Gran Bretaña. El ocaso de los viejos imperios coloniales

(British Empire. The decline of the old colonial empires)

 

Antonio García Palacios

Investigador

 

Recibido: 20/02/2020; Aceptado: 18/04/2020

 

 

 

 

Resumen

El final de la Segunda Guerra Mundial, lejos de traer paz y prosperidad a Gran Bretaña, abrió un período convulso dentro de la historia del país. A nivel interno, el carismático Churchill fue sustituido por el pragmático Clement Atlee sobre el que cayó el peso de la recuperación económica de posguerra y la puesta en marcha del Welfare State. En el exterior, se aceleró de manera irremisible la descomposición del otrora poderoso Imperio británico que en unos casos no supo y en otros no pudo gestionar los complejos interrogantes que se abrieron en sus colonias asiáticas y africanas.

Palabras clave

Descolonización; Gran Bretaña; África; Asia; imperio

Abstract

The end of World War II, far from bringing peace and prosperity to Britain, opened a turbulent period within the history of the country. Internally, the charismatic Churchill was replaced by the pragmatic Clement Atlee on whom the weight of the post-war economic recovery and the launch of the Welfare State fell. Abroad, the decomposition of the once powerful British Empire, which in some cases did not know and in others could not manage the complex questions that arose in its Asian and African colonies, was irremissibly accelerated.

Keywords

Decolonization; Great Britain; Africa; Asia; empire

 

 

1945: ¿El año de la victoria?

Partiendo de un análisis superficial, podría concluirse que, en apariencia, el balance de la Segunda Guerra Mundial fue «positivo» para Gran Bretaña, considerando, al menos, que concluido el conflicto se hallaba en el bando vencedor. El país, pese a ser duramente castigado por los bombardeos de la Luftwaffe, concentrados entre 1940 y 1941, y sufrir sucesivas derrotas militares en Noruega, Francia, Grecia, Creta o Libia –hasta El Alamein, en 1942, no se consumaría la primera victoria británica– había conseguido anular la voluntad de Hitler de invadir la isla, integrando un frente común con Estados Unidos y la Unión Soviética, cuyo fin último era la derrota del nacionalsocialismo. Este objetivo y no otro, sería el que mantendría cohesionada la coalición aliada, sacudida por unas discrepancias internas que estallarían en 1945.

En cualquier caso, si profundizamos en el estudio de las consecuencias que tuvo para Gran Bretaña la Segunda Guerra Mundial, el teórico y cuestionable «balance positivo» al que nos referíamos en líneas anteriores es, cuanto menos, discutible, sobre todo, teniendo en cuenta que, a partir de 1945, se aceleró la descomposición de su imperio. La derrota del Eje –sin que el final de la contienda fuera, necesariamente, causa directa o indirecta de los procesos descolonizadores– trajo consigo el desmoronamiento del viejo orden colonial, que dejó paso, en palabras de John Darwin (1988: 4), a «un mundo de naciones». Es innegable afirmar que el acceso a la independencia de muchos pueblos no subsanó desigualdades de tipo político, económico y militar, no obstante, abrió de forma efectiva un nuevo periodo que condicionó inevitablemente el devenir histórico del mundo contemporáneo hasta nuestros días. La descolonización dio visibilidad internacional a los nuevos países, abriéndoles la posibilidad de definir y asentar sus propias estructuras políticas y económicas bajo el amparo de una idea de soberanía nacional amenazada por la pobreza y la vulnerabilidad.

La experiencia británica dentro del conflicto dejó secuelas visibles a nivel demográfico, con una cifra de muertos próxima a los 450.000, y material, especialmente en aquellas ciudades donde el Blitz golpeó con más fuerza como Londres, Liverpool, Birmingham o Plymouth. El sufrimiento provocado por los ataques alemanes no influyó, sin embargo, en el «pragmatismo británico», evidente en las elecciones de julio de 1945, en las que Winston Churchill, símbolo y baluarte de la causa aliada bajo el principio de «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor», fue relevado como inquilino del 10 de Downing Street por el laborista Clement Atlee, considerado por la opinión pública del país como la persona idónea para acometer las reformas sociales que necesitaba Gran Bretaña. Sin duda, el electorado apostó de forma decidida por un nuevo gobierno que debía asumir la complicada responsabilidad de ejecutar la reconstrucción del país. El carisma enérgico y la tenacidad del belicoso Churchill , pilares fundamentales para mantener elevada la moral de la población en tiempo de guerra, eran ya un recuerdo del pasado. La nación miraba hacia el futuro con ansias de cambio en lo social, un cambio basado en la reducción de las desigualdades y el paro como punto de partida para la implantación del Welfare State o Estado de Bienestar en una coyuntura, cuanto menos, compleja.

Tras seis años de guerra, Gran Bretaña se había visto privada de buena parte de sus recursos exteriores. Con una industria volcada en la producción de armas y suministros militares y una flota mercante amenazada por la Rudeltaktik de los U-Boote alemanes –hecho que, necesariamente, lastró las importaciones y forzó la distribución de cartillas de racionamiento –, el país hubo de acogerse a la Ley de Préstamo y Arriendo. En virtud de la misma, a partir de 1941, Estados Unidos envió a Gran Bretaña comida, petróleo y armamento. Para evitar la suspensión de pagos, el gobierno británico recibió, asimismo, en agosto de 1945, un préstamo estadounidense por valor de 3.750 millones de dólares –negociado durante tres meses por el célebre economista John Maynard Keynes–, a los que se sumarían, en 1946, 1.250 millones más procedentes de Canadá (Brown, 1999: 591). Con un interés del 2%, estaba previsto que, en condiciones normales, Gran Bretaña tardara, al menos, cincuenta años en saldar su deuda. El valor de la libra se resintió y fue sustituida por el dólar como moneda de referencia en el comercio internacional, según lo acordado en julio de 1944 en la Conferencia de Bretton Woods. Esta circunstancia tuvo especial repercusión en las colonias, que no recibían de la metrópoli los bienes de consumo necesarios. Para 1950, Gran Bretaña, incapaz de hacer frente a sus pagos, acumulaba una deuda equivalente al 200% de su PIB.

 

 

 

Cuantía en dólares ($) del material militar estadounidense enviado a Gran Bretaña entre 1941 y 1945

–Ley de Préstamo y Arriendo– (United States Army, 1945: 32)

 

Clasificación

 

Total

1941

1942

1943

1944

1945

1/2

2/2

1/2

2/2

1/2

2/2

1/2

2/2

1/2

2/2

Total

12.833.919$

22.960$

139.248$

604.752$

1.400.151$

1.729.901$

2.584.681$

2.732.646$

2.010.724$

1.358.579$

250.277$

Aviones y material aeronáutico

 

4.201.645$

 

 

1.452$

 

 

8.757$

 

 

238.215$

 

 

503.890$

 

 

320.172$

 

 

966.699$

 

 

980.748$

 

 

534.863$

 

 

497.581$

 

 

149.268$

Material de tierra

 

8.632.274$

 

21.508$

 

130.491$

 

366.537$

 

896.261$

 

1.409.729$

 

1.617.982$

 

1.751.898$

 

1.475.861$

 

860.898$

 

101.009$

Munición

1.752.791$

3.750$

31.857$

86.196$

327.837$

353.657$

300.376$

314.993$

192.144$

134.655$

7.326$

Armas

750.114$

5.574$

22.739$

45.141$

132.355$

123.379$

155.358$

147.561$

73.599$

38.901$

5.507$

Vehículos blindados

 

2.801.242$

 

6.358$

 

31.660$

 

60.180$

 

217.500$

 

630.818$

 

603.754$

 

632.080$

 

444.605$

 

161.605$

 

12.682$

Vehículos no blindados

 

790.802$

 

3.490$

 

24.363$

 

87.402$

 

66.363$

 

69.523$

 

129.868$

 

152.063$

 

123.615$

 

115.127$

 

18.988$

Equipo para oficiales

 

265.703$

 

0$

 

1.426$

 

1.415$

 

19.832$

 

36.783$

 

72.797$

 

39.556$

 

51.013$

 

35.887$

 

6.994$

Equipo médico

 

49.327$

 

13$

 

0$

 

442$

 

3.236$

 

4.582$

 

11.167$

 

3.314$

 

15.038$

 

10.891$

 

644$

Equipo de señales

 

777.599$

 

330$

 

3.741$

 

12.186$

 

17.711$

 

37.140$

 

102.447$

 

220.092$

 

203.344$

 

158.403$

 

22.205$

Equipo para la guerra química

 

 

215.647$

 

 

1.993$

 

 

1.467$

 

 

2.701$

 

 

7.005$

 

 

19.943$

 

 

40.225$

 

 

83.600$

 

 

47.005$

 

 

11.105$

 

 

603$

Equipo para ingenieros

 

476.174$

 

>500$

 

2.069$

 

8.374$

 

27.125$

 

10.365$

 

37.026$

 

86.397$

 

243.888$

 

54.688$

 

6.062$

Equipo de ferrocarriles

 

140.011$

 

0$

 

0$

 

0$

 

0$

 

12.976$

 

84.947$

 

0$

 

23.888$

 

15.494$

 

2.706$

Maquinaria de producción

 

 

359.586$

 

 

0$

 

 

10.690$

 

 

54.601$

 

 

69.414$

 

 

76.693$

 

 

70.122$

 

 

46.757$

 

 

7.554$

 

 

23.755$

Otros

253.278$

0$

479$

7.899$

7.883$

33.870$

9.895$

25.485$

50.168$

100.307$

17.292$

 

Aunque el capital procedente de Estados Unidos se utilizó para recuperar el tejido industrial devastado por los bombardeos alemanes, no se hizo, sin embargo, una apuesta firme por la renovación de la economía industrial –circunscrita al carbón, el textil y la ingeniería–, necesaria para que el país restableciera su preeminencia a nivel internacional.

El nuevo gabinete laborista, imbuido por un espíritu reformista, que no revolucionario, aspiraba a dar el salto cualitativo que exigía la sociedad británica, asumiendo, al mismo tiempo, la compleja tarea de afianzar los tres ejes que Churchill había estimado incuestionables para garantizar la preponderancia internacional de Gran Bretaña: las relaciones con Estados Unidos, el sostenimiento viable del imperio y la construcción de puentes diplomáticos para no perder el contacto con los principales gobiernos europeos.

 

La espada de Damocles

Las características definitorias de la política internacional británica posterior a la Segunda Guerra Mundial y la evolución del proceso descolonizador no pueden abstraerse de la polarización derivada de la Guerra Fría. Frente a las interpretaciones clásicas, que atribuyen la responsabilidad del conflicto, bien a Estados Unidos, bien a la Unión Soviética, es fundamental dejar a un lado la emisión fácil y subjetiva de juicios de valor y centrarse en la comprensión de los diversos factores que influyeron en el desarrollo de las relaciones internacionales entre estadounidenses y soviéticos así como en los aspectos variados que condicionaron y dirigieron los pasos dados u opciones tomadas desde Washington o Moscú, viciadas necesariamente por el criterio del adversario. Para elaborar un análisis realista es esencial sumergirse en las profundidades de dos mundos aparentemente antagónicos, que creen poseer la «fórmula de la felicidad», y elevar a un primer plano el factor humano. El miedo mutuo y la incertidumbre ante las posibles consecuencias que una distensión repentina pudiera tener a nivel interior y exterior en ambas naciones pesaron más que la voluntad de alcanzar puntos de encuentro. Como se expondrá a continuación, la postura británica en determinados momentos tampoco ayudaría demasiado en este sentido.

El conflicto como tal surge a partir de la obligación que sienten ambos sistemas de intervenir en la crítica situación socioeconómica que se plantea en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, extensible, con matices, a territorios como Asia, África u Oriente Medio. El continente europeo, hundido y devastado en 1945, ofrecía a ambos bloques la posibilidad de poner en valor sus principios, capitalistas o comunistas. Es aquí donde entran en juego los diferentes factores con los que ambos buscaron legitimar su actuación. La ideología, por ejemplo. Hay una contraposición del modo de vida norteamericano y la apuesta decidida por salvaguardar la independencia de los pueblos libres frente al deseo de extender la revolución soviética y la implantación de democracias populares alejadas de modelos capitalistas. En la Europa de posguerra se había generado un vacío de poder que era necesario cubrir, aunque con la prudencia que exigía evitar la reacción airosa del adversario. En este sentido, el miedo impregnó la diplomacia haciendo muy difícil adoptar cualquier medida sin entrar a valorar las consecuencias de la misma a corto plazo.

Las buenas relaciones militares mantenidas con Estados Unidos desde su entrada en la guerra hasta la rendición de Berlín así como la obligada dependencia económica resultante de las heridas financieras abiertas por el conflicto ubicaron a Gran Bretaña, por definición, al lado de Washington. Con las exportaciones bajo mínimos, el tejido industrial –y, en concreto, los ámbitos productivos vinculados al cabrón– era prácticamente yermo. Sin recursos económicos propios, tampoco había posibilidad de importar. Con la derogación, en septiembre de 1945, de la Ley de Préstamo y Arriendo, por la que Gran Bretaña habría obtenido en total más de 31.000 millones de dólares, el país se asomaba al abismo. A finales de ese mismo año, la situación económica era de bancarrota absoluta. Esta coyuntura y la necesidad de reducir los alarmantes índices de desempleo exigieron la nacionalización del ferrocarril, las minas de carbón y la producción de energía eléctrica en un proceso paralelo a la implantación progresiva del Estado de Bienestar. El desarrollo del Welfare State partiría del conocido como Informe Beveridge. Elaborado por el político y economista Sir William Beveridge, el documento buscaba definir un itinerario para la reconstrucción nacional, una vez concluida la guerra, y combatir los cinco grandes males de la sociedad: necesidades, enfermedad, ignorancia, miseria y ociosidad. Con este objetivo se sentaron las bases para la creación, en 1946, del Servicio Nacional de Salud, que empezó a proporcionar asistencia médica integral al conjunto de la ciudadanía, con independencia de sus ingresos.

Esta voluntad de restauración interior, vino acompañada de un replanteamiento de la política exterior. El otrora poderoso imperio era ya por entonces un lastre, un avispero en el que había cada vez más voces clamando por el autogobierno. Si bien, Gran Bretaña no estaba dispuesta a renunciar en ningún caso a sus estériles y costosas posesiones coloniales. Y es que, en Londres, aún resultaba difícil asimilar, intelectual y emocionalmente, un presente huérfano de las pretéritas glorias imperiales, por evidente que fuera que el progreso futuro exigía una renuncia tácita al modelo de política exterior desarrollado hasta entonces. Ernest Bevin, secretario de Estado para Asuntos Exteriores dentro del gabinete de Atlee entre 1945 y 1951, fue pragmático, por ejemplo, en el caso de la India, donde consideró que el avance del nacionalismo formaba parte de un proceso a todas luces irreversible. Sin embargo, su voluntad de mantener la influencia británica en Asia, a través de Hong Kong, en ciertas regiones de África o en Oriente Medio, exigiría a las arcas nacionales un titánico esfuerzo. Bevin creía firmemente que de los recursos que Gran Bretaña consiguiera extraer de estos territorios dependería en gran medida la supervivencia del país frente a Estados Unidos y la Unión Soviética. Paradójicamente, los anhelos del secretario de Estado británico de preservar la explotación económica de las colonias para el sostenimiento de la metrópoli y, en consecuencia, acotar, limitar y amortizar el préstamo estadounidense, exigieron una inversión altísima de capital y recursos que no hicieron sino apuntalar este vínculo.

 

Del Mandato de Palestina al Estado de Israel

El mundo árabe representaba un foco de atención prioritario para Londres. En 1948, Palestina era aún un mandato británico. Adquirido después de la Primera Guerra Mundial, el territorio estaba llamado a ser –tal y como había prometido Churchill– la «patria judía» de los miles de hombres y mujeres liberados de los campos de concentración. Bevin consciente de la relevancia estratégica de la región y de su importancia a la hora de tender puentes comerciales con los emergentes países árabes productores de petróleo, pronto chocó con una fuerte oposición interna dentro de su propio partido –y, por ende, dentro de un sector amplio de la opinión pública nacional– debido al acercamiento que se había gestado entre la potente organización sindical sionista Histadrut y el laborismo británico. Visto el panorama –la proclamación unilateral del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, desencadenó un conflicto con los estados árabes aún a día de hoy sin resolver–, Gran Bretaña decidió pasar el problema a la Organización de las Naciones Unidas (en adelante ONU), cuyo arbitraje y partición territorial enquistó el malestar de ambas partes.

La acusación de connivencia con el sionismo en el caso de Palestina condicionaría, de forma irremisible, las relaciones entre Gran Bretaña y el mundo árabe durante los siguientes años. En cualquier caso, es de justicia recordar que, durante su mandato, las autoridades británicas habían intentado limitar en la medida de lo posible el flujo de inmigrantes judíos hacia tierras palestinas, donde eran considerados una seria amenaza por los campesinos árabes, temerosos de perder sus tierras. Sin embargo, a partir de 1945, las trabas burocráticas chocaron con la sensibilidad despertada por la Shoah a nivel mundial y la entrada de supervivientes judíos en Palestina, que por entonces contaba con dos tercios de población árabe, se disparó. Igualmente, el sionismo había puesto a los británicos en el punto de mira y acciones como el asesinato en 1944 del ministro de Estado residente, Walter E. Guinness, o la creciente hostilidad, manifestada en los ataques y sabotajes perpetrados por cuerpos paramilitares como la Haganá o el Irgún, evidenciaban que la presencia británica en Palestina no podía ni debía prolongarse más. Estaba en juego, además, la relación política con Estados Unidos pues Truman no estaba en condiciones de prescindir del lobby sionista como aval para la movilización de su electorado a las puertas de unos comicios presidenciales, en un momento ya de por sí complicado, definido por una mala situación económica y una subida de precios acelerada. En este sentido, resulta especialmente reveladora su frase: «No cuento con cientos de miles de árabes entre mis votantes».

 

Egipto: desastre militar y diplomático

Tampoco fue beneficiosa para Gran Bretaña su (forzosa) alianza con Estados Unidos de cara a desarrollar una actuación conjunta en Oriente Medio de la que naciera una organización de defensa cuyo fin último sería proteger este espacio de la injerencia de la Unión Soviética que, como era evidente, había visto aquí un filón para desgastar la posición de las potencias occidentales.

La «invitación» que se hizo a los países árabes de sumarse a la causa resultó infructuosa. La postura británica con respecto a Palestina lastraría en el futuro las relaciones diplomáticas entre ambos bloques. En Egipto, los británicos asistieron impasibles al derrocamiento del rey Faruk –más conocido por robar un reloj de bolsillo a Churchill que por sus (limitadas) habilidades gubernativas–, contra el que en julio de 1952 se levantaron un grupo de jóvenes oficiales dirigidos por el coronel Nasser. La conservadora y decadente monarquía de Faruk, que había permitido a los colonos hacer y deshacer a su antojo sin causar demasiados problemas, dejó paso a una particular república asentada ideológicamente en principios socialistas, nacionalistas e islámicos y en la que el poder fue ocupado por altos cargos del Ejército cohesionados por un sentimiento común: su rechazo al dominio de Gran Bretaña. Un rechazo que partía, por un lado, de la humillación infligida a los árabes en Palestina unida, por otro, a episodios recientes como el incidente del palacio de Abdín, el 4 de febrero de 1942. En un momento crítico dentro de la Segunda Guerra Mundial –Rommel estaba forjando su leyenda a base de fuego y acero en el norte de África a costa del British Army–, la necesidad de conseguir apoyos populares en Egipto y la deriva política del rey Faruk, tentado en la sombra por el Eje, empujaron a Churchill a pasar de las palabras a los hechos para garantizar la posición británica en el país del Nilo. Con este objetivo, el premier ordenó a Robert Stone, comandante de las tropas desplegadas en Egipto, rodear el palacio de Abdín, en El Cairo, para presionar al monarca y obligarle a nombrar como primer ministro al líder del partido Wafd, Mustafá el-Nahas, afín a los intereses de Londres e íntimo del embajador británico, Miles Lampson.

La repercusión de la revolución de Nasser, quien pretendía abrir una «tercera vía» de poder, independiente de Estados Unidos y la Unión Soviética, trascendió las fronteras egipcias e impregnó a través de una agresiva actividad propagandística a buena parte de la juventud árabe –en la que empezó a germinar un sentimiento de desprecio hacia el colonialismo británico–, si bien el movimiento del coronel era visto con recelo por regímenes de carácter dinástico, temerosos de perder sus tradicionales prerrogativas. Lo cierto es que Gran Bretaña, lejos de oponerse –en ningún caso deseaba comprometer su soberanía sobre el Canal de Suez–, se avino a pactar con la república egipcia, primero, en lo referente a Sudán, condominio anglo-egipcio desde 1899, acordándose que fueran los propios sudaneses los que escribieran su futuro. En consecuencia, Sudán inició su andadura como estado, libre de sus antiguos ocupantes, en 1956. El otro punto objeto de negociación fue el propio Canal de Suez, del cual Gran Bretaña aceptó retirar sus contingentes militares –fueron evacuados cerca de 88.000 efectivos–, obteniendo a cambio el derecho de mantener armamento en la zona en previsión de un posible conflicto con un país árabe o con Turquía. Lo que aparentaba ser un acercamiento de posturas no fue más que el preámbulo de un conflicto inminente. La sombra de la Unión Soviética era alargada.

El gobierno de Nasser buscó desde el principio romper con la despótica y autócrata política de sus predecesores y romper las cadenas impuestas por británicos y franceses, tal y como expresó en julio de 1956 en el discurso en el que anunciaría al mundo la nacionalización del Canal de Suez: «Tratan a otros pueblos con una actitud muy arrogante. Nosotros no seremos manipulados. Hoy nos libraremos de lo que ocurría en el pasado».

La puesta en marcha de medidas de carácter social partía de la necesidad de solucionar la precaria situación de los millones de campesinos abocados al cultivo del algodón, materia prima que nutría las industrias textiles de Gran Bretaña, y afectados por las catastróficas crecidas del Nilo. Para regular sus aguas y de paso aprovecharlas racionalmente para la producción de la energía eléctrica necesaria que permitiera poner en funcionamiento un tejido industrial nacional, Nasser impulsó la construcción de una gigantesca presa en la meridional ciudad de Asuán. Para acometer tan faraónica obra –su coste inicial se estimó en 1.400 millones de dólares–, el coronel solicitó la financiación de una parte de la misma a Estados Unidos y Gran Bretaña. En un principio, ambos aceptaron el patrocinio económico del proyecto, sin embargo, cuando los informes de inteligencia revelaron que el mandatario egipcio había comprado armamento a la Unión Soviética el acuerdo se vino abajo. Si bien era cierto que Egipto había formalizado, en 1955, un acuerdo militar en este sentido –y que había reconocido al régimen de Pekín, en 1956– no lo era menos que Nasser, aunque visto desde Londres como una «marioneta soviética», no tenía simpatía alguna ni por el comunismo ni por Kruschev, quien por entonces estaba volcado en la búsqueda de aliados entre los países en vías de desarrollo. Sea como fuere, los datos aportados por el MI6 a través de un agente secreto llamado «Lucky Break», sirvieron a Estados Unidos y Gran Bretaña como pretexto para replantear sus posturas. El primero, porque pese a considerar Egipto como un punto estratégico de vital importancia, no estaba dispuesto a dar alas a un régimen como el de Nasser que, tarde o temprano, comprometería el frágil equilibrio político y militar de Oriente Medio. El segundo, porque, pese a conservar sus derechos sobre el Canal de Suez, se había visto obligado a retirar sus contingentes de la región, en lo que fue interpretado desde Londres como un acto claro de humillación. Las reticencias occidentales hicieron que Nasser tomara la decisión de nacionalizar el canal el 26 de julio de 1956, arrebatando a Gran Bretaña y Francia su monopolio y asumiendo el control directo de una ruta petrolífera de primer orden. La inesperada decisión del coronel cogería por sorpresa, incluso, a los soviéticos.

El desafío fue visto por el primer ministro Anthony Eden como una oportunidad de reafirmar el poder británico sobre Egipto, primero, y sobre el norte de África, después. Gran Bretaña no tuvo que hacer demasiados esfuerzos para implicar a Francia en la lucha contra Nasser. No en vano, por entonces, el país galo, que venía de perder Indochina tras el varapalo sufrido a manos del Viet Mihn en la célebre batalla de Dien Bien Phu, se hallaba inmerso en un proceso acelerado de desgaste en Argelia, donde las reivindicaciones anticoloniales del Frente de Liberación Nacional eran apoyadas explícitamente por El Cairo. La coalición franco-británica, a la que se sumó el Israel de David Ben-Gurion como fuerza de choque, se concretó en el conocido como Protocolo de Sèvres, rubricado en la ciudad del mismo nombre a finales de octubre de 1956. Escasos días después, una brigada de paracaidistas del Ejército israelí, comandado por Moshé Dayán , se lanzaron sobre la península del Sinaí, abriéndose un conflicto breve en el tiempo, pero cuyas consecuencias permanecieron durante décadas.

No es objetivo del presente artículo describir los pormenores militares de aquella campaña sino, más bien atender a las consecuencias que para Gran Bretaña se derivaron de esta. Y es que la posición británica en Oriente Medio así como sus relaciones con los países árabes quedaron condicionadas a perpetuidad. Eden, quien se definía a sí mismo como «un hombre de paz», había traicionado los principios básicos sobre los que se había levantado la ONU. Anteponiendo los intereses económicos británicos, el primer ministro hacía peligrar el frágil equilibrio geoestratégico mundial. La Guerra Fría corría el riesgo de calentarse y estallar en un conflicto nuclear sin precedentes. Con los británicos y los franceses campando a sus anchas por Egipto y con la Revolución húngara comprometiendo la hegemonía soviética en Europa del Este, Kruschev veía cómo Occidente tomaba ventaja. La sangrienta represión aplicada por el Ejército Rojo en las calles de Budapest fue seguida de una amenaza formal por parte de Moscú a Eden. Las puertas del infierno estaban a punto de abrirse de nuevo. Los mismos errores que habían desatado la Segunda Guerra Mundial estaban a punto de ser el desencadenante de la tercera apenas once años después. Por otra parte, la irresponsable actuación de Eden molestó, y mucho, a Washington. En un intento desesperado por aliviar la tensión, Eisenhower hizo una alocución pública en la que, aunque de forma implícita, reconocía el «desacierto» occidental: «Estados Unidos no fue consultado durante ninguna de las fases de este ataque, ni tampoco fuimos informados de esto con anterioridad». A nivel global, el objetivo de Estados Unidos era cauterizar las heridas que estaba explotando el comunismo soviético o chino para sacar partido de los incontables movimientos nacionalistas que surgían al calor de la descolonización y que responsabilizaban a Occidente de asfixiar a las sociedades del Tercer Mundo con la soga capitalista. La intromisión de los comunistas en estos procesos obligaría a Washington a intervenir precipitando, de forma más o menos encubierta, cambios políticos como ocurrió en Irán en 1953 o en Guatemala en 1954.

Lo cierto es que, finalmente, Gran Bretaña fue la gran perjudicada de la Crisis de Suez pues, concluido el conflicto, ni había conseguido recuperar el dominio de la vía interoceánica, ni había reforzado su posición en Oriente Medio. Es más, su lugar en la región había sido ocupado por Estados Unidos, en lo sucesivo, aval y socio prioritario del Estado de Israel. Por el camino, quedarían asimismo amigos tradicionales de Londres como Jordania o Irak, donde el rey Nuri al-Said manifestó su oposición al proceder de los británicos y exigió su retirada del Pacto de Bagdad . La actuación de Eden fue duramente reprobada por Washington y, a nivel interior, la pérdida de popularidad del premier se agudizó con las fuertes críticas procedentes de su rival político directo, el laborista Aneurin Bevan, quien afirmó sin reparos: «Si es sincero en lo que dice, entonces es demasiado estúpido para ser primer ministro». Las impactantes imágenes procedentes de lo que la prensa bautizó como «la guerra de Eden» decantaron, además, la balanza de la opinión pública mundial en favor del régimen de Nasser y de su pueblo, considerados víctimas del despiadado colonialismo británico. Otra de las grandes beneficiadas de esta crisis fue la Unión Soviética, cuya adhesión a la causa egipcia hizo que ganara no pocos simpatizantes dentro del mundo árabe.

La debacle política y militar de Gran Bretaña en Oriente Medio vino acompañada de un retroceso financiero importante. Y es que, a la escasez de suministros petrolíferos derivados del cierre del canal, se sumaron las elevadas inversiones llevadas a cabo en Egipto, cerca de 400 millones de dólares durante el segundo semestre de 1956 (Calvocoressi, 1999: 339), que sacudieron los cimientos de la libra esterlina. Para mantener su valor de cambio estable era requisito sine qua non recurrir, nuevamente, a los préstamos estadounidenses, cuya concesión Washington supeditó a un abandono inmediato e irreversible de Egipto. El 6 de noviembre, Eden suspendió las operaciones militares británicas en el país del Nilo. Su siguiente decisión sería marcharse a Jamaica, primero, y dimitir, después. Paradójicamente, para Nasser su «victoria» frente a Gran Bretaña y, por extensión, frente a Occidente, marcó el inicio de su caída. Afianzado como líder indiscutible dentro de Egipto e investido como adalid del mundo árabe, Nasser decidió, en 1967, dar un paso al frente y acabar con la amenaza israelí. Sus expectativas iniciales, pronto quedarían enterradas bajo una lluvia de proyectiles hebreos en el conflicto que ha pasado a la historia como la Guerra de los Seis Días.         

India: la joya de la corona                           

Muchas de las reivindicaciones de emancipación venían ya de lejos. El movimiento de independencia indio empezó a cobrar fuerza en tiempos de la Primera Guerra Mundial y, aunque ya se habían producido algunos episodios de rebelión como el motín de los cipayos  de 1857, su gran impulso coincidió con la Masacre de Amristar o Jallianwala Bagh, el 13 de abril de 1919, en la que un contingente británico, comandado por el general de brigada Reginald Dyer, abrió fuego sobre la multitud concentrada en una céntrica plaza de la ciudad para protestar contra la ocupación extranjera. El ataque se saldó con 4.000 muertos y 1.000 heridos.

Fundado en 1885 como parte del florecimiento de la vida cultural e intelectual del país, el Congreso Nacional Indio (en adelante CNI), fuerza política liderada por Mohandas Gandhi, asumió la responsabilidad de guiar el proceso de descolonización y, en 1935, consiguió arrancar al primer ministro Stanley Baldwin la Ley de Gobierno de la India, que concedía un alto grado de autonomía a las provincias del Raj británico. En base a esta normativa, se suprimió la diarquía establecida en 1919, se definió una reorganización provincial, se estableció una corte federal como órgano de justicia para dirimir cualquier tipo de conflicto entre el gobierno central y las provincias, se dio representación política a los indios en las asambleas provinciales y se aprobó la celebración de elecciones directas, extendiéndose el derecho a voto a una parte importante de la población. Pese a todo, los británicos se reservaron amplias competencias. La medida no satisfizo al CNI, que hizo un llamamiento a la resistencia pacífica y a la desobediencia civil.

Esta compleja coyuntura se agudizó con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el expansionismo japonés por el sureste asiático. No en vano, durante la primavera de 1942, los nipones culminaron el proceso de ocupación de Birmania, iniciado en diciembre de 1941. La incapacidad de las tropas de Archibald Wavell, permitió a los japoneses alcanzar la frontera oriental de la India. En concreto, fueron cuatro las divisiones niponas que avanzaron desde Rangún, en la costa sur birmana, hacia el norte del país. Otro problema a tener en cuenta fue el surgimiento del Ejército Nacional Indio, auspiciado por los propios japoneses, después de la derrota británica en la batalla de Singapur, en febrero de 1942, a manos de Tomoyuki Yamashita, «el Rommel de la jungla». El Ejército Nacional Indio, formado por prisioneros indios capturados por los japoneses tras la capitulación de Singapur, quedó bajo el mando del nacionalista Subhas Chandra Bose, presidente por entonces del Gobierno Provisional de la India Libre. Esta fuerza se convirtió en una variante violenta del pacifista CNI, con el que discrepaba sobre el camino a seguir para acabar con el yugo británico. Al margen de algunas acciones guerrilleras aisladas, el Ejército Nacional Indio no entró en combate hasta 1944, tomando parte en la batalla de Imfal y el sitio de Kohima, al noreste de la India. De este modo, el Imperio se vio inmerso en una lucha interior, dentro del propio Raj, y exterior, buscando defender sus fronteras frente a un Ejército japonés fuerte y disciplinado, que había aprovechado en beneficio propio el descontento de los indios para nutrir sus filas de combatientes deseosos de plantar cara a los británicos.

Con este panorama y en un intento desesperado de mantener el orden en un Raj que tenía los días contados, los británicos solicitaron el apoyo del CNI, al que se garantizó la independencia una vez concluyera la guerra. Los británicos perdían así la joya de su corona. El 15 de agosto de 1947, el primer ministro Jawaharlal Nehru declaró oficialmente la independencia al grito de Jai Hind o «victoria para la India». El día anterior, se había fundado Pakistán, desgajado de la India para minimizar los seculares conflictos religiosos que enfrentaban a hindúes y musulmanes. Ambos territorios adquirieron la condición de dominios, con plena autonomía política, pero bajo la titularidad del rey Jorge VI, hasta la instauración de sendos sistemas republicanos, la India el 26 de enero de 1950, y Pakistán el 26 de marzo de 1956.

La pérdida de la India tuvo, además, otra serie de consecuencias indirectas para los británicos que vieron cómo Australia y Nueva Zelanda basculaban hacia la esfera de influencia estadounidense. Este acercamiento se concretó en la firma del Pacto ANZUS de 1951, en el que ya no participó Gran Bretaña. Impulsada por el secretario de Estado norteamericano John Foster Dulles, la alianza era sumamente beneficiosa para ambas partes. Por un lado, Australia y Nueva Zelanda quedaban bajo la protección de un socio poderoso ahora que Gran Bretaña había perdido presencia en Asia y, por ende, en Oceanía. Por otro, Estados Unidos accedía a los importantes recursos naturales del sureste asiático –plomo, cinc, caucho, estaño o manganeso–, procedentes de Malasia, Indonesia y Filipinas y, de paso, arrebataba su explotación a la Unión Soviética.

Malasia y Singapur: el peso de la geoestrategia

La descolonización de Singapur es, quizá, un paradigma perfecto para ejemplificar el juego de intereses que esconde el complejo trasfondo de la Guerra Fría, no sólo en todo lo relacionado a las cuitas entre Estados Unidos y la Unión Soviética, sino también a las delicadas gestiones diplomáticas que Washington debía llevar a cabo para sumar aliados al otro lado del «telón de acero». Durante toda la Segunda Guerra Mundial, Churchill y Roosevelt no escondieron en ningún momento su buena relación. Esta afinidad, sin embargo, no fue óbice para que entre ambos hubiera ciertas divergencias en cuestiones relevantes como las políticas coloniales. En este sentido, no fueron pocas las ocasiones en las que el presidente estadounidense instó al premier británico a reconsiderar y reconducir las políticas coloniales en distintos escenarios como Singapur, invadido por los japoneses a finales de 1941, cuando el 25º Ejército nipón rindió el territorio tras ejecutar un desembarco anfibio cuidadosamente planificado e imponerse a las tropas del comandante británico Arthur Percival. Considerando que los británicos debían asumir la responsabilidad plena de defender su espacio colonial y, además, diezmados por la ofensiva nipona en Pearl Habor, los estadounidenses, al borde del colapso en Filipinas, optaron por no enviar contingentes de refuerzo a Singapur, que cayó el 15 de febrero de 1942. No estaba en los planes de Washington malgastar recursos y descuidar sus intereses en Asia y el Pacífico para auxiliar a Gran Bretaña, sobre todo cuando lo que estaba en juego era un territorio de prioridad secundaria como Singapur.

El tercer punto de la Carta Atlántica, rubricada por Roosevelt y Churchill en el verano de 1941 como el documento marco que debía regir la convivencia mundial una vez concluyera la guerra, hacía referencia explícita a la necesidad de respetar el derecho de los pueblos a elegir su forma de gobierno así como a la importancia de considerar su soberanía e independencia. Apelando a la propia Carta Atlántica, Gran Bretaña se aferró a otro de los principios recogidos en el texto: la metrópoli debe garantizar la plena autonomía política y económica de la colonia antes de conceder el autogobierno. Con este objetivo y bajo la premisa de unificar la administración colonial, se constituyó en 1946 la Unión Malaya, heredera de la Malasia británica. Sin embargo, lo que en realidad pretendía Londres era mantener su posición en un espacio en el que los chinos, en su mayoría comunistas, estaban empezando a ganar peso. Esta circunstancia avalaba, en parte, la presencia británica ante la opinión pública malaya. En un intento de ganar adeptos a su causa, Londres abrió la posibilidad de conceder la ciudadanía a todas aquellas personas que hubieran vivido en Malasia, al menos, diez años. La iniciativa, lejos de ser bien acogida, despertó un fuerte malestar entre la población malaya, temerosa de que los chinos fueran los principales beneficiados de tal concesión. Esto condujo a la creación, en febrero de 1948, de la Federación de Malasia, que otorgaba una serie de prebendas a los sultanes locales y limitaba a los chinos el acceso a la ciudadanía.

El estallido de la Revolución china en 1949, consecuencia directa de la conclusión de la guerra civil iniciada en 1927, tuvo evidentes repercusiones en la Federación de Malasia, desde la que un sector importante de la población china allí residente se dedicó, en la clandestinidad y de forma más o menos voluntaria, a enviar ingentes cantidades de alimentos a sus compatriotas comunistas. Para cortar este suministro, Gran Bretaña optó por la creación de grandes comunidades reservadas a los chinos como medio de fiscalizar las exportaciones. El general Gerald Templer, gobernador de Malasia desde 1952, temiendo que las enquistadas relaciones entre chinos y malayos pudieran desembocar en conflictos de índole social, decidió posicionar a Gran Bretaña como mediadora y definir el itinerario hacia el autogobierno de forma pacífica. No en vano, a Londres, y por ende a Washington, le interesaba preservar su influencia en Malasia como contrapunto a la creciente influencia de China en el sureste asiático. La jugada no les salió del todo bien a los británicos pues, aunque tras la independencia, certificada el 31 de agosto de 1957, Malasia y Gran Bretaña rubricaron un pacto de ayuda militar mutua, el Estado malayo rehusó incorporarse a la Organización del Tratado del Sureste Asiático (SEATO), prohibiendo la entrada de tropas británicas en su espacio nacional.

Mejor resultado obtuvieron los británicos en Singapur –que alcanzó la independencia dos años después–, donde lograron mantener en servicio la base naval de Sembawang. El primer ministro singapurense, Lee Kuan Yew, no tuvo éxito en su intento de acercarse a la Federación de Malasia, entre otras razones, debido al elevado porcentaje de población china –superior al 40%– que habitaba en su territorio. Brunei, por su parte, un próspero y acaudalado sultanato de carácter absolutista, alcanzó su autonomía ejecutiva en 1971 y su plena independencia de Gran Bretaña en 1984.

 

 

Ceilán: un largo camino por recorrer

En el contexto histórico de la descolonización que siguió a la Segunda Guerra Mundial, el imperio dejó paso a la Commonwealth como entidad supranacional. Ajenos ya al patrocinio político, militar y económico británico, sus integrantes fueron difuminando poco a poco la huella colonial. En algunos casos, como en el de Ceilán –Sri Lanka a partir de 1972–, la herencia británica, aunque de forma indirecta, daría pie a un sangriento conflicto motivado por circunstancias étnicas y religiosas.

Ceilán se independizó de Gran Bretaña en 1948, inmediatamente después de que los británicos abandonaran la India. Allí, el gobierno fue asumido por el Partido Nacional Unido (en adelante PNU) de Don Stephen Senanayake, que se alternó en el poder con el Partido de la Libertad de Sri Lanka (en adelante PLSL) de Salomon Bandaranaike. La tercera vía política, de raíz marcadamente trotskista y antibritánica, estuvo representada por el Partido Lanka Sama Samaja, fundado en 1935 por Philip Gunawardena, conocido como el «león de Boralugoda».

La independencia política vino acompañada de una grave crisis en el plano económico pues buena parte de los ingresos habían estado asociados a la exportación de té, coco y caucho procedentes de explotaciones agrícolas británicas. La situación de bancarrota obligó a los diferentes gobiernos a recurrir a préstamos procedentes del extranjero y a aceptar unas nocivas condiciones comerciales para la importación de alimentos en un momento en el que el crecimiento de la población, duplicada entre 1948 y 1975, estaba desbordando la disponibilidad de recursos. Esta circunstancia, unida a la subida del paro, generaron un creciente malestar que se materializó en la revuelta campesina de abril de 1971, protagonizada por el Frente de Liberación Popular, que acusaba al PNU y al PLSL de no ser más que unos continuadores del dominio británico. El levantamiento contra el gobierno de la viuda de Bandaranaike, asesinado en 1959, precipitó el advenimiento, en 1977, de un gobierno con un talante más conservador y autoritario encabezado por Junius Jayawardene. Sus deseos de convertir Sri Lanka en una potencia económica de primer orden dentro del sureste asiático se vieron truncados por el enfrentamiento entre tamiles y cingaleses, abriéndose en 1983 una guerra civil que se prolongó hasta 2009.

 

 

Birmania: una brecha ideológica

Hubo casos en los que la injerencia de Gran Bretaña trascendió los límites de lo económico, abriendo brechas de carácter ideológico que terminaron debilitando la propia posición colonial. Bajo administración británica desde 1886, Birmania sobresalía por la producción de arroz y la extracción de petróleo, actividades que complementaba con la exportación de ricos minerales como el jade. Para estimular la obtención de los valiosos recursos naturales que atesoraba el país, Gran Bretaña desarrolló una importante red de infraestructuras. Esta inversión financiera vino acompañada de la introducción, en términos políticos, de conceptos como el parlamentarismo que chocaban frontalmente con las ancestrales tradiciones birmanas, hecho que no tardó en despertar una cierta animadversión hacia los ocupantes entre sectores de la sociedad cada vez más amplios. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, los birmanos acogieron con los brazos abiertos la invasión japonesa de diciembre de 1941 como punto de partida para la liberación del colonialismo británico. Para legitimar la ocupación del país, los japoneses permitieron la creación de un ejército nacional comandado por Aung San, un destacado líder nacionalista, miembro de los thakin, un grupo rebelde que había protagonizado algunas revueltas contra los británicos durante los años anteriores.

El Imperio nipón consideraba Birmania un enclave estratégico de primer orden para establecer aeródromos desde los que atacar las industrias británicas de la India que abastecían a los contingentes militares desplegados en Asia y el norte de África, definir una base de operaciones desde la que acometer en el futuro una posible invasión del territorio indio y, a la vez, cortar el envío de suministros a la China nacionalista por parte de Gran Bretaña y Estados Unidos. Para responder a las aspiraciones de los patriotas birmanos y evitar cualquier tipo de revuelta, los japoneses concedieron al país su independencia el 1 de agosto de 1943, reconociendo su incorporación a la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental mediante el establecimiento en Rangún de un gobierno títere dirigido por Ba Maw. La sumisión a Tokio, el mal trato dispensado por las tropas de ocupación a la población civil y el propio transcurso de la guerra, en la que Japón, pese a presentar una tenaz resistencia, estaba perdiendo terreno frente a los estadounidenses en el Pacífico, favorecieron el auge de un movimiento clandestino de resistencia. Ya en 1944, los rebeldes birmanos se aglutinaron en la denominada Liga Antifascista para la Libertad del Pueblo (en adelante AFPFL), encabezada por el comunista Than Tun, asistido por el Ejército Nacional de Birmania de Aung San.

Ambas fuerzas se sumaron a los efectivos británicos de William Slim y Louis Mountbatten que, en coalición con las tropas nacionalistas chinas de Wei Lihuang, precipitaron la derrota definitiva de Japón en suelo birmano en julio de 1945. Las viejas rivalidades quedaron enterradas durante un tiempo por el objetivo compartido de aniquilar a un enemigo común. Sin embargo, la conclusión de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo un reavivamiento de las tensiones. El gobierno laborista de Attlee, considerando prioritaria la gestión de la frágil situación interna del país, y con una política exterior absorbida por el movimiento de resistencia indio, decidió no abrir las puertas a un más que posible conflicto armado en Birmania. El gobernador británico, el ya mencionado almirante Louis Mountbatten, partidario del arresto de Aung San y sus camaradas, fue relevado en el cargo por el mayor general Hubert Elvin Rance, de perfil más diplomático y conciliador. En este sentido, Londres aceptó el liderazgo de la AFPFL como fuerza llamada a encabezar el proceso de independencia, que se certificó el 4 de enero de 1948. Aunque hasta 1953 se mantuvo un reducido destacamento británico en el país en virtud de una de las cláusulas del Tratado Nu-Attlee del 17 de octubre de 1947, Birmania obtenía plena autonomía política respecto al Imperio. Se abría, no obstante, un horizonte gris para la nación asiática que no tardaría en verse sacudida por violentos conflictos sociales de carácter étnico y religioso, destacando una importante revuelta en Arakan, en el litoral occidental birmano. Los rebeldes rohingya, la minoría musulmana que habitaba en esta región desde el S. VII, se alzaron en armas para exigir la anexión del norte de Arakan a Pakistán –por entonces aún no existía Bangladesh–. Ante el rechazo de Islamabad a esta demanda, los rohingya pidieron la constitución de un estado musulmán con capital en Sittwe, propuesta que también les fue denegada, iniciándose un período de anarquía en la región que se prolongó hasta 1954 cuando la intervención del Ejército birmano precipitó la derrota de los principales líderes muyahidines. En cualquier caso, actualmente el conflicto todavía sigue abierto.

A esta problemática se sumó la propia división interna de la AFPFL, que además hubo de hacer frente a las reclamaciones de autogobierno de los karen –agrupados en la frontera con Tailandia– así como a la llegada masiva, a partir de 1949, de excombatientes del Kuomintang, con el riesgo que ello suponía. Si el nuevo gobierno comunista de Pekín interpretaba que Birmania estaba dando asilo a los nacionalistas chinos, no dudaría en emprender una campaña de invasión. Esta inestabilidad terminaría desembocando en 1962 en el régimen autoritario y militarista de Ne Win, fundador de la «vía birmana hacia el socialismo». Su gobierno se prolongó hasta 1988.

 

Hong Kong o el valor de la diplomacia

Otro punto de vital interés para Gran Bretaña dentro del continente asiático era Hong Kong. Bajo poder británico desde 1842, cuando es entregada por el emperador Daoguang en virtud del Tratado de Nankín que puso punto final a la Primera Guerra del Opio, la colonia de Hong Kong se había convertido, desde 1949, en refugio para los exiliados políticos que huían del régimen comunista de Mao Zedong. Ese mismo año, se había establecido la República Popular de China tras la derrota del Partido Nacionalista, el Kuomintang de Chiang Kai-shek, en la guerra civil que venía asolando el país desde 1927. El territorio gozaba, en general, de una buena calidad de vida y su situación económica era óptima. En lo político, Hong Kong se mantuvo bajo dominio británico al concluir la guerra civil, pues el Ejército de Liberación Popular, obedeciendo órdenes de Mao, prefirió evitar, por el momento, un conflicto con Gran Bretaña y, por ende, con Estados Unidos. El desarrollo de la colonia a lo largo de las siguientes décadas partió de convencer a Pekín de que, en ningún caso, Hong Kong constituía una posible base de operaciones occidental para atacar a China.

En términos generales, los británicos supieron interpretar la situación interior de la colonia, donde hubo que poner en valor numerosas tierras para el desarrollo industrial que, previamente, debían ser expropiadas a los clanes terratenientes sin que ello derivara en conflictos de índole social. Esto se consiguió haciendo partícipes a los propietarios de los beneficios que dimanaran del crecimiento económico resultante de la cesión de sus tierras. Esta política, unida a la llegada de empresarios chinos, cuya iniciativa había sido lastrada por el régimen comunista, que aportaron mano de obra cualificada, maquinaria y capital financiero, permitieron el desarrollo de potentes regiones industriales como Tsuen Wan. Al potencial comercial que ya tenía Hong Kong per se, se sumó su irrupción en el mercado asiático como potencia industrial.

Pese a todo, la colonia no fue ajena al devenir del proceso descolonizador que se estaba extendiendo por el mundo ni tampoco a los acontecimientos ocurridos en su entorno más próximo. En este sentido, la Revolución Cultural emprendida en 1966 por Mao, quien buscaba reafirmar su poder en China y resarcirse después de que el Gran Salto Adelante no arrojase los resultados esperados, así como la revuelta acontecida a finales de ese mismo año en Macao, alentada por la propia Revolución Cultural, tuvieron su reflejo en Hong Kong. En mayo 1967, lo que se inició como una protesta de carácter laboral en una fábrica de flores artificiales del distrito de San Po Kong derivó en una serie de violentas protestas sociales sin precedentes en contra del intervencionismo británico que se saldaron con 51 muertos y 800 heridos. Los líderes de la rebelión se agruparon en un comité de lucha antibritánico dirigido por el sindicalista Yeung Kwong protagonizando una serie de altercados, alentados por elementos comunistas, que se prolongaron hasta el mes de diciembre. De la revuelta se derivaron una serie de medidas sociales y la implementación de lo que el secretario financiero británico en Hong Kong, Philip Haddon-Cave, bautizó como «no intervencionismo positivo». Esta estrategia de gobierno buscaba, ante todo, recuperar la credibilidad ideológica en un momento en el que la legitimidad británica estaba siendo seriamente cuestionada. En este sentido, a través del «no intervencionismo positivo», que no debe ser confundido con una política de laissez faire, la administración colonial buscaba mejorar las condiciones sociales a partir de una mejora de las propias condiciones económicas apoyando y promoviendo el desarrollo de la economía y evitando la intervención gubernamental en cualquier sector que pudiera ser mantenido por la iniciativa privada. En definitiva, una idea que, a posteriori, el líder hongkonés Donald Tsang resumiría en la frase: «gran mercado, pequeño gobierno». La puesta en marcha de este principio permitió a Hong Kong situarse entre las grandes economías asiáticas cuando, el 1 de julio de 1997, los británicos cedieron la administración del territorio a China, tras concluir el «arrendamiento» firmado en 1898, para un período de 99 años.

 

Uganda: división y tradición

Hablar de descolonización y de Gran Bretaña implica, necesariamente, hablar del continente africano. Como tantos otros, Uganda fue uno de esos territorios que cayeron bajo dominio europeo, británico en este caso, «en el nombre de la civilización». Fuente de valiosos recursos naturales como marfil, café, caucho, algodón o trigo, entre otros, Uganda quedó en manos del Imperio en 1893, adquiriendo la categoría de protectorado en 1900. El país fue asimismo suministrador de tropas, sobre todo, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, en la que soldados ugandeses, integrados en la 11ª División del Este de África, sirvieron en escenarios bélicos tan variados como Abisinia, Birmania o la India. En origen, Uganda era un conglomerado de diferentes monarquías, entre las que destacaba Buganda, regida desde 1939 por el kabaka (rey) Mutesa II quien, a la postre se convertiría en el primer gobernante de la nación unificada. Estas ancestrales entidades políticas eran garante, por un lado, de las seculares tradiciones de sus súbditos, y por otro, de una mentalidad contraria tanto a las ideas liberales y democráticas auspiciadas por Occidente como a cualquier forma de dominación extranjera. Celoso de su identidad y contrario a la integración de los principados ugandeses en cualquier tipo de agrupación supranacional promovida por los colonos que dinamitara su ser como pueblo, Mutesa II fue expulsado de Buganda  por orden del gobernador Edward Cohen cuando el Lukiiko, el parlamento, solicitó un estado propio e independiente, al margen del resto de Uganda. El soberano regresó en 1955, momento en el que aceptó, como parte del Acuerdo de Namirembe, la conversión de Buganda en una monarquía constitucional dentro de Uganda y, en consecuencia, una apertura hacia la democracia. En contrapartida, los británicos eliminaban la amenaza que para Uganda suponía entrar a formar parte de cualquier tipo de federación.

El camino hacia la independencia –y aquí los británicos no se dejaron arrastrar por el devenir de los acontecimientos– se transitó en este caso a través de la senda burocrática y política. Burocrática, porque Gran Bretaña accedió a equilibrar el número de componentes –colonos y no colonos– de los consejos legislativo y ejecutivo, que poco a poco fueron asumiendo mayores competencias frente a la administración colonial. Política, porque, aunque Buganda siguió luchando por el reconocimiento de su autogobierno, el nuevo marco democrático facilitó un acercamiento entre Milton Obote, cabeza del Congreso Popular de Uganda, y los monárquicos de Buganda, agrupados en el Kabaka Yekka. Uganda obtuvo su independencia el 9 de octubre de 1962, estrenando su sistema republicano exactamente un año después.

 

Kenia, el bastión africano

El colonialismo británico dentro del continente africano se sustentaba en dos pilares básicos. Por un lado, la necesidad de garantizar el control de la India, exigía el afianzamiento de posiciones fuertes en todo el litoral africano bañado por el océano Índico. Por otro, la salvaguarda de enclaves de alto valor estratégico como el valle del Nilo o El Cabo –donde abundaban las minas de oro y diamantes– pasaba por apuntalar la posesión de amplios territorios continentales. Dentro de este entramado geoestratégico no puede obviarse el protagonismo de Kenia. Después de la Segunda Guerra Mundial, el mando político fue acaparado por una aristocracia, blanca, que no era sino un títere de Londres y que, además, acumulaba un significativo poder económico a partir de la posesión de fecundas tierras de cultivo. Dentro de Kenia, la oposición a la administración colonial británica fue asumida por los kikuyus de Jomo Kenyatta –el grupo étnico predominante–, agrupados en la guerrilla Mau-Mau. También tuvo fuerza el denominado Forty Group, fundado por Mwangi Macharia e integrado por excombatientes kenianos del Ejército británico que habían servido como fuerza de choque en Madagascar, donde en 1942 se enfrentaron a las tropas francesas del régimen de Vichy.

En 1953, los kikuyus se levantaron en armas contra la ocupación británica en Nairobi, iniciándose una violenta revuelta que obligó a Gran Bretaña a emplearse a fondo. La contundente represión aplicada –en 1959, se abriría incluso una investigación para esclarecer lo sucedido en el campo de concentración de Hola– no hizo más que comprometer la posición británica. Forzado por las circunstancias, Eden accedió a conformar unos consejos ejecutivo y legislativo integrados por un número similar de colonos y africanos, propuesta que fue rechazada de facto. La elección de Harold MacMillan como primer ministro ayudó a rebajar la tensión de un proceso que, a priori, presentaba un problema añadido. La procedencia tribal de los distintos líderes kenianos vino a sumar un punto más de complejidad. En este sentido, las tribus más débiles, temiendo ser postergadas, se agruparon en torno a la Unión Democrática Africana de Kenia (KADU), liderada por Ronald Ngala, quien abogaba por un sistema que respondiera a las necesidades de las diferentes regiones del país. Los kikuyus, mayoritarios, y los luos, también importantes en número, confluyeron en la Unión Nacional Africana de Kenia (KANU), dirigida por el amnistiado Jomo Kenyatta, elegido primer ministro en 1963. Kenia obtuvo su independencia el 12 de diciembre de ese mismo año, convirtiéndose en una república ya en 1964. Desde entonces y hasta su fallecimiento en 1978, Kenyatta estableció en el país lo que el sociólogo argelino Saïd Bouamama (Bouamama, 2014) denominó en su obra Figures de la révolution africaine: De Kenyatta à Sankara un «feudalismo étnico» que vino a sustituir a los viejos colonos por nuevos terratenientes kenianos cuyo poder adquisitivo les permitió acceder a las tierras anteriormente propiedad de los británicos, agudizó las diferencias tribales y deslegitimó a la oposición política.

A lo largo de las presentes páginas se ha tratado de desgranar de forma rigurosa y objetiva el complejo proceso de descomposición del Imperio británico. Las motivaciones que se encuentran detrás de dicho proceso –económicas, políticas, sociales, culturales, religiosas o étnicas– son diversas e influyen de manera desigual en según qué caso, suponiendo para el historiador un reto definir cuál o cuáles actuaron como detonante. Lo que resulta innegable es el fracaso de Gran Bretaña –a veces propio (Egipto), y en otras ocasiones forzado por las circunstancias (India)– a la hora de gestionar su política internacional, buscando articular su dominio sobre los territorios coloniales mediante el recurso a mecanismos obsoletos e ineficaces. Anquilosadas políticas del siglo XIX en pleno siglo XX. La reacción –la llegada de Harold MacMillan al 10 de Downing Street en 1959 marcó un cambio sustancial en la relación con las colonias– se produjo demasiado tarde. A la incapacidad diplomática se sumó la debilidad militar, resultado directo del desgaste humano y material producido por la Segunda Guerra Mundial. Pese a que la Commonwealth siguió proporcionando a Gran Bretaña un interesante mercado en términos comerciales, su papel como instrumento de control internacional al servicio de Londres desapareció por completo. En cualquier caso, los sucesivos gobiernos británicos siempre buscaron mantener una relación de «cordialidad» con los poderes políticos y económicos de sus antiguas posesiones, confiando en explotar los beneficios que pudieran derivarse de esta buena voluntad.

Sea como fuere, la pérdida del imperio colonial no implicó el estallido de una crisis constitucional. Tampoco derivó en ningún tipo de consecuencia dramática. De hecho, Gran Bretaña, lejos de venirse abajo, intentó adaptarse a su nueva posición dentro de la geoestrategia mundial, primero buscando aprovechar los «vínculos sentimentales» con los países miembros de la Commonwealth, y después, en la década de los 70, reorientando sus prioridades hacia Europa, como indican las cifras resultantes de las exportaciones llevadas a cabo hacia países comunitarios, pasando, entre 1971 y 1980, de 2.591 a 20.540 millones de libras (Darwin, op. cit.: 324).

Lo cierto es que, en el caso británico, el proceso descolonizador se concentró fundamentalmente entre 1945 y 1948. En este periodo, Gran Bretaña perdió la mayoría de sus posesiones en Asia y abandonó Palestina, ganándose el desprecio tanto de israelíes como de palestinos. En lo sucesivo, la política internacional británica quedaba vinculada de forma inevitable a Estados Unidos, haciéndose extensiva esta relación de dependencia al ámbito económico dada la complicada situación financiera que atravesaba el país después de los esfuerzos llevados a cabo durante la Segunda Guerra Mundial. Gran Bretaña inició, de este modo, un camino de incipiente redefinición –también en Europa, donde permaneció a la sombra de la Francia de De Gaulle– que se aceleró entre 1959 y 1964, sobre todo en el continente africano. Resultado del mismo, Londres no tuvo más opción que asumir su nuevo papel como potencia regional. Las restantes posesiones, más que un elemento de prestigio o fuente de riqueza, terminaron actuando como foco de conflicto, hecho que aceleró en no pocas ocasiones el tránsito hacia la independencia de aquellos pueblos que reivindicaban su soberanía. La debilidad económica se tradujo en debilidad militar y, consiguientemente, en una menor presencia fáctica allende los mares. La desaparición del Imperio se tradujo en un menoscabo territorial como consecuencia evidente e inmediata. Al mismo tiempo, la descolonización rompió la brújula que hasta entonces había guiado la política internacional británica. Valorando con serenidad los acontecimientos actuales de este languideciente 2019, cabría preguntarse si esa brújula volvió a señalar el norte alguna vez o si, por el contrario, como dijo en 1962 el que fuera secretario de Estado norteamericano, Dean Achenson: «Gran Bretaña ha perdido un imperio y todavía no ha encontrado su papel».

 

 

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