La violencia como arma política en el periodo de entreguerras: de las manifestaciones locales a las repercusiones globales

(Violence as a political weapon in the interwar period: from local protests to global repercussions)

 

Ensayo bibliográfico

 

Alfredo Crespo Alcázar

Universidad Nebrija

 

Recibido: 01/05/2020; Aceptado: 22/06/2020;

 

 

Del Rey, Fernando y Álvarez Tardío, Manuel (Dirs.), Políticas del Odio. Violencia y crisis en las democracias de entreguerras. Madrid, Tecnos, 2017, 508 pp.

Solé, Joan, El ascenso de los totalitarismos. Política, sociedad y economía en el periodo de entreguerras. Barcelona, Shackleton Books, 2019, 192 pp.

Rodrigo, Javier, Una historia de violencia. Historiografías del terror en la Europa del siglo XX. Barcelona, Anthropos Grupo Editorial Siglo XXI, 2017, 192 pp.

Tampke, Jürgen, Una distorsión histórica. La manipulación del Tratado de Versalles y el surgimiento nazi. Madrid Ciudadela libros, 2019, 320 pp.

 

Razón de ser de este ensayo bibliográfico

Con el presente ensayo bibliográfico nos proponemos analizar, a través del comentario de las cuatro obras seleccionadas, qué rol jugó la violencia al término de la Primera Guerra Mundial, qué factores hicieron las veces de catalizador de aquélla y cómo se proyectó a lo largo de las dos décadas siguientes. Como gran conclusión, podemos anticipar que la violencia política observada sirvió principalmente para catapultar a posiciones de gobierno a partidos que despreciaban las libertades y los derechos de las personas. Cuando alcanzaron el poder, perfeccionaron ese uso de la violencia para perseguir y eliminar físicamente a toda disidencia (política, social, cultural, militar…), ya fuera ésta supuesta o real.

En consecuencia, resulta de interés recalcar que no se trató de una violencia improvisada. Por el contrario, nos hallamos ante una violencia que fue planificada en muchas ocasiones por el propio Estado: “pero como no se asesina de millones en millones sino de cientos en cientos, o de miles en miles a lo sumo, es necesario entender tanto los mecanismos como el proceso: no el gran proceso, sino su concreción en pequeños procesos que desembocan, sumados, en la gran aniquilación colectiva” (Rodrigo, 2017, p. 13).

Con todo ello, para profundizar en la aludida cuestión, comentaremos cuatro obras escritas desde el rigor científico, sobre las cuales permean diversas disciplinas del saber (la historia, el derecho, la ciencia política, la sociología o la filosofía) organizadas y ordenadas con coherencia.

 

Características de las obras escogidas

Javier Rodrigo estructura su obra Una historia de violencia. Historiografías del terror en la Europa del siglo XX alrededor de tres conceptos principales: violencia, víctimas y recuperación de la memoria. No obstante, el primero de ellos goza de mayor protagonismo ya que participa en los cinco capítulos de que consta el libro (a los cuales debe añadirse la introducción, las conclusiones y un ingente apartado bibliográfico).

El autor nos ofrece una obra de referencia a la hora de estudiar un fenómeno tan complejo como la violencia, quiénes la perpetraron y cómo se manifestó. Para tal finalidad combina descripción y análisis, de manera que su conocimiento del objeto de estudio le capacita para realizar una serie de observaciones críticas: frente a la tranquilizadora y generalizada tendencia a posteriori a despersonalizar la violencia explicándola en base a contextos, a la orden recibida, a la culpabilidad colectiva, o a reducirla a barbarie, destrucción, locura e inutilidad, existen respuestas mucho más complejas y, si queremos, perturbadoras” (Rodrigo, 2017, p.39).

En ningún caso se trata de un ensayo en el que predomine la retórica o se abuse de las abstracciones en forma de lugares comunes. Por el contrario, el profesor Javier Rodrigo brinda abundantes ejemplos que corroboran las afirmaciones que realiza. En este sentido, de una manera más particular, Alemania, Italia y la Unión Soviética representan los principales escenarios geográficos donde la violencia adquirió mayor presencia, aunque no fueron los únicos, ni tampoco el Estado fue el único actor en perpetrarla.

En efecto, la obra coordinada por Manuel Álvarez Tardío y Fernando del Rey enumera otros países donde la violencia también se convirtió en la gran protagonista durante el periodo 1919-1939, como por ejemplo España. Políticas del Odio. Violencia y crisis en las democracias de entreguerras, como en el caso del libro de Javier Rodrigo, se caracteriza por el esquito orden, el rigor metodológico y la abundancia de fuentes. En esta obra coral, los autores analizan y también refutan determinados argumentos que se han consolidado en el imaginario colectivo, por ejemplo, atribuir el desarrollo del fascismo a la locura humana.

Asimismo, como se desprende de su lectura, el proyecto fascista italiano, como sucedió con el nazismo en Alemania o con los bolcheviques en la URSS, contó con innumerables apoyos sociales y políticos que facilitaron su consolidación y su proyección en el tiempo. Roberto Villa, en el capítulo titulado “La urna y la pistola”, explica este fenómeno en los siguientes términos: “el éxito de bolcheviques y fascistas residió en su capacidad de arrastre hacia los procedimientos antidemocráticos de las fuerzas políticas que habían procurado hasta 1914 encauzar su actuación política en los márgenes del constitucionalismo. El ejercicio de la violencia y la coacción se mostraban ahora como atajos ventajosos para conquistar el poder y establecer un dominio absoluto” (Del Rey y Álvarez, 2017, págs. 289-290).

Por su parte, Joan Solé nos acerca los rasgos distintivos de los totalitarismos nazi, fascista y stalinista, señalando sus orígenes y subrayando los elementos de unión entre ellos, en particular el desprecio por los derechos humanos y la concepción peyorativa de la democracia liberal. Estas características, que ya se advertían antes de acceder al control del aparato del Estado, fueron compatibles con aquellas otras cuya visibilidad se hizo patente desde el momento en que ocuparon posiciones de gobierno. En este sentido, el autor alude, por ejemplo, a la organización del terror y al desarrollo del expansionismo.

Esta última característica se manifestó con más intensidad en los casos de Alemania e Italia durante los años 30, una década en la que Stalin priorizó la construcción del “socialismo en un solo país”. Esto se tradujo en la persecución y eliminación física de toda oposición (política, social, cultural, militar). Como resultado, las purgas y el gran terror caracterizaron a la Unión Soviética.

El expansionismo de Hitler y Mussolini, además de favorecer la inestabilidad global lo que en última instancia provocó el estallido de la Segunda Guerra Mundial, recibió notables muestras de apoyo por parte de sus compatriotas. Como recuerda Joan Solé, la sociedad italiana alabó al Duce tras la brutal campaña militar desplegada en Abisinia “por devolver la grandeza al país. Hubo, en efecto, una oleada de patriotismo que recorrió todas las clases. Ninguna corriente pacifista pudo hacerse oír. El Duce aprovechó aquel auge de popularidad para intensificar y ampliar sus poderes, con lo que incrementó el carácter autoritario de su dictadura” (Solé, 2019, p. 65).

Finalmente, Jurgen Tampke aborda el Tratado de Versalles justo cuando se cumplió el centenario de su firma. En ningún caso se trata de un libro plagado de tecnicismos jurídicos o en el que hallemos una presencia frecuente del metalenguaje. Por el contrario, nos encontramos ante una obra en la cual la historia y, más en particular, la historia de Alemania es la gran protagonista, sin advertirse en el autor rasgos patrioteros o chovinistas cuando la disecciona. En efecto, muestra un espíritu crítico hacia su país, al que responsabiliza por desencadenar la Primera Guerra Mundial y por la aparición del nazismo.

De una manera más particular, considera que Alemania no ha hecho la autocrítica suficiente sobre las repercusiones reales del nazismo, optando por la solución más fácil consistente en no escarbar en el pasado: “para el lector que desee saber más sobre los juicios contra los asesinos de masas de Auschwitz es recomendable una buena dosis de tranquilizantes. Un brigada de las SS, por ejemplo, acusado de arrojar a 400 niños húngaros vivos al fuego, fue absuelto porque uno los testigos no pudo subir al estrado” (Tampke, 2019, p. 247).

Con todo ello, Jurgen Tampke nos expone la evolución histórico-política de Alemania adoptando un orden de exposición cronológico (desde el momento de su creación en el siglo XIX hasta nuestros días). El mayor número de páginas lo dedica a explicar el escenario político, económico y social de la República de Weimar, vertiendo numerosos reproches sobre la clase política dirigente (socialdemócratas, católicos y liberales), en particular por no asumir que Alemania había sido la culpable del estallido de la Primera Guerra Mundial y por vulnerar el Tratado de Versalles de manera reiterada.

Para Jurgen Tampke al Tratado de Versalles no se le debe achacar ni el mal funcionamiento de Weimar ni el ascenso del nazismo. De hecho, considera que la pérdida de las colonias estipulada en el mencionado tratado supuso un alivio para Alemania puesto que sólo le habían ocasionado gastos, sin olvidar que “tras la Segunda Guerra Mundial, cuando los movimientos de liberación del Tercer Mundo expulsaron a sus gobernantes europeos, la pérdida de sus colonias le ahorró a Alemania humillaciones y dinero” (Tampke, 2019, p. 163).

 

Hacia la legitimación de la violencia: causas de esta anomalía

Como hemos indicado, el recurso a la violencia como herramienta al servicio de la imposición de un proyecto político, formó parte del paisaje durante el periodo de entreguerras. En consecuencia, cabe preguntarse a qué obedeció este hecho. La obra coordinada por los doctores Del Rey y Álvarez Tardío señalan la influencia generada por la Primera Guerra Mundial, en tanto en cuanto resultó una guerra de aniquilación total del adversario.

Durante el desarrollo de la contienda bélica se pusieron en marcha todas las innovaciones tecnológicas existentes con un afán claramente destructor cuyas consecuencias se siguieron observando con nitidez a partir de 1919 en países distintos y distantes entre sí como Italia, Alemania, Unión Soviética o Estados Unidos: “las trincheras vomitaron un nuevo hatajo de hombres: hombres despiadados, llenos de agresividad y de resentimiento, para los que la vida tenía escaso valor y, por ello, estaban dispuestos a recurrir a la violencia y a concebir la política como la prosecución de la guerra; hombres que, cuando los ejércitos fueron desmovilizados, inyectaron en la lucha entre los partidos el pathos del duelo existencial; el adversario se convirtió, de manera totalmente espontánea y natural, en el enemigo a destruir” (Del Rey, 2017, p. 52).

Por tanto, como consecuencia de la glorificación de la violencia, la política y el parlamento dejaron de ser los escenarios fundamentales para alcanzar acuerdos entre los distintos partidos políticos y se convirtieron en un lugar más para derrotar al adversario, rival o enemigo: “al participar en la política, movilizar a la gente y elegir representantes, muchos pensaban, en los años veinte y treinta, que el hecho de alcanzar la mayoría legitimaba al vencedor para ejercer el poder sin límites ni miramientos con los derrotados” (Del Rey y Alvarez Tardío, 2017, p.16).

Asimismo, la Primera Guerra Mundial hizo de catalizador de la violencia no sólo por lo ocurrido en el frente de batalla sino por lo acontecido también en el “frente diplomático”. En efecto, las negociaciones de París condujeron a la firma del Tratado de Versalles hacia el que Alemania e Italia compartieron revanchismo y rechazo, si bien por razones no siempre idénticas, aunque nunca antagónicas.

Para Joan Solé, los motivos de la animadversión de Alemania radicaban en que Versalles le privaba de su soberanía nacional y ponía fin a sus dominios coloniales. Además, tampoco le permitía ser miembro de la Sociedad de Naciones hasta que no demostrara ser un socio comprometido con los principios defendidos por la citada organización. En este sentido, el presidente Woodrow Wilson, arquitecto de la Sociedad de Naciones aunque no logró que Estados Unidos formara parte de ella, consideraba que “una vez sustituida la autocracia militar por un gobierno ordenadamente democrático, Alemania se convertiría en un miembro productivo de la comunidad de naciones” (Tampke, 2019, p. 111). De una manera más particular, Hitler consideraba el Tratado de Versalles como una conspiración urdida por judíos y socialdemócratas contra Alemania, subraya Joan Solé.

En cuanto a Italia, el motivo principal de su rechazo tenía que ver con que Versalles no daba satisfacción a sus ambiciones territoriales, pese a encontrarse entre los países ganadores de la contienda bélica. Benito Mussolini y el fascismo italiano monopolizaron la oposición al Tratado de Versalles, si bien Italia formó parte de la Sociedad de Naciones desde el momento de su creación y no la abandonó hasta 1938, tras consolidar una sólida relación bilateral con la Alemania nazi, a la que percibía, como subraya Solé, como la gran potencia mundial.

No obstante, como hemos apuntado en las páginas precedentes, el historiador alemán Jurgen Tampke rechaza que el Tratado de Versalles fuera negativo para Alemania y, por tanto, que en él se encuentren las razones del fracaso de la República de Weimar y del ascenso del nazismo. El mencionado autor insiste en que Alemania perdió la guerra pero ganó la paz (Tampke, 2019, p. 190). Así, aunque reconoce que la República de Weimar y su Constitución supusieron un notable avance en lo relativo a derechos y libertades (libertad sindical, eliminación de la censura en los medios de comunicación o establecimiento de garantías para la representación parlamentaria de los partidos más pequeños), también considera que existieron otros aspectos que lastraron su viabilidad, destacando al respecto las decisiones económicas adoptadas por los gobiernos alemanes que condujeron al país al crack del 29.

Por su parte, Javier Rodrigo sí pone en valor los errores de Versalles, en tanto cuanto resultó una paz impuesta por los vencedores sobre los vencidos, reflejando un notable afán revanchista por parte de Francia conviene apuntar, que ilustraba la debilidad del “nuevo orden internacional” derivado de la contienda bélica. De una manera más concreta, el Doctor Rodrigo alude a que las compensaciones, la descolonización y el desarme impuesto a Alemania determinaron el desequilibrio de la República de Weimar “un régimen identificado con la inflación, el paro y la degradación de la vida” (Rodrigo, 2017, p.53).

Con todo ello, el resultado de la Primera Guerra Mundial, susceptible de interpretarse como un triunfo de las democracias frente a las autocracias, no se tradujo en un mundo guiado por el binomio prosperidad-estabilidad. Por el contrario, en la inmediata posguerra mundial asistimos a una sucesión de golpes de estado, guerras menores y actos terroristas que antecedieron a la multiplicación de odios de todo tipo (étnicos, laborales, clericales…) como acertadamente exponen Del Rey y Álvarez Tardío en el prólogo de la obra que coordinan.

 

¿Caducidad de la violencia? Olvido, memoria y víctimas

¿Hasta cuándo se proyectó este escenario de glorificación de la violencia? En este punto hallamos dos respuestas distintas pero no antagónicas. Por un lado, la obra coordinada por Del Rey y Álvarez Tardío contrapone el panorama vivido en Europa durante el periodo 1919-1945 y el que se observó tras el final de la Segunda Guerra Mundial, percibiéndose a partir de este momento una victoria gradual de la libertad frente a la barbarie.

Por otro lado, Javier Rodrigo acepta la anterior premisa pero la dota de un apreciable componente crítico, en tanto en cuanto sostiene que la desaparición de la violencia no fue total. Al respecto, en la década de los años 90 de la pasada centuria se produjo su reaparición en escenarios nada desconocidos, como Balcanes, de ahí que sentencie lo siguiente: “la imagen generalizada de una Europa sumida en el terror hasta 1945 y redimida de la violencia en la segunda mitad del siglo XX es equívoca y, sobre todo, extremadamente complaciente. Pensar que la heterofobia y su vehiculación en políticas de la violencia habían finalizado se demostró, con la perspectiva que dan los años, de una irresponsable ingenuidad” (Rodrigo, 2017, p.37). Con relación a esta última idea, José Antonio Parejo enfatiza que la deslegitimación de algunas de las ideologías que recurrieron a la violencia no ha sido total: “mientras el antiguo comunista de la Europa Occidental todavía puede recordar su pasado cómodamente, el viejo fascista sabe que nadie está dispuesto a escuchar su historia y menos a oírle hablar nostálgicamente de aquellos años” (Del Rey y Álvarez Tardío, 2017, p.180).

A la violencia y a su olvido, Jurgen Tampke le dedica abundantes páginas. Al respecto, destacan los reproches hacia el comportamiento alemán a partir de 1945. Tampke valora positivamente que la RFA se incorporase como un socio constructivo a la comunidad internacional (destacando en ese sentido su notable crecimiento económico) y que haya honrado a las víctimas del holocausto a través de publicaciones y memoriales. Sin embargo, junto a este hecho añade algunos aspectos críticos que le alejan de toda autocomplacencia a la hora de evaluar el comportamiento de su país, los cuales aluden a la tendencia a achacar la aparición y consolidación del nazismo a factores externos.

Para el Profesor Tampke con tal argumentación se otorga un rol marginal a un hecho nada baladí: que el nazismo (y, por tanto, las políticas vulneradoras de los derechos humanos que implementó) contó con la adhesión voluntaria de amplias mayorías de la sociedad alemana (industriales, historiadores, jueces…). Joan Solé también insiste en esta última cuestión: “la creencia fanática de Hitler en su propia misión histórica -en su tarea de providencial de salvador de Alemania y aún del mundo- se contagió a los alemanes. El Führer representaba la posibilidad de un renacimiento nacional, de volver a ser una potencia” (Solé, 2019, p. 78).

Este último aspecto resulta del máximo interés puesto que los tres totalitarismos estuvieron ligados a la personalidad carismática de sus dirigentes (Mussolini, Hitler y Stalin). Estos, asimismo, fomentaron de manera nada disimulada el culto a la personalidad y disfrutaron de elevadas dosis de adhesión popular, lo que permitió tanto la supervivencia como la proyección en el tiempo de sus proyectos políticos. Por tanto, la cuestión del apoyo social supone un fenómeno de importancia mayúscula, analizado por las obras que hemos propuesto.

En este sentido, el Doctor Fernando del Rey afirma que “aunque un golpe de estado organizado por unos cuantos individuos pueda hacerse con el poder, por mucha pureza y determinación que tengan, los revolucionarios no pueden transformar una sociedad sin el apoyo y la implicación activos de sectores amplios de la población” (Del Rey y Álvarez Tardío, 2017, p.61). Más adelante en esta misma obra se nos ofrece por parte de José Antonio Parejo una explicación que durante mucho tiempo resultó mayoritariamente aceptada a modo de “verdad oficial” aunque menospreciaba a las víctimas de los regímenes totalitarios: “la sola idea de sugerir que lo ocurrido no fue solo una responsabilidad de unas minorías criminales que se habían impuesto sobre unas sociedades inocentes llevó inmediatamente al escándalo (…) existió otra historia de egoísmo, colaboración y connivencia popular con aquellos regímenes fascistas que no apareció durante décadas por parte alguna de los libros de historia (…) En pocas palabras: no se concebía la posibilidad de que aquellos regímenes hubieran sido capaces de establecer redes de consenso con partes mayoritarias o, cuando menos, muy importantes de la población” (Del Rey y Álvarez, 2017, p.170).

El fascismo italiano y el nazismo alemán fueron logrando notables niveles de adhesión popular conforme se consolidaron en posiciones de gobierno. En un primer momento, Hitler y Mussolini fueron percibidos particularmente por sectores pertenecientes a las clases conservadoras como garantes de ley y el orden puesto que “creían que, después de aplastar a los movimientos de izquierdas, se atenuaría su agresividad y se integrarían con normalidad en el sector derechista” (Solé, 2019, p. 113). Jurgen Tampke señala que Hitler recibió numerosos apoyos derivados de clases sociales y profesionales diferentes (por ejemplo, de los abogados ya que se lucraron tras decretarse el cierre de los despachos judíos o de los industriales relacionados con las empresas de armamento).

El apoyo popular se multiplicó cuando iniciaron una política exterior expansionista. A modo de ejemplo, los italianos valoraron muy positivamente la brutal intervención militar en Abisinia llevada a cabo en 1935, frente a la tibieza de la Sociedad de Naciones cabe apuntar, puesto que suponía devolver la grandeza al país. Esta acción exterior generó repercusiones en el panorama doméstico: “hubo, en efecto, una oleada de patriotismo que recorrió todas las clases. Ninguna corriente pacifista pudo hacerse oír. El Duce aprovechó aquel auge de popularidad para intensificar y ampliar sus poderes, con lo que incrementó el carácter autoritario de su dictadura” (Solé, 2019, p. 65).

Sin embargo, la memoria de lo ocurrido es diferente en ambos países, un hecho que refleja en los siguientes términos Javier Rodrigo: “mientras que no existen demasiadas dudas en la caracterización del nacionalsocialismo como un régimen en extremo violento, como el estado genocida por excelencia, la calificación (y, por tanto, también su memoria) del fascismo italiano ha seguido caminos menos unánimes (…) El Holocausto requiere poca introducción histórica y algo más de contextualización. En el caso de Italia, como regla general, hablar de memoria ha sido y sigue siendo hacerlo de un determinado relato nacional, base de la legitimación institucional republicana” (Rodrigo, 2017, p.138).

 

En conclusión

La violencia como herramienta para imponer proyectos políticos de carácter totalitario adquirió en el periodo de entreguerras uno de sus momentos culminantes. Ese recurso a la violencia generó consecuencias que no se circunscribieron únicamente al ámbito doméstico sino que se extendieron al escenario internacional al que dotaron de notables dosis de inestabilidad. El binomio indisoluble formado por democracia liberal y parlamentarismo resultó dañado por el atractivo de ciertos totalitarismos, cuyos componentes mesiánicos despojaban de toda dignidad y de toda libertad al individuo en nombre de una ideología que legitimaba la muerte civil y la eliminación física del disidente y del adversario.