía perfectamente con su cometido de guardar las espaldas de la infantería, controlar el perímetro de esta, para evitar que rompieran el bloqueo y así bombardear las casas, sobre todo las azoteas, con el doble objetivo de evitar los ataques a los de a pie y proporcionar escombros suficientes para cegar los puentes y acequias.

Con el paso de los días, aunque había recios ataques, éstos eran puntuales, lo cierto es que en el interior de la ciudad reinaba el hambre, la muerte y el nauseabundo hedor de los cadáveres hacinados en las calles y las casas, a causa de la viruela. Eran tantos los muertos que por un lado y otro se pensó que era un castigo, para unos, y una ayuda divina para otros, porque:

 

«Juntamente con esto fue nuestro Dios servido, estando los cristianos harto fatigados de la guerra, de enviarles viruelas, y entre los indios vino una grande pestilencia [...] fue causa de que aflojasen en la guerra y de que no peleasen tanto. Mas empero, aunque se iban retrayendo y se metían en algunas casas fuertes en la alaguna, siempre llevábamos lo mejor, y de esta manera hubo lugar que la gente de paz que nos ayudaba, derribase y echase por tierra las casas y edificios, que fue causa de que se ganase toda la ciudad, porque por aquí podían los españoles correr con sus caballos». (Aguilar, 2002: 191, 192).

 

Una vez que las tropas hispano-indígenas se pudieron reunir en el centro ceremonial, controlaron las tres cuartas partes de la ciudad, pero aún quedaba el reducto donde resistían Cuauhtémoc y sus afines. Nuevamente, Cortés intentó finalizar la guerra a través de la diplomacia, pero el tlatoani mexica no claudicó, decidido a morir junto a la ciudad que un día fue el corazón del imperio y que ahora agonizaba ante tantos estímulos nuevos y desconocidos.

La calzada de Tacuba, la más ancha, era un objetivo prioritario, y Pedro de Alvarado trasladó el campamento allí, una vez que se consiguió dominarla, casi totalmente, para mantenerla libre de estorbos, porque el siguiente objetivo era la plaza del mercado de Tlatelolco y esa calzada se convertía en la mejor opción en caso de retirada, debido a su tamaño.

Mientras Alvarado aseguró y cegó los últimos puentes, los mexicas aprovecharon para atacarlos, con la intención, como así fue, de evitar que completaran su trabajo en la calzada y además consiguieron prisioneros entre los españoles. Al no poder cumplir Alvarado con su parte ese día, Cortés tampoco pudo avanzar hacia el mercado, porque los mexicanos los asaetaban desde las azoteas, obligándoles a retirarse. Ese retraso inesperado hizo que Cortés redactara nuevas órdenes, para el día siguiente, en las que se reiteraba en la necesidad de tomar la plaza del mercado y quemar el templo. Para ello, Sandoval tenía que ir:

 

«con diez de caballo y cien peones y quince ballesteros y escopeteros al real de Pedro de Alvarado y que en el suyo quedasen otros diez de caballo; y que dejase concertado con ellos que otro día que había de ser el combate se pusiesen en celada tras unas casas y que hiciesen alzar todo el fardaje como que levantaban el real, porque los de la ciudad saliesen tras de ellos y la celada les diese en las espaldas; y que el dicho alguacil mayor con los tres bergantines que tenía y con los otros tres de Pedro de Alvarado ganase aquel paso malo donde desbarataron a Pedro de Alvarado y diese mucha priesa en lo cegar, y que pasasen adelante y que en ninguna manera se alejasen ni ganasen un paso sin lo dejar primero ciego y aderezado; y que si pudiesen sin mucho riesgo y peligro ganar hasta el mercado, que lo trabajasen mucho, porque yo habían de hacer lo mismo [...]. Y porque ellos habían de combatir por una sola parte y yo por muchas, envíeles a decir que me enviasen setenta u ochenta hombres de pie para que otro día entrasen conmigo, los cuales con aquellos dos criados míos vinieron aquella noche a dormir a nuestro real» (Cortés, 2000: 257-58).

 

Al clarear el día salieron hacia el mercado de Tlatelolco. Entraron por la calzada de Tacuba, hasta Nonohualco, donde se dividieron al llegar a la bifurcación, dos calles más estrechas, que también desembocaban en el mercado. Una de ellas era un poquito más ancha y por ella marcharon setenta españoles de a pie, veinte mil aliados y ocho de caballería en la retaguardia. Este escuadrón debía avanzar cegando los puentes y aplanando las albarradas, para asegurar el paso de los caballos. Para esta misión había un grupo de aliados con azadones que aplanaban y desecaban la calzada con eficacia. Por la segunda calle, ochenta y dos españoles y más de diez mil aliados, que dejaban a la entrada «dos tiros gruesos con ocho de caballo en guarda de ellos, también se internaron en la ciudad (Cortés, 2000: 259). Estos cañones se situaron en la puerta del Águila y, mientras los colocaban, los mexicas los observaban detrás de las columnas y desde las azoteas, pero al estruendo de los disparos hubo desbandada general. Aunque «pronto se dieron cuenta de que los tiros de cañón o de arcabuz iban derechos, ya no caminaban en línea recta, sino que iban de un rumbo hacia otro haciendo zigzag; se hacían a un lado y a otro, huían del frente. Y cuando veían que iba a dispararse un cañón, se echaban por tierra, se tendían, se apretaban a la tierra» (León Portilla, 2000: 141).

Por la tercera calle Cortés entró con ocho de caballería, cien peones, de los cuales veinticinco eran escopeteros y ballesteros además de «infinito número de nuestros amigos» (Cortés, 2000: 259), descabalgó y mandó detenerse a los de caballo, con la orden de permanecer ocultos hasta nuevo aviso. Continuó con los escopeteros y ballesteros y «un tiro pequeño de campo» (Cortés, 2000: 259), ganaron el primer tramo, que les permitió continuar, mientras los aliados se encargaron de despejar las azoteas. Cortés auxilió a un grupo de españoles que habían caído al agua y al punto recibió noticias del grupo de Tacuba, que iban a pasar a la plaza. Cortés les pidió que esperaran hasta que llegaran todos, para acometer simultáneamente por las tres entradas y que mientras él llegaba con sus hombres, se asegurasen bien de haber cegado los puentes para, en caso de retirada, no tener un descalabro. Sin embargo, no le obedecieron y continuaron. Al llegar a la plaza los mexicas los atacaron fieramente hasta obligarles a retroceder por la calzada.

Al paso precipitado de los escuadrones las partes cegadas cedieron y los españoles cayeron al agua, donde Cortés estuvo a punto de perder la vida, si uno de sus hombres no muere por salvarle. Cortés ordenó que todos se retiraran mientras él, con nueve de caballo, defendió la retaguardia. Los mexicas tomaron vivos a cincuenta y tres españoles y mataron a otros cuarenta y más de mil aliados (Cortés, 2000: 260). Además de las bajas hubo bastantes heridos, entre ellos Hernán Cortés, y también se perdieron parte de las ballestas, armas de fuego y cuatro caballos, cuyas cabezas, junto a las de los españoles, verán ensartadas en picas al tomar Tlatelolco:

 

«Cuando acabó el sacrificio de éstos, luego ensartaron en picas las cabezas de los españoles; también ensartaron las cabezas de los caballos. Pusieron éstas abajo, y sobre ellas las cabezas de los españoles. Las cabezas ensartadas están con la cara al sol. Pero las cabezas de los pueblos aliados, no las ensartaron, ni las cabezas de gente de lejos». (León Portilla, 2000: 151).

 

Tras unos días sin combates, para reponerse y más de cuarenta y cinco de asedio, se reanudaron los ataques con el objetivo de derrocar, ahora sí, todas las casas «y lo que era agua ser la tierra firme, aunque hubiese toda la dilación que se pudiese seguir». Cortés pidió a los aliados que trajeran «labradores con sus coas, que son unos palos que se aprovechan tanto como los cavadores en España de azada. Y ellos me respondieron que ansí lo harían de muy buena voluntad y que era muy buen acuerdo, y holgaron mucho con esto porque les pareció que era manera para que la ciudad se asolase, lo cual todos ellos deseaban más que cosa del mundo» (Cortés, 2000: 268).

Cuando el ejército hispano indígena entró en la ciudad la encontraron llena de piedras «para que los caballos no pudiesen correr por ellos» (Cortés, 2000: 269). Los de infantería hacían su trabajo y la caballería les guardaban las espaldas. Cortés subió a la azotea de la casa de Aztautzin, en Amáxac, e instaló un doselete de colores, desde donde abarcaba todos los movimientos y daba las órdenes con eficacia (León Portilla, 2000: 158).

El 25 de julio, tras 55 días de asedio, los españoles consiguieron dominar la calzada de Tacuba, de tal forma que pudieron llegar hasta la plaza del mercado de Tlatelolco con los caballos. Al día siguiente entraron en la ciudad sin problemas. Entre los escombros hallaron unas cabezas de españoles y caballos sacrificados, que les afectó profundamente. En los dos días siguientes hubo combates y celadas en las que:

 

«los españoles muchas veces se disfrazaban: no se mostraban lo que eran. Como se aderezan los de acá, así se aderezaban ellos. Se ponían insignias de guerra, se cubrían arriba con una tilma, para engañar a la gente, iban del todo encubiertos, de este modo hacían caer en error.» (León Portilla, 2000: 154).

 

Por fin, el 27 de Julio, desde el campamento de Cortés, divisaron humaredas en el interior de la ciudad, señal inequívoca que Pedro de Alvarado había llegado al centro ceremonial de Tlatelolco, aunque no consiguió entrar en el mercado, donde los mexicas estaban replegados.

Durante los días siguientes continuaron las obras en la ciudad para allanar el terreno todo lo posible, y facilitar el paso de los caballos. Por fin y con más dificultades de las que, en principio, habían previsto, los tres escuadrones lograron reunirse en la plaza del mercado.

 

Y cómo todo se perdió

Si llegar a la plaza no fue fácil, permanecer en ella a salvo y ganarla tampoco lo fue. Todas las azoteas estaban plagadas de mexica que les ofendían con piedras y flechas (más tarde descubrirían que muchos de los que creían guerreros, en realidad eran mujeres). Otros peleaban por las calles adyacentes del mercado y desaparecían como por arte de magia, sin que se les pudiera prender porque en:

 

«todas aquellas casas de los de Quecholan fueron perforadas por detrás, se les hizo un hueco no grande, para que al ser perseguidos por los de a caballo, cuando iban a lancearlos, o estaban para atropellarlos, y trataban de cerrarles el paso, los mexicanos por esos huecos se metieran». (León Portilla, 2000: 154).

 

Ante la falta de pólvora y de ballestas, además de algunas entradas poco afortunadas, los españoles decidieron hacer un trabuco o catapulta[7], como dicen algunas fuentes, y colocarlo en la plaza. Aunque fue más para entretenimiento de unos y de otros que como idea efectiva porque:

 

«los indios nuestros amigos amenazaban con él a los de la ciudad diciéndoles que con aquel ingenio los habíamos de matar a todos, y aunque otro fruto no hiciera - como no hizo - sino el temor que con él se ponía, por el cual pensábamos que los enemigos se dieran, era harto. Y lo uno y lo otro cesó, porque ni los carpinteros salieron con su intención ni los de la ciudad, aunque tenían temor, movieron ningún partido para se dar. Y la falta y de efecto del trabuco la disimulamos con que, movidos de compasión, no los queríamos acabar de matar» (Cortés, 2000: 276).

 

Los combates cesaron algunos días y en estos impases los españoles veían las calles «llenas de mujeres y niños y otra gente miserable que se morían de hambre. Y salían traspasados y flacos que era la mayor lástima del mundo de los ver, y yo mandé a nuestros amigos que no les hiciesen daño alguno» (Cortés, 2000: 276-77).

Ante la nueva negativa de Cuauhtémoc a bajar las armas comenzaron los últimos combates que, finalmente, rendirán el último bastión mexica, y:

 

«fue tan recio el combate nuestro y de nuestros amigos que les ganamos todo aquel barrio, y fue tan grande la mortandad que se hizo en nuestros enemigos que muertos y presos pasaron de doce mil ánimas, con los cuales usaban de tanta crueldad nuestros amigos que por ninguna vía a ninguno daban la vida, aunque más reprehendidos y castigados de nosotros eran» (Cortés, 2000: 277).

 

Los días previos al 13 de agosto, los tlaxcaltecas ya no regresaban al campamento con los españoles, sino que se quedaban en la ciudad expoliando. Durante esos días, Cortés se reunió con el consejo de Cuauhtémoc para que le hicieran entrar en razón y se entregara. Sin embargo, el joven tlatoani, nuevamente, se negó. Cortés, contrariado, dio la orden a Sandoval de rodear esa parte de la ciudad, con los bergantines, y por el interior fue él mismo, junto a los demás, de tal forma que los mexicanos tuvieron:

 

«paso por donde andar sino por encima de los muertos y por las azoteas que les quedaban, y a esta causa ni tenían ni hallaban flechas ni varas ni piedras con que ofendernos, y andaban con nosotros nuestros amigos a espada y rodela, y era tanta la mortandad que en ellos se hizo por la mar y por la tierra que aquel día se mataron y prendieron más de cuarenta mil ánimas» (Cortés, 2000: 281).

 

Para dar el golpe de gracia al empecinamiento de Cuauhtémoc, Cortés ordenó aparejar los bergantines, transportar «tres tiros grandes» hasta el interior de la ciudad y, reunidos todos los efectivos en la plaza de Tlatelolco, esperar a la señal convenida, un tiro al aire. Así se inició el combate final. Las órdenes estaban claras para todos, incluidos los aliados indígenas: el capitán deseaba prender a Cuauhtémoc vivo, si alguien osaba matarlo, correría la misma suerte.

La lucha fue encarnizada durante más de cinco horas,

 

 «y los de la ciudad estaban todos encima de los muertos y otros en el agua y otros andaban nadando y otros ahogándose en aquel lago donde estaban las canoas, que era grande [...]. Y por darse prisa al salir unos a otros se echaban al agua, y se ahogaban entre aquella multitud de muertos, que según pareció, del agua salada que bebían y del hambre y mal olor, había dado tanta mortandad en ellos, que murieron más de cincuenta mil ánimas» (Cortés, 2000: 282-83).

 

El panorama que los testigos describen en el interior de la ciudad remite a calles repletas de cadáveres, mujeres y niños huyendo la muerte y desolación asfixiante. A pesar de ello y de que Cortés ordenó a los aliados que no hiciesen más daño, siguieron arrasando y, aunque la ciudad ya estaba tomada, quedaban algunos principales que todavía resistían, pero su valor pronto se apagó porque Cortés ordenó apuntar los cañones hacia ellos y así «fue tomado aquel rincón que tenían y echados al agua los que en él estaban; otros que quedaban sin pelear se rindieron» (Cortés, 2000: 283).

Por la laguna también se disputaba el combate final, innumerables canoas poblaban la laguna y de pronto solo la voz de García Holguín se oyó por encima de las demás: Cuauhtémoc, por fin, bajó el escudo. Era el año 3 calli, 1 Coatl, del mes Xocotlhuetzome, 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito y llovía. Fue cuando quedó vencido el tlatelolca, el gran tigre, el gran águila, el gran guerrero. Con esto dio su final conclusión la batalla. (León Portilla, 2000: 177)

 

Bibliografía

—Aguilar, Francisco de, “Relación breve de la conquista de la Nueva España”, en Germán

Vázquez (ed.), La conquista de Tenochtitlan. Madrid, Dastin, 2002.

—Bruhn de Hoffmeyer, Ada, “Las Armas de los Conquistadores. Las Armas de los Aztecas”,

Gladius, 17, 1986, 5-56.

—Cortés, Hernán, Cartas de Relación de la Conquista de México. México, Editorial Porrúa,

México, 1963.

Cartas de Relación de la Conquista de México. Madrid, Dastin, 2000.

—Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. 2. Vols.

Madrid, Dastin, 2000.

—León Portilla, Miguel, Visión de los vencidos. Madrid, Dastin, 2000.

—López de Gómara, Francisco, Conquista de México, Editorial Historia 16, 1987.

—Sahagún, Bernardino de, Historia General de las Cosas de Nueva España. 2 vols. Madrid,

Dastin, 2001.

—Thomas, Hugh, La conquista de México. Barcelona, Editorial Planeta, 1994

—Vázquez, Bernandino: “Relación de méritos y servicios del conquistador Bernardino

Vázquez de Tapia, vecino y regidor de esta gran ciudad de Tenuxtitlan”, en Germán Vázquez (ed.), La conquista de Tenochtitlan. Madrid, Dastin, 2002.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1]«Este transporte de cañones por medio de tamemes se ve con toda claridad en las ilustraciones de Diego Duran, del siglo XVI, y en el Lienzo de Tlaxcala. Los terrenos al pasar eran difíciles, algunas veces con grandes bosques y otras no transitables a causa de ríos y lagos. Otra dificultad era el riesgo de emboscadas tendidas por los indígenas. Hubo ocasiones en que fue necesario abandonar en el camino los cañones más pesados por las diversas dificultades que encontraron los conquistadores en su marcha. [...]. Fue una operación lenta. Las piezas de «tiros» normalmente eran pequeñas. Las denominaciones que más se dan en la literatura son: pasavolantes, falconetes, versos y culebrinas, aunque también se ofrecen otros nombres. Hay un gran número de nombres y apodos, difíciles de clasificar. El material era el «metal», es decir, bronce; pero también se dan indicaciones sobre los cañones de hierro». (Bruhn de Hoffmeyer, 1986: 29).

[2] «representaron buen socorro colocadas en sus bergantines en el lago. Pero su efectividad era especialmente de carácter psicológico. La carencia de bestias de carga proporcionó grandes dificultades en los primeros años para el transporte de la artillería, sea de bronce, sea de hierro; también encarecía su uso la lentitud respecto a preparar, limpiar, cargar, apuntar y disparar estas armas.» (Bruhn de Hoffmeyer, 1986: 15).

[3]«La artillería no era muy significativa, aunque Cortés utilizó con éxito los cañones contra la capital, Méjico, y en algunos otros asedios. La mayoría de los cañones eran pequeños y de bronce; muy pocos eran de hierro, ya que éste, por oxidación, se estropeaba rápidamente en el clima húmedo.» (Bruhn de Hoffmeyer, 1986: 11).

[4]«Todo este armamento, de acero y hierro, tuvo que ser revisado y cambiado por los conquistadores por razones climáticas, por su peso y por el transporte en terrenos tan difíciles como los mejicanos y peruanos». (Bruhn de Hoffmeyer, 1986: 24).

[5] Cortés llamaba tiros a los cañones pesados de bronce o bronce y a los de tipo ligero o falconetes (Bruhn de Hoffmeyer, 1986: 15).

[6] «Las armas de los conquistadores, las armas utilizadas los primeros cincuenta años en Méjico (y, en cierto modo, también en Perú), tienen un interés especial por ser una extraña mezcla de dos grandes épocas españolas: el fin de la Edad Media y el comienzo de la época renacentista, con muchos de sus experimentos todavía en fase de estudio (armas de fuego portátiles y artillería con cañones)» (Bruhn de Hoffmeyer, 1986: 10).

[7]«Cortés, siguiendo los consejos del militar y colaborador Bernal Díaz del Castillo, construyó trabuquetes del mismo tipo había usado Alfonso el Sabio en Castilla, en el siglo XIII, para lanzar piedras, objetos incendiarios u otra clase de proyectiles contra los muros de la ciudad de Tetelulco. Incluso armas del estilo del antiguo fuego griego de los bizantinos, e inventado ya en el siglo VII, fueron usadas por Cortés, pero según las fuentes con poco éxito. Eran granadas fabricadas con barro cocido que se llenaban con productos inflamables de varias clases, ingredientes que abundaban en Méjico» (Bruhn de Hoffmeyer, 1986: 14-15).