ISSN 2603-6096


Bezerra de Menezes, Juliana, «Las dos caras de la misma moneda», Guerra Colonial, (2018), nº2, pp.5-23





Las dos caras de la misma moneda: la participación portuguesa en el frente europeo y africano durante la Primera Guerra Mundial

(The two sides of the same coin: Portuguese participation in the European and African front during the First World War)


Juliana Bezerra de Menezes

Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro


Recibido: 26/04/2018; Aceptado: 07/05/2018.



Resumen

El presente artículo aborda la participación de Portugal en dos frentes de batallas durante la Primera Guerra Mundial: el africano, en Mozambique y el europeo, en Flandes.

La presencia en África era comprendida y deseada por tratarse de una colonia que había que defender. Sin embargo, la actuación en Bélgica se debió a un cálculo político por parte de los gobiernos republicanos que esperaban conquistar el apoyo de la población para el nuevo régimen. El resultado en ambos escenarios fue el mismo: la derrota en el campo de batalla y la pérdida de unos recursos humanos y materiales insustituibles.

Palabras clave

Portugal, Primera Guerra, Mozambique, Batalla de La Lys, colonialismo


Abstract

This article presents the participation of Portugal in two battle fronts during the First World War: the African one, in Mozambique, and the European one, in Flanders. The presence in Africa was understood and desired since Mozambique was a colony that had to be defended. However, the presence in the Belgian scenario was due to a political calculation by the Republican governments which hoped to win the support of the population for the new regime. The result in both battlefields was the same: the defeat of the armies and the irreplaceable loss of human beings and material resources.


Keywords

Portugal, First World War, Mozambique, Lys, colonialism


Prólogo

Portugal participó de la Primera Guerra Mundial en los dos frentes de batalla: el europeo y el africano. No fue una decisión fácil pues el país estaba convulsionado por el advenimiento de una República1 que aún no había ganado popularidad entre los ciudadanos. Y que tampoco era aceptada con satisfacción por su vecina España, hecho que dejaba al país aislado en la Península Ibérica.

En este artículo se pretende desdoblar el análisis en el frente europeo, el de la batalla de Lys y el de Mozambique, pues se entiende que las luchas que se desarrollaban en uno y otro continente, en el caso específico de la Primera Guerra Mundial, son las dos caras de la misma moneda. Pese a haber intervenido también en Angola, el contexto de este trabajo se circunscribe sólo a los dos escenarios mencionados.

De este modo, el hecho de que un artículo sobre la actuación de Portugal en Mozambique figure en una revista especializada en este tema es algo fácil de entender, no así la sorpresa que puede causar el tratamiento de la Batalla de La Lys librada en Bélgica. SE concibe que la Primera Guerra Mundial en África fuera un conflicto que tuvo como objetivo garantizar la soberanía de los territorios conquistados por los países imperialistas europeos en el siglo XIX. Por ello resulta interesante hablar de la contienda en Europa explicando lo que pasaba en África o –principalmente– en Oriente Medio, cuyas consecuencias son sentidas en la actualidad.

Aunque haya muchos manuales de historia que dedican unas pocas líneas a los conflictos en el continente africano y asiático, reforzando siempre el carácter eurocéntrico de la Historia – se piensa que un estudio sobre la Primera Guerra Mundial o la Gran Guerra no está completo si no se percibe que las naciones se enfrentaron en frentes de batallas simultáneos que estaban en dos y en hasta tres continentes distintos.

Mozambique en particular y África en general, fue considerado un frente de batalla periférico. No obstante, nos alejamos de este pensamiento porque percibimos, en el caso portugués, una disposición para combatir en el continente africano por parte del gobierno que fue mucho mayor que para luchar en Europa. Para los portugueses, defender sus colonias tenía mucho más sentido que combatir en suelo europeo.

Así las cosas, vamos a exponer en este artículo la actuación del CEP, el Comando Expedicionario Portugués, que luchó en Flandes junto a las tropas inglesas y francesas, así como las tropas portuguesas que hicieron lo propio en Mozambique.


Introducción

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) llevó al campo de batalla a las potencias industriales e imperialistas europeas que arrastraron consigo a sus colonias africanas y asiáticas. Francia, el Imperio Alemán, Reino Unido, el Imperio Austro-Húngaro, Bélgica, y el Imperio Ruso y sus aliados, se vieron sumidos en una carnicería sin fin que dilapidó a parte de su juventud y de sus riquezas.

Distantes del teatro de la guerra, España y Portugal, otrora dueñas de medio mundo, eligieron destinos muy diferentes. España prefirió marcar su neutralidad, consciente de sus limitaciones para sostener una guerra de esas dimensiones. Con un país agotado por guerras civiles y pérdidas coloniales, consideraron más adecuado quedarse en casa y rezar para que el conflicto terminara y la vida volviera la normalidad.

Portugal pasaba por un momento igual de complicado debido al cambio de la monarquía por la república cuatro años antes, en 1910, con apoyo de los terratenientes, la masonería y el Ejército. La República no había calado aún en los ciudadanos y las luchas intestinas entre los partidos políticos eran los protagonistas en el día a día.

Sin embargo, los portugueses decidieron enviar tropas a las dos frentes de batalla: el africano y el europeo. En África, el argumento fue simple: el país entró en guerra para defender sus colonias africanas contra el invasor alemán. Era algo que tuvo sentido para aquellas generaciones que estaban acostumbradas a ser movilizadas de vez en cuando para defender a su patria. Pero muchos ciudadanos no entendieron lo que los portugueses encontraron en Flandes. La respuesta del gobierno fue ayudar a los británicos a contener el avance alemán, con quienes el país mantenía la más antigua alianza diplomática de la que se tiene noticia2. Pero también los mismos británicos que reaccionaron rabiosos cuando un mapa de origen dudoso sugirió la fusión de las colonias portuguesas de Angola y Mozambique, en una sola, contrariando los intereses del Reino Unido, el llamado «Mapa Rosa», que se detallará en las próximas líneas.


Portugal a Principios del Siglo XX

A principios de siglo, Portugal controlaba un territorio ultramarino que comprendía Angola, Mozambique, Guinea-Bissau, Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe. Sin embargo, Portugal era un país pobre, apenas industrializado, y no poseía ni un gran ejército ni una numerosa población para mantener sus territorios de ultramar. Por eso, necesitaba de la ayuda financiera de su más importante aliado: el Imperio Británico.

La monarquía portuguesa vivía sus últimos días debido al crecimiento de la propaganda republicana y la influencia de estos en el Ejército. En 1890, fue revelado el «Mapa Rosa», un documento que señalaba las intenciones de Portugal en África con el objetivo de unir Angola a Mozambique, lo que fue contrario con la idea británica de unir El Cairo con la Colonia del Cabo. En consecuencia, el Reino Unido contestó de manera indignada e incluso amenazó con una declaración de guerra en el Ultimátum Británico de 1890.

Por su parte, el rey Don Carlos I (1868-1910)3 presentó sus disculpas y retiró cualquier intención de la Corona Portuguesa de obtener dichos territorios. Esto fue entendido por la opinión pública como un acto de debilidad por parte del monarca portugués y sólo consiguió aumentar el sentimiento republicano de ciertos grupos populares.

El asesinato del monarca y del príncipe heredero en 1908 abrió paso para que un jovencísimo Don Manuel (1889-1932)4, de apenas 18 años, ascendiera al trono. Si ya hubiera sido difícil para un político experimentado contener los ánimos de los grupos políticos portugueses que se enfrentaban, más aún lo fue para un príncipe sin experiencia en asuntos de gobierno y sin la suficiente preparación política. De esta manera, traicionado por muchos, Don Manuel II, el Desventurado, se vio amenazado por las tropas estacionadas en Lisboa durante la revolución republicana de octubre y fue expulsado junto a toda la familia real a Inglaterra.

Instituida en 1910, la República aún no estaba consolidada cuatro años después; pues las reformas tributarias, la secularización del Estado, la expulsión de los jesuitas, la legalización del divorcio y la pésima situación económica impidieron que la república se popularizase entre los ciudadanos.


¿Portugal beligerante?

Cuando comenzó el conflicto mundial en 1914, Afonso Costa5 (1871-1937), líder del Partido Democrático, creyó que una intervención portuguesa podría unir al país en torno a un objetivo común y desatar una ola de patriotismo, además de traer beneficios económicos.

Esta actitud no fue bien recibida por sectores más conservadores y tampoco por los católicos y monárquicos que desconfiaban de todo lo que proponía el nuevo gobierno y añoraban una posible vuelta de su monarca del exilio inglés. La cuestión de la beligerancia se impuso, no obstante, como una cuestión de discordia entre las facciones del gobierno.

En el plano internacional, la entrada en la guerra significaba desmarcarse de la posición española que adoptó el estado de neutralidad y que incluso había acogido a monárquicos portugueses en su territorio. En definitiva, se trataba de dar un paso más para afirmar que el régimen republicano había triunfado sobre el monárquico.

Igualmente, marchar a Flandes significaba apoyar a Francia, uno de los pocos países europeos que adoptaron en aquella época el régimen republicano. Así que desde Lisboa se vaticinó que Francia podría convertirse en un importante aliado en un escenario de posbélico en el caso de que Inglaterra cumpliera la amenaza de apoderarse de las colonias portuguesas en África. Además, las simpatías lusas hacia Francia eran mayores, pues Portugal era intelectualmente mucho más cercano a este país y las invasiones napoleónicas se consideraban un asunto largo superado entre la élite portuguesa (Telo, 2015:22-47).

Del mismo modo, el sentimiento anti-germánico creció hacia finales de siglo debido a que las colonias portuguesas en África compartían frontera con las alemanas. Así, cuando Lisboa consultó a Londres cómo podría contribuir en el esfuerzo de guerra, la respuesta obtenida no pudo haber sido más británica:

«En este momento, el Gobierno de Su Majestad estaría satisfecho si los portugueses se abstuvieran de proclamar el estado de neutralidad. Si en algún momento el gobierno de Su Majestad considera necesario hacer alguna demanda al Gobierno portugués que no sea incompatible como estado de neutralidad, podríamos recurrir a nuestra Alianza como justificación a este llamamiento» (Martins, 1934, 33 y 34).

Finalmente, la solicitud formal llegó a principios de 1916, cuando el Reino Unido pidió que Portugal confiscase 80 buques mercantes alemanes y austriacos que estaban en sus puertos. Como consecuencia, el Imperio Alemán declaró la guerra a Portugal el 9 de marzo de 1916 y el Imperio de Austria-Hungría rompió relaciones diplomáticas con Lisboa.


El Cuerpo Expedicionario Portugués

Por su parte, la preparación para la guerra comenzó con la creación del Cuerpo Expedicionario Portugués o CEP. Se autorizó la convocatoria y el entrenamiento de 20.000 hombres y los reclutas portugueses pasaron el año entrenando con armas y técnicas de guerra moderna. En total, el CEP contó con unos efectivos que ascendieron hasta los 55.085 hombres que, en su mayoría, recibieron instrucción en el Polígono Militar de Tancos (O Portal da História, 2008).

Esta movilización solo fue posible gracias al empeño del Ministro de la Guerra, el general Norton de Matos6 (1867-1955), que contó con la ayuda del general Fernando Tamagnini de Abreu e Silva7 (1856-1924). Además de supervisar los preparativos para la guerra, Tamagnini fue también comisionado por Norton de Matos para vigilar a las tropas y sofocar varios motines que estallaron en contra el reclutamiento, acciones que le valieron ser elegido por el ministro Norton de Matos para comandar el CEP.

Las tropas fueron enviadas a Francia en los primeros meses de 1917, encontrándose todo el contingente en el país galo hacia el 23 de febrero. El embarque en Lisboa tuvo lugar por la noche, para evitar el espionaje, y los barcos portugueses fueron escoltados por la Armada británica hasta el puerto de Brest (Francia), desde donde continuaron su viaje en tren hacia Aire-sur-Lys.

Una vez en el frente, los portugueses realizaron un entrenamiento específico para la lucha en trincheras con el equipamiento británico; tras ello, los soldados fueron poco a poco incorporados en las unidades británicas para acostumbrarse a las tácticas y las máquinas de la guerra moderna. Las primeras tropas portugueses llegaron a las trincheras el 4 de abril y, hasta el 6 de noviembre, actuaron como auxiliares de la Fuerza Expedicionaria Británica o BEF. Sin embargo, la situación cambió a medida que los alemanes se esforzaban por atacar las posiciones de los Aliados antes de que los americanos llegasen a Europa.


Los vientos soplan en otra dirección

Mientras los soldados se preparaban para enfrentar al enemigo en Bélgica, la república portuguesa vivió su enésima crisis. Un golpe de Estado derrumbó al Gobierno y el nuevo presidente, Sidonio Paes8 (1872-1918), abiertamente contrario a la participación del país en la guerra, tomó el control y, aunque había garantizado su apoyo a Inglaterra, secretamente, se tramaba la retirada de los soldados portugueses de Flandes (Afonso y Gomes, 2014:82). Así, se disminuyó la concesión de permisos para los soldados y el abastecimiento de las tropas llegaba cada vez con menos frecuencia. Las tropas portuguesas estaban estacionadas en el frente de Lys y aguardaban el relevo de su posición por sus compatriotas el 9 de abril de 1918.


La Batalla de La Lys

En marzo de 1918, los alemanes llevaron a cabo la llamada Ofensiva de Primavera, en la que se circunscribió la Operación Georgette, que tenía el propósito de avanzar por el territorio de Lys. La idea era atacar con una fuerza formada principalmente por veteranos llegados del frente ruso una región defendida por ejércitos de nacionalidades distintas. Con ello, los estrategas teutones esperaban desestabilizar la vanguardia enemiga, de forma que, al llegar el momento crítico del combate, cada contingente actuase por su cuenta y de manera conservadora para salvaguardar las vidas de sus compatriotas, sembrándose con ello una gran confusión que, de tratarse de un solo ejército con un mando único, no tendría lugar.

La región de Lys resultaba idónea para ensayar esta táctica, al estar defendida tanto por británicos como por portugueses. La lucha empezó en la madrugada del 9 de abril, cuando al amparo de una espesa niebla, los gases venenosos y la artillería pesada germana, los soldados alemanes recibieron órdenes de avanzar por la «tierra de nadie» y se adentraron en las trincheras lusas. La segunda división portuguesa, comandada por el general Gomes da Costa (1863-1929)9 y formada por cerca de 20.000 hombres, se enfrentó al ataque de cuatro divisiones alemanas, un total de 50.000 hombres, pertenecientes al Sexto Ejército alemán comandado por el general Von Quast10 (1850-1939), veterano de la Batalla del Somme (1916).

Sin contacto con los británicos y sin recibir apoyo de las tropas de retaguarda, los soldados resistieron como pudieron hasta el 11 de abril, cuando comenzó a desatarse la retirada desordenada de las tropas del FEB. La situación resultaba tan insostenible y caótica que el general Haig11 fue obligado a emitir un mensaje declarando que: «con la espalda contra la pared y creyendo en la justicia de nuestra causa, cada uno de nosotros debe combatir hasta el final [...] cada posición debe ser defendida hasta el último hombre. No podrá haber retirada».

Los combates continuaron hasta el 12 de abril sin que los alemanes, a pesar de sus avances, hubieran conseguido romper las líneas de los Aliados. Finalmente, el 29 de abril, el mando alemán cesó su empuje. Los combates tocaban a su fin y los portugueses habían sufrido la pérdida de 30 oficiales y 584 soldados y suboficiales, mientras que 270 oficiales y 6.315 miembros de la tropa fueron hechos prisioneros. Por su lado, sólo en la batalla de La Lys, los británicos contaron 76.000 muertos y heridos, los franceses 35.000 y los alemanes más de 100.000 (RTP, 2018).


Fin de la guerra

Al final de los combates en Lys, el CEP quedó deshecho. Fueron meses de indecisión y trabajos secundarios al servicio del ejército del Reino Unido. En julio, el general Fernando Tamagnini de Abreu e Silva fue sustituido por el general Garcia do Rosado12 (1864-1937). Sólo en agosto de 1918 se inició un verdadero esfuerzo de reorganización con la intención de recrear unidades de combate que pudiera representar a Portugal y, como consecuencia, en octubre tres batallones portugueses estuvieron preparados y fueron incorporados al ejército británico, que ocupaba posiciones de combate en la línea de frente cuando se declaró el armisticio el 11 de noviembre de 1918.

La experiencia en Lys terminó de manera trágica y, como casi todas las batallas de la Gran Guerra, tuvo un resultado incierto, al declararse vencedores ambos bandos, que consideraban cínicamente haber cumplido sus objetivos militares. Mientras, a miles de kilómetros de distancia, en el África, otra batalla igual de compleja estaba siendo librada por las tropas portuguesas.


El frente en África: Mozambique

El continente africano fue ocupado por distintas naciones europeas a lo largo de su historia. Los primeros en llegar fueron los castellanos y portugueses. Estos últimos, por cuenta del Tratado de Tordesillas (1494), adquirieron los territorios de la actual Angola, Santo Tomé y Príncipe, Mozambique, Cabo Verde y Guinea Bissau; regiones éstas que sirvieron de puertos para los buques que viajaban rumbo a las Indias pero, principalmente, se convirtieron en los grandes centros desde donde partían los contingentes de esclavos hacia América.

A medida que la estrella de Portugal declinó en el escenario internacional, otras naciones se embarcaron en la búsqueda de «El Dorado» en el continente africano, como una solución imperialista para el problema de abastecimiento de materias primas, mano de obra barata y empleo para sus ciudadanos. De esta forma, Reino Unido, Francia, Holanda y Bélgica, entre otros, se adueñaron de grandes territorios, multiplicando sus fronteras.

Por su parte, el Imperio Alemán y el Reino de Italia llegaron tarde al reparto colonial africano, pero sus industrias, en especial la alemana, reclamaban el acceso a unas materias primas y a un mercado colonial que ofrecía pingües beneficios. Como resultado, se fraguó la Conferencia de Berlín, en 1885, siendo África repartida entre las potencias europeas sin que hubiera presente ningún compromisario de las distintas tribus o naciones africanas.

Como resultado, la entrada del Imperio Alemán en el continente africano constituyó un serio problema para los portugueses, pues la colonia germana del África Oriental Alemana o AOE, era fronteriza con Mozambique. Berlín rápidamente ocupó la localidad de Quionga en 1891; Portugal, un país agrícola y pequeño, no podía oponer demasiada resistencia a la expansión territorial del gigante industrial alemán sobre sus posesiones ultramarinas.


Mozambique: una ilustre colonia desconocida

El navegante portugués Vasco da Gama13 (1469-1524) fue el primer europeo en llegar a Mozambique en 1498 y, más tarde, en 1505, los portugueses anexaron aquella tierra como suya. La región se convirtió en una parada obligatoria para las carabelas lusas que viajaban hacia Oriente. Del mismo modo, Mozambique también sirvió como base para que los portugueses pudieran combatir a los árabes que competían por el mercado de las Indias.

Con el objetivo de ocupar la región, la tierra fue repartida en «prazos»14. En teoría, los «prazeros» explotaban la tierra y pagaban un impuesto al Estado, algo que en la práctica nunca fue cumplido por los jefes tribales, indios y los propios portugueses. Estos se casaron entre sí o con las princesas locales y formaron ejércitos particulares. Para ellos, Lisboa se convirtió en algo muy distante y cada vez más abstracto.

Además, la metrópoli se encontraba preocupada con los asuntos en Brasil y Angola y, por tanto, no enviaba ningún tipo de la ayuda económica a los colonizadores de Mozambique, con lo que la colonia no conoció una efectiva ocupación de los portugueses durante tres siglos. Pese a la influencia, como el idioma y la religión, este territorio de África solo fue ocupado de modo regular por los portugueses en el siglo XIX, cuando los tiempos de los primeros desbravadores ya se había quedado en el olvido. Por ello, Lisboa entregó la explotación del territorio a compañías privadas como a «Compañía del Niassa», fundada en 1890, y la «Compañía de Mozambique», en 1891. Sin embargo, los propios inversores portugueses no tenían capital para poblar y mantener un territorio tan grande. Hecho por el que, la empresa fue adquirida por un consorcio inglés y francés, que incluso se involucró en conflictos militares para garantizar sus propiedades.

Poco a poco, el gobierno desde Lisboa comenzó a interesarse por la importancia del territorio mozambiqueño, sólo debido al despertar de las desmedidas ambiciones sobre su colonia ultramarina procedentes de un Imperio, el alemán, que se imponía como una nación rica e industrializada y que comenzaba a envidiar a Francia y el Reino Unido por lo que ya poseían: dominios coloniales. Por este motivo, los súbditos del Reich ocuparon un territorio fronterizo a Mozambique a lo que llamaron África Oriental o Tanganica15 -su parte continental- entre 1880 y 1919, año éste último en el que pasó a manos del Reino Unido.

Sea como fuere, entre 1912 y 1913, una sociedad de bancos germanos compró dicha compañía con vistas a una posible división de territorios entre el Reino Unido y el Imperio Alemán, en caso de que se iniciara una contienda. No obstante, cuando la guerra empezó en Europa, el Reino Unido confiscó la empresa y se la entregó a financieros ingleses.



Portugal en 1914: la República y la Gran Guerra

La situación política de Portugal ya fue aclarada en páginas precedentes: la república había sido instaurada en 1910 sin llegar a contar con apoyo popular, por lo que urgía reformar todo el Estado y la organización de las colonias ultramarinas. Consecuentemente, poco después de la proclamación de la República, no sólo por cuestiones presupuestarias del período 1910-1911, sino también dentro del espíritu de modificación de la estructura militar, muchas de las unidades coloniales fueron suprimidas. En 1913 una nueva ordenanza revocó el Decreto del 14 de noviembre de 1901 y disolvió las fuerzas de segunda línea en las colonias. Esta decisión acabó causando la destrucción de las reservas militares indígenas, tan necesarias para la guerra en África. De tal forma que, en agosto de 1914, cuando se inició la Gran Guerra, Mozambique tenía sus fronteras muy poco defendidas y gravemente amenazadas: al sur con la revuelta de los Boers; al oeste, en Niassalandia, con los levantamientos indígenas; y al norte, junto al río Rovuma, por la tensión con los soldados alemanes.

Ante este panorama, el 18 de agosto el gobierno portugués decretó que se convocaran las tropas para defender a la colonia y el incidente de 25 de agosto de 1914 en Maziúa, solo vino reforzar esta decisión (Afonso y Gomes, 2014:49).


25 de agosto de 1914: empieza la guerra en Mozambique

Como ya se ha explicado, el gobierno portugués se encontraba divido entre declarar o no la guerra al Imperio Alemán. De este modo, en un primer momento, Portugal declaró su no beligerancia en el conflicto mundial, a la espera de que su gran aliado, el Reino Unido, hiciera alguna señal de que necesitaba su ayuda. Sin embargo, en 25 de agosto de 1914, los alemanes atacaron el puesto de Maziúa, incendiando las cabañas y matando al cabo que estaba de guardia. Este ataque supuso para los políticos lisboetas el casus belli necesario para comenzar el inició de los preparativos para luchar en suelo africano contra el enemigo.

El 11 de septiembre, solamente dos semanas después del ataque, los portugueses embarcan un importante contingente para África. La Primera Fuerza Expedicionaria de Mozambique contaba con unos efectivos de 1.527 hombres bajo las órdenes del teniente coronel Pedro Massano de Amorim16 (1862-1929), quien contaba con experiencia de campañas anteriores en Angola y el propio Mozambique.

Pese a la ola patriótica que se vio durante el día del embarque nada justificaba la euforia. Muy al contrario, todo parecía augurar un trágico final: en cuanto a la tropa, la mayoría de los soldados apenas tenían hábitos de higiene y muy pocos sabían leer o escribir, lo que dificultaría el entrenamiento; y en cuanto al armamento y el material, un gran porcentaje fue cargado en otro navío, hecho que retrasó su llegada.

Una vez en el territorio, la situación para la tropa no resultó mucho mejor. Al desconocimiento total y generalizado del terreno hubo de unirse el hecho de que el gobernador de Mozambique, Joaquim José Machado17 (1847-1925), no disponía de instalaciones para recibir cómodamente a los soldados, por encontrarse las construcciones a medio terminar, por lo que fue necesaria mucha paciencia para disciplinar a la tropa y providenciar las infraestructuras para acoger al contingente (Telo, 2015:157).

Igualmente, los soldados tuvieron que luchar contra un peligro más grande que los alemanes: las enfermedades tropicales, como el paludismo y la enfermedad del sueño, que acababa con la vida de los animales, y los insectos, cuya picadura, de no significar la muerte, implicaba la aparición de terribles llagas en la piel. Todo esto hace suponer que murieron más portugueses de enfermedades que en el combate.


El lado alemán

Comparado a los portugueses, los alemanes pudieron ser considerados recién-llegados en África. Sin embargo, pese a su falta de experiencia en suelo africano, los alemanes estaban liderados por el teniente coronel Paul Emil von Lettow-Vorbeck18 (1870-1964) un veterano comandante que había participado el sofocamiento del Levantamiento de los Bóxers (1899-1901) y de las campañas para ocupar el África del Sudoeste Alemán. En base a esta experiencia, en 1914 fue designado para comandar las fuerzas coloniales del territorio, donde siguió engrandeciendo su hoja de servicios; pues Paul von Lettow-Vorbeck pasaría a la historia como el único general19 alemán que no perdió una batalla contra los Aliados y aún invadió el territorio británico. Combatió con tenacidad contra ingleses, belgas y portugueses a un tiempo con una fuerza de tan sólo 14.000 hombres, de los cuales 3.000 eran alemanes y 11.000 nativos. Sus tácticas de guerrilla, el conocimiento del terreno y sobre todo la disciplina de sus hombres, dejaron poca margen de maniobra para los enemigos.



La misión portuguesa

El principal objetivo de las tropas lusas fue garantizar la integridad del territorio mozambiqueño y recuperar la ciudad de Quionga. Directrices fácilmente trazadas por los políticos metropolitanos que se quedaron en sus oficinas tras establecer con facilidad que el río Rovuma debería ser la base de operaciones y la frontera que los alemanes no debían traspasar. Sin embargo, este curso fluvial, ya era un peligroso enemigo por sí mismo, gracias a sus 900 km de extensión y sus márgenes pantanosos e insalubres, unidos al calor abrasador de los trópicos.

En cualquier caso, contra todas las previsiones y con mucho sacrificio, Quionga fue recuperada tras 25 años de ocupación alemana. Los portugueses marcharon por el camino arenoso de Palma a Quionga, unos 12 kilómetros, ocupando la localidad el 10 de abril de 1916, tras su abandono por parte alemana (Carvalho, 2015:176). Cuando la noticia de la victoria llegó a Lisboa, el gobierno portugués llevó a cabo una gran campaña propagandística de los hechos a través de la prensa, con la finalidad de convencer los ciudadanos de las virtudes republicanas. Los periódicos, sin embargo, no se afanaron en mencionaron las dificultades inhumanas a las cuales estaban sometidos los soldados, ni por supuesto en comunicar a la opinión pública con la misma profusión la noticia de que los alemanes recuperaron Quionga en menos de dos meses.


Tropas Portuguesas en Mozambique

Atrapados entre las enfermedades, que fueron responsables por veinte por ciento de las bajas en el primer año, los portugueses rápidamente necesitaron refuerzos. El 23 de Agosto 1915 fue decretada una segunda expedición, compuesta por otros 1.543 hombres y comandada por el comandante de Artillería Moura Mendes20 (O Portal da Historia, 2008).

Si la situación de las tropas portuguesas era ya desesperada, el ambiente solo se agravaría con la declaración de guerra al Imperio Alemán el 9 de marzo de 1916 y la posterior decisión de mandar tropas portuguesas a Flandes. Con la atención volcada hacia al teatro europeo, los oficiales en Mozambique tuvieron poca esperanza de recibir atención por parte de Lisboa. No obstante, el 25 de mayo de 1916 se decretó una tercera expedición, esta vez comandada por el general Ferreira Gil21 (1858-1922) y formada por 159 oficiales, 4.483 soldados, 945 solípedos, los primeros aviones portugueses en África y dos compañías de la Guardia Nacional Republicana, con un total de 460 hombres. Esta expedición entró en territorio enemigo y conquistó Newala. Además, un cuarto contingente, de 5.058 soldados fue enviado bajo las órdenes del coronel Sousa Rosa22 (1867-1929), mientras Paul von Lettow-Vorbeck invadía Mozambique y llegaba cerca de Quelimane.

Agotados por las duras condiciones de la guerra, los portugueses dejaron Mozambique a finales de septiembre de 1918, dos meses antes del armisticio. A los ingleses les correspondió dejar a las tropas de von Lettow-Vorbeck ocupadas hasta que los políticos de turno firmaron la paz en Europa.


Portugal en la Conferencia de Versalles

Al término de la guerra y firmada la paz, el gobierno portugués se preparó para sentarse a la mesa con los ganadores y exigir sus correspondientes reparaciones de guerra. Nuevamente, quedaron patentes las divergencias entre los miembros de la República. Mientras el diplomático Egas Moniz23 (1874-1955) pretendió solicitar territorios y altas compensaciones financieras, el presidente Sidonio Paes pidió moderación, para no contrariar al Ministro de Negocios Extranjeros británico, Arthur Balfour (1848 – 1930)24. (Afonso y Gomes, 2014:40). Sin embargo, Paes fue asesinado días después y Egas Moniz sustituido por Afonso Costa, quien dispuso de carta blanca para negociar las compensaciones financieras, morales y políticas. Pero tras el final del conflicto, las potencias europeas volvieron a relegar a Portugal a un lugar secundario en el nuevo orden.

Así las reparaciones de guerra para Portugal se constituyeron únicamente en:

Conclusión

La entrada de Portugal en la Gran Guerra Mundial no retribuyó al país los beneficios esperados. La República declaró el estado de beligerancia con la esperanza de salvaguardar sus colonias africanas, consolidar el régimen recién instaurado y plantearse un lugar destacado entre las naciones europeas, al tiempo que se esperaba unir el pueblo portugués en torno de un enemigo común. La República fue marcadamente anti-clerical lo que desagradó a varios sectores mientras que los monárquicos aún soñaban en restaurar el trono. La propaganda apelando al sacrificio de guerra fue fundamental para insuflar el patriotismo de la población y así legitimar a los republicanos.

Con todo, no fue así. Por divergencias internas, los partidos de la nueva proclamada República no llegaron a un acuerdo en cuanto a la participación y el mantenimiento de las tropas portuguesas en Flandes. La lucha fue una cuestión de gobiernos y no de Estado. Mientras estuvieron en el poder políticos favorables a la contienda, las tropas estuvieron bien provistas. Sin embargo, durante el gobierno de Sidonio Paes, en 1918, contrario a la participación de Portugal en las trincheras, se planificó la vuelta de los soldados lo antes posible, teniendo lugar durante este gobierno los combates más mortíferos para los portugueses.

La Batalla de Lys fue la más sangrienta de las muchas luchas inútiles en aquel conflicto. Como casi todos los enfrentamientos de la Primera Guerra Mundial, las muertes fueron numerosas en ambos bandos y nadie pudo jactarse de obtener una clara victoria; aunque hay quien se la adjudica a los alemanes por haber hecho alrededor de 7.000 prisioneros portugueses, pero a costa de grandes sacrificios (O Portal da História, 2008).

De este modo, la Primera Guerra Mundial sigue siendo un tema controvertido en Portugal, hecho que quedó de manifiesto durante las conmemoraciones del centenario de dicho conflicto. En cualquier caso, las compensaciones obtenidas por Portugal en la Conferencia de Versalles estuvieron muy por debajo de las expectativas, con lo que el país se sintió gravemente resentido por la escasa atención recibida por sus tradicionales aliados: el Reino Unido y Francia, y no volvería a cometer el mismo error durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se declaró neutral a la primera oportunidad.

De igual modo, la expedición portuguesa a África puede ser considerada un desastre del inicio al fin; pues sin soldados experimentados y oficiales sin preparación para enfrentarse a las condiciones del territorio africano, los hombres morían más de enfermedades que como consecuencia de los combates. De forma general, las expediciones enviadas por Lisboa demostraron la escasa capacidad del ejército portugués a principios del siglo XX para mantener una campaña militar en un terreno ignoto y bajo unas condiciones climáticas tan complejas como las del sureste africano. Por su lado, el contingente alemán de von Lettow-Vorbeck tenía bajo su mando a más ascaris que alemanes, hecho que sin duda resultó fundamental para alcanzar sus victorias.

El único resultado tangible obtenido por la misión portuguesa fue recobrar la ciudad de Quionga en 1916, perdiéndola frente a los alemanes poco después y sólo recuperándola de forma definitiva tras las reuniones del Tratado de Versalles.

Aunque no es el objeto central de nuestro trabajo, es interesante abordar en unas pocas líneas una breve reflexión sobre los usos de la memoria de la Primera Guerra Mundial por el Estado Novo, que utilizó el recuerdo de la campaña para exaltar los valores portugueses. Así, en el Monasterio de la Batalla fue construido un museo con las condecoraciones recibidas por el país como consecuencia de su participación en el conflicto y allí también están emplazadas tanto la llama eterna como las dos tumbas dedicadas a sendos soldados desconocidos –el uno traído de Bélgica y el otro de Mozambique-, donde es materia obligada la realización de ofrendas florales. También se pueden contemplar en el Museo del Ejército, en Lisboa, varias salas dedicadas a la actuación de Portugal en suelo europeo, pese a que no existe ninguna referencia, documento o imagen sobre lo sucedido en el continente africano.

Finalmente, en esta misma línea resulta controvertido el tratamiento que se hace, hoy en día, de los cementerios militares que acogen los restos de los soldados portugueses que no regresaron a su patria tras el final de la contienda. El camposanto de Richebourg, Francia, que acoge los cuerpos de 1.831 fallecidos, recibe regularmente la visita de mandatarios portugueses que recuerdan el sacrificio que en su día hicieron por su país. Sin embargo, el cementerio mozambiqueño donde reposan los cuerpos de los soldados fallecidos allí se encuentra abandonado y ha resultado totalmente devorado por la naturaleza, sin que se recuerde la última vez que una ceremonia honrase a aquellos combatientes. Esto es fruto del deseo de Portugal de olvidar lo sucedido allí (Carvalho, 2015:224); pues los militares portugueses regresaron de nuevo en la década de los sesenta para intentar evitar la independencia de este territorio colonial, más como el fruto del quijotesco sueño de Salazar de mantener las provincias ultramarinas que como resultado de la aspiración del pueblo portugués. Pero sin duda, la historia de la cruenta guerra de liberación mantenida por el Ejército portugués y el Frente de Liberación de Mozambique entre 1960 y 1972 y los resultados políticos que ésta supusieron para la metrópoli son parte de otro capítulo de la historia de la guerra colonial portuguesa.



Bibliografia

Afonso, Aniceto y Gomes, Carlos de Matos, Portugal e a Grande Guerra. Vila do Conde,

Verso da História, 2014.

Carvalho, Manuel, A Guerra que Portugal quis esquecer: o desastre do exército

português em Moçambique na Primeira Guerra Mundial. Porto, Porto Editora, 2015.

Martins, G. F., Portugal na Grande Guerra. Lisboa, Ática, 1934.

Gilbert, Martin, A Primeira Guerra Mundial. Alfragide, Publicações Dom Quixote, 2015.

Telo, Antonio José (coord.), Actas do Colóquio da Academia Militar: A Grande

Guerra: um século depois, Porto, Fronteira do Caos Editores, 2015.

Sitio Web

Portugal na I Grande Guerra.

http://www.rtp.pt/noticias/portugal-na-1-grande-guerra

Aceso el 22.04.18

O Portal da História: cronologia da participação portuguesa na Primeira Guerra Mundial.

Dirección:

http://www.arqnet.pt/portal/portugal/grandeguerra/pgm1910.html

Aceso el 24.04.18





























www.guerracolonial.es

1 La República portuguesa fue instaurada en 1910 tras un golpe militar que derrumbó el joven rey Don Manuel II (1889-1932).

2 Esta alianza empezó cuando los ingleses ayudaron a los portugueses a expulsar los musulmanes de Portugal y fue consagrada por el Tratado Anglo-Portugués de 1373.

3 Don Carlos I era hijo del rey Luis I y de la reina María de Saboya. Su reinado se caracterizó por las constantes crisis financieras y el desgaste político entre los partidos Regenerador y Progresista. En 1907 en monarca permitió que se suspendiera los derechos civiles a fin de sofocar los levantamientos contrarios a la monarquía. Finalmente, fue asesinado cuando volvía en el centro de Lisboa por dos integrantes de un grupo republicano.

4 Don Manuel II fue el último rey de Portugal. Era el según hijo del rey Don Carlos I y de la reina Amelia de Orleans. No había sido educado para los encargos políticos y con la muerte del padre y del hermano se vio envuelto en la complicada situación política portuguesa. Su corto reinado estuvo marcado por la inestabilidad y la creciente propaganda republicana entre los operarios.

5 Afonso Augusto da Costa fue un abogado y profesor universitario portugués, integrante del gobierno republicano desde su primero momento y autor de varias leyes anti-clericales.

6 José Maria Mendes Ribeiro Norton de Matos fue gobernador de Angola y jefe de la quinta división militar.

7 Fernando Tamagnini de Abreu e Silva fue militar y al contrario de muchos de sus compañeros de armas, no fue comisionado para ningún cargo político en la recién instaurada República.

8 Sidónio Bernardino Cardoso da Silva Paes (1872-1918) fue el cuarto presidente de la República Portuguesa de abril de 1918 a diciembre del mismo año cuando fue asesinado.

9 Manuel Oliveira Gomes da Costa había luchado en África e India. Tras la guerra fue presidente de Portugal durante unas semanas en 1926.

10 Alexander Ferdinand Ludolf von Quast era un veterano de la Guerra Franco-Prusiana y había sido promocionado a general de Infantería en agosto de 1914.

11 Douglas Haig, militar inglés, fue el comandante de la Fuerza Expedicionaria Británica de 1915 hasta el fin de la guerra.

12 Tomás Antônio Garcia Rosado fue un militar y administrador colonial portugués como muchos de sus colegas de caserna. Pese a haber organizado las fuerzas que combatieron en Mozambique no llegó a comandarlas. Tras la «vergüenza» de Lys fue nombrado comandante del CEP en las condiciones más adversas, sin apoyo del gobierno portugués y tampoco de los aliados ingleses.

13 Vasco da Gama era originario del sur de Portugal y fue encargado de comandar la expedición que contornaría África y alcanzaría Calcuta en 1498.

14 Plazo

15 Territorio que, tras conquistar la independencia en 1961, se unió al archipiélago de Zanzíbar para constituir la actual Tanzania.

16 Pedro Massano de Amorim fue un militar y ocupó los puestos de gobernador de Angola, Mozambique y Goa. Por ello fue nombrado comandante para la defensa de la frontera norte en África.

17 Joaquim José Machado fue un militar e ingeniero portugués y gobernador de Mozambique en dos ocasiones: la primera en 1900 y la segunda en 1914-1915.

18 Paul Emil von Lettow-Vorbeck es considerado uno de los héroes de la Primera Guerra Mundial en Alemania. Fue designado para ser el comandante de las tropas coloniales e ignoró las órdenes de neutralidad combatiendo a los británicos en Tanzania. Fue el único en no ser derrotado y logró invadir el territorio británico.

19 Paul von Lettow-Vorbeck recibió la promoción de mayor a general en enero de 1919.

20 José Luís de Moura Mendes destacó en el mando de una de las Fuerzas Expedicionarias llegadas a Mozambique en octubre de 1915. Tenía como objetivo ocupar Quionga y los territorios al norte del río Rovuma. Tras enfrentar innumerables dificultades logró conquistar el puesto ya abandonado de Quionga pero no consiguió mantenerlo.

21 José César Ferreira Gil fue profesor de la Escuela Militar durante muchos años y un fiel servidor de la República. Nombrado para ser el jefe de la segunda expedición a Mozambique alegó que no conocía el teatro de las operaciones. La excusa no le valió y llegó a la colonia el 3 de julio en1916. Tras desastrosas batallas solicitó su regreso a Portugal en octubre del mismo año.

22 Tomás de Sousa Rosa ascendió en la carrera militar con la instalación de la República. Fue el comandante de la cuarta expedición de Mozambique, designado para repeler a los alemanes que habían invadido la provincia en diciembre de 1917. Sin embargo fue derrotado en Namacurra y solicitó su retorno a Portugal en julio de 1918.

23 António Caetano de Abreu Freire Egas Moniz fue un neurocirujano y diplomático durante el corto gobierno de Sidónio Paes. Sus investigaciones en Medicina le valieron el Premio Nobel en 1949.

24 Arthur Balfour fue Primer-Ministro entre 1902 y 1905. También fue asignado para puesto de Ministro de Negocios Extranjeros entre 1916 a 1919 donde se destacó al imponer la Doctrina Balfour donde defendía la creación de un estado para los judíos.