ISSN 2603-6096


De la Fuente Salido, Guadalupe, «Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos» (reseña), Guerra Colonial, (2019), nº4, pp.93-100







Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos

(Notes for the history of the war between Mexico and the United States)

De Ramón Alcaraz, Alejo Barreiro, José María Castillo, Félix María Escalante, José María Iglesias, Manuel Muñoz, Ramón Ortiz, Manuel Payno, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Napoleón Saborío, Francisco Schiafino, Francisco Segura, Pablo María Torrescano, Francisco Urquidi



Guadalupe de la Fuente Salido

Universidad Iberoamericana


Recibido: 3/04/2019; Aceptado: 25/05/2019





Contexto histórico

El devenir histórico de México, una vez consumada la independencia en septiembre de 1821, fue muy complejo. Once años de guerra deterioraron significativamente todas las actividades del sector económico, en especial a aquellas que, como la minería, habían sido el sostén del virreinato.

Demográficamente la Nueva España también padeció los rigores de la guerra. A principios del siglo XIX, la población del virreinato ascendía a 6 o 7 millones aproximadamente y se calcula que el número de víctimas mortales haya sido cercano a los 500.000, tal merma en la población afectó significativamente el desarrollo de la nueva nación.

En el ámbito político, a México se le presentaban dos alternativas. Por un lado, organizarse en un imperio, forma de gobierno no muy distinta de la que acababa de independizarse y, por otro, el ejemplo del federalismo norteamericano que tan buenos resultados parecía estar dando y que los mexicanos de entonces consideraron como la panacea, sin tomar en cuenta que era un sistema que muy poco se avenía a la trayectoria histórica del nuevo país1.

Al obtener independizarse, México contó con los territorios de las doce intendencias –organizadas en la segunda mitad del siglo XVIII dentro del contexto de las Reformas Borbónicas- además, la Capitanía General –que comprendía la mayoría de los actuales países de Centroamérica más el Estado mexicano de Chiapas- se unieron a México cuando éste proclamó su independencia. Tales territorios, en su conjunto, hacían un total de cinco millones de kilómetros cuadrados2.

Desde que las antiguas «Trece colonias» inglesas habían declarado su independencia en 1776, España reconoció, no sin preocupación, que los flamantes Estados Unidos de América pronto manifestarían intenciones de expandirse hacia el sur y hacia el Oeste a costa, evidentemente, del territorio novohispano.

El mismo conde de Aranda señalaba que «esta nación ha nacido pigmea: tiempo vendrá en que llegará a ser gigante, y aun coloso muy temible en aquellas vastas regiones. Su primer paso será apoderarse de las Floridas para dominar el Golfo de México» (Alcaraz, Apuntes para la historia de la guerra entre México y Estados Unidos, 1970)

Las condiciones de poblamiento de esa extensa geografía fueron muy complejas. Desde el siglo XVI se habían hecho intentos por conquistar, colonizar y evangelizar la zona; sin embargo, dadas las condiciones climáticas y del terreno, la población indígena no fue sometida del todo3. Tanto los franciscanos como los jesuitas establecieron misiones, pero con la expulsión de estos últimos en 1767, se perdió el débil nexo que existía entre los pobladores del Norte y el centro de la Nueva España, circunstancia que, junto con el permiso concedido por la Corona española a colonos norteamericanos para que poblaran Texas, contribuyó enormemente a la pérdida de esos territorios décadas más tarde.

Poco a poco, Estados Unidos fue ganando terreno. Ya fuera por compra, negociación o anexión, el caso fue que pronto hicieron patente su interés por las tierras mexicanas al norte del Río Nueces4. El gobierno norteamericano estaba lejos de actuar descuidadamente. Desde el punto de vista ideológico sus acciones expansionistas estaban bien sustentadas por dos doctrinas que regirían su actuar político internacional prácticamente hasta la fecha.

Por un lado, la llamada «Doctrina Monroe», establecida en 1823 por el entonces presidente James Monroe, señalaba que ninguna potencia ajena al continente americano tendría derecho a intervenir política o militarmente sin que se generara una respuesta inmediata por parte de los norteamericanos.

Es lo que se conoce como «América para los americanos». Frase de interpretación ambigua ya que, por una parte, todos aquellos nacidos en el continente americano son americanos y, por otro, dado que los estadounidenses se han apropiado del gentilicio, se sobreentiende que en América sólo ellos pueden hacer valer su hegemonía.

En segundo lugar, y en consonancia con la anterior, está la «Doctrina del Destino Manifiesto» mediante la cual el pueblo de Estados Unidos estaba convencido de que Dios los había elegido para erigirse como potencia política y económica. Tal doctrina surgió por primera vez en un artículo periodístico que John L. O’Sullivan escribió en 1845 para la revista Democratic Review de Nueva York y que hacía alusión directa a la anexión de la Texas independiente por su país5.

La disputa por los inmensos territorios del norte de México dio inicio cuando la lejana Texas, inconforme con el sistema de gobierno adoptado por el gobierno de México -y no sin el visto bueno de Estados Unidos- declaró su independencia a principios de 1836.

Las autoridades mexicanas, encabezadas por el general Antonio López de Santa Anna, declararon la guerra a Texas. Se desarrollaron varios enfrentamientos -uno de ellos en el fortín de El Álamo-, pero con la batalla de San Jacinto del 21 de abril de ese año, las fuerzas mexicanas fueron derrotadas, firmándose en mayo el Tratado de Velasco, con el cual se ponía fin a la guerra.

El gobierno reconocería la independencia de Texas, sin embargo, dado que López de Santa Anna había sido prisionero y en esa condición había firmado el tratado, de facto no se reconoció a Texas como independiente y, en varias ocasiones, tropas mexicanas penetraron a territorio texano sin autorización.

Pero el hecho que marcó un antes y un después en las relaciones México – Estados Unidos – Texas fue la anexión de ésta última a la unión americana en diciembre de 1845.

La suerte estaba echada…

Conflictos fronterizos a principios de 1846 desataron la guerra entre ambos países.

Al inicio de la contienda los norteamericanos abrieron el teatro de operaciones del norte, poniendo al general Zachary Taylor al mando.

El presidente Antonio López de Santa Anna dejó el cargo para tomar las riendas del ejército mexicano en su camino hacia el norte.

Varios enfrentamientos se libraron, siendo el más relevante la batalla de La Angostura, cerca de Saltillo -capital del Estado de Coahuila- de triste recuerdo, pues cuando las armas mexicanas estaban por vencer, el general Santa Anna ordenó la retirada. Las victorias del general Taylor, aunadas a la situación política en el congreso norteamericano llevaron al presidente James Knox Polk a cerrar ese teatro de operaciones del norte y a abrir otro por el Golfo de México al mando del general Winfield Scott.

Los norteamericanos habían estudiado detenidamente y con mentalidad militar la obra que, a principios de ese siglo, había escrito Alexander von Humboldt6 en el que describía de manera pormenorizada las vías de acceso desde Veracruz a la ciudad de México, la misma ruta que, más de doscientos años antes, había recorrido Hernán Cortés.

La situación no pudo haber sido más desastrosa para las armas mexicanas. Graves problemas políticos aquejaban al país, algunos de los Estados por los que no pasarían las tropas norteamericanas, decidieron no apoyar el esfuerzo nacional y, como el ejército era reflejo de la sociedad de entonces, padecía de desorganización endémica, contaba con armamento antiguo de ánima lisa, en su mayoría el reclutamiento era por leva, con el consecuente problema de las deserciones.

En cambio, las condiciones de las fuerzas norteamericanas eran muy distintas: con un gobierno estable, claras ansias de expansión sustentadas en doctrinas firmes, el ejército era poderoso: con un buen cuerpo de ingenieros, armamento moderno, reclutamiento por voluntarios en mayor medida.

Analizadas desde esta perspectiva, las oportunidades de una victoria mexicana eran tan lejanas como cercanas las tropas del general Scott.


La obra

La guerra terminó muy mal para México. Después de varias batallas -desde la de Cerro Gordo en las inmediaciones de Veracruz, hasta las cercanas a la capital del país (Padierna, Churubusco, Molino del Rey, Chapultepec)- las tropas norteamericanas ocuparon la ciudad de México, al tiempo que su bandera ondeaba en Palacio Nacional, precisamente el día que se celebraba la independencia, 16 de septiembre de 1847.

La guerra dio fin con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo el 2 de febrero del año siguiente. La consecuencia más grave para México fue la pérdida de más de la mitad de su territorio, 2.378.539,45 kilómetros cuadrados. La mutilación fue un duro golpe para el país, se alzaron voces de descontento por la situación, pero ésta no tenía remedio.

A fines de 1847, un grupo de amigos se reunió en Querétaro y, al calor de la plática, llegaron al tema de moda, la guerra contra Estados Unidos.

Intercambiaron opiniones, manifestaron sus puntos de vista sobre los orígenes de la guerra y las consecuencias que tendría para México, sobre las batallas de que algunos habían sido testigos.

Consideraron, pues, la necesidad de «ordenar nuestros recuerdos, de dar trabazón a los datos que en nuestro poder existían, encargándose los concurrentes indistintamente del desempeño de esta tarea»

A estas primeras reuniones siguieron otras de entusiasmadas discusiones.

En primer término, su intención fue la mera reflexión sobre lo sucedido, pero conforme pasó el tiempo, ampliaron sus miras y se dieron a la tarea de complementar la información con que contaban y, una vez llevada a cabo la revisión, publicar los artículos con el nombre de «Apuntes».

En la introducción de la obra, los autores señalaron que estaba lejos de su intención disertar sobre los males públicos y tampoco aprovechar las dificultades y utilidades «que ofrece la historia de sucesos contemporáneos».

El objetivo que los llevó a escribir y a publicar fue, a su entender, hacer sincera referencia a la metodología que habían llevado y a poner al lector en la posición de considerar sus defectos y ventajas dadas las circunstancias especiales en que se elaboraron (Alcaraz, Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, 1970).


Tomando en consideración la relevancia de los hechos que describían, los autores trataron de dejar bien claro que en la obra campeaban la objetividad y los juicios apegados a la verdad histórica, alejados de toda malicia que pudiera «desfigurar la narración».

En aras de conseguir lo propuesto, se distribuyeron los trabajos «de modo, que los testigos de un hecho diesen sus apuntes, y con ellos y otros datos los redactara distinto individuo» (Alcaraz, Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, 1970).

El peso de la responsabilidad recaería sobre ellos como una unidad, para dar certeza al lector de «la depuración escrupulosa de los hechos, y que ninguna pasión rastrera ni mira alguna bastarda, desnaturalizase nuestro objetivo principal» (Alcaraz, Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, 1970).

El primer capítulo de los «Apuntes» inicia con la descripción de las bondades con que la naturaleza había dotado a la República Mexicana pero que, sin embargo, tuvo la desgracia de estar ubicada «en la vecindad de un pueblo fuerte y emprendedor», de ahí pues, se desprenden algunos de los orígenes de una guerra de tan graves consecuencias.

Es interesante hacer hincapié en el objetivo moralizante con que los autores dotaron a su obra. La dura lección debería ser útil para modificar la conducta que había llevado al desastre, tomar las providencias requeridas para evitar que se repitiera y «para que de esa lección se saque todo el fruto posible, conviene no olvidar los errores que hemos cometido y prepararnos a parar con tiempo los golpes con que nos amagan la ambición y la perfidia».

Los siguientes capítulos hacen referencia, tanto al inicio de las hostilidades como a la secuencia de la guerra. Se describen de manera pormenorizada las acciones de armas del teatro de operaciones del norte, como la ya mencionada batalla de La Angostura, en la que perdieron la vida buena parte de los mandos regulares del ejército mexicano.

Puntualizan también los movimientos de las tropas norteamericanas en su camino hacia la capital del país y los encuentros que se sucedieron, como la batalla de Cerro Gordo, el abandono de Perote, entre otros. Especial atención dedicaron a describir con gran detalle las principales batallas que tuvieron lugar en las inmediaciones de la ciudad de México y en las que la guardia nacional y los voluntarios tuvieron la mayor responsabilidad, tomando en consideración que los mandos regulares habían sido diezmados en La Angostura.


A pesar del fuerte golpe recibido por los norteamericanos en la batalla de Molino del Rey (8 de septiembre de 1847), siguieron su camino hasta el corazón de la ciudad de México. La descripción que hacen de la toma de la capital es muy sentida y resaltan la actitud de rechazo de la población y el inicio de una fuerte resistencia a mano armada, que si bien logró exaltar los ánimos, no logró repeler al invasor.

Los relatos abundan en detalles sobre el empleo de las diferentes armas, tanto por mexicanos como por norteamericanos, el tipo de armamento, las tácticas propuestas y el número de efectivos, así como mapas y cuadros, toda ella información que permite al lector percatarse de la envergadura de las operaciones.

Destacan los testimonios sobre las operaciones en el noroeste del país -Alta California, Mazatlán- y la invasión de la Huasteca, sobretodo porque cuando se hace referencia a este conflicto internacional, más bien se pone atención en lo sucedido en el teatro de operaciones del norte, en el del Golfo de México y en el del Centro, sin mencionar que en otros sitios también se llevaron a cabo enfrentamientos y que junto con los ya citados, brindan un panorama integral del conflicto; además de resaltar la relevancia de las guerrillas organizadas en los Estados de Puebla, México, Veracruz y Tamaulipas.

La reseña no estaría completa si no se hiciera referencia a los autores de la obra, pues si en ese momento solamente fueron ciudadanos empeñados en narrar lo acontecido con el objetivo de que no volviera a presentarse una situación como esa, décadas más tarde se encontraron desempeñando papeles importantes en la vida política y cultural del país.

Por ejemplo, José María Iglesias, reconocido liberal, ocupó la presidencia en 1876 y contra él el General Porfirio Díaz esgrimió el Plan de Tuxtepec con el que ascendería al poder ejecutivo de la nación. Guillermo Prieto, también miembro del partido liberal, fue una figura muy cercana al presidente Benito Juárez. Manuel Payno destacó por su labor en las letras; fue autor de novelas como Los bandidos de Río Frío publicada por el editor Juan de la Fuente Parres, El fistol del diablo, entre otras. Ignacio Ramírez «El Nigromante», escritor, poeta, periodista, abogado y político liberal, es considerado como uno de los máximos defensores del Estado laico mexicano.

La obra se publicó por primera vez en agosto de 1848, seis meses después de la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, pero en febrero de 1854 el gobierno del general Antonio López de Santa Anna emitió un bando por medio del cual se ordenaba la destrucción de los ejemplares de la primera edición del libro, por considerarlo no sólo una deshonra de la literatura nacional, sino por «carecer de los dotes que es tan difícil se reúnan en un escrito histórico […]» y por considerársele «altamente ofensiva al decoro de la República, cuyos gloriosos, aunque malogrados esfuerzos se oscurecen con malignas reticencias y estudiadas atenuaciones, a la vez que se adulteran exageradamente cuantos hechos pueden contribuir al desdoro del ejército nacional y a la mengua de su caudillo».

Cabe hacer notar que «su caudillo» fue el mismo general López de Santa Anna quien, a criterio de muchos mexicanos de la época, había tenido mal desempeño como jefe de las fuerzas nacionales durante la guerra.



























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1 Edmundo O’Gorman en su obra La supervivencia política novohispana, señala que cada uno de los sistemas de gobierno tenía ventajas para México; sin embargo, dados los antecedentes del nuevo país, era más viable un imperio y no una república federal, puesto que los antecedentes históricos de Estados Unidos y de la Nueva España eran muy distintos, basados en las diferencias en la conquista y colonización de Inglaterra y España respectivamente.

2 Muy pocos años después, los antiguos territorios de la Capitanía General de Guatemala se separaron de México y, en 1823, éste envió al general Vicente Filisola para intentar recuperarlos, pero sin lograrlo.

3 Todavía a inicios del siglo XX, durante el gobierno del general Porfirio Díaz, hubo conflicto con los grupos indígenas del lugar, quienes cruzaban indistintamente la frontera con Estados Unidos y, en ocasiones, atacaban diligencias y población en general.

4 El Río Nueces se encuentra más al norte que el Río Bravo, actual límite entre México y Estados Unidos.

5 Disponible en: http://sepiensa.org.mx/contenidos/historia_mundo/siglo_xx/eua/destino_man/des_man1a.htm


6 Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España.