ISSN 2603-6096



López de la Asunción, Miguel Ángel, «Los cuatro héroes franciscanos del Sitio de Baler», Guerra Colonial, (2018), nº2, pp.41-59






Los cuatro héroes franciscanos del Sitio de Baler

(The four Franciscan heroes at the Baler`s siege)


Miguel Ángel López de la Asunción

Universidad Complutense de Madrid


Recibido: 17/05/2018; Aceptado: 26/05/2018;


Resumen

El viernes 2 de junio de 1899 se firmó en la plaza de los naranjos de la localidad filipina de Baler la capitulación que ponía fin al asedio sufrido por un destacamento militar español por tropas del Ejército Revolucionario filipino que se estiman fueron –en momentos puntuales del mismo– diez veces superiores en número. Aunque aquel pudo ser un asedio más de los muchos que sufrieron las guarniciones españolas diseminadas por todo el archipiélago filipino, el sostenido por los mal denominados «Últimos de Filipinas»1 en la iglesia de San Luis Obispo de Tolosa, pasará a la historia militar como el de mayor duración de toda nuestra etapa colonial en Filipinas. Entre los sitiados hubo tres frailes franciscanos, pero también un cuarto religioso de la misma orden fue testigo del asedio como prisionero de los tagalos. Sin lugar a dudas, son los grandes olvidados de la gesta de la defensa de la posición de Baler.


Palabras clave

Guerra, Filipinas, Ultramar, asedio, colonialismo.



Abstract

On Friday, June 2nd, 1899, was signed in the Plaza de los Naranjos of the Philippine

town of Baler the capitulation that put an end to the siege suffered by a Spanish military detachment besieged by troops of the Philippine Revolutionary Army, which have been estimated, at some moments of the siege, to be ten times the Spanish ones. Although this siege could have been another of the many sieges that suffered the Spanish garrisons scattered throughout the Philippine archipelago, the one sustained by the so-called «Los Últimos de Filipinas» –the last men in the Philippines– inside the San Luis Obispo de Tolosa church, will go down in military history as the longest one in the Spanish colonial period in the Philippines. Three Franciscan friars were among the besieged troops, but also a fourth religious belonging to the same order can be found as a witness of the siege as a prisoner of the Tagalogs. Undoubtedly, they are the great forgotten among the heroes of the historic deed of the defense of the Baler´s position.


Keywords

War, Philippines, Overseas, siege, colonialism.


Introducción


La defensa de la posición de Baler, con sus nada menos que 337 días de duración, constituye una de las gestas militares más notables de nuestra historia militar, pero a su vez, constituye un ejemplo de cumplimiento del deber, resistencia y tenacidad humana difícilmente superable. Entre el 30 de junio de 1898 y el 2 de junio de 1899, un pequeño grupo de militares españoles junto al fraile franciscano Cándido Gómez-Carreño –a los que posteriormente se les unirían los también franciscanos Juan López Guillén y Félix Minaya Rojo– plantaron cara a fuerzas enemigas diez veces superior en número, pero también al hambre, a las terribles enfermedades, a la incertidumbre, a su propia desesperación y a la muerte. A pesar de que fueron 35 los españoles que sobrevivieron al asedio –33 militares y dos religiosos–cuando se hace referencia a los supervivientes del sitio de Baler, sorprendentemente, los padres Juan López Guillén y Félix Minaya Rojo quedan relegados, irremediablemente al olvido, hasta el punto que es frecuente encontrar obras y trabajos que hacen referencia a «los 33 héroes de Baler» como si los fallecidos en la defensa o los dos frailes supervivientes no se hubiesen ganado ese honor.

La inexplicable omisión de estos dos héroes de Baler es algo que intentaremos solucionar en las siguientes líneas, ya que los dos religiosos sufrieron las penalidades del sitio de la misma manera que sus compañeros de fatigas, participando en la asistencia a los heridos e incluso en los combates. De igual manera podremos en su lugar la figura de fray Cándido Gómez-Carreño Peña, fallecido durante el sitio y víctima de los caprichos de alguna producción cinematográfica ciertamente desafortunada que mancha absurdamente la figura de un héroe de Baler. Finalmente introduciremos en la gesta el nombre del padre Mariano Gil de Atienza, también franciscano y párroco de la localidad de Palanan, cuya participación como testigo del sitio como prisionero de los sitiadores ha pasado inadvertida hasta fechas muy recientes y cuyo testimonio aporta detalles interesantísimos sobre el episodio de Baler.

El conocimiento que tenemos de este episodio histórico nos ha llegado, principalmente, gracias a las distintas ediciones del libro «El sitio de Baler, Notas y recuerdos» (Martín Cerezo, 1904) escrito por él, al final de sus días, siendo general de brigada Saturnino Martín Cerezo y último comandante de la defensa. También, aunque menos conocidos, son los manuscritos con las memorias del padre Félix Minaya2, hasta hace tan solo unos meses inéditos, que se conservan en el Archivo Franciscano Ibero-Oriental (AFIO) –una auténtica joya situada en Madrid y desconocida para muchos investigadores–. Estas fuentes tienen una importancia trascendental para el estudio de lo acontecido en Baler, aunque curiosamente no siempre son coincidentes entre sí en el relato. En los últimos tiempos además hemos tenido la suerte de contar con el descubrimiento de nuevas fuentes documentales3 que van aportando cada vez más información, aunque siempre tenemos que tener en cuenta que jamás llegaremos a conocer todos los detalles de lo sucedido, y esto es así, principalmente, porque sus protagonistas no quisieron en su momento que los conociésemos.

Sin duda alguna, para la mayoría de los no versados en el tema, la película Los Últimos de Filipinas (1945), que con su preciosa habanera «Yo te diré» irremisiblemente nos traslada a sus primeros acordes a la población filipina de Baler, constituye la fuente principal de conocimiento sobre este episodio glorioso de Ultramar. Esta producción que como logro le debemos estar agradecidos por rescatar para el imaginario popular un episodio histórico, si bien conocido, en aquellas fechas algo olvidado, es quizás también la culpable de que todos los protagonistas que no aparecen en ella hayan sufrido a partir de su aparición un injusto olvido. Entre los olvidados por la producción encontraríamos al teniente Alonso Zayas –fallecido durante el sitio– o a los dos franciscanos supervivientes. De manera inverosímil y a pesar de ser un trabajo de ficción, el largometraje en cuestión ha servido de fuente para trabajos posteriores, acrecentándose cada vez más el olvido de los no presentes en la misma.

En los primeros días del mes de febrero de 1898 un contingente militar español compuesto de un pequeño destacamento perteneciente al Batallón de Cazadores Expedicionario nº2 al mando del segundo teniente Juan Alonso Zayas, junto al que marchaba el de igual empleo Saturnino Martín Cerezo y 50 soldados peninsulares, se establecía en la localidad filipina de Baler, población situada en la contracosta de la isla de Luzón y de difícil acceso desde la capital del archipiélago. Aunque los militares españoles llegaban en época de paz tras la firma del Tratado de Biak-na-bato de diciembre de 1898 que ponía, aparentemente, fin a la insurgencia que había asolado la zona en los años previos, para varios de aquellos hombres el regreso a Baler suponía una amarga experiencia. Nada menos que doce de ellos eran supervivientes del ataque a machete y primer sitio de Baler acontecido en los primeros días del mes de octubre de 1897. En este golpe de mano, además del teniente José Motta Hidalgo –jefe del destacamento– fallecieron varios de sus compañeros a los que ellos mismos tuvieron que dar sepultura. Sin duda alguna, si difícil era volver al lugar donde estuvieron a punto de perder la vida, más difícil les resultaría convivir en paz y harmonía con aquellos mismos rebeldes que intentaron quitársela y que tras la amnistía del Gobierno cruzaban sus miradas impunes por las calles de Baler.

Junto a ellos llegaba a la capital del distrito de El Príncipe el teniente médico de Sanidad Militar Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro y a sus órdenes un cabo indígena y dos sanitarios, uno de ellos peninsular. La misión del médico marbellero no era otra que establecer una enfermería de diez camas que paliase las necesidades médicas de los distintos establecimientos militares de la zona. Misión factible de contar con recursos y algo más difícil en las condiciones que llegaba a la población. A pesar de lo que comúnmente se piensa, estos militares de Sanidad Militar no formaban propiamente parte del destacamento de Baler, sino que integraban una entidad aparte, con una misión y organización propia.

Tampoco formaba parte del destacamento el capitán de Infantería Enrique de las Morenas y Fossi. El oficial llegaba a Baler ocupando el cargo de comandante Político-Militar del distrito de El Príncipe. La misión que tenía encomendada era, sin duda, la más difícil de la de cuantos llegaban a aquella la población costera, ya que era el encargado de persuadir a los balereños para que ocupasen nuevamente sus viviendas en la localidad y retomasen sus quehaceres –abandonados desde la revuelta de octubre– para conseguir así restablecer la tan deseada normalidad previa a la llegada de la insurgencia a aquellas tierras. Y también, porque no decirlo, conseguir recaudar los impuestos tan necesarios para mantener el correcto funcionamiento del distrito. Era por lo tanto el suyo, máxime en aquel momento, un cometido más administrativo y político que militar.

Por último, regresaba a su parroquia con los recién llegados –tras haber sufrido cautiverio de los tagalos y haber escapado in extremis de la pena de muerte en los momentos previos de la firma de la Paz de Biak-na-bató– el fraile franciscano fray Cándido Gómez-Carreño.


Fray Cándido Gómez-Carreño, un héroe maltratado

Quizás la imagen que nos viene a la mente cuando rememoramos la figura del padre franciscano Gómez Carreño de venerable religioso sexagenario, caracterizado por su barba y su endeble salud, nos viene sin duda influenciada por las películas “Los Últimos de Filipinas” de 1945 y la más reciente “1898, Los Últimos de Filipinas” de 2016. Lamentablemente, en el caso del padre Gómez-Carreño, la imagen que nos ha regalado estas producciones cinematográficas no se ajustan, ni de cerca, a la realidad.

Fray Cándido Gómez-Carreño Peña, nació en la localidad toledana de Madridejos en el mes de diciembre de 1868 dentro del seno de una familia de extracción muy humilde. Era hijo de Ambrosio Gómez-Carreño y Margarita Peña. A edad temprana comenzó sus estudios de Humanidades en el colegio de los Padres Franciscanos de la localidad toledana de Consuegra, tomando posteriormente el hábito el día 22 de octubre de 1885 en Pastrana, Guadalajara. En ese mismo lugar profesó el siguiente año e inició los estudios de Filosofía y Letras, pasando a cursar el segundo año de la especialidad en la localidad abulense de Arenas de San Pedro y el tercero en La Puebla de Montalbán, Toledo. Posteriormente regresó a Consuegra para realizar estudios de Sagrada Teología y Santos Padres en el colegio franciscano de la localidad.

Antes de su destino a Filipinas, y cuando únicamente contaba con 22 años de edad, ya había dejado patente su entrega a los demás durante las inundaciones del río Amarguillo en Consuegra del 11 de septiembre de 1891. En estas inundaciones, que acabaron con la vida de nada menos 359 personas y redujeron a escombros la población, el joven franciscano demostró sobradamente su heroísmo en la salvación de la vida de varios de sus vecinos y colaborando en las duras tareas de recuperación de cadáveres de los fallecidos. Por su acción recibió una felicitación de la reina regente y de su Gobierno, que recibió el padre superior de la Casa4.

A la conclusión de sus estudios, embarcó el día 3 de febrero de 1893 a bordo del vapor Isla de Mindanao para Filipinas para ejercer su apostolado como misionero. Tras más de un mes de navegación desembarcó en el puerto de Manila el 8 de marzo. En su primer año en el archipiélago filipino tuvo como destino el convento de San Francisco de Intramuros, pasando a mitad del año 1894 a isla de Polillo, situada en el océano Pacífico a unos veinticinco kilómetros al este de la isla de Luzón. Su misión en aquella isla era aprender tagalog, ya que los religiosos peninsulares tenían obligación de dirigirse a sus fieles en las distintas lenguas locales. En Polillo asistió al padre misionero Román Prieto, cuya experiencia le ayudó a desenvolverse en sus posteriores ministerios en las islas. En unas tierras donde la aclimatación siempre resulta difícil, su salud le obligó a regresar a Manila el siguiente año para ser enviado como misionero a Baler en el mes de marzo de 1896.

No contaba, por lo tanto, aún con treinta años de edad cuanto los acontecimientos que nos ocupan tuvieron lugar. Desde hace muy recientes fechas, incluso, podemos ponerle rostro gracias a la publicación de la única fotografía que se conoce del religioso toledano la cual permanecía inédita en el convento franciscano de San Antonio de Ávila (Leyva y López de la Asunción, 2016) y que gracias a los investigadores y a la inestimable colaboración del padre franciscano don Cayetano Sánchez Fuertes –hasta muy recientes fechas custodio del Archivo Franciscano Ibero Oriental (AFIO) de Madrid– ha podido salir a la luz. En la fotografía podemos apreciar a un joven desprovisto de barba y lleno de vida, nada que ver con la imagen que por desconocimiento nos ha llegado.

Para él, la llegada a Baler junto al destacamento en febrero de 1898 no era otra cosa que el regreso a la población en la cual ejercía su ministerio como párroco en la parroquia de San Luis Obispo de Tolosa. Regresaba tras haber sobrevivido, casi milagrosamente, al ataque sufrido por un destacamento militar español en los primeros días del mes de octubre de 1897 por parte de un grupo de insurgentes pertenecientes al Katipunan5. Aprovechando el desconcierto generado durante el ataque a machete que acabó con la vida del teniente Motta –suicidado en el transcurso del mismo6– y de varios de sus hombres, consiguió escapar del convento y refugiarse en un bosque cercano donde cayó prisionero de los katipuneros.

Fue inicialmente recluido en El Real, el campamento insurrecto situado en las inmediaciones de Baler desde donde se lanzó el ataque y donde sus habitantes habían trasladado su residencia. Durante su prisión alentó y lideró un intento de rebelión de los soldados españoles allí confinados que finalmente no pudo ser llevado a cabo con éxito (Minaya, s.f). Enterado el líder katipunero Emilio Aguinaldo de lo sucedido, le reclamó en su Cuartel General situado en los montes de Biac-na-Bató, donde llegó a pie tras sufrir largas y penosas jornadas de traslado. Tras ser juzgado por un tribunal por intento de fuga y rebelión, se le ofreció condonar su castigo a cambio de renunciar públicamente de su fidelidad a España, algo que en aquel momento hubiera dado gran publicidad a los líderes katipuneros. Lejos de aceptar la propuesta, Gómez-Carreño prefirió ser condenado a muerte a colaborar con sus captores, lo que nos puede dar una idea de la personalidad y determinación del religioso franciscano. Resultó no obstante afortunado ya que la pena no vio cumplimiento debido a la firma de ignominiosa Paz de Biac-na-bató que pondría fin a la insurgencia del líder katipunero Emilio Aguinaldo y de sus correligionarios –o al menos aparentemente de un modo transitorio–.

El fraile recuperó tras algunas gestiones por parte de parlamentarios españoles su libertad y consiguió llegar a la Casa General de la orden franciscana en Manila. Su salud no obstante quedaría a partir de ese momento algo deteriorada debido a las penalidades de su confinamiento, ya que obligado a dormir durante su cautiverio en una gallera sobre paja y prácticamente a la intemperie, adquirió un catarro intestinal del que jamás se recuperó plenamente.

Aunque mostró a sus superiores su firme propósito de regresar a la península, la carencia de frailes franciscanos en el archipiélago y la necesidad de que estos fueran conocedores de las distintas lenguas locales en las se ejercía el apostolado, impidió que su solicitud se autorizase, por lo que –demostrando nuevamente su valentía–, regresó a petición del propio Gómez-Carreño junto a sus antiguos feligreses a la parroquia que regía en Baler.

A su regreso a la capital de El Príncipe en los primeros días del mes de febrero de 1898 encontró un panorama dantesco: los balereños en su mayoría seguían fuera del pueblo, el convento estaba completamente inhabitable, el archivo parroquial saqueado, perdiéndose durante su ausencia las partidas de bautismo, confirmación y orden, así como también los títulos de profesión, nombramiento de cura, licencia de confesión y demás títulos7. Se vio incluso obligado a celebrar misa en un altar portátil y a residir en la vivienda de unos feligreses de su confianza situada frente a la iglesia. Estos datos nos pueden dar una idea de la virulencia del ataque de octubre y los posteriores del primer y segundo sitio de la iglesia de Baler, acaecidos tras el ataque al destacamento de Motta.

Su papel durante el tercer sitio de Baler –el más conocido por su dilatada duración de 337 días– desde su inicio el 30 de junio de 1898 hasta su fallecimiento el 25 de agosto de 1898, víctima del beriberi8, dista mucho de la muy desafortunada imagen que desde la más reciente producción cinematográfica que trata este episodio nos han querido hacer llegar9. En esta se nos presenta un fraile que arrastra una profunda crisis de fe y adicto al opio –inexistente por otra parte en Baler en aquella época– y que no duda en dejarse morir de sobredosis cuando se percata de que las existencias de la sustancia estupefaciente tocan a su fin, eso sí, no sin antes haber iniciado a uno de los soldados en el consumo de dicha droga. Ni que decir tiene que ninguno de los datos biográficos ofrecidos en la producción cinematográfica se corresponde mínimamente con la realidad histórica. Asistimos, por lo tanto, con estupor, a la manipulación ciertamente intencionada de un personaje histórico para un fin que aún, a día de hoy, no sabríamos ni podríamos explicar.

Tenemos que poner en justo valor el verdadero papel del padre Gómez-Carreño durante la defensa. Si ya fue un revulsivo para los sitiados, saber que si eran heridos en los combates disponían de un médico para sanarlos, disponer además de un médico del alma, sin duda, fue de gran auxilio para unos soldados que no solo luchaban contra un enemigo real, visible y tangible, sino contra ellos mismos y su desesperación. Como ejemplo de su labor durante el sitio, podríamos destacar el consuelo prestado al soldado navarro Julián Galvete Iturmendi, fallecido como consecuencia de herida de bala, en los días que transcurrieron desde que recibió el impacto a mediados de julio hasta que recibió la extremaunción el 31 de julio de 1898, fecha de su fallecimiento.

Por otra parte, el padre Gómez-Carreño con la complicidad de los oficiales, instauró la costumbre de rezar cada tarde el Rosario a la puesta del sol. Esto, que a priori puede parecer un hecho irrelevante, favoreció la cohesión del grupo y facilitó las relaciones entre los sitiados. Muchos de los supervivientes al asedio guardaban gran recuerdo de esta práctica y conservaron la costumbre adquirida hasta el final de sus días, caso del teniente médico Vigil de Quiñones, el cabo José Olivares Conejero o el soldado Antonio Bauçà Fullana.

Finalmente, de alguna manera se podría decir que después de su fallecimiento, el padre Gómez-Carreño continuó siendo de gran ayuda para el destacamento, ya que gracias a un copioso cargamento de 60 cavanes –aproximadamente 4.500 kilos– de palay o arroz con cáscara, que el franciscano había comprado a unos comerciantes pocos días antes del comienzo del asedio, los sitiados consiguieron resistir varios meses en su empeño de no abandonar su posición. Contar con estas provisiones, cedidas generosamente por los franciscanos López y Minaya cuando fue necesario, permitió que la bandera española permaneciese sobre el campanario de la iglesia de Baler algunos meses más tras su fallecimiento.

Sus restos mortales fueron exhumados el 9 de noviembre de 1903 del interior de la iglesia de Baler, donde fueron enterrados, y repatriados a España junto a los de los militares fallecidos durante el sitio. En un primer momento se concedió que fuesen depositados en el panteón de Nuestra Señora de Atocha en Madrid, destinado a grandes personalidades, siendo trasladados posteriormente al Mausoleo de los héroes de Cuba y Filipinas del cementerio de La Almudena, de Madrid donde actualmente reposan.

Desgraciadamente, y a pesar de haber facilitado a los responsables de la última versión cinematográfica, meses antes del comienzo de la grabación, la totalidad de los datos biográficos anteriores, no se tuvieron en cuenta, quizás al no adecuarse la figura rigurosa del párroco a los intereses cinematográficos. Este maltrato gratuito de la figura del religioso resulta injustificado e injustificable. Dicha producción, en palabras de su director «una versión antimilitarista del hecho histórico de Baler», no solo se permite fraccionar hasta límites insospechados la figura de un hombre de paz que en el desarrollo de su ministerio entregó su vida a los demás, sino que además perpetúa el olvido de los dos franciscanos supervivientes e ignora la oportunidad de dar a conocer a un cuarto miembro de la orden fundada por san Francisco.


Los olvidados: los padres Juan López Guillén y Félix Minaya Rojo

Lamentablemente, los padres Juan López Guillén y Félix Minaya Rojo son, junto al teniente Juan Alonso Zayas y al resto de soldados fallecidos durante el asedio, los grandes perdedores del sitio de Baler. No deja de ser curioso que en gran medida debamos este olvido a la omisión que de los tres protagonistas del sitio se hace en la película Los Últimos de Filipinas (1945), que fue la responsable de recuperar la gesta de Baler y a sus héroes para el imaginario popular tras muchos años de olvido. Si curioso es en el caso del militar fallecido, resulta incluso más curioso que los franciscanos supervivientes no hayan recibido en ningún momento no ya las recompensas, sino siquiera, el tratamiento de héroes que el resto de supervivientes de la gesta. De nuevo, 71 años más tarde, la omisión de la primera película se repite en la nueva producción de 2016, donde no se ha querido subsanar error y para la cual ni el teniente Alonso Zayas ni los franciscanos López y Minaya parecen haber existido.

El padre Juan Bautista López Guillén nació del matrimonio compuesto por Venancio López Iglesias y Francisca Guillén Martínez en la localidad de Pastrana, Guadalajara, el día 24 del mes de junio de 1871. Su ingreso en el convento franciscano de su localidad natal se produjo, a una edad temprana, en el mes junio de 1886, profesando el 14 de junio de 1887. Una vez ordenado, embarcó para Filipinas en el vapor Mindanao junto a su inseparable hermano de hábito fray Félix Minaya, haciendo su llegada en el puerto de Manila el 19 de octubre de 1895. Tras una estancia en Manila, se le encargó la parroquia de la localidad de Casiguran, donde le ayudaba ejerciendo de coadjutor el padre Minaya.

Por su parte, el padre Félix Minaya Rojo, nació en el seno de la familia formada por Ignacio Minaya y de Juliana Rojo en la localidad toledana de Almonacid el 20 de noviembre 1872. Con la llegada de su vocación y al igual que su compañero, vistió el hábito en el convento de Pastrana, el día 25 de abril de 1887, y profesó, como era costumbre, al cumplirse el año de iniciación. El 21 de junio de 1897 es destinado a Casiguran junto al padre López con el propósito de aprender tagalog.

Como protagonista y testigo del sitio de Baler, le debemos la autoría de unos manuscritos divididos en tres partes que relatan los prolegómenos, el propio asedio y la prisión que sufrieron los dos padres tras finalizar el mismo. Por estos documentos sabemos que los misioneros fueron hechos prisioneros por los filipinos el 20 de julio de 1898 cuando las tropas revolucionarias entraron en la población de Casiguran. Como franciscanos y españoles, los jefes insurrectos creyeron que serían de más valía en Baler donde fueron trasladados y encomendados con la misión de intimar al destacamento español a la rendición. Tras su aparición en Baler –donde llegaron por vía marítima la tarde del 19 de agosto– López y Minaya fueron presentados en el cuartel general del insurrecto Antonio Santos, que estaba sito en el Puente de España. Pasaron la noche en una casa relativamente cercana a la iglesia, donde pudieron conocer parte de las defensas y las costumbres de los sitiadores, información que sin duda alguna comunicarían oportunamente a los oficiales españoles tras su entrada en la iglesia.

El día 20 de agosto, antes del alba, recibieron muy claras instrucciones para el desarrollo de la asamblea que tenían encomendada. Antes de salir hacia el parlamento, ordenaron al padre López que se pusiera el hábito, dato ciertamente curioso. Quizás los oficiales filipinos pensaban que la vestimenta de religioso daría más credibilidad al discurso del parlamentario. Tras abandonar el cuartel general filipino se dirigieron a la parte más protegida de la trinchera tagala que se abría a unos 100 m. de distancia de la iglesia. El corneta filipino tocó dos veces parlamento sin recibir respuesta y antes de que pudiera realizar la tercera sonó el toque admitiéndolo desde las posiciones españolas. Izada la bandera blanca en una ventana de la iglesia, salió desde posiciones filipinas el padre López precedido de un soldado filipino portador de otra bandera blanca. Aunque en un primer momento los oficiales filipinos decidieron que únicamente el padre López entrase como parlamentario –quizás para evitar lo que a la postre ocurrió– finalmente se permitió a ambos religiosos acudir juntos al parlamento con los sitiados: En el momento que su compañero estaba a punto de entrar en el interior del templo, el comandante de las tropas revolucionarias García miró a Minaya y señalando con su mano el lugar donde se encontraba López, le hizo saber que tenía permiso para acompañarle. El fraile no se lo pensó dos veces y corrió a reunirse a su compañero de hábito.

Una vez dentro, charlaron animadamente con los oficiales españoles y el padre Gómez-Carreño. Les rodeaban los soldados francos de servicio ansiosos por conocer las noticias que traían los venidos de fuera. Quizás con estas podrían sacar algo en claro de lo que estaba pasando realmente en el archipiélago, aunque lamentablemente la fuente de los informes que los religiosos traían no era de primera mano, sino que eran meramente las escuchadas a sus captores y a las que los oficiales españoles no dieron ningún crédito. La intención de los religiosos de permanecer en la iglesia junto a los sitiados por motu propio no está lo suficientemente clara ya que, aunque el propio padre Minaya asegura que así fue desde un primer momento, Saturnino Martín Cerezo relata en su libro que fue por invitación o imposición del comandante Enrique de las Morenas. Sea como fuese, lo cierto es que los frailes permanecieron en la iglesia desde ese mismo momento hasta la finalización del sitio.

Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que los jóvenes padres López y Minaya, de 27 y 26 años respectivamente, no se limitaron a ser meros espectadores del sitio. Colaboraron desde su entrada en el cuidado de los enfermos, confesaron, administraron la extremaunción a los moribundos en los momentos inmediatos a su fallecimiento y asistieron espiritualmente a los supervivientes en los momentos de debilidad, donde ellos debían mostrarse fuertes a pesar de encontrarse en las mismas malas condiciones físicas y anímicas.

Podemos, además, hacer alguna conjetura, aunque no gratuita y asegurar que tomaron parte en los combates. En los momentos finales del sitio, cuando la posibilidad de capitulación no se contemplaba y se preparada una salida a la desesperada con el fin de romper las líneas filipinas y alcanzar la selva, el oficial al mando de la defensa ordenó la destrucción del material de guerra que no fuese estrictamente necesario para tal fin. El hecho de que quedasen 35 supervivientes en aquel momento –incluidos los dos religiosos– y fuesen 35 los fusiles que se salvaron del fuego indica, a priori, que los dos religiosos conocían el funcionamiento y manejo del fusil Mauser, por lo que no resultaría descabellado pensar que empuñaron también las armas en más de una ocasión durante el asedio.

Con el levantamiento del sitio, el segundo día del mes de junio de 1899, no terminaron, sin embargo, las penalidades de los dos franciscanos. Haber entrado en la iglesia como prisioneros de los tagalos dificultó su inclusión en el acta de capitulación. A pesar de los reiterados, aunque infructuosos, intentos del teniente Martín Cerezo para que los padres López y Minaya acompañasen al resto de supervivientes hasta Manila, los jefes revolucionarios no accedieron a la petición. Eran momentos estos, tras el estallido de la Guerra Filipino-americana, en los que un religioso constituía una valiosa moneda de cambio de cara a una negociación.

El padre Minaya relató posteriormente además que, en los momentos previos a la capitulación del destacamento, Simón Ocampo Tecson –jefe de las fuerzas sitiadoras– le aseguró que había convenido con el teniente coronel Aguilar –último parlamentario español enviado a Baler– permitir que los religiosos acompañasen en secreto al resto de supervivientes fingiendo para ello su fallecimiento a cambio de una cantidad económica (Minaya, s.f.)10. Finalmente, lo hablado no se llevó a cabo y ambos quedaron retenidos por los tagalos. La razón esgrimida por estos para su privación de libertad fue la necesidad de religiosos en Baler para celebrar los oficios religiosos, a pesar de que, durante gran parte de su cautiverio, lo tuviesen estrictamente prohibido. Permanecieron en el área de Baler hasta su liberación por tropas norteamericanas el 4 de junio de 1900, llegando a Manila a bordo del Santander el 28 de agosto de 1900.

El papel del padre López para la posterior recuperación de los restos de los fallecidos durante el sitio de Baler fue fundamental. Durante su estancia en Manila inició contactos con el cónsul español y se ofreció a identificar los enterramientos y colaborar en la exhumación. A petición propia y con el propósito de llevar a cabo esta misión, solicitó ser enviado a la parroquia de Baler como destino preferente. El 11 de diciembre de 1901 es así nombrado párroco de Baler y tras esperar el mínimo tiempo legal que marcaba la ley en el archipiélago para exhumar restos mortales, colaboró con la Junta Gestora encargada de la repatriación de los restos de Cavite y Baler en 1903. Posteriormente, ejerció su ministerio en las localidades de Calauan y Bay, regresando finalmente a la península por prescripción facultativa, donde falleció a temprana edad el 20 de julio de 1922.

Por su parte, el padre Minaya, tras su liberación regresó igualmente al convento de San Francisco de Intramuros desde donde, tras permanecer cerca de dos años, fue destinado a Samar en 1903 con la misión de reorganizar las parroquias abandonadas en la zona durante el transcurso de la Revolución. En 1905 regresa a la península para ocupar el cargo de guardián del convento de Arenas de San Pedro, donde permanece hasta diciembre de 1908. En 1909, lo encontramos de nuevo en Filipinas, siendo enviado por los prelados como misionero a Baler en 1912 y posteriormente, de nuevo, a Samar. Hacia 1926 ostentó el cargo de comisario provincial de su orden en Filipinas y después de una nueva estancia en España volvió por tercera vez al archipiélago, ejerciendo su ministerio como párroco en las localidades de Siniloan y Los Baños de Aguas Santas (La Laguna), falleciendo en esta última localidad el 3 de diciembre de 1936 a la edad de 65 años.

La polémica relación entre los religiosos y el teniente Martín Cerezo

Si bien las relaciones personales entre los sitiados, máxime teniendo en cuenta la dilatada duración del sitio, no reportó ningún conflicto que pusiese en peligro la convivencia del grupo, las distintas fuentes documentales nos desvelan que existió cierto distanciamiento entre los religiosos supervivientes y el último comandante militar de la defensa, el segundo teniente Saturnino Martín Cerezo. Así lo apuntan diversos pasajes de los manuscritos del padre Minaya, del libro El sitio de Baler, Notas y Recuerdos de Martín Cerezo y las innumerables nuevas fuentes documentales que se han aportado recientemente (Leyva y López de la Asunción, 2016)11, entre ellas quizás la más relevante dada su importancia, un ejemplar del libro publicado en 1904 por el militar con anotaciones y observaciones, algunas en tono elevado, manuscritas por el padre Juan López Guillén12.

Por su parte, Martín Cerezo se mostró muy crítico desde un primer momento con la decisión del comandante Enrique de las Morenas de permitir la permanencia de los frailes dentro de la iglesia, llegando a calificarles en su libro como «bocas inútiles» e incluso a acusarles de hacer todo cuanto les fue posible para inclinarlos a abandonar las armas. Minaya en sus manuscritos deja entrever, sin embargo, que la enemistad del oficial se centraba principalmente en su persona, mientras que el padre López y el teniente tenían hasta avanzado el sitio una buena relación.

¿Cuáles fueron entonces los verdaderos motivos para esta animadversión? La documentación personal guardada en los archivos familiares de la familia Martín Cerezo podría arrojar algo de luz del porqué de estas diferencias. En el reverso de un viejo sobre que se conserva en dicho archivo, Martin Cerezo explica en unas pocas líneas manuscritas el malestar que le produjo conocer que los dos jóvenes franciscanos aprovechaban los momentos que pasaban junto a los enfermos más próximos a su fallecimiento para solicitarles cinco pesos en concepto de misa de difuntos13. El finado solía dejar también algún dinero a los compañeros que estaban encargados de su inhumación a modo de agradecimiento por darle sepultura, práctica tolerada por los oficiales. Era también la práctica habitual en los batallones expedicionarios que, en caso de producirse el fallecimiento de un soldado, los oficiales se hicieran cargo de sus pertenencias, incluido el capital que dejase el finado, con el fin de ser enviadas a sus familias tan pronto como fuera posible.

Lo que inquietó al jefe del destacamento fue conocer, por intimación de un testigo, que el soldado José Lafarga Abad había dejado a los religiosos la totalidad de su capital, 32 pesos y los detalles de esa generosa donación. Al parecer el padre López, siempre según estas líneas manuscritas del archivo Martín Cerezo, pudo insinuar al soldado la posibilidad de que su dinero jamás llegase a su familia de ser entregada a su mando a la vez que le sugería la idea de destinarlo en su totalidad a misas de difuntos en su memoria. Enterado el teniente Martín del hecho, ordenó formar a la toda la fuerza para manifestarles, que si bien cada uno era libre de dejar sus pertenencias a quien bien lo desease, como responsable y con el fin único de asegurar que se cumpliesen las últimas voluntades del finado, él tenía la obligación de saberlo. Según el propio Martín, la nueva medida implementada importunó sobremanera a los frailes y generó en adelante dichas tiranteces, que poco a poco degeneraron en animadversión. En los manuscritos del padre Minaya no se encuentra ningún apunte que corrobore o desmienta lo escrito en las notas personales del militar miajadeño.

Donde si encontramos un ataque directo a la figura del militar laureado de Baler es en la biografía dedicada al padre López por el padre Juan Cruz en el Suplemento al catálogo biográfico del padre Eusebio Gómez Platero. En dicha obra mecanografiada e inédita se vierten revelaciones de amenazas al padre López por parte del teniente en los momentos inmediatos de partida del destacamento hacia Manila. En estas notas biográficas se indica a su vez la supuesta pertenencia del teniente a la masonería (Leyva y López de la Asunción, 2016: 331-332)14, afirmación de la que carecemos del más mínimo indicio de ser cierta.


El padre Mariano Gil de Atienza y su inédita estancia en Baler

Además del padre Gómez-Carreño y de los olvidados padres López y Minaya, un cuarto fraile franciscano fue testigo excepcional de los acontecimientos en la localidad de Baler durante el asedio, aunque en su caso particular desde las trincheras de los sitiadores.

Fray Mariano Gil de Atienza, nació en la localidad palentina de Villalobón, el día 9 de septiembre de 1866. Al igual que los padres López y Minaya tomó el hábito de San Francisco en Pastrana, el 10 de junio de 1883, y tras varios años de ministerio en la península, sus superiores decidieron su traslado al archipiélago filipino en 1890.

A su llegada a Manila se le comisionó para el estudio del tagalog y en el momento del estallido de la Revolución se encontraba tutelando la parroquia de Palanan, perteneciente al Obispado de Nueva Segovia, en La Isabela. Fue precisamente en aquella localidad donde fue hecho prisionero, el 4 de septiembre de 1898, curiosamente por el capitán balereño Teodorico Molina –no confundir con Teodorico Novicio–, hermano del que fuera segundo presidente de la República de Filipinas, el también balereño Manuel Luis Quezon. Gracias a unos manuscritos inéditos que se conservan en el AFIO conocemos todas las peripecias de su cautiverio15.

Su cautividad comenzó en Palanan, aunque sus captores pronto lo trasladan a Casiguran. La primera referencia que de él tenemos tras el comienzo del sitio es una carta de su autoría entregada por los sitiadores a los oficiales españoles el 30 de septiembre de 1898 junto a otra del exgobernador civil de Nueva Écija, Carlos Dupuy de Lôme, que se encontraba prisionero en San Isidro. Las dos cartas decían prácticamente lo mismo: confirmaban la pérdida del archipiélago por parte de España y por tanto la sinrazón de la defensa, intimaban a la rendición y prometían un trato benévolo por parte de los sitiadores si se cumplía pacíficamente con esta petición. Avalando la veracidad de lo escrito en las cartas acompañaban varias actas de capitulación de distintas poblaciones de la isla de Luzón. De nada sirvió para persuadir a los oficiales españoles que creyeron ver en todo momento noticias falsas.

Posteriormente fue requerido en Baler por el comandante del distrito, Teodorico Novicio, pensando quizás que allí sería de más servicio que en Casiguran. En el traslado, que fue efectuado por vía marítima, estuvo a punto de perder la vida al sufrir un naufragio la banca en la cual realizaba la navegación, consiguiendo tocar tierra en las cercanías de Baler en fecha indeterminada del mes de noviembre. Por aquellos momentos, el destacamento sufría sus peores momentos acuciado por las enfermedades – el beriberi y la disentería– y el hambre.

Sin duda, esta vez, los oficiales filipinos evitaron repetir el error que cometieron con los padres López y Minaya y evitaron en todo momento su contacto directo con los sitiados. Conocemos que en los aproximadamente cuatro meses que permaneció en Baler como prisionero, antes de ser trasladado de regreso a Casiguran, realizó las funciones de secretario del presidente local, pudiendo visitar la primera línea de fuego ocasionalmente para dar sepultura a los caídos filipinos e intentar convencer a gritos desde las trincheras a los españoles de la inutilidad de la defensa. Fue además testigo presencial de los parlamentos de los capitanes Belloto y de Olmedo, con los que pudo conversar e intercambiar opiniones.

Al igual que los padres López y Minaya recobró su libertad gracias a la intervención de las tropas norteamericanas que les facilitaron reunirse en Baler, llegando los tres juntos a Manila el 31 de julio de 1900.

Después de pasar algún tiempo en el convento de San Francisco de Manila, pasa destinado en 1902 a la parroquia de San Julián Sulat, en Samar. Enfermo, se acoge al retiro y es repatriado a la península, fijando su residencia en la localidad vallisoletana de Mayorga de Campos. Tras 35 años de hábito, falleció a los 52 años de edad el 31 de enero de 1919.


Breve conclusión

Cuatro fueron los religiosos franciscanos que de alguna manera fueron protagonistas o testigos directos del sitio de Baler. Rescatarlos del olvido y defenderlos de incomprensibles ataques a su memoria es obligación de todos los que de alguna manera hemos dedicado nuestra labor de investigación al episodio histórico de la defensa de la posición de Baler. Cuatro sencillos misioneros, cuyas vidas fueron poco extraordinarias y que, en contra de su voluntad, se vieron envueltos en un episodio bélico ajeno a su ministerio, pero que no dudaron en acatar. Esta es sin duda la definición de un héroe y como tales deben de ser tratados, conocidos y respetados.




















Bibliografía


Abad, Antolín y Pérez, Lorenzo, Los Últimos de Filipinas. Tres héroes franciscanos. Año XVI, Segunda Época, Madrid, 1956.

Cruz, Julián, Suplemento al catálogo biográfico del padre Eusebio Gómez Platero. Biografía del padre Juan López Guillén.

Gil Atienza, Mariano, Mi prisión en Palanan el año 1898. Manila, 4 abril 1904. AFIO. Sig. 66/17.

Gómez-Carreño, Fr. Cándido, Carta al P. Juan de Dios Villajos. Baler, 23 febrero 1898. AFIO. Sig. 63/30.

Leiva, Miguel y López De La Asunción, Miguel Ángel, Los Últimos de Filipinas, Mito y realidad del sitio de Baler. Actas, San Sebastián de los Reyes, 2016.

López Guillén, Fr. Juan, Notas manuscritas sobre el libro El Sitio de Baler de Saturnino Martín Cerezo. AFIO, Sig. 62/1.

Martín Cerezo, Saturnino, El sitio de Baler (Notas y recuerdos). Primera ed., Taller tipográfico del Colegio de Huérfanos. Guadalajara, 1904.

Minaya, Fr. Félix, Defensa de Baler o sucesos ocurridos en el pueblo de Baler durante la insurrección de Filipinas y prisión de los Padres Franciscanos. Manuscrito. Sin fecha.






























www.guerracolonial.es

1 La denominación «Los Últimos de Filipinas» para referirse al destacamento de Baler es relativamente moderna y no aparece en nuestro imaginario hasta el mes de diciembre de 1945 con el estreno de la película homónima del cineasta orensano Antonio Román. Es ciertamente curioso que el título de dicha producción cinematográfica nos haya hecho olvidar que, hasta la fecha de su estreno, los protagonistas del sitio eran conocidos como «Los héroes de Baler» o simplemente «Los del destacamento de Baler». Al denominar a los protagonistas del sitio de Baler como «Los Últimos de Filipinas» estamos siendo injustos con los miles de militares españoles que quedaron prisioneros en manos de los filipinos –algunos durante años– hasta mucho después de la repatriación y llegada de los de Baler a la península el 1 de septiembre de 1899.

2 Minaya, Fr. Félix, Defensa de Baler o sucesos ocurridos en el pueblo de Baler durante la insurrección de Filipinas y prisión de los Padres Franciscanos. Manuscrito. Sin fecha. AFIO. Sig. 64/4-1, 64/4-2 y 64/4-3.

3 Para el interesado en profundizar en el sitio de Baler, recomendamos la bibliografía y fuentes documentales publicadas en el libro Leiva, Miguel y López De La Asunción, Miguel Ángel, Los Últimos de Filipinas, Mito y realidad del sitio de Baler. Actas, San Sebastián de los Reyes, 2016 pp. 407-415. Dicho ensayo aporta multitud de nuevas fuentes documentales fruto de un trabajo de veinte años de investigación.

4 Abad, Antolín y Pérez, Lorenzo, Los Últimos de Filipinas. Tres héroes franciscanos. En Archivo Ibero-Americano (AIA), 63 (1956), pp. 265-354 y 64 (1956), pp. 393-420. Año XVI, Segunda Época, Madrid.

5 El Katipunan o Katoasan Kalagayan Katipunan. Nang Manga Anal Nang Bayan, Suprema Liberal Asociación de los Hijos del Pueblo, fue una sociedad secreta de inspiración masónica e influenciada por ritos indígenas fundada por Andrés Bonifacio en el mes de julio de 1892. Su objetivo primordial era la expulsión de las órdenes religiosas y de los españoles del archipiélago filipino. Su expansión fue muy rápida en el área de Manila y provincias vecinas, levantándose en armas contra España en el mes de agosto de 1896, convirtiéndose así en la base de la revolución filipina. Aunque llegó ciertamente tarde a la localidad de Baler, donde no se producen altercados hasta el macheteo del destacamento del teniente Motta, los resultados fueron tan sangrientos como se pudo conservar.

6 En este punto es interesante resaltar la teoría vertida por varias fuentes de la época donde se insinúa que el teniente Motta realmente no cometió suicidio, sino que fue abatido involuntariamente por arma de fuego por el propio padre Gómez-Carreño al confundir al joven teniente con uno de los atacantes en medio de la refriega. El hecho que el oficial español apareciese en las cercanías de la cámara que ocupaba el religioso y las características de la herida de bala que presentaba no descartan en absoluto dicha teoría.

7 Gómez-Carreño, Fr. Cándido, Carta al P. Juan de Dios Villajos. Baler, 23 febrero 1898. AFIO. Sig. 63/30.

8 El beriberi es una enfermedad provocada por una deficiencia nutricional, concretamente por la falta de tiamina o vitamina B1. Nuestro metabolismo no sintetiza la tiamina, por lo que debemos suminístrasela a través de la dieta. La deficiente e inadecuada alimentación del destacamento fue la responsable de la epidemia que diezmo el destacamento a partir del mes de septiembre y que causó finalmente doce fallecimientos entre los defensores.

9 En diciembre de 2016 se estrenó en Madrid el largometraje “1898. Los Últimos de Filipinas” opera prima del director Salvador Calvo y guión del guionista cubano Alejandro Hernández. Si bien en esta producción se mantienen los apellidos del religioso franciscano, se modificó su nombre de pila –Carmelo en lugar de Cándido– a petición de los asesores históricos de la misma, Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción, al considerar estos que la equivocada visión ofrecida en la cinta nada tenía que ver con el personaje histórico.

10 Aguilar no refiere nada al respecto en su informe oficial de la comisión del servicio, aunque posteriormente, el propio Aguilar declararía en prensa que ofreció 3.000 pesos por la liberación de los religiosos.


11 Entre ellas la correspondencia entre el padre Juan López Guillén y Joaquín Pellicena Camacho, un joven periodista que se interesó sobremanera por el sitio y que envió al padre López un ejemplar de la obra de Martín Cerezo animando al religioso a corregir las inexactitudes que pudiese haber en el libro y los episodios no relatados por el militar. Este ejemplar se encuentra en el AFIO y ha visto la luz en la obra de Leiva y López de la Asunción donde pueden consultarse todos los apuntes y comentarios del franciscano.

12 López Guillén, Fr. Juan, Notas manuscritas sobre el libro El Sitio de Baler de Saturnino Martín Cerezo. AFIO, Sig. 62/1.

13 Durante el sitio de Baler sabemos a ciencia cierta que no se pudo celebrar misa al carecer de los elementos necesarios para ello.

14 Literalmente de la obra del padre Julián Cruz: «Usted está enterado de todo lo ocurrido en Baler; guárdese mucho de decir una palabra. Yo soy masón y si usted se permite manifestar algo que ceda en desdoro de mi nombre, en cualquier parte que usted se halle, se le buscará y pagará muy cara la menor indiscreción». Cruz, Julián. Suplemento al catálogo biográfico del padre Eusebio Gómez Platero, extraído en Biografía del padre Juan López Guillén, pp. 93-94

15 Gil Atienza, Mariano, Mi prisión en Palanan el año 1898. Manila, 4 abril 1904. AFIO. Sig. 66/17.