ISSN 2603-6096


De la Fuente Salido, Guadalupe, «El ejército imperial de Maximiliano durante la Segunda intervención francesa en México», Guerra Colonial, (2019), nº5, pp.5-27







El ejército imperial de Maximiliano durante la segunda intervención francesa en México

(Maximilian Imperial Army during the second french invasión of Mexico)


Guadalupe de la Fuente Salido

Universidad Iberoamericana


Recibido: 25/11/2019; Aceptado: 12/12/2019;




Resumen

Con el pretexto de exigir el pago de algunos préstamos, Francia se embarcó en una empresa difícil, la creación y sostenimiento de un imperio en México.

Napoleón III y conservadores mexicanos ofrecieron el trono al archiduque Maximiliano de Habsburgo.

En apoyo al emperador acudieron fuerzas francesas (como la Legión Extranjera), el Cuerpo de Voluntarios belgas, el Cuerpo Imperial de Voluntarios de Austria – Hungría, un batallón sudanés y también personas que ingresaron a ellos de manera individual.

No obstante, la organización de un ejército imperial fue muy compleja, los problemas económicos, políticos y militares obstaculizarían su consecución.


Palabras clave

Ejército, México, Francia, Maximiliano, Imperio



Abstract

Under the pretext of demanding the payment of some loans, France embarked on a difficult enterprise, the creation and maintenance of an empire in Mexico.

Napoleon III and Mexican conservatives offered the throne to Archduke Maximilian of Habsburg.

In support of the emperor came French forces (such as the Foreign Legion), the Belgian Volunteer Corps, the Imperial Volunteer Corps of Austria-Hungary, a Sudanese battalion and also people who entered them individually.

However, the organization of an imperial army was very difficult, economic, political and military problems would hinder its achievement.


Keywords

Army, Mexico, France, Maximilian, Empire


Introducción

El siglo XIX fue especialmente complejo para México. A partir de la consumación de la independencia en 1821 y hasta el inicio de la República Restaurada en 1867 se pusieron en práctica diversas formas de gobierno (repúblicas federales, repúblicas centrales, dos imperios).

Los conflictos políticos trajeron consigo inestabilidad económica, graves problemas internos traducidos en enfrentamientos armados, al tiempo que se generaron antagonismos de carácter internacional, como la primera intervención francesa en 1838, la guerra contra Estados Unidos entre 1846 – 1848 que tuvo gravísimas consecuencias para México y también la segunda intervención francesa de 1862 – 1867.

Una de las contiendas que más desgastaron al país fue la Guerra de Reforma o Guerra de los Tres Años entre fuerzas liberales y conservadoras y que abarcó desde finales de 1857 hasta diciembre de 1860 con el triunfo liberal en la batalla de San Miguel Calpulalpan.

Ésta, como muchas otras guerras civiles, fue devastadora para el país en términos demográficos, económicos, sociales, etc., y aunque haya terminado con el triunfo liberal, no por eso extinguió los anhelos de quienes consideraban la posibilidad de otra forma de gobierno.


Intervención francesa (1862 – 1867)


Al término de la Guerra de Reforma, la situación del país era muy delicada por lo que

en julio de 1861, el presidente liberal Benito Juárez declaró la moratoria de las deudas interna y externa por dos años (Senado de la República - UNAM, 2010), es decir, se reconocían los compromisos contraídos con otros países, pero México se declaraba insolvente por el momento.

La declaración generó gran descontento en España, Francia y Gran Bretaña, países a los que se les debía mayor cantidad de dinero, incluso ante un problema de mayor envergadura, el representante de la república (encabezada por Benito Juárez), Juan Antonio de la Fuente, sugirió en agosto de 1861, la derogación de la Ley de Suspensión de Pagos de la Deuda Exterior (Documentos, 1861).

El presidente Juárez no dio marcha atrás y los tres países se organizaron en lo que se conoce como la “Alianza Tripartita” cuya finalidad era hacer cumplir al gobierno mexicano las obligaciones adquiridas con ellos desde los inicios de la vida independiente.

Para hacerse obedecer, los tres Estados decidieron enviar tropas a México, por un lado para protestar y, por otro, para ocupar las aduanas y cobrar la deuda.

La primera en llegar fue la escuadra española que, saliendo de Cuba, arribó a territorio mexicano en diciembre de 1861 y las demás lo hicieron en los primeros meses del año siguiente.

Pronto las dificultades empezaron a surgir entre las tres potencias; en enero de 1862, Juan Antonio de la Fuente informaba a Matías Romero –a la sazón encargado de negocios del gobierno mexicano en Washington y más tarde secretario y consultor jurídico de la legación en Estados Unidos- el cambio de planes que se manejaba entre los tres, es decir, no sería España la que encabezaría y dirigiría la expedición, sino Francia con el consentimiento inglés (Documentos, 1862).

Una vez en México, las conferencias entre el secretario de Relaciones de México -Manuel Doblado- y los representantes de las tres naciones -por España el general Juan Prim, por Gran Bretaña John Wyke y por Francia Alphonse Dubois de Saligny- se llevaron a cabo en la población de La Soledad, Veracruz el 19 de febrero del mismo año.

Por medio de ellos, las potencias extranjeras reconocerían “el gobierno constitucional del presidente Juárez y se comprometen a no atentar contra la independencia, soberanía e integridad del territorio nacional, así como abrir negociaciones en Orizaba para formalizar sus reclamaciones de la deuda externa de México y a que las tropas de las potencias aliadas permanezcan solamente en Córdoba, Orizaba y Tehuacán”.

Días más tarde, el presidente Juárez aprobó el convenio y mientras Inglaterra lo aprobó también, España mostró reticencias, pero Francia lo desaprobó enviando sus tropas al interior del país, con lo que violaba el convenio (Carmona Dávila, 2019).

Los objetivos de Napoleón III para embarcarse en una empresa como la Expedition du Mexique fueron de índole variada y con raíces más profundas que el mero cobro de unos fondos que difícilmente recobraría.

Uno de los principales propósitos era el establecimiento en México de un imperio constitucional para “oponerlo con éxito a una expansión de Estados Unidos: las anexiones recientes de Texas, California y demás territorios mexicanos, hacían temer una expansión imparable hasta los confines de América del Sur” (Gueniffey, 2012).

Además de este motivo, existieron otros , no menos relevantes, como la apertura de nuevos mercados para los empresarios, negociantes e industriales franceses “preocupados por el tratado de libre comercio firmado en 1860 con Londres” y también “brindar apoyo al pueblo mexicano con un régimen ciertamente no republicano, pero constitucional” que pondría fin a la inestabilidad perenne del país y que, además, le garantizara una existencia independiente y soberana frente a Estados Unidos; existían también motivaciones financieras y monetarias pues conseguirían prácticamente el control de la plata mexicana (Gueniffey, 2012).

Las tropas francesas iniciaron el avance hacia el centro del país bajo el mando de Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez.

Para llegar a la ciudad de México, debían pasar por la ciudad de Puebla, en la que los republicanos mexicanos, al mando del general Ignacio Zaragoza, infligieron una grave derrota a los franceses -lo que le costó el mando al general Lorencez quien fue sustituido por el mariscal Frederic Forey- en la conocida Batalla del 5 de mayo de 1862.

Las unidades que llegaron en ese momento a México gozaban de gran prestigio militar al haber participado en la Guerra de Crimea (1853 – 1856), especialmente en el sitio de Sebastopol y en la Guerra Franco – Austriaca o Segunda Guerra de Independencia italiana, en las batallas de Magenta y Solferino.

Si a esto se le sumaba la fama que México había adquirido como país en conflicto constante, poco desarrollado en los ámbitos económico, político y ni qué decir en el aspecto militar, era evidente que Lorencez comentara: “Somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades que, desde este momento, al mando de nuestros 6,000 valientes soldados, ya soy el amo de México”.

La derrota obligó a los franceses a estacionarse algunos meses en Orizaba y, al año siguiente (mayo de 1863), bajo el mando de Forey, las tropas francesas, reforzadas por los contingentes que habían llegado en septiembre y octubre del año anterior, más las tropas de los monarquistas mexicanos, haciendo un total aproximado de 30,000 efectivos, volvieron a cargar sobre Puebla que, después de dos meses de sitio, capituló; de este modo, los intervencionistas entraron en la ciudad de México el mes en junio.

El gobierno republicano del presidente Benito Juárez había ya salido de la capital del país y, durante la intervención, tuvo un gobierno itinerante; mientras, en la ciudad de México, se organizó una asamblea de notables que definió que la monarquía sería la mejor forma de gobierno.

La idea de establecer una monarquía en México no era nueva, al consumarse la independencia en 1821 se manejó esa posibilidad, por lo tanto, el sistema de gobierno adoptado fue un imperio, encabezado por Agustín de Iturbide que ascendió al trono como Agustín I.

A pesar de que el régimen de Iturbide fue efímero, el propósito rondó por la cabeza de varios mexicanos ya fueran civiles, militares o eclesiásticos.

Desde fines de la década de 1850, los liberales tenían conocimiento de las negociaciones que se llevaban a cabo en Francia en el sentido de constituir un imperio en México.

A finales de 1859, José María Mata, a la sazón enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México en Washington, recibió un documento reservado mediante el cual se le hacía saber que José María Gutiérrez Estrada -mexicano inclinado al imperio-, aprovechando la relación que tenía con el príncipe Metternich, solicitaba una reunión con Napoleón III para dialogar sobre la posibilidad de instalar un emperador.

Además, se señalaba que la idea de enviar a un Borbón se había desechado, toda vez que no eran del agrado del emperador francés.

Lo procedente sería “suponer como supongo, que el señor plenipotenciario secreto [Gutiérrez Estrada] habrá propuesto al soberano de Francia, para desinteresar a Austria de sus pretendidos derechos sobre la Toscana, Módena, etc., erigir un trono en México a favor del gran duque heredero del expresado ducado” (Documentos, 1859); como bien señala el comunicado, “bien podrá suceder que se proponga indemnizar a cualquiera de los archiduques austriacos estableciéndolo en nuestro país [México] como soberano constitucional, si no absoluto, que es lo que más cuadra con las ideas del Sr. Gutiérrez Estrada y con las del mismo emperador de los franceses” (Documentos, 1859).

Un año más tarde, cuando estaba por terminar la Guerra de Reforma y aún el presidente Benito Juárez no declaraba la moratoria de la deuda, el emperador Napoleón III ya tenía considerada una intervención con la idea de que se estableciera un gobierno firme en el país (Documentos, 1860).

Conforme pasaba el tiempo, eran más frecuentes los documentos que llegaban a manos de los liberales respecto a los arreglos entre conservadores y el emperador francés1.

Se ofreció entonces el trono al archiduque Maximiliano y después de una serie de estiras y aflojas aceptó la corona mexicana el 10 de abril de 1864, no sin antes renunciar a sus derechos a la corona imperial austriaca mediante un pacto de familia firmado el 9 del mismo mes.

En el Tratado de Miramar, firmado también el 10 de abril, se establecieron los compromisos a los que Francia se sujetaba en apoyo al nuevo imperio. En él se destacaba que las tropas francesas que se encontraban ya en México se reducirían lo más pronto posible a un total de 25,000 efectivos, incluida la legión extranjera.

Además, éstas se retirarían de México conforme Maximiliano organizara las fuerzas necesarias para su reemplazo, aunque la legión extranjera permanecería seis años más después de que las fuerzas armadas se hubieran retirado, el coste de sueldos sería costeado por el gobierno mexicano, igual que los gastos de traslado de tropas de Francia a México, así como “los gastos de la expedición francesa en México, que debe reembolsar el Gobierno mexicano, quedan fijados en la suma de 270 millones por todo el tiempo de duración de esta expedición hasta el 1º de julio de 1864. Esta suma causará interés a razón de un 3 por 100 anual. Del 1º de julio en adelante, los gastos del ejército mexicano quedan a cargo de México” (Documentos, 1864).

Estas condiciones leoninas difícilmente podrían ser cumplidas por México, tomando en cuenta lo exiguo de sus haberes.


Segundo Imperio mexicano (1864 – 1867)


El denominado Segundo Imperio mexicano ha despertado, hasta la fecha, tanto curiosidad como ánimos de investigación.

Las ópticas desde las que se le ha abordado son variadas: aspectos políticos, relaciones mexicanas con el exterior, el militar, la economía, políticas indigenistas de Maximiliano, el anticlericalismo de los emperadores, entre otras.

En este texto se hará referencia al ejército del emperador, tema por demás interesante si se toma en cuenta la diversidad de tropas que se dieron encuentro en él.

A pesar de que las tropas francesas ya estaban en México desde fines de 1861, no fue sino hasta que Maximiliano aceptó la corona en 1864, cuando se puede hablar propiamente del inicio del imperio.

Los emperadores llegaron al puerto de Veracruz en mayo de ese año y tres años después, con la caída de Querétaro en manos de generales liberales mexicanos y el posterior fusilamiento de Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía el 19 de junio, se dio por concluido, dando origen a la etapa de la historia mexicana que se conoce como “República Restaurada”.

Muchos fueron los problemas que se enfrentaron durante esos tres años, muchas las disposiciones que se propusieron, pero corto el tiempo y difíciles las condiciones para ponerlas en práctica.

El que se denominaría “ejército imperial” estuvo conformado por un conjunto de tropas de variada procedencia, entre las que destacan las conservadoras mexicanas, la Legión Extranjera francesa, el Cuerpo de Voluntarios belgas, el Cuerpo Imperial de Voluntarios de Austria – Hungría, el batallón sudanés, la contraguerrilla encabezada por Charles Louis Dupin; además de efectivos de diversas nacionalidades incorporados aisladamente en alguno de los otros cuerpos, como polacos, norteamericanos, etc.


Tropas mexicanas (conservadoras y liberales)


Los ejércitos mexicanos -conservador y liberal- se constituyeron de acuerdo a dos proyectos surgidos en la segunda mitad del siglo XVIII; por un lado, el que se encaminaba a robustecer la autonomía provincial con la organización de milicias, sustentado por los liberales y, por otro, el dedicado a fortalecer la función centralizadora del ejército permanente, apoyado por los conservadores (Hernández López, 2008).

A mediados del siglo XIX, como consecuencia de la guerra contra Estados Unidos, se hizo evidente el agotamiento de la antigua clase militar y surgieron, en términos generales, tres grupos clasificatorios.

En primer lugar, los militares de academia, formados en el Colegio Militar y en las armas facultativas2; en segundo, los profesionales que hicieron larga carrera en el ejército permanente o en las milicias y cuya mayoría se unió al bando conservador; por último, los que participaban fuera de los cánones convencionales de la guerra y sus áreas de influencia se ubicaron en zonas muy concretas.

De acuerdo con Hernández López, los jefes regionales tenían ciertas particularidades que conllevaron a una práctica especial de la guerra.

El término “conservador” apareció tardíamente en la retórica política y el mismo partido se fundó hasta 1849 -por Lucas Alamán; sin embargo, la tendencia política es evidente desde la guerra de independencia.

Estos encarnaban el espíritu y las aspiraciones criollas, normalmente “unitarios” o centralistas, como el antiguo régimen español.

Tuvieron diversos apoyos, entre los que destaca la Iglesia mexicana que, “tanto desde el punto de vista del derecho canónico como de sus intereses materiales se oponía a los reformistas liberales que querían despojarla de las bases de su organización tradicional y de su influencia en el país” (Chevalier, 1985).

Al mismo tiempo, contaron con el apoyo de militares que pretendían mantener sus privilegios.

La mayoría de ellos había estudiado en el Colegio Militar y tenían un sentido particular del honor; así pues, el ejército conservador se convirtió en una “especie de casta, unida al orden jerárquico de la sociedad y pronto vinculado a la Iglesia mexicana, quisiéralo o no, por la comunidad de intereses: la defensa de los fueros” (Chevalier, 1985).

También contaron con el apoyo de algunos jefes y caciques indígenas que, como señala Chevalier, se debió más a los errores liberales que a la bonhomía conservadora; entre ellos destacaron Manuel Lozada -conocido como el “Tigre de Alica”- de origen wirárika y cacique en Nayarit y Tomás Mejía, de extracción otomí y con gran influencia en la Sierra Gorda de Querétaro.

El Partido Conservador tenía preponderancia en las ciudades de la mesa central, en las que se encontraba “una antigua sociedad criolla y donde un clero regular y secular relativamente numeroso y poderoso se rodeaba de feligreses que vivían a su sombra, de sus haciendas, de sus capitales, de sus colegios, de su protección o de su caridad” (Chevalier, 1985).

Entre las poblaciones que destacaban habrá que contar Puebla, Guadalajara y Querétaro, ciudades con una antigua tradición criolla.

Los liberales, por su parte, defendían la individual, la de expresión, comercio y de intercambio; asimismo, respaldaban la propiedad y el federalismo (Chevalier, 1985).

Los liberales “puros” en su mayor parte formaban parte de la burguesía más bien provinciana y mestiza.

Las ciudades proclives a los liberales fueron Veracruz, Tampico, Matamoros y algunos puertos de poca monta, así como vastas extensiones de territorio en el norte del país en donde buena parte de los habitantes eran fervientes liberales, en gran medida por la cercanía con Estados Unidos.

Las pequeñas poblaciones del norte apoyaban a los liberales, lo que se comprobaría más tarde en la trashumancia del presidente Juárez hacia el norte y el apoyo recibido por las guerrillas republicanas.

Así, los liberales cubrían una amplia zona del país, pero no la más rica ni la más poblada; eran los conservadores, fuertes en el centro, quienes contaban con la mayoría de los recursos materiales y humanos.

La intervención francesa, así como el imperio, contribuyeron en gran medida a la transformación del mapa político del país.

Las condiciones del pueblo mexicano de aquel entonces eran muy precarias: un alto grado de analfabetismo, condiciones socioeconómicas deplorables, evidentemente escasísima o nula consciencia política, lo que derivó en que su participación en el ejército (tanto conservador como liberal) se diera por la fuerza o se viera como medida de subsistencia, razón por la que no conformaron ejércitos disciplinados y homogéneos.

Durante su reinado, Maximiliano intentó dar orden al ejército por lo que el 26 de enero de 1865, promulgó la Ley Orgánica del Ejército Imperial Mexicano cuyos artículos principales atañían a la organización del Estado Mayor General, del Cuerpo Especial de Estado Mayor, el Cuerpo de Administración, la creación de una Guardia Palatina y de una Legión de Gendarmería.

Se reestructuraría el imperio en siete divisiones territoriales militares y, al mismo tiempo, se establecía la orgánica de las unidades de infantería, caballería, caballería presidial, artillería, Cuerpo de Ingenieros, Batallón de Zapadores Ingenieros y Cuerpo de Sanidad (Documentos, 1865).

El emperador creó también la Escuela Imperial de Servicios Públicos encargada de formar oficiales de las diversas armas, Estado Mayor e Ingenieros y ordenó el establecimiento de escuelas para sargentos y academias para oficiales.

Sin embargo, lo que incidió negativamente en la organización del ejército propiamente imperial fue la separación del mismo de los jefes mexicanos, es decir, no se les incluyó como parte orgánica de éste, sino que se les mantuvo como un cuerpo aparte, como apoyo.

Al ordenarse el reembarco del cuerpo expedicionario francés, Aquiles Bazaine -quien fungía como su comandante- argumentó que las localidades, con sus propios recursos, consolidarían el futuro del imperio; empero, Maximiliano señaló que en tan poco tiempo sería imposible reunir un número adecuado de efectivos para enfrentar solos al enemigo.

Cuando las últimas tropas francesas zarparon de la isla de Sacrificios rumbo a Europa, en marzo de 1867, Maximiliano asumió el mando del ejército imperial en el que incluyó, ahora sí, a las pocas fuerzas conservadoras que todavía le eran leales.

Las ideas del emperador eran mucho más proclives a las de los republicanos liberales mexicanos -en cuanto a relaciones con la Iglesia, propuestas en materia indígena, legislación sobre cuestiones laborales, entre otras- que a favor de las de los conservadores, razón por la que estos, al ver sobretodo que Maximiliano ratificaba las leyes liberales de Reforma, la mayoría le retiró el apoyo.

Para 1867, el emperador, sin las tropas del cuerpo expedicionario francés y de otras unidades que se retiraban, se vio prácticamente solo y, durante el sitio de Querétaro en mayo de 1867, no disponía de más de 9,500 hombres.


Cuerpo Expedicionario francés


El Cuerpo Expedicionario que llegó a México a principios de 1862 estaba conformado por tres mil efectivos procedentes principalmente de las colonias caribeñas francesas, como La Martinica;

Un año más tarde, se le ordenó al nuevo comandante del Cuerpo, coronel Pierre Jeanningros, que organizara dos batallones para partir en seguida a México, arribando a la isla de Sacrificios a fines de marzo de 1863.

Las misiones que debería desempeñar el Cuerpo Expedicionario serían el rescate de convoyes, la protección de los trabajadores de la vía férrea que se construía entre La Soledad y el punto de Purga, además de “los reconocimientos y las columnas móviles de ambas partes del único camino carretero que enlaza Veracruz con Puebla (ya nuevamente sitiada)”. (Penette & Castaingt, 2012).

Aunque eran soldados con un fuerte entrenamiento, que se habían batido en la Guerra de Crimea y en la Guerra de Italia, no pudieron vencer a las enfermedades de las tierras bajas veracruzanas siendo víctimas del vómito negro, la tifo, la disentería, entre otras3.

En el primer año de presencia en México sostuvieron diversos encuentros con las tropas republicanas que dieron por resultado múltiples bajas, como en la llamada “Batalla de Camarón”, librada en la localidad de Camarón de Tejeda en el Estado de Veracruz el 30 de abril de 1863 y que llevó a considerar la urgencia de crear una fuerza de contraguerrilla bajo el mando del coronel Charles Louis Dupin.

En 1864, ante la llegada de los emperadores, a las misiones del Cuerpo Expedicionario se añadieron las de protección y, junto con voluntarios mexicanos, se apostaron a lo largo del camino de Veracruz a México (Penette & Castaingt, 2012).

Conforme pasaba el tiempo, la situación de los imperialistas se agravaba; las guerrillas republicanas y las tropas regulares comandadas por brillantes liberales como los generales Porfirio Díaz y Mariano Escobedo, fueron ganando terreno, por lo que las operaciones militares del regimiento extranjero en México se acabaron al mismo tiempo que la campaña.


Cuerpo de Voluntarios belgas


Al momento de las negociaciones para el ofrecimiento del trono mexicano a Maximiliano, Napoleón III -como se ha explicado- se había comprometido a mantener un cuerpo expedicionario que sostuviera el régimen imperial; al mismo tiempo, se consideró necesario contar con fuerzas militares procedentes de otros países europeos que estuvieran bajo el mando del propio emperador y que, cuando se retiraran las fuerzas francesas, constituyeran el pie veterano del ejército imperial

Qué mejor entonces que el envío de tropas belgas en apoyo a la emperatriz Carlota Amalia.

Beneficios económicos ante la consolidación de una economía en expansión, la ampliación de su influencia política y la oportunidad que se ofrecía a los oficiales del ejército para que adquirieran experiencia en combate son algunos de los beneficios que, el rey Leopoldo -padre de Carlota Amalia- veía en la aventura mexicana (O'Dogherty Madrazo, 2004).

Dada la neutralidad belga, solamente se podrían formar unidades compuestas por voluntarios, por lo que el rey promovió la creación de un cuerpo formado por dos batallones, es decir, alrededor de dos mil hombres; sin embargo, los militares belgas no mostraron interés y sólo se logró reclutar a 38 oficiales y 24 suboficiales bajo el mando del Barón Van der Smissen.

Fueron las ventajas ofrecidas las que los invitaron a formar parte del contingente4, pero las cualidades -tanto de civiles como de militares- dejaban mucho que desear pues, además de no pertenecer a la elite social, tampoco contaban con educación militar formal ni con experiencia de guerra.

A este respecto, Maximiliano dijo: “con los belgas se ha cometido el error de mandarnos niños imberbes […] [que] se dejan matar como moscas” (O'Dogherty Madrazo, 2004).

El cuerpo de voluntarios embarcó para México entre noviembre de 1864 y febrero de 1865 en un tortuoso viaje plagado de carencias.

El trayecto de Veracruz a México debieron hacerlo a pie en un terreno por demás difícil y, una vez en la capital, sustituyeron a los soldados franceses en Chapultepec, Tacubaya y Molino del Rey con el objetivo de proteger el acceso a la residencia de los flamantes emperadores y como guardia personal de la emperatriz.

Poco tiempo tardaron en darse cuenta de que las promesas habían sido únicamente quimeras y la desilusión se apoderó de ellos cuando constataron que la mayoría de las promesas eran vanas.

A su llegada, la situación del país parecía favorable al imperio ya que el presidente Juárez había trasladado su gobierno a Chihuahua, los mandos liberales estaban divididos y el ejército francés dominaba las principales ciudades del centro y habían logrado relevantes victorias en el norte (O'Dogherty Madrazo, 2004); sin embargo, el imperio estaba lejos de encontrarse pacificado.

Muchas bandas armadas atenazaban a los intervencionistas y escapaban del control de las fuerzas del imperio; además, Napoleón III consideraba ya que la “empresa mexicana” estaba resultando demasiado costosa para Francia y, por otro lado, deseaba evitar un enfrentamiento contra Estados Unidos que, para 1865, terminaba su guerra de secesión.

La situación obligaba a tomar medidas apremiantes como organizar la intervención de los voluntarios en tareas de pacificación y, de poco en poco, “sustituir la presencia militar francesa por tropas nacionales, ya fueran indígenas, belgas o austriacos y confiar al ejército mexicano la defensa del imperio” (O'Dogherty Madrazo, 2004).

Esto sería el origen de lo que más tarde Maximiliano se vería obligado a hacer de acuerdo al giro que tomarían los acontecimientos.

Otras complicaciones contribuyeron a aumentar el descontento entre las tropas que componían el heterogéneo ejército del imperio.

De acuerdo con lo que señala O’Dogherty, al inicio las cosas estaban claramente establecidas, puesto que ambos eran cuerpos conformados por voluntarios que habían jurado obediencia al emperador Maximiliano y debían prestar sus servicios por un período acotado de tiempo bajo la bandera mexicana; sin embargo, las dificultades no tardaron en aparecer, puesto que el emperador había cedido el control del ejército imperial al mariscal Bazaine y éste aseguraba que los cuerpos de voluntarios deberían de someterse al mando francés.

Los comandantes belga y austriaco (Van der Smissen por los belgas y el general conde Thun por los austriacos) opusieron resistencia5, aunque al final se decidió “sortear el conflicto mediante la creación del Cuerpo Austro – belga, como cuerpo auxiliar del ejército imperial, bajo el mando del general Thun y subordinado al general Bazaine” (O'Dogherty Madrazo, 2004).

En realidad, el Cuerpo Austro – belga solamente existió en la teoría, los austriacos fueron más autónomos y se concentraron más bien en Puebla, mientras que los belgas fungieron como auxiliares del ejército francés.

La situación presagió nuevos problemas como los derivados de los mandos y la precedencia de los mismos, la prevalencia de la desconfianza y el resentimiento entre las nacionalidades y, no como obstáculo menor, se hicieron evidentes las dificultades de comunicación, pues tanto los belgas como los austriacos -y aún dentro de los mismos cuerpos- se hablaban lenguas muy diversas (O'Dogherty Madrazo, 2004).

Tampoco favoreció ayudó a mejorar la situación, la poca estima en que Van der Smissen y el resto de voluntarios tenían hacia los militares mexicanos, “los belgas, casi sin excepción, manifestaron un enorme desprecio por los militares mexicanos, ya fueran imperialistas o republicanos. Los belgas tenían una visión idealizada de sí mismos”6 (O'Dogherty Madrazo, 2004).

En 1866 la situación del imperio se tornaba desesperada… además de la ayuda norteamericana a los republicanos mexicanos y de una posible intervención, Napoleón III había notificado el retiro paulatino de sus tropas. En el verano de ese año se dejaría el norte y serían la Legión Extranjera y el ejército imperial los encargados de la defensa; así, la Legión Extranjera, los austriacos y los belgas conformarían la División Auxiliar Extranjera.

A fines de junio, el emperador dio a todos los voluntarios la libertad de repatriarse, con la vaga esperanza de que algunos decidieran quedarse, con la única condición de que se declararan mexicanos e independientes de otra nación. Como era de esperarse, pocos fueron los que permanecieron en el imperio, menos de ochocientos, de los cuales sólo 39 eran belgas (O'Dogherty Madrazo, 2004).

Obligado por las circunstancias pero siendo una decisión que debería haber tomado mucho antes, Maximiliano, tras la salida de las tropas extranjeras acordó asumir el mando del ejército imperial, movilizar las fuerzas y cambiar su centro de operaciones a Querétaro.

Sin las tropas extranjeras apoyando al imperio y con los triunfos republicanos cada vez más frecuentes, los días de imperio estaban contados.


Cuerpo Imperial de Voluntarios de Austria – Hungría


En octubre de 1864, a petición del emperador Maximiliano a su hermano Francisco José se formó el Cuerpo Imperial de Voluntarios de Austria – Hungría y que, a diferencia del cuerpo de voluntarios belgas, se mantendría independiente del mando francés.

Entre noviembre de ese año y marzo de 1866 partieron rumbo a Veracruz 6,812 hombres bajo el mando del conde Franz – Graf Thun Hohenstein, de los cuales 1,047 eran húngaros.

Múltiples fueron los inconvenientes que se les presentaron, desde los de carácter cultural como el desconocimiento del español, pasando por las dificultades propias de terreno y condiciones en las que operaban, como la agreste orografía del país, las condiciones climáticas y las enfermedades y las largas marchas en un territorio que superaba con creces al suyo. La rivalidad con los franceses también hizo de las suyas en el ánimo de los voluntarios, así como la falta de dinero.

Además, la misión original que se les había asignado -la protección de la pareja imperial- pasó a segundo termino y se les obligó a prestar servicio en el combate entre republicanos y monárquicos (Jancso, 2011).

El enfrentamiento más destacado en que participaron fue la batalla de Tehuacán, en la que obtuvieron la victoria y a varios de ellos se les otorgó la Cruz de Caballero de la Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe, principal condecoración otorgada por el imperio mexicano.

Ante el deterioro de las condiciones del imperio y la disolución del Cuerpo de Voluntarios belgas y el Cuerpo Imperial de Voluntarios de Austria – Hungría, un total de 1,011 se quedaron en México y engrosaron las filas del ejército imperial y, para febrero de 1867, Maximiliano decidió ir a Querétaro con el ejército imperial formado casi exclusivamente por mexicanos (Jancso, 2011).


Batallón sudanés


Después de la derrota de las tropas francesas en Puebla el 5 de mayo de 1862, éstas se establecieron varios meses en Orizaba, preocupados por mantener la línea de comunicación entre esta ciudad y Veracruz.

Fue por ese tiempo cuando el almirante Jurien de la Gravière, quien estaba a cargo de resguardar el puerto de Veracruz, solicitó al ministro de Guerra francés el envío de un cuerpo militar procedente de algunas de las colonias de las Indias occidentales o de África” (Saavedra Casco, 2011).

La solicitud se hizo debido a que las tropas francesas que estaban en México para ese tiempo, eran presas de las enfermedades propias de la zonas bajas y se consideró que una unidad compuesta por personal negro tendría mucho más resistencia al clima.

El primer cuerpo que se envió provenía de La Martinica, pero resultó insuficiente; más adelante, cuando Napoleón III optó por incrementar el número de efectivos en el imperio, se envió a un cuerpo de tiradores argelinos, pero también fueron proclives a enfermarse.

Decidió recurrir al khedive Muhammad Said Pasha, vadí de Egipto y Sudán y pedirle un regimiento de negros de entre 1,200 y 1,500 efectivos, aunque solamente se embarcaron 446 en enero de 1863 contando con su propio comandante, oficiales de alto rango y “funcionaba como un cuerpo autónomo a las órdenes del ejército intervencionista francés” (Saavedra Casco, 2011).

Las condiciones de reclutamiento dejaban mucho que desear, por ejemplo, se les impidió llevarse a sus mujeres e hijos (como era su costumbre), no se les puso al tanto del lugar al que serían trasladados, así como con otros cuerpos de voluntarios, también se presentaron problemas de comunicación entre ellos y los franceses, además de importantes diferencias culturales mismas que, a su llegada a México, aumentaron, especialmente en cuanto a la alimentación: muchos de ellos eran musulmanes y las costumbres gastronómicas mexicanas no cumplían con sus necesidades.

El batallón sudanés tenía una composición variopinta: sirios, egipcios, y sudaneses procedentes del sur de Darfur, las montañas de Nuba, la frontera con Etiopía y la cuenca del Nilo Blanco.

Militarmente no era un contingente con experiencia, no obstante, operaron en Tierra Caliente cuya principal misión sería “cuidar de las líneas de comunicación entre el puerto de Veracruz y las poblaciones de La Soledad, Medellín, La Tejería, Paso del Macho y Chiquihuite” (Saavedra Casco, 2011).

Cuando en los primeros meses de 1867 zarparon de la isla de Sacrificios los últimos buques franceses, el batallón sudanés también dejó el territorio imperial y se daba término a la expedición francesa.


Efectivos de diversas nacionalidades incorporados individualmente en alguno de los cuerpos de voluntarios


Polacos.- hubo personas que se sumaron a la “aventura mexicana”, no como parte de algún cuerpo de voluntarios específico, sino como individuos propiamente dichos.

Algunos polacos, por ejemplo, dada la situación de su país, habían emigrado a Francia y tal vez, en alguno de los salones de París conocieron a los monarquistas mexicanos que también buscaban el apoyo de Napoleón III.

Llegaron de manera individual prácticamente en todas las formaciones militares extranjeras, sin conformar un cuerpo específico de polacos, así como lo hicieron también checos y eslovacos y se les encuentra en México a partir de 1863 (Smolana, 2012)

Norteamericanos.- al inicio de la intervención, Estados Unidos estaba en plena guerra de secesión. Durante este período, los norteamericanos no estuvieron en posibilidades de intervenir en México, ni en el ámbito diplomático ni en el militar.

Al finalizar la guerra civil en 1865, soldados de la Unión pero en mayor número confederados, se vieron “desempleados”.

En México la situación era muy delicada, por lo que muchos decidieron cruzar la frontera, pasar a México y engrosar ya fueran las filas de los conservadores o las de los republicanos.


Contraguerrilla


El 12 de abril de 1862, el presidente Benito Juárez emitió un decreto mediante el cual se consideraría como traidor y se le sujetaría a la pena capital a cualquiera que prestara auxilio a las tropas francesas; además, autorizaba a los gobernadores de los Estados “para que expidan patentes para el levantamiento de guerrillas, discrecionalmente y según las circunstancias, pero las guerrillas que se encontraren en lugares distantes 10 leguas del punto donde haya enemigos, serán castigadas como cuadrillas de ladrones” (Documentos, 1862).

Se organizaron entonces múltiples guerrillas a lo largo y ancho del país causando innumerables bajas al ejército imperial.

Esto provocó que se organizaran grupos de “contraguerrilla” encargados de combatir a las guerrillas mexicanas.

La persona que estuvo al mando fue el coronel Charles – Louis Dupin quien, junto con sus hombres, sembró el terror entre la población mexicana, conociéndosele como “El carnicero rojo” por el uniforme que vestía.

La contraguerrilla de Dupin operó en la región del centro y norte de Veracruz, en parte de Puebla y Tamaulipas.

Sin embargo, del mismo modo que las tropas regulares, la contraguerrilla fue avasallada por las fuerzas liberales.


Conclusiones


La intervención francesa fue un proyecto que, al inicio, se concibió como una empresa de gran envergadura, que brindaría a Francia la posibilidad de establecer un protectorado en América Latina y de detener la expansión norteamericana que, bajo los argumentos de la doctrina Monroe y del Destino Manifiesto, se vislumbraba como una gran potencia.

No solamente Francia se vería beneficiada con la intervención, también el rey Leopoldo de Bélgica pensó sacar provecho para afianzar su economía y, por otro lado, Francisco José, emperador de Austria – Hungría se sacudiría al “hermano incómodo”, a quien hizo renunciar a sus derechos hereditarios al trono.

Por su parte, los conservadores mexicanos lograrían el tan ansiado establecimiento de una monarquía que, según ellos, sería un régimen mucho más ad hoc al carácter mismo del país y le llevaría la tan ansiada paz.

Sin embargo, las cosas no salieron como todos esperaban, problemas de índole diversa se confabularon para echar por tierra los sueños de muchos.

Dentro de las causas de origen político – económico estuvo la situación económica. Desde el inicio del imperio en 1864, ésta fue deficiente, por lo que se solicitaron préstamos a Francia que, de principio dieron liquidez para el pago de las fuerzas armadas, así como para el pago de la burocracia que mantenía engrasada la maquinaria del Estado.

Al inicio también se recibió un gran apoyo de la Iglesia mexicana, interesada en echar abajo las leyes de Reforma que atentaban contra su poder temporal.

Sin embargo, los préstamos del extranjero pronto se terminaron y, conforme Maximiliano mostró su faceta liberal, los apoyos conservadores y eclesiásticos empezaron a escasear.

Las consecuencias no tardaron en hacerse patentes y pronto se experimentó la falta de recursos para cubrir el pago de lo esencial, entonces, la falta de apoyo militar y moral, que serían indispensables al transcurrir de los años fue mucho más evidentes.

Desde el punto de vista militar, muchas fueron las razones que llevaron al fracaso del imperio:

- Falta de unidad en el mando (“el mando es único e indivisible”).- a pesar de que el Cuerpo Expedicionario Francés debía comandar a las diferentes unidades, hubo fuertes diferencias entre los comandantes de las mismas, quienes consideraban que su fuerza debería tener preeminencia sobre las demás.

Aún y cuando los mandos franceses reclamaron la supremacía, las dificultades derivadas de la situación ocasionaron la falta de eficacia de las tropas.

- Los cuerpos de voluntarios en general, adolecían de las mismas cosas:

- Las condiciones dentro del ámbito político desempeñaron un papel relevante. Por un lado, la Francia de Napoleón III no era la misma, a finales de la década de 1860 y ante la falta de resultados definitivos en México, retiró las tropas que apoyaban a Maximiliano; no tardaría mucho en tener un enemigo formidable en el campo de batalla, Prusia.

- Condiciones mexicanas internas, como el fortalecimiento de las fuerzas republicanas, tanto regulares como irregulares. Imposible descartar el apoyo norteamericano, tanto en lo diplomático como en lo militar. La figura del presidente Benito Juárez se fortaleció.

Empero, una de las cuestiones que definitivamente contribuyó al deterioro y posterior fracaso del régimen fue que el ejército de Maximiliano estuvo conformado por una serie de cuerpos independientes, con serios problemas de mando y, sobretodo, no incluyó a los militares conservadores mexicanos, lo que hizo prácticamente imposible la creación de un verdadero ejército imperial.

No fue sino hasta la salida de las tropas francesas a principios de 1867 cuando el emperador decidió formar su ejército con los voluntarios que quedaron en México y con los militares conservadores mexicanos, pero ya era demasiado tarde, el imperio se desmoronaba…























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1 Entre ellos destacan Juan Nepomuceno Almonte, el arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos y José María Hidalgo quienes, incansablemente, apoyaron la instauración de un régimen imperial.

2 Conservadores egresados del Colegio Militar y que desempeñaron un papel de relevancia en la época: Félix María Zuloaga, Miguel Miramón, Manuel Ramírez Arellano, entre otros; liberales, egresados de la misma institución: Sóstenes Rocha, Leandro Valle, Luis Mier y Terán, Félix Díaz, Joaquín Colombres, etc.

3 De acuerdo con cifras de Penette y Castaingt se sabe de 1,589 muertos a causa de enfermedades, mientras que 19 oficiales y 328 suboficiales resultaron muertos en combate o a causa de heridas.

4 Se les ofreció un grado superior al que tenía en el ejército belga, servirían por seis años, al término de los cuales podían quedarse en México como parte del ejército imperial o repatriarse o también como colonos, pues se les prometían tierras fértiles gratuitas (O'Dogherty Madrazo, 2004).

5 Van der Smissen sostenía que el cuerpo de voluntarios belgas debería permanecer completo y distinto del ejército imperial, aunque aceptaba acatar el mando francés; por su parte, el conde Thun optó por una medida mucho más radical: “Sin tomar en consideración que sus hombres no representaban al imperio austro – húngaro, solicitó que su ejército tuviera la posición que debían guardar los ejércitos de dos potencias aliadas” (O'Dogherty Madrazo, 2004).

6 Según la interpretación que los belgas hicieron de los Tratados de Miramar “el privilegio de precedencia de los oficiales franceses frente a los mexicanos, con independencia del rango, se extendía a los austriacos y belgas. Las diversas tentativas para lograr que aceptaran el mando mexicano fueron vanas” (O'Dogherty Madrazo, 2004)